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Del indulto al insulto
Teodoro León Gross 21-01-2014 | 9:23 | 0

El jefe del fútbol ha reclamado el indulto para Del Nido. Mientras en Marbella algunos tratan de levantar una barricada moral contra la impunidad, Villar le ha brindado la patente de corso de los “hombres del fútbol”. Lejos de Camus, el futbolista sentimental, Villar considera disculpable que el pájaro Del Nido haya sido condenado a siete años en el Tribunal Supremo por delitos continuados de malversación y prevaricación con decenas de minutas fraudulentas por tres millones en encargos ficticios o innecesarios, tarifando arbitrariamente para enriquecerse. Eso es ‘peccata minuta’.  Y le aplica la protección habitual de “hombre del fútbol”. Villar ya ha mirado para otro lado ante la sombra de amaños y cualquier gestión cenagosa, como con Pernía, ex del Racing, alejando la justicia deportiva del corsé molesto de la justicia. Viceblatter de la Fifa, siempre bajo la sombra del escándalo ahora con sucursal en Qatar, no es difícil entender cómo lleva más de veinticinco años en el cargo. Los críticos, en sus orígenes, lo consideraban un mediocre; pero con el tiempo ha acreditado las habilidades apropiadas. Por eso el corrupto Del Nido, a estas alturas, aún figura en su organigrama. Villar prefiere mantener al condenado porque el mensaje no va de ética sino ‘todos para uno, y uno para todos’. Él y los suyos, los hombres del fútbol.

Para Marbella, el indulto a Del Nido más que un agravio puede ser una derrota moral. Hay varias iniciativas ciudadanas contra ese indulto en change.org. y aunque no suman miles de firmas, al menos ponen el foco en la resistencia. De momento la oposición allí reclama que el Ayuntamiento se moje sospechando que la alcaldesa se haya enredado en otro pacto, como con los rascacielos, donde la sombra del gilismo no acaba de desvanecerse. Su partido ya se ha anotado un borrón cuando el presidente andaluz Zoido, ‘Guaninasio’ para los íntimos como ella, calificó la sentencia como “una mala noticia para la ciudad”. Juez antes que alcalde, es todo un retrato de prioridades su gesto de calificar la condena de un delincuente como una mala noticia. Así va esto, sumándose tácitamente al indulto de este saqueador del gilismo crepuscular, un don Guido machadiano con un carrerón desde las razzias de la extrema derecha hasta dar con su biotopo en el fútbol, donde las ideologías se relativizan en nombre del poder, y la política local, sobre todo en Marbella, aquella tierra de promisión de bolsas de basura con billetes de quinientos pavos, donde un abogado sin escrúpulos podía sacar buenas tajadas. Y la impunidad no solo es una catástrofe moral, sino un aval estimulante para todos los corruptos. Solo una letra y una preposición separan un ‘indulto de la sociedad’ del ‘insulto a la sociedad’; y es una frontera, claramente, muy fácil de cruzar.

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El nombre es el destino
Teodoro León Gross 06-12-2011 | 10:43 | 0

Hay personas que parecen unidas a un destino por su nombre. Esa era una idea irresistible ante Sócrates, el futbolista brasileño que acaba de morir de cirrosis, entre botellas y recuerdos. Según el viejo proverbio latino, nomen est omen. Desde luego cuesta creer que Alejandro o Napoleón hubieran sido otros de haberles bautizado Eufrasio Medio o Tartarín de Tarascón, pero aún hay universidades americanas donde se estudia esta relación del nombre y el destino, el nombre como primer pasaporte del éxito o el fracaso, o quizá como catalizador del azar. En fin, probablemente tampoco la inteligencia y la elegancia ética de aquel futbolista hubiesen variado de haberse llamado Caipirinho; pero el nombre Sócrates le confirió aureola a la leyenda de ‘el doctor’. Siempre pareció más que un futbolista, y eso que nada menos fue un maravilloso futbolista.

En un fútbol que ya en los ochenta derivaba al management del show business, Sócrates adquirió autoridad moral. Como el viejo filósofo de Atenas, persuadido de que lo que es bueno en un lugar debe ser bueno en cualquier lugar, el futbolista lideró en Corinthians la llamada ‘democracia corinthiana’, cuando aquel equipo ganador saltaba al campo con consignas contra la larga dictadura militar defendiendo desde sus camisetas ‘democracia ya’. Sócrates, como el filósofo, entendía que el conocimiento debe servir para vivir, e hizo del fútbol una máquina existencial: “Ganar o perder, pero siempre con democracia”. Su rechazo a jugar si no se imponía el sufragio universal, le llevó ese año a la Fiorentina y a desviar su carrera, como si se tratara de la cicuta del filósofo siglos atrás tras negarse primero a colaborar con los Treinta Tiranos y después a un apaño para salvarse de su arbitraria condena. Ese año se acabó su tiempo luminoso.

El fútbol, sin duda el gran espectáculo de masas legado por el siglo XX además del cine, es una máquina de felicidad aunque también llena de miserias. En su bulevar de la gloria hay un espacio para ese futbolista de pies pequeños, como las manos de la lluvia en el verso de Cummings, icono de una generación  brasileña inolvidable aunque no ganaran el título en esa década. Y no por la extravagancia de lanzar penaltis de tacón con la leyenda de un impredecible hueso malformado, sino por su liderazgo ético, más convincente que en Breitner desde que el Káiser Rojo fichó por el club simbólico para el franquismo aunque donara medio millón a los obreros en huelga en Standard. Tal vez fuesen tipos para otra época, impensables entre Messi o Cristiano o Rooney. Sócrates parecía perseguir en el estadio una idea, quizá porque su nombre realmente se había convertido en su destino.

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La pantalla del fútbol
Teodoro León Gross 29-04-2011 | 2:30 | 0

Incluso los periódicos se han convertido, con los derbys de los grandes del fútbol español, en retablos de la irracionalidad. Va de suyo en las televisiones o las publicaciones digitales donde hace tiempo claudicaron de elevarse sobre la ciénaga, pero el instinto del equilibrio ha desaparecido incluso en esos diarios que Vincent Moscó llamó ‘la línea Maginot’ de la cultura democrática, la última trinchera para defender una idea venerable del periodismo como antenas críticas de la sociedad. La cobertura de la Champions unida a la boda real en Inglaterra no se aleja demasiado de las agendas a The Sun o del Bild en Alemania; esos vertederos ilustres. No hay pasión colectiva como el fútbol, pero la trascendencia dada a las mentiras o las macarradas en las vísperas y la estela del partido se han elevado desproporcionadamente a frisos de la realidad. Y puede entenderse que funcione bien esa mercancía, sobre todo en tiempos de crisis como pasaporte de evasión frente a la trastienda sombría del paro, la corrupción, las trampas de la política o de la banca. Pero el fútbol es el espejo de la sociedad, como advierte el antropólogo Christian Bromberger, y las palabras de Mouriño o Guardiola son el único problema que no tiene el país. Ya parece una niñería ingenua aquella ‘Sociología insolente del fútbol español’ del gran Cuco Cerecedo, donde destripaba cómo el franquismo había utilizado el fútbol bajo la lógica del ‘pan y circo’ para desenfocar la realidad.

El fútbol desde luego es un entretenimiento maravilloso, un juego ingenioso que ha llegado a convertirse en el mayor espectáculo de masas del planeta, una fábrica de sueños sólo comparable a Hollywood. Hay momentos imborrables en la memoria sentimental del aficionado, como el gol legendario de Maradona a Inglaterra en México; y si los futbolistas, como se lamentaba Paul Gascoigne, se han convertido en ‘pollos de criadero’ manejados por esa industria, siempre queda margen para el arrebato luminoso como el gol de Messi tras un slalom con más golpes de cintura que Alberto Tomba en las laderas de Sestrière. Pero también hay otra cara en el fútbol menos amable, y desde luego el fútbol español está jodido: el año pasado, la ventaja de los dos primeros se alargó hasta 25 puntos, más que cualquiera otra, lo que desdice la existencia de una Liga porque es un duelo de dos, y es así sobre un sistema injusto de financiación, una competición por tanto adulterada y unas gestiones llevadas con opacidad hasta el desastre. Como dice el propio Bromberger, el fútbol es un ‘revelador’ social; y mientras otros países han investigado la corrupción de su fútbol, resulta significativo cómo aquí aún se tapa todo para exaltar el show irreal usándolo de pantalla. Lo de estos días ha sido bárbaro. Como alpiste para los pollos.

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El Málaga se hunde
Teodoro León Gross 08-03-2011 | 2:41 | 0

El naufragio del primer equipo de Málaga transmite esa clase de pesimismo que Saramago sintetizaba con facilidad: ‘el pesimista no soy yo, sino la realidad’. El Málaga del jeque debía triunfar y parece afectado por una avitaminosis invisible que desmorona su proyecto. Y pocas veces se le ha inyectado al equipo tanta energía euro sobre euro, con un técnico procedente del equipo nº1 en el Hall of Fame y con jugadores estelares como Baptista o Demichelis. Pero el fútbol tiene sus leyes. Atkinson dijo algo clarificador: “Voy a dar un pronóstico: puede pasar cualquier cosa”. El Liverpool desahuciado resucita contra el Chelsea, con la venganza sobre The Niño, e incluso el United; y no es explicable. Pero no es la primera vez que el talonario paga sólo fracasos. Ahí está la decepción del jeque Mansour al Nahyan con el City o el proyecto del Schalke 04 o el desengaño crónico de Abrahimovic mientras triunfa la escuela culé de la Masía.

El desencanto pesimista en Málaga se hace patente. En definitiva el fútbol es la gran pasión del hombre contemporáneo, como reclama el escribano de ‘El secreto de sus ojos’ de las barras de Racing, porque éste “puede cambiar de todo, de cara, de casa, de familia, de novia, de religión, de Dios, pero hay una cosa que no puede cambiar… de pasión”. Hay malagueños dispuestos a sobrellevar con indiferencia indolente a sus líderes políticos mediocres o a ciertos dirigentes inmorales con su catálogo habitual de mentiras, y asumir con naturalidad el pódium del paro o tener enquistados sus grandes proyectos incluso décadas, pero verse cada semana en el cuadrante rojo del descenso es un aguijonazo sentimental en la autoestima. Parece poco sensato, pero ya se entiende que una pasión no se mide en términos de sensatez.

Hay que desdramatizar la teoría del equipo de fútbol como termómetro de la ciudad. Realmente es posible una gran ciudad sin un gran equipo; como Berlín o incluso Moscú. Pero establecida esa excepción de la regla, sí que hay relación gran ciudad/gran equipo. Y sobre todo en la percepción de las grandes ciudades, en su visibilidad. Los equipos contribuyen a su imagen de marca y al ‘brand feeling’ con que éstas se venden. Oviedo o Santiago, desde sus hermosas capitalidades históricas, sufren el desgaste de su exclusión de la élite; y en cambio Villareal ha crecido arraigada en champions. El fútbol es un factor del ‘citymarketing’ o marketing de ciudad. En definitiva el equipo influye más en su imagen popular que la universidad o la orquesta sinfónica. Y Málaga empieza a parecer de segunda. En un ciclo de crisis, con la ciudad casi sin pulso, es una catástrofe simbólica que se ensancha semana tras semana.

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Decepción por pelotas
Teodoro León Gross 12-01-2011 | 3:44 | 0

La decepción del balón de oro es, como casi todas estas decepciones, demasiado epidérmica. Y a menudo sólo consisten en un mal análisis, como advertía Schopenhauer. De hecho resulta paradójico, después de proclamar hasta el hartazgo que Messi es el mejor del mundo, decepcionarse porque lo entronicen como el mejor del mundo. El eco de Suráfrica podría haber coronado a Iniesta, pero sencillamente le han dado algunos puntos más al mejor. No parece demasiado extravagante. El Balón de Oro, por demás, sólo es un premio; y como todos los premios, sujeto a prejuicios, arbitrariedades y empatías. Ni siquiera es el pasaporte para quedar en la memoria de los aficionados: de los últimos quince años, Papin o Belánov ya se han retrepado al olvido; y en cambio, aun sin Balón de Oro, nadie olvidará la geometría euclidiana de Laudrup o la elegancia pulmonar de Maldini, y por supuesto la jerarquía napoléonica de Baresi, mariscal dominador de los verdes campos de batalla en Europa durante una década, como el gol de Iniesta quedará en la retina sentimental de una generación, corriendo con su camiseta humilde de tirantes proletarios para recordar al amigo muerto aun bajo la euforia en apnea de los minutos agónicos de la final. Tampoco Proust, Joyce, Kafka o Borges ganaron el Premio Nobel de Literatura.

No se trata de un fracaso del fútbol español. El victimismo irredento del genoma nacional enseguida se ha abonado a la teoría de la conspiración o a la decepción de oficio, pero el éxito en fútbol es colectivo y España, además de títulos, suma jugadores y entrenadores en las candidaturas. Es ridículo culpar del fallo a la marca-país deduciendo que lo español no vende. Los tres jugadores y los tres entrenadores finalistas están en el fútbol español, cuyos grandes clubes lideran el ranking de la grada planetaria según la consultora alemana Sport und Markt. Y ya puede considerarse asombroso tratándose de un fútbol endogámico que no mira al mercado global, como advertía John Carlin ante el último clásico al constatar que la Liga había programado el mejor partido del mundo incomprensiblemente un lunes por la noche, despreciando a casi toda la audiencia asiática y americana al jugar a las tantas de la madrugada de un martes en Tokio o Shanghai y a mediodía de lunes al otro lado del Atlántico. Al fútbol español le falta instinto global, pero su éxito incluye las mejores botas y pizarras no siempre con dni doméstico: Messi, Cristiano, Mourinho… No se entiende, en fin, esta decepción por pelotas mientras un ciclista se cuelga en su casa ante la indiferencia de una sociedad acomodada a la doble moral al juzgar el fracaso envenenado de sus élites.

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