Nos estamos olvidando de los mayores

Leo con relativa sorpresa la noticia sobre el anciano de Huelva que no quiere salir del hospital. No es el primer caso en nuestra sociedad, y no va a ser el último. En este caso en particular según se dice no existen problemas económicos, lo cual ya es una suerte. Alguno puede pensar que está mejor aquí que en su casa de la que va a ser desahuciado. Pues no. Su carácter agresivo y déspota es algo a lo que están más que acostumbrados los enfermeros de nuestros hospitales. Porque no es el único, ni el primero, que se ve ingresado, impotente, abandonado y falto de cariño. Y el hombre reacciona de la misma forma que es tratado. No culpo al hospital ni al equipo médico, incluyendo enfermeros, culpo a la naturaleza del ser humano. No de éste ser humano, sino de todos los que tendrían que estar apoyándole desde su entrada por la puerta del hospital.

Hace unos tres años tuve que pasar una larga temporadita en el hospital de Ibiza para atender a mi pareja. El primer día que entramos, en la otra cama del hospital, una señora mayor, un tanto huraña, nos reclamaba menos gente en la habitación. No hacíamos ruido, tan sólo esperábamos a que terminase de despertar de la anestesia tras un accidente grave. Fue sólo el principio de una semana plagada de habitación a oscuras, silencio sepulcral, malos modos, respuestas bordes y gustos de la señora. Un ambiente más que deprimente para quien debía permanecer inmovilizada una buena temporada.

Tras esa semana, nos cambiaron de habitación. Ni nosotros ni los siguientes aguantaron mucho tiempo. Ni los enfermeros tampoco. ¿La dolencia de la señora? Según los médicos ninguna. Estaba más sana que un roble. Al cabo de un tiempo nos vino a visitar un amigo que se encontró a la señora deambulando por los pasillos. La saludó porque la conocía. En Ibiza acabas conociendo a la mitad de la población a poco que te muevas. Nos decía que fuera era una mujer simpática y amable. No lo parecía. Pero también que había tenido problemas con una hija que se había marchado a la península y que no venía a verla “ni aunque la ingresasen”. La mujer no buscaba un médico, tan sólo llamar la atención de su familia. Un poco de cariño a veces es la mejor de las vacunas que alguien pueda recibir. Y si alguien siente esa necesidad de afecto, son los niños y los mayores. Pero los segundos lo tienen algo más complicado.

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Diario SUR

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