img
Sin tiempo para síndromes
img
Nuria Triguero | 07-09-2009 | 17:57

Este año se habla menos que nunca –gracias a Dios– del síndrome posvacacional: ese invento pseudopsicológico que tantos reportajes ha proporcionado a los telediarios, con consejos tan sensatos como «Levántese a la hora de la oficina desde la semana antes y así no notará el cambio» (claro, así para cuando empiece a trabajar ya estará fastidiado de sobra…). Quizá es por simple pudor: no está bonito ir por ahí quejándose de la vuelta al curro con más de cuatro millones de parados en el país. O quizá es que los que tenemos la suerte de regresar al trabajo tras las vacaciones –conozco a más de uno a quien se las han prorrogado indefinidamente– no nos podemos permitir este año ni síndrome posvacacional, ni «Tengo el correo saturado» ni cualquier otra excusa para estirar la vida contemplativa unos días más allá del 1 de septiembre.

Y es que las cosas no están como para perder el tiempo en las empresas. Muchas han recortado personal, lo cual suele significar más trabajo para los que se quedan. Además, se ha extendido la convicción de que todo el mundo tiene que arrimar el hombro para mantener el barco a flote. Y esto último es uno de los pocos efectos positivos de la crisis: los trabajadores se dan cuenta de que hay que pelear cada cliente, cada llamada, cada petición de presupuesto. Claro, lo triste es que eso ocurra porque la supervivencia de la empresa esté en peligro. Sería deseable que cuando vuelvan los buenos tiempos, las compañías logren mantener la misma motivación entre su plantilla, pero con reclamos positivos.

Y ¿qué hay de nuevo este curso? Porque de viejo ya tenemos mucho: crisis, desempleo, falta de financiación, deuda, debates demagógicos de los políticos a cuenta de todo lo anterior… Quizá esté pecando de optimista, pero en estos primeros días de septiembre, con todo lo parado que está el panorama económico, he atesorado algunos motivos para la esperanza. Me hablan de proyectos, prudentes y modestos, eso sí, pero proyectos al fin y al cabo, que permiten hablar de otra cosa que no sean cierres y despidos. Y trescientos empleados de Isofotón vuelven a la fábrica para atender pedidos, que por fin van llegando. No es para echar las campanas al vuelo, de acuerdo. Pero representa un poco de oxígeno para empezar a transitar este nuevo curso, que se presenta cuesta arriba.

(Publicado en ‘Dinero y Empleo’ el 6-9-2009)