Compañera.

Compañera, mi dulce compañera,
si supieses por ti lo que yo siento
y leyeses cabal mi pensamiento,
serías de mi cuerpo enredadera.

Compañera, mi hermosa primavera,
si tu amor me faltase algún momento,
hasta el postrer rincón del firmamento
el llanto de mi pecho percibiera.

Tan grande es mi dolor y abatimiento,
cuando, oculta, la muerte se acelera,
que brota de mi pecho este lamento.

Amarte eternamente yo quisiera,
pues soy de tus ternuras avariento.
Compañera…mi amada carcelera…

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Antonio Pardal

15-marzo-2007


Cuando yo me vaya.

Cuando yo me vaya,
no llores siquiera un minuto.
Coge mis cenizas y marchate al mar.
Ese mar que tanto quisimos los dos.
Y lenta, muy lenta, dispersalas todas,
sobre mis queridas y tranquilas olas.

Cuando yo me vaya
y te sientas sola,
no sufras tampoco ninguna tristeza.
Sal a la ventana
y contempla el mar, bello en su grandeza.
Y allí me verás lleno de alegría,
aguardando el día,
en que nos unamos en la eternidad.

Cuando yo me vaya,
no quiero que sufras ni que tengas pena.
Báñate en la playa,
que allí estaré yo mezclado en la arena…
besando tu cuerpo y tu piel querida…
esperando el día
en que nos unamos por siempre los dos,
allá… entre las aguas…
bañadas de sol…

Y cuando en el mar ya nos encontremos,
gozosos veremos
la vida que unidos supimos crear,
ese hijo bendito en quien viviremos…
allí… junto al mar…

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Antonio Pardal – 2003.

Malagueña

Miro tus ojos, que estoy adorando.
Beso tus labios, que endulzan mi boca.
Ciño tu cuerpo que mi alma trastoca
por la cintura que vas cimbreando.

Ay, malagueña, juncal y preciosa.
Flor del almendro vencido ya el frío,
dulce de pasas llegado el estío,
puro perfume de cálida rosa…

Quiero cantarte, mujer malagueña,
que eres bonita, cual roja amapola.
Tienes embrujo de hermosa sureña.

Eres el pino, la barca y la ola.
Eres mi vida, mi lar y mi leña.
¡Eres emblema del alma española…!




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Antonio Pardal.

Nocturno nº 27. Chopin





Por eso

Porque eres manantial de agua cristalina
que mitigas mi sed de amor y de ternura.
Porque eres luminaria situada en cada esquina
que das luz a mi vida en tiempos de amargura.

Porque fuiste mi sol en días de tormenta
y le diste el calor que a mi alma le faltaba,
cuando inerte y muy sola, de amor estaba hambrienta,
y una caricia tuya, mi pecho alimentaba.

Porque fuiste, del mar, la limpia y fresca brisa
que soplaba en mi rostro, cuando triste, lloraba.
Porque fuiste la flor que, humilde, con tu risa
y tu aroma hechicero, mi desgarro curaba.

Porque tú siempre has sido, en mi trágica vida,
la única persona que en verdad me ha querido,
perdonando mis fallos y dándome acogida,
cuando hundido y deshecho me encontraba afligido.

Por todas esas cosas y muchas más que siento,
te quiero y te querré mientas siga existiendo,
hasta el postrer suspiro, hasta mi último aliento,
que te susurrará… lo que te estoy queriendo…

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Antonio Pardal
Octubre, 2005


Diario SUR

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