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Antipatriotas ¿y el 0,1 qué?
Teodoro León Gross 25-10-2013 | 6:57 | 0

Incomprensiblemente, a pesar de que Montoro había anunciado el final de la crisis, las calles españolas no se llenaron de gente abrazándose y lanzando hurras como en agosto de 1945 en Times Square al anunciarse el final de la guerra mundial, brindando y besándose como en Picadilly Circus. Las masas no flanqueaban las calles de San Jerónimo y el Paseo del Prado para vitorear a Montoro, como a De Gaulle por Champs Elysees, tras proclamar ‘en el día de hoy, cautiva y desarmada, la crisis ha terminado ¡Viva España!’. Al final Montoro va a tener razón y aquí lo que hay es un problema de patriotismo. Pero él no va a dejar que boicoteen su éxito esos seis millones de parados insensibles al final de la crisis, o los ocho millones de pensionistas con el poder adquisitivo en negativo ya para toda la década, los tres millones de funcionarios con el sueldo crionizado como el cadáver de Walt Disney o los doce millones de familias bajo el umbral de la pobreza que no acaban de sentirse eufóricos para festejar el 0,1. Demasiados antipatriotas.

Los banqueros sí, porque ellos sí son unos verdaderos patriotas, como muchos de los inversores eufóricos de la Bolsa ya en la cota 10.000. “España vive un momento fantástico, el dinero llega por todas partes” dice el capo di capi. Hay motivos sobrados para festejar que hemos logrado tener en dos años ‘la mano de obra barata mejor formada del mundo’ con despido semigratuito y desactivados para la negociación laboral, lo que convierte esto en un nuevo Eldorado. Y si toca recortar, siempre darán el tajo a la sanidad o la educación, no a la casta y sus socios. Así que hay que compartir el éxito de Montoro, a pesar de los antipatriotas que se niegan a confundir el final de la recesión con el final de la crisis, empeñados en que su drama pesa más que ese tecnicismo, como los seis millones de parados a los que nadie da esperanza a corto plazo, resistiéndose a levantar sus copas para brindar ¡por el 0,1, hip hip hurra!; o los tres millones de pobres que, según Cáritas, viven con menos de trescientos euros, que tampoco se animan a festejar por las calles ¡viva el 0,1! como los desheredados de la dependencia, las becas perdidas o las colas de los comedores sociales.

En el debate de presupuestos, Montoro –que ya no se ríe de las llamadas a la unidad, como en la anterior legislatura cuando decía aquello de “dejen España caer que ya la levantaremos nosotros”, sino que se disfraza de Braveheart llamando él a la unidad como un recurso patriótico- presume de que “somos un ejemplo para el mundo”. Está claro que sí. Ese Estado que ha liquidado 35.000 millones a fondo perdido a la banca, cifra a descontar a pensionistas y dependientes, ha ofrecido todo un modelo. Aunque no lo sea para la mayoría de sus ciudadanos, antipatriotas que se sienten no parte sino víctimas de ese éxito.

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El lado bueno de la vida
Teodoro León Gross 16-10-2013 | 11:22 | 0

La tasa de felicidad ha descendido en España casi treinta puntos. La verdad es que no hay quien lo entienda. Sí, hay más de seis millones de desempleados, pero no son mayoría. Y hay tres millones de españoles que viven con menos de 307 euros al mes, según Cáritas, pero eso significa que la mayoría tiene más de trescientos. Y todos ellos pueden disfrutar a diario de las alegrías que transmiten Montoro o Guindos. En fin, también hay medio millón de españoles que ha abandonado el país ensombreciendo a cientos de miles de familias, pero es una parte pequeña de la nación. Y cien mil desahucios no son tantos. Las listas de espera superan los cien días por primera vez, y al acabar el último año más de medio millón esperaban quirófano viendo cómo se pierden camas y personal sanitario; solo en Málaga ochocientos más doscientas treinta camas, y ya era la provincia con la peor tasa. Pero son cifras menores. La luz solo ha subido para todos por tercera vez en cuatro meses. A 2,9 millones de funcionarios los congelan otra vez. Y 8,3 millones de pensionistas van a  perder poder adquisitivo cada año. Así que no acaba de entenderse que la tasa de felicidad haya descendido. Descontados esos pocos perdedores, no se entiende.

Bajar treinta puntos, por demás, es lo que Montoro llamaría no un descenso de la felicidad, sino un crecimiento moderado del optimismo. Claro que a él, en su última intervención en el Congreso, se le veía casi a punto de comenzar a cantar ante el hemiciclo ‘Always look on the bright side of life…’, la deliciosa canción que entonan y silban los crucificados alegremente antes de la agonía en’ La Vida de Brian’. Pensionistas, parados, desahuciados habrían disfrutado viendo al ministro cantar “Si la vida parece realmente podrida, hay algo que has olvidado: reír, sonreír, bailar, cantar…” con Báñez y Ana Mato haciendo los coros, dudú dudú dudú. Esa es la actitud. Cada líder debería asumirlo. Sería muy estimulante ver al alcalde de Málaga cruzar Larios cantando a comerciantes arruinados y neomendigos “Cuando te sientas hundido, no seas idiota, frunce los labios y silba, ¡eso es todo! y mira siempre el lado bueno de la vida…” mientras bailan en corro Tereporra y Julio Andrade, Mariví y Luis Verde. El mensaje oficial es el optimismo, mirando el lado bueno de la vida. El año próximo se crecerá un 0,5 en el mejor de los casos y se mantendrá un 26% de paro, pero ¡mira el lado bueno de la vida! En agosto se crearon 31 empleos, y en septiembre solo se destruyeron 25.000 pero la bolsa sube ¡mira el lado bueno de la vida! El Estado da por perdido 36.000 millones destinados al rescate bancario y miles de becas, pero no vendrán los hombres de negro ¡mira el lado bueno de la vida! Y a pesar de todo hay todavía quien se resiste a ser feliz, simplemente porque no les sale de los mismísimos. Unos pobres infelices.

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El fracaso está en la política
Teodoro León Gross 09-09-2013 | 6:50 | 2

Los gritos de ¡tongo, tongo! en la Puerta de Alcalá de la noche del sábado desde luego eran un mal retablo del espíritu olímpico, pero así es como se metaboliza la decepción a la española: inventando una teoría de la conspiración con enemigos exteriores a los que cargar el fracaso. Ni un minuto para pensar qué hacemos mal. Todos los argumentos, desde las maniobras de las metrópolis europeas para allanarse 2024 hasta el soborno para tapar Fukushima, eluden asumir errores. Pero perder a la primera en el descarte delata una inquietante falta de potencia. Contra la opción del tongo tongo que ayer la prensa hooligan llevaba a portada, o los discursos patrioteros hasta llamar ‘bastardos’ a quienes discrepaban ahora de los JJOO, la realidad es que España va mal.

Más allá de la retórica propagandística de Marca España, otro chiringuito tan lucrativo como las oficinas olímpicas donde nadie exige responsabilidades, esto ha sido un examen real y se ha suspendido. Toda una lección para quienes airean gigantes quijotescos sin ver los molinos de la realidad. Es el drama de ‘el espejo de boutique’: nos vemos como nos queremos ver, pero después nos ven como somos. Contra el optimismo monclovita, el mundo ve un país endeudado, despilfarrador sin control del déficit, machacado por el paro; y además herido por Free Catalonia y otras fronteras. España es un país de baja credibilidad. Y para fracasar olímpicamente además computa  la ética del dopaje; brillante en Japón mientras la Operación Puerto está en la mente del mundo con un proceso judicial de opereta y un Gobierno que llevaba en sus listas a Marta Domínguez como fichaje estelar. La Marca España no vende; y el problema no está en quienes no la compran, sino aquí.

En la última década algo se ha roto más que la burbuja, y el escenario ha sido la política. Se podrá debatir si el punto de partida fue el Prestige, con la deslealtad de la oposición de izquierda que después repetiría el equipo de Rajoy a machamartillo, o la victoria del aznarismo en 2000 desatando una polarización envenenada en torno a España llevado al paroxismo con el Pacto del Tinell zapaterista… pero en definitiva esta década ha sido un desastre que ha deshecho las costuras de la nación. Se ha demonizado al ‘otro’, y nada une al país entre las trincheras de la confrontación. Rajoy culpó a Zapatero de la derrota de Madrid 2012, así que ahora le toca a él cargar Madrid 2020. Así va esto. La fuerza país es clave -Río y Londres ganaron a Madrid con peor calificación- y aquí naufraga. Eso no se arregla con clases de inglés. Antes que un buen proyecto de Juegos, se necesita otra vez un buen proyecto nacional. Y no hay mimbres para creer en esta generación política, pero al menos queda la esperanza de esa parte de la ciudadanía que se resiste, cada vez más, a la lógica perversa de conmigo o contra mí.

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El optimismo de Rajoytero
Teodoro León Gross 10-06-2013 | 6:56 | 0

Rajoy ha proclamado que “el pesimismo está en retirada”. Eso suena a música celestial. Lástima que estas cosas no funcionen por decreto. Estaría bien que el presidente pudiese promulgar en el BOE que se acabó el pesimismo; y de inmediato se instaurara la confianza de punta a punta del país. Pero el país, ya se sabe, lo que ve es que las previsiones del Gobierno han fallado todas a peor, y la economía caerá un 1,7%; que la UE y el FMI tiran a la baja todos los indicadores españoles; que el paro, una trampa para millones de ciudadanos, va a seguir creciendo durante la legislatura; que la UE recomienda subir más impuestos y limitar las pensiones, tras aclarar Alemania que “las recomendaciones son obligatorias”… Esto ayuda poco a vender ilusiones.

El pesimismo no es una buena elección. Lo jodido, claro, es que a veces no se puede elegir. Sencillamente, ante una realidad pésima, el pesimismo va de suyo. Y no basta con los eslóganes buenistas diseñados por los estrategas de marketing del partido persuadidos de que, según el manoseado axioma de la propaganda de Goebbels, todo mensaje repetido mil veces acaba por parecer verdad. Hay pesimismo, y no ya por la recesión, sino por la desconfianza. Y Rajoy lo sabe tras el barómetro del CIS: nueve de cada diez españoles desconfían de él, y quienes creen que todo irá peor doblan de largo a  los otros.  España, claro, antes o después saldrá de la crisis, porque de hecho las crisis son cíclicas, pero la cuestión es cuándo, y sobre todo cómo. Y la sensación es desalentadora: no se afrontan las grandes reformas, como la administración, sino parcheos; los partidos siguen atrincherados, frenando la regeneración y por supuesto la Ley Electoral, aferrándose a los elementos simbólicos (Iglesia, feminismo…); se han frustrado los grandes consensos, no entendidos como pasteleo en plan Thatcher sino como políticas de Estado; la desinversión en investigación y ciencia va a tener un efecto perverso duradero; la corrupción se tolera, entre escándalos como Bárcenas-Gürtel o Eres,  dando amparo a figuras como Mato, y de hecho Rajoy dictó su lección de optimismo ante seis imputados de su partido. Como para tirar cohetes.

Rajoy ahora se aferra al mantra de Zapatero: ‘el año que viene será mejor…’. Al no poder ofrecer otra cosa, ofrece optimismo. Como su antecesor. Lo de este fin de semana ha sido el mitin de Rajoytero. Cuando tu argumento es el optimismo, es que no tienes argumentos y por eso recurres a la literatura de los libros de autoayuda. Sí, claro que se saldrá de la crisis, pero más tarde y sobre todo peor de lo que pudo ser, por los errores sistemáticos del Gobierno anterior, y también por errores sucesivos de éste. Aunque Rajoytero clame ‘aguantad, aguantad’, eso es lo que más desanima a la gente: aguantarlos.

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Málaga del rosa al negro
Teodoro León Gross 21-05-2013 | 7:13 | 0

El alcalde salió ayer a escena, en el ecuador de su mandato, y exclamó: ¡Todo de color rosa! A continuación irrumpió su rival socialista proclamando: ¡Todo negro! Un duelo en escena siempre tiene poderío, como teorizaba William Layton, fundador del Laboratorio de Teatro WL tras sus años neoyorquinos; pero una cosa es un pulso verbal inteligente, como los de Brisville entre Pascal y Descartes o entre Fouché y Talleyrand, y otra este choque sobreactuado de ¡rosa! o ¡negro! tipo Tenorio.  Eso resulta básicamente ridículo. Lo mismo el mensaje del alcalde poniéndose “una notita alta” sin autocrítica, como María Gámez al ver solo “paro, despilfarro y mentiras” dando más brochazos negros que Solana. La inteligencia de los ciudadanos merecía algo más de ambos, calibrando sus críticas y autocríticas sin desentenderse de la realidad. Pero seguramente la inteligencia de los ciudadanos es la última cosa a la que van a apelar.

De la Torre volvió a taparse, marca de la casa, en el abrumador catálogo de datos menores. Nuevas marquesinas de ocho metros en vez de cuatro, ciento sesenta y tantos contenedores soterrados, nosecuántas lámparas led, un millón de visitas a las diecinueve bibliotecas-bibliobús, tres cruces semafóricos acústicos para discapacitados… Nunca ha querido entender que eso es mentalidad de funcionario pequeño, no de alcalde grande. Claro que lo grande es precisamente donde está fracasando: Tabacalera o Astoria son desastres costosísimos –como para hacer tres veces Baños del Carmen- con una megalomanía cada vez más miope.  En Campamento o Bulevar, además, se ha dejado su viejo prestigio de no dejarse doblegar por sus propias siglas. Pero el alcalde sabe que con lo suyo –las pequeñas cosas y un populismo elegante incluso al bailar ‘zumba’- tiene carrete para seguir en el machito. Con todo a favor, está cada vez más lejos de pensar en una retirada honorable: la oposición no acaba de tener discurso, erre que erre a brochazos; la Junta desbarra y desbarra allanándole el mejor caladero de votos; y Bendodo no se atrevería a disputarle la candidatura, persuadido de que mejor dejarlo ganar y después si acaso una jubilación a mitad de mandato para heredar su trono. De momento pista libre.

Estos dos años, eso sí, han sido malos; de hecho peor que nunca. Por supuesto, la crisis es un lastre; pero además nadie da lo mejor de sí cuando lleva trece años en el mismo cargo. De ahí el narcisismo complaciente, el recurso de los viejos tics, las barricadas de datos menores. De su programa no hay huella; y su equipo es un mecano desencajado. La buena noticia para el alcalde es que aun así tiene talla para seguir ganando. Eso no significa, sin embargo, que sea una gran noticia para la ciudad. Málaga necesita romper la inercia y un alcalde con trece años en el cargo no será nunca quien lo haga.

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