Paula tiene 92 años.
La conocí hace poco más de dos. Fui a verla por primera vez cuando pidió un “visitador de enfermos” en la residencia donde vive, “Les Heures Douces”. Decir que tiene el pelo completamente blanco es, supongo, una tontería. Siempre limpia y cuidada. Siempre contenta de verme. Siempre en su sillón, de espaldas a la ventana, y a menudo con un libro en las manos, de algún tema de la realeza. Y es que Paula es una de las personas que más sabe de la familia real belga; detalles, parentescos, nombres, anécdotas, podéis preguntarle lo que queráis.
Hija de un pastelero y huérfana de madre, su vida no ha sido fácil. La segunda esposa de su padre no la quería, y no perdía ocasión de demostrárselo y de humillarla delante de sus otras dos hijas. Pero ella no se amilanaba, y varias veces le dijo a la cara lo que pensaba de ella. Nunca tuvo pelos en la lengua, mi Paula, a pesar de ser una persona de una gran educación.
Luego vino la guerra. Luego se casó con “el hombre más bueno del mundo” , como ella dice. Su cuarto está lleno de retratos suyos. Parece que tocaba el piano, y también pintaba. Tenía el pelo rubio, y hablaba muy bajito, muy bajito… “como si estuviera confesándose”, dice ella. Le gusta contarme lo feliz que fue con él, lo bueno que era protegiendo a los más débiles, lo bien que tocaba el piano…
Tenían una tiendecita de ultramarinos en el barrio de Ixelles, del que nunca se ha movido. Tuvo un hijo, pero desgraciadamente murió a los 30 años. Casi nunca habla de él, lo cual no es extraño: seguramente su subsconsciente ha borrado esa inmensa pena. Es mejor así. Cuado hablamos de él, no por hacerla sufrir sino porque lo que se comparte hace menos daño, me cuenta sin emoción especial, con pocas palabras, y después pasamos a otra cosa. El secreto de un visitador de enfermos es muy sencillo: escuchar, escuchar y escuchar. No visitamos únicamente a los creyentes, visitamos sin más, y hablamos de lo que el enfermo (o anciano) quiere hablar. Si quiere hablar de Dios, pues lo hacemos, pero de ninguna manera es nuestro objetivo.
Paula se cayó hace unas cuantas semanas, durante la noche. Desde entonces, y para su restablecimiento, le han cambiado el sillón. El nuevo es de cuero en lugar de tapicería, y la pobre no está cómoda; se resbala. Dice que la espalda se le queda en hueco. Por eso poco después de Navidad fui a verla y le dije que Papá Noël había dejado un regalo para ella en mi casa: un cojín; no podéis imaginaros lo contenta que está con él. Mil veces me ha dado las gracias.
Recibe la comunión una vez a la semana; no de mí, de otra señora que va a dársela los sábados. No se deja impresionar por los otros pensionistas, algunos desagradables porque amargados; y es que cada cual tiene una carga que llevar, algunas más pesadas que otras. Pero ella vive su vida, serena, incluso majestuosa…
Os cuento ésto para que no olvidéis que hay muchos viejitos que pasan días y días en las residencias de ancianos. Días iguales los unos a los otros, espantosamente iguales. No sé si os imagináis lo que significa para ellos recibir una visita, incluso muy breve. Mi Paula me dice que cuando me voy se queda con otro humor, que a veces se siente con energía !para limpiar la residencia de arriba a abajo!
Saludos cordiales de… todas las Paulas del mundo.

Servidora es el “taponcito de alberca” de la derecha.

