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Nuria Triguero | 06-09-2010 | 19:54

No empezaré este artículo hablando del síndrome postvacacional. Y no sólo porque lo prometí en esta misma página hace un mes, ni porque el tema haya sido ya más que explotado por los telediarios desde hace dos semanas –y lo que les queda–. Por encima de todo eso, lo cierto es que quejarse de lo duro que es volver al trabajo me parece una frivolidad y hasta una ofensa para los casi cuatro millones de personas que carecen de empleo en España. Son 340.000 más que al término de agosto de 2009, pero para la ministra de Economía y Hacienda «no es un mal dato», ya que hablamos de un mes en el que tradicionalmente sube el paro, y esta vez lo ha hecho menos de lo habitual. No sé por qué, pero su argumentación me ha recordado a aquel compañero de instituto, repetidor empedernido, que consideraba un gran triunfo aprobar gimnasia y religión.

Málaga no ha sido ajena a esta nueva subida del desempleo. Durante el mes estrella –agosto– de nuestro sector estrella –el turismo– se inscribieron en las listas del paro 1.543 personas más, haciendo un total de 168.306. Resulta desconcertante que ni con los hoteles y chiringuitos de la Costa del Sol a rebosar –la patronal reconoce que ha sido el mejor verano de la crisis en términos de ocupación– se haya alegrado un poco el mercado laboral. Está claro que hay miedo a contratar personal entre los empresarios: muchos han exprimido a su exigua plantilla o recurrido a familiares para sobrellevar la temporada alta.

Tan sólo el discreto sector agrario ha conseguido reducir su tasa de paro en agosto. Y eso ha sido en parte gracias a la vendimia, que aunque en Málaga tiene proporciones mucho más modestas que en las grandes zonas vitivinícolas como La Rioja, se convierte cada año por estas fechas en una fuente de empleo temporal. Las organizaciones agrarias calculan que la recogida de la uva genera unos 120.000 jornales en la Axarquía, Ronda y el norte de la provincia, las áreas donde se concentra el mayor número de bodegas.

Curiosa panorámica la del sector vinícola malagueño: en Ronda cada año crece la superficie de viñedos mientras en Mollina se arrancan cepas. ¿Por qué, adscribiéndose ambas zonas al mismo consejo regulador? La respuesta hay que buscarla en el modelo de negocio que rige en cada zona. Bodegas de las llamadas ‘de autor’ en la Serranía, con producciones limitadas que cotizan cada vez más alto en los mercados ‘gourmet’; frente a un vino que se elabora en cooperativa y se vende a granel en su mayoría. A los caldos de la zona norte de Málaga les ocurre algo muy similar a lo que al aceite: más del 50% se exporta sin envasar, lo que supone renunciar al valor añadido que aporta la marca, la etiqueta. Claro que para recuperar ese caudal de rentabilidad que se escapa del campo tendría que haber inversores dispuestos a hacer en Mollina lo que se ha hecho en Ronda: arriesgar. Y es que también en un sector tan tradicional como el agroalimentario, innovar es la clave del éxito.

(Publicado en ‘Dinero & Empleo’ el 5 de septiembre de 2010)