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La comparación de las cinco
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Ivan Gelibter | 07-08-2013 | 18:35| 0

“Para competir en suelo inglés entrenamos en suelo argentino”. Estas fueron las palabras con las que cerraba el spot que hace algo más de un año el país sudamericano sacó a la luz, germen del penúltimo conato de conflicto entre este país y la Gran Bretaña del té, la niebla, la Reina y Cameron. Provocador hasta decir basta, el anuncio tenía como intención recordar una petición legítima. “Malvinas argentinas”, no como parte de una competición futbolística -en la que el almirante Nelson está claramente por detrás-, sino como reivindicación histórica planteada en el momento previo a la celebración de los Juegos Olímpicos.

Fernando Zylberberg -capitán de la selección argentina de hockey- encarnó entonces la figura del héroe que gana una pequeña batalla, estando la guerra aún lejos de estar igualada. Una ‘operación Doolittle’ del siglo XXI, enmarcada en los medios y las redes sociales. Una grabación “ilegal” realizada con nocturnidad para avisar a los ingleses de que se mantenía el interés en recuperar lo que dejó de ser propio en 1833, cuando el capitán de navío Onslow decidió que aquel páramo partido en dos era británico. Porque tenía la goleta más grande.

En España esta campaña pareció excesiva. Se culpó a una presidenta a la que se la acusó poco más que de desquiciada. Y es que claro, que un país descolonizado se atreva a enfrentarse a la vieja Europa cuesta digerirlo. Independientemente de lo bien o mal que se pudieran hacer las cosas, por ejemplo en casos como el de Repsol, la soberanía sobre una materia o sobre un territorio solo parece estar permitida a ciertos gobiernos. Pero también era un punto de inflexión. La ola “chavista” había retirado las mordazas a los territorios que no se la habían podido quitar desde la época de Hernán Cortés.

Lo que está sucediendo España y Gibraltar es quizá la mejor muestra del estado tan lamentable de la política en nuestro continente y más concretamente en nuestro país. Ahora somos nosotros los que tenemos el esparadrapo puesto en la boca. Nos dicen que tenemos que recortar y lo hacemos. La presidenta del FMI -que cobra 422.000 euros al año- dice que debemos bajar (aún más) los sueldos, y no se indignan nuestros líderes. Incluso Merkel se atrevió a hacernos comer todos nuestros pepinos de manera injustificada, y aquí no pasó nada. Lo último es que el “pirateo” eterno de los británicos llegue al punto de de hacer lo que les venga en gana en la bahía de Algeciras. ¿Nuestra reacción? Callar, como si el conflicto nos convirtiera en un país populista. Como si creyéramos que denunciar públicamente a Cameron fuera el equivalente a tocar la guitarrita en un programa de la tele. Porque somos mejores.

No, nuestra reacción es de una mala pretensión de ser sibilinos. Hacemos de ‘la verja’ una ronda sin fin. Pero sin que se nos oiga. Y claro, llega la Rosa, a la que se le puede acusar de mucho, pero nunca de no tener valor para asentar sus santas posaderas donde considera, y nos lleva, otra vez, al más absoluto ridículo. La altura política del torie debería ser un lugar al que llegar, no del que quejarnos. Si es legítima o no nuestra pelea por una roca, es algo complicado de definir, pero no lo debería ser nuestra firmeza. Miremos un poco al sur, porque a lo mejor ellos sí han aprendido, al menos, a que de vez en cuando a Isabel II se le atragante el té de las cinco.

http://www.youtube.com/watch?v=SClBhU-2TZo

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El páramo andaluz
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Ivan Gelibter | 31-07-2013 | 17:59| 0

Ni el mismísimo Conan Doyle, parapetado en su mejor traje de campiña inglesa de finales del siglo XIX, pudo jamás imaginar esta situación tal de vacío. Una cantidad intangible de nada por fuera y nada por dentro, trasladada en esta ocasión de la mansión de los Baskerville al contenido y al continente de la política andaluza de los últimos tiempos. Comprimida la sociedad en un sinfín de datos que bien podrían alentar al consumo masivo de Prozac, los andaluces nos vemos carente de médico al que acudir en caso de duda. Desde la inexistencia física como tal, pasando por algún agujero negro de nueva creación, y terminando en un vacío como el que deja la literatura en cualquier best seller conspiranoico sobre la espina que Cristo se clavó en alguno de sus viajes.

Empezar prohibiendo, imponiendo que una parte de la clase política no pueda sumarse como tal al concepto más tradicional de la religión -que por otro lado resulta ser el menos reaccionario de todos-, ejemplariza que la verdadera vocación de Izquierda Unida no es gobernar, sino influir hasta la extenuación como el eterno socio de gobierno entre dos aguas. No hay en esto una legitimidad perdida, ni tan siquiera un llamado de atención poco democrático. Más bien se trata de insistir que quizá no debieran presentar presidenciable. Si es que es finalmente el “chico nuevo” es la cabeza de cartel en las elecciones que tendrán lugar entre el mes que viene y 2016 -nunca una fecha electoral había sido tan usada en intereses propios- debiera concurrir en calidad de candidato a socio de gobierno. Hubiera sido más elegante que dejar en la estocada al mejor político malagueño de los últimos años, Moreno Brenes, con la excusa de no querer ver a un consejero llamando a los hombres de trono a alcanzar el cielo que la sociedad malagueña, casi en su totalidad, gusta de tocar cada primavera.

Un sabueso trianero -mucho más feroz que el inglés y sin necesidad de usar pinturas infernales- sigue aterrorizando a los miembros de su propia familia, como lo hacía el “perro del infierno” del cuento de sir Arthur. Elevado bajo un burdo intento de embauque que solo creen aquellos que comen y dan de comer al mismo círculo endogámico del que proceden. El género, la edad y la procedencia como débiles arietes de un ejército bien vestido, pero que en batallas solo sabrá atacar de frente, porque la falta de literatura no le dejó conocer que solo son los justos los que triunfan; y sobre los que haremos las canciones que eternizarán en qué se convirtieron.

El silencio -sin embargo-, la nada más intensa, la tienen aquellos cuyo ejército corre descamisado como cualquier legión uderziana después de ser bien atizados por los irreductibles. En manos de un alcalde que parece no pisar el suelo con los pies, sino con unos tacones de feria sevillana que no casan ni con alhambras, ni con albaicines, ni, por supuesto, con alcazabas. Y como saben que toca la cuarta mientras él baila la quinta, le dejan ahí, vestido de faralaes, esperando a que el pico de la gaviota señale al siguiente “pal matadero”.

Holmes camina por el páramo tratando de descubrir el misterio. Y se pregunta, mirando a su amigo, que le observa desconcertado. “¿Por qué son tan elementales, querido Watson?”

http://www.youtube.com/watch?v=fcHZGBVfY-0

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196
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Ivan Gelibter | 17-07-2013 | 19:10| 4

A veces el cinismo nos puede parecer divertido. Una demostración de cierta superioridad intelectual ante el adversario, que bien podía ser un amigo; o un compañero. Cinismo entendido como jugar a las marionetas hasta el orgasmo cerebral con alguien que ignora una buena parte de la realidad. Gozar hasta la saciedad por el simple hecho de proyectar una manipulación alejada de lo sostenible, entendiendo que se ostenta el poder del efecto del aleteo de una mariposa. Enfocar las consecuencias, no con la brisa del verano, sino con nuestra propia respiración, aumentándola con un suspiro incrementado; tal como si sopláramos unas velas sin número, unidad tras unidad.

El cinismo exige un estado lejano a la mediocridad. Una dialéctica, no solo decorosa, sino exuberante y voluminosa. Se necesita construir una cariátide bienencarada, con una mandíbula marcada y unos ojos de mármol que penetren sin el iris. No sirven torres dóricas pretenciosas, porque a simple vista se conocen lo que son aunque estén entre fieros leones, otrora guardianes de una decencia más propia de habitué, pero nunca maldecidos entre insulsos jabatos de reservas protegidas.

196 parece un número aleatorio. Un concepto random que introduce un cinismo mal entendido. 196 firmas que el alcalde de Jun no pudo conseguir para que el 29 de julio la militancia socialista pudiera ejercer su derecho al voto en las mal llamadas primarias. Una cantidad -la de avales presentados- que sumados a los de Luis Planas asciende a algo parecido a 10.000. Casi un cuarto de los socialistas con carnet -en un partido funcionando a la mitad- que querían votar, que no se resignaban a argumentarios prefabricados. Y unas urnas que nunca saldrán de sus cajas, que no podrán disfrutar como aquellas por las que nos rajamos hasta la última vestidura que poseeremos en nuestra existencia.

No es cierto que haya sido un proceso justo, limpio y ejemplar. De hecho, a duras penas se le puede llamar proceso. Aparte de la obviedad de que había candidatos que sabían antes que otros lo que iba a venir, otros factores han incidido de manera pronunciada. Hemos visto a cargos institucionales pedir avales, boli en mano y folio en el bolso, en actos oficiales. También hay personal laboral que pasillea afirmando que les han ‘obligado’ a firmarlos, pero que no lo harían efectivo en una urna. No es verdad que todos han tenido los mismos medios, así como no es cierto que la dirección no ha intervenido, y también es evidente que algunos tenían censos que otros no.

Obviemos ya hablar de los candidatos. Si una es mejor que el otro porque es joven o que el uno es mejor que la otra porque está a años luz de trayectoria y preparación. El cinismo se practica desde la inteligencia, desde la superiodidad intelectual de un individuo sobre todo. Creí pensar que era fácil ser arrastrado a mares de cinismo, ser enganchado a veletas movidas por fuertes tramontanas vendidas como aires de cambio. Lo cierto es que esto es pura estupidez. Una estupidez convertida en el ridículo más espantoso. El que hace que alguien desenpolve una urna que pretende no usar. Una burda malversación de una democracia que no es más que el simple reflejo de la situación crítica en la que nos ha tocado pacer a diario. Pero al menos algo de decencia podría ser protegida, recuperada y aplicada en intentar manipular sin faltar el respeto a una inteligencia que parece que falta a más de uno. Algo que nos salve a todos, algo por lo que uno pueda seguir luchando.

 

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Movimiento
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Ivan Gelibter | 27-03-2013 | 15:28| 0

A paso de malagueña lleno mi hiperbólica incoherencia manifiesta. Doy unos pasos para adelante y luego alguno más hacia atrás. Bailo ajustando el paso al rebote de las cornetas y los tambores de una tierra que ya es mía. Soy autodidacta en el sentir, creando mis propios recuerdos a base de lugares comunes en ese camino hacia la luna llena, que aunque se tapa demasiadas veces con las nubes, se entiende junto a las estrellas. No hablan mis instintos solo de imágenes y política, sino del orgullo de haberme construido mi propia identidad a base de ser centro en estúpidos radicalismos. De cocinar un pan con leche porque yo lo quise así; de salar limones y recortar cañas de azúcar bajo las corrientes de aire de un río sin agua, mientras espero que algún elemento descienda poco a poco acompañado de la música de Serrat, de un amigo y de una deseada sensación de pertenencia.

Ahora continúo caminando con los pies destrozados por un kilometraje inédito fuera de la semana, pero con un cerebro a punto de estallar por no saber ordenar el enclave de mi sentir. Lucho 51 semanas al año por encontrar la justicia, por evitar que prime la injusticia de lo absurdo. Un adoctrinamiento que me apuñala a cada momento, que hiere cuan representaciones son cantadas y vitoreadas. Hacia allí debemos dirigirnos prestos, a seguir batallando para que no sea una incoherencia escuchar la Caridad del Guadalquivir con el hombre o la mujer que hayamos decidido amar. Para que no se oigan voces estúpidas que claman por una lluvia malentendida estos días, pero que el resto del año comulgan con ruedas de molino.

Creerán que estoy en un error. Que no puedo secularizar lo que no me pertenece. Pensarán que es solo una cuestión de devoción espiritual y mirarán con soslayo por encima del hombro a los de mi calaña. A lo que, ingenuos, tenemos la capacidad de sentir sin ser sentidos; a respetar sin ser respetados; a escuchar sin ser escuchados. A los que llevan demasiadas primaveras cangrejeando delante de otros tronos, éstos crueles y viles, y no por puro placer cofrade, sino porque no había más caminos que tomar.

A paso de malagueña vivo en la incoherencia. Pero no es la mía mayor que la vuestra.

 

 

De fondo solo se oye un quejido;

hondo, seco, lastimero

 

Me detengo, me siento en una plaza y miro

Intento actuar como todos lo hacen aquí

 

Me masturbo con una huída a paso de malagueña

Cuesta abajo, hombros descubiertos

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Ella, de la que nadie habla, Ella
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Ivan Gelibter | 13-03-2013 | 17:42| 0

Escúchame amiga, no les hagas caso, no les prestes la más mínima atención. Limítate a actuar como lo hacen contigo. Llámalos “esos señores”; o mejor, no les llames nada, porque no se merecen ni tan siquiera una palabra que los defina. Préstame atención; aquello ya debe transformase en ceniza pisoteada por el tiempo, en nieve en la suela de tus botas puestas junto a la estufa, presta a ser volatilizada por el paso de un tiempo que ambos sabemos que no se va a detener. Sí, lo sé, sé que es un bloque de cenizas que no se pisoteó nunca del todo. Entiendo que los restos quemados de esa herida en sangre viva ascienden, y que mezcladas con las estrellas, forman el ojo de un tigre que te va a observar siempre. Y también me consta que todo tu dolor crece con ésto; con esta pesadilla retorcida una y otra vez; con esta indecente humillación que no es más que una cruel aliteración de lo que ya ocurrió.

Yo también tengo rabia, créeme. Yo también creí una vez estar en lo cierto. Dejé vagar ilusiones ingenuas en océanos ideológicos que pensé que eran acertados. Ojo, y lo eran, pero canalicé transgresiones en estructuras que solo buscaban poder. Una malentendida burocracia que día a día pisa valores para tratar de edificar inmuebles que se caerán en cualquier noche siguiente. Vale, tú no haces distinciones. Yo debo hacerlas, yo que aun mantengo algo de cordura pese a que me la intentan robar. Yo sí quiero que alguno se vaya, que deje este escenario ardiente en el que no hacen más que desorganizar y reventar enormes campos de fieles convicciones.

En esta ocasión, además, solo te mencionan de soslayo. Como si fueras una excusa en un debate. Como una moción en un pleno- perdona que use este símil- presentada para atacar por otros flancos. Eres un arma arrojadiza sin arma, porque tus ojeras y tus pastillas no hacen más daño que a ti misma. Lo que dolía eran esas manos en tus muñecas, esa cobra malencarada que intercambiaba su lengua húmeda de vicio con su horrible veneno social, impregnado en cada paso que dabas por los aledaños de tu casa. Y aun así te acusaron de ser una fresca faldicorta, sí, pero también de no merecer respeto por el tinte azulado de las costuras de tu cerebro.

Sí, amiga, te lo repito, escúchame porque tienes que saberlo. A mi no van a destruirme tanto como lo hicieron contigo, claro, pero la ira no me la vas a poder controlar. Aquí somos muchos los que van a mencionarte, los que van a escribir de ti. Los que recordarán que son solo dos equis las que te han marcado el destino. Porque ya no debe quedar más en nuestro imaginario que son tus tetas o las de cualquier otra las culpables de que los monstruos maten seres a plena luz del día. Porque no pueden volver los verdugos a los lugares de los crímenes si no es a humillarse públicamente. Porque no es posible que hayas tenido que huir para salvaguardarte. Y por supuesto, porque no vas a volver a ser nunca más una maldita ficha sin nombre y apellidos sobre la que jugar una partida política absurda e insultante. Por eso te escribo a ti hoy, Nevenka, para que duermas tranquila sabiendo que tu sufrimiento servirá para diezmar las reservas ideológicas de los indecentes, que dentro de cada vez menos tiempo, dejarán de regirnos por siempre jamás.

 

http://www.youtube.com/watch?v=m1F6qyaDpqM

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Europa II: Frío
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Ivan Gelibter | 06-03-2013 | 20:08| 1

Hoy siento frío. Una sensación que nada tiene que ver con la inevitable llegada de la primavera a un lago noruego. Ni siquiera allí supe sentir lo que siento entonces. Trato de escribir con Carlos Puebla o Mercedes Sosa, y aunque me hago creer que es para inspirarme, sé que lo hago por pura necesidad. Para sentirme quizá, más cerca de cosas que poco a poco van desapareciendo, para poder acogerme a esa melancolía latina que mis ojos miel y mi pelo rubio niegan, pero que mis entrañas se encargan de sacar afuera convertida en lágrimas que amenazan con ser congeladas por la melancolía de un pasado poco predispuesto y un futuro que no existe más.

No es cuestión de que hubiera una luz en su sonrisa. Ni siquiera sé si me gustaba del todo. Son las voces liberadas del conosur y más arriba, las que descubrieron y convirtieron en vasallas, las que siento cerca hoy. Hoy que el Cantor está callado, grito para que no silencien mis hermanos la esperanza, la luz y la alegría que entre trompicones y fallos vamos obteniendo. Hablo de esas voces que antes no podían más que hablar, porque son otros los que nunca le habían dejado escribir; las que solo escuchaban, porque ninguna sabía leer. Arde por eso mi orgullo latinoamericano desde un polo norte que no es capaz de escuchar flautas condenadas a crecer y a estallar.

Ya no quisimos que nos dieran más lecciones de falsas democracias, y elegimos nuestros propios falsos iconos. Y aunque pareciera que nuestras mordazas envenenan más que las de occidente, supimos construir fallos que no eran forasteros, crasas circunstancias innecesarias pero propias. Y acertamos, porque hasta los reyes de entonces, coetáneos hoy, necesitaron de exabruptos para intentar humillarnos, creyendo que su yugo sería eterno, haciendo clavar nuestras rodillas por siempre jamás. Ya no solo somos simples timoneles, sino que hemos comprado, aunque con demasiada sangre, nuestros propios timones, nuestros volantes hacia el destino que queramos elegir.

Siento frío. Cada día miro con más ansia un pasaporte que no es bordó, una opción b que está encuadrada en un inconsciente colectivo que pretende huir a tierras del norte. Yo sí voy a apenarme de la muerte de Chávez. Porque lo que no haré es llorar por cualquier oligarca hastiado de un socialismo que no conocíamos, pero sí voy a entender hermanos que aprendieron con él lo que son las palabras escritas en un folio; los que entendieron qué era ir a un colegio, porque en su locura animó a los sudacas a creerse que estábamos legitimados para errar en nuestra propia responsabilidad. Y precisamente porque los dioses nunca han sido justos al completo, él tampoco era una divinidad. Mis escalofríos no se relacionan con fotografías de héroes caídos ni con ruedas de prensa dramáticamente fabricadas. Algo hemos aprendido, así que hoy voy a llorar de esperanza, de ansia por poder ver una Sudamérica que no vuelva a necesitar a Evita, al Ché o a Chávez;  una Sudamérica que los necesitó para ser libres de una vez por todas. Quizá haya llegado el momento en que los maestros sean por fin los que tengan algo que enseñar, y los alumnos los que tengan mucho que aprender.

Allá te necesitaron. Tu imperfectísima existencia, tus métodos erróneos, tu vulgar chulería. Pero también tus objetivos y tu liderazgo. Una vez más, y para siempre: Hasta siempre Comandante.

http://www.youtube.com/watch?v=nmHIVSgSeIA

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Europa I: Roger y Vanessa
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Ivan Gelibter | 27-02-2013 | 16:34| 0

 

 

Roger es un señor belga muy simpático. Entre mi inglés y su italiano -que estuvo estudiando un año por motivos espirituales- nos fuimos entendiendo. Descubrí que hablo el italiano mejor de lo que pensaba, y también que España es tema de conversación entre las frites y las iglesias góticas. Él dice que tiene 66 años de vida pegada a la religión, por lo visto es una especie de pastor, y que nunca había tenido tan claro que el capitalismo no funciona. Conversamos durante una hora y media, lo que dura el trayecto de Charleroi a Lieja, sobre el país enfermo en el que vivimos. Los capicis servían de excelsos broches con los que concluía verdades que yo ya pensaba. Sobre corrupciones y austericidios, crisis ideológicas crónicas y ausencias de solidaridad. Versaba sin complejos, aclamando dimisiones papales y anhelando modernizaciones dignas de concilios. Y a favor del matrimonio gay, claro.

Con Vanessa fue distinto, la verdad. Aun era suficientemente joven como para no haber llegado a la segunda edad romántica del ser humano, la de la senectud. Por eso ella sabía tan bien como yo, porque mi generación no puede permitirse el lujo de ser romántica, que quizá era momento de volar y alejarse del invierno. Incluso me ofreció cobijo en su casa de Bruselas, donde volvió después de pasar varios años en Marbella. Con ella charlamos de la fría roca del paro permanente que cada día se asemeja más al musgo de las rocas de un río; frío y resbaladizo.

Quise relatar una Europa que inyectara optimismo; que me hiciera volver a Málaga con ganas de luchar y de escribir en positivo. Pero cómo hacerlo, cuál es la manera que tiene alguien de abstraerse de la ridícula batalla que coloca a Blas Infante como inmerecida arma arrojadiza, usando su himno como confrontación política, amueblando insustancialmente la trinchera de verdiblanco y provocando que el fuego cruzado acribille al sentido común. Porque encima ellos, que arden en deseos de pisar el palito, se alían pronto con la estupidez y devuelven la metralla con más metralla, matándonos a todos en desesperación. Tan ocupados estamos en batallas insustanciales de territorios que, al menos algunas, sirven para reafirmarse. Pasar de perfil en política es absurdo, y ya se sabe que los botones, hoy en día, además de destruir imperios, revelan personalidades yermas y pusilánimes.

Me mantengo en el viaje. Tengo ya poco tiempo para buscar soluciones que me gusten. Resoluciones que me hagan volver a España sabedor de nuevos argumentarios que ofrecer a quien me lea. No sé, alguna ley que impida que los ricos tengan sobresueldos millonarios mientras criminalizan a concejales vocacionales que no cobran un euro. Quizá algún país que funcione bien sin que les ilumine una monarquía absurda con miembros chorizos.

Ahora un bus, luego un tren y después el avión. Camino calle abajo y noto una sensación de que me controlan, de que me dicen qué debo hacer. Allí ya deben saberlo, deben notarlo; el viernes llego a Alemania.

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Encima de todo
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Ivan Gelibter | 20-02-2013 | 18:38| 0

Caigo, y creo que puedo decir caímos, en un soporífero sueño, un complejo entramado de Morfeo que bien podía haber sido diseñado por el mismísimo Christopher Nolan. Una somnolencia recurrente tras el espeso humo de después del almuerzo, más cerca de lo habitual, por desgracia, que de la tradición más nuestra. Parole, Parole con objetivo de ser verdades -por ser cien mil veces repetidas- en grado de tentativa, porque es un speech que ya nos sabe a un cóctel de milonga que hemos probado demasiadas veces. Sorbo a sorbo da la impresión de poderse soportar, pero en un día entero el sabor se hace más parecido a la cicuta.

 Decía ella que todo era mentira, que todo era quimera. Y lo decía hace muchos años, cuando los problemas eran otros. Quizá ni siquiera hablara de ello, pero la resignación era parecida. Algunos lo son por un amor cuyo cariño no se puede labrar, y otros por una realidad que no pueden mejorar. Decepción como concepto, como eje no transformador de nada. Ni daciones, ni dimisiones; mas sí reproches y gracietas. Y ministros andaluces aplaudiendo la deuda de nuestra sanidad. Vitoreándola, agazapados tras su otrora honorable bancada, como los sucios senadores romanos pidiendo sangre en los palcos del Coliseo. Seres que insinúan que son puestos por el pueblo y para el pueblo, resolución romántica y literaria en la que bañan los pocos remordimientos que puedan tener.

 Y luego nos quieren enseñar historia. Pero no de la verdad, la analizada, estudiada y documentada. Son retales construidos sin tiempos en medio, aunque algunos pretendan convertirlas, debido al instante al que intentan retroceder, en largas -perspectivas- caballeras. Sumo eso a primeros secretarios inoportunos, que lanzan cañonazos al mar adriático cuando va a comenzar la Batalla de Trafalgar. Piden solo algunas cabezas, olvidando que el traje está hecho a medida, y que los patrones son tres y bien distintos, pero nunca dos por urgencias.

 Y ante esta encrucijada que nos hallamos, en la que no se puede reivindicar desde un iPhone, en la que la cultura anda bajo sospecha, el paso previo de la represión, y en un debate en el que nos dicen que España es de los españoles, al menos para curarse, yo ya lo sé. Ya sé que cada día ansío más construir mi propia torre de arena donde así mi vida encerrar. Porque encima de todo, se ha muerto Marifé

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¿Alguien tiene un mechero?
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Ivan Gelibter | 13-02-2013 | 16:33| 0

Se retuerce la situación y las tuercas dan una vuelta y luego otra más. Ya uno vive en estado de desazón si no ha mirado la edición digital de un periódico en las últimas cuatro horas, preguntándose quién o de los de quién habrá salido a la palestra en el último ratito. Además que ya da igual si es de ellos o de los nuestros, porque ya no hay ni tuyos, ni suyos, ni nuestros. Tampoco nos importa si es aquí, allí o más allí, porque las equidistancias ya no existen si el virus está extendido. Y oigan, que nos resistimos a empezar a quemar contenedores.

Ni siquiera la tecnología nos salva. En un mundo hipercomunicado por smartphones, tabletas y tresgés, el autoritarismo se maneja como pez en el agua. Bastan unos cuantos inhibidores de frecuencia colocados estratégicamente para echar por tierra años de trabajo en Palo Alto. La torpeza, eso sí, parece que continuará inherente a cierta parte de nuestros dirigentes. Lo que pudiera decir Draghi ante nuestro parlamento, palabrería mentirosa al fin y al cabo, cobró mayor importancia por no dejar que algún diputado nos contara una reunión que jamás debió ser a puerta cerrada, sobre todo cuando es en la supuesta morada de la supuesta democracia.

Aquí cerca también tonteamos con la tecnología. En este caso con la ergonómica, por aquello de la silla de las narices. Porque ahora, según se dijo en el pleno de la Diputación de Málaga el martes, habría alguna posibilidad de que pudiera ser que fuera posible que el sillón no estuviera destinado al “archiárbitro”, sino a la vicepresidenta Caracuel. Total, que la broma ésta eclipsó la aprobación de la compatibilidad de Salomón Castiel para trabajar en la empresa privada. Y es que, como todo el mundo sabe, dirigir un centro cultural de referencia (como pretenden que sea La Térmica) cobrando 45.000€ es algo que se hace en media jornada. De 8 a 12 hay tiempo de sobra. Por supuesto.

Vuelvo a abrir las ediciones digitales. Por un momento pensé que podía haber ocurrido algo. Que Rajoy había dimitido, no sé. Que en Andalucía se habían tomado responsabilidades con el tema de los ERE. Recargaba las páginas creyendo que Bendodo podía haber mandado a paseo a López Nieto o a lo mejor que la Consejería de Fomento había llegado a un acuerdo con el Ayuntamiento de Málaga para hacer medio metro en superficie y el otro medio por debajo.  Pero no, solo leo que los grafólogos confirman la letra de Bárcenas o veo las justificaciones para una oficina de alcaldes y alcaldesas a los que hacen esperar 3 horas, así como la creación de unas líneas de autobús misteriosamente coincidentes con el nonato metro. Y yo vuelvo a preguntar, ¿qué estamos esperando para empezar a quemar contenedores?

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Yo no fui
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Ivan Gelibter | 06-02-2013 | 19:03| 0

Yo no fui. Yo no organicé estos asesinatos en masa, no preparé varios años antes estas torturas, así como no me estudié las burdas sentencias que ahora leen para que comprendamos que todo tenía un porqué. Yo no pude ser, ustedes lo saben; era muy pequeño y no pude hacerle frente. Es que ni siquiera sabía de qué estaban hablando, era feliz y punto. Fíjense, además, que estoy en un sendero yermo, en un páramo como el de Conan Doyle. Sí, señor, como el de Sir Arthur, solo que aquí en vez de un sabueso infernal, hay perros del maldito infierno. Jaurías de seres voraces que nos arrancan pedazo a pedazo lo poquito que nos va quedando. Y encima, sabe usted, como nuestra carne está caliente, van a por nosotros. Un juicio… ¿a mi?

 Ninguno de nosotros sabíamos nada. Claro que leíamos alguna cosa en los periódicos y en las noticias. Pero recuerden que eran solamente diminutos trazos de realidad, matices del va_todo_genial en sentido peyorativo. Ya saben, uno por aquí que se llevó algo, el otro por allá que colocó a no sé quien. Nada grave al fin y al cabo, o al menos eso decían en los púlpitos. Para mi los sobres eran unas cosas de papel que llevaban cartas de amor. Luego solo fueron vestigios de una civilización aplastada por ventanas y manzanas. Pero solo eso, sobres. Es que no teníamos más información. Yo me iba de viaje, esquiaba, mi familia se compraba una casa. No estábamos pendientes de esas estupideces de consejos de administración, organismos ridículos y control de dinero público. Es más, ¿yo que sabía que uno no podía fraccionar facturas para elegir a quien pagárselas?

 No sé como pueden acusarme de algo, si yo no sabía ni como se llamaban los de los bancos, quién era el presidente de la CEOE o el “trending topic” económico de entonces. Yo quería, cuando fuera mayor, escribir; así como el de atrás mía, el siguiente que juzgaréis, quería ser médico. Fueron ustedes, no lo olviden, los que me preguntaron qué quería ser de mayor. Un fallo, un fallo muy grave, porque mientras a mi y a mis compañeros nos preguntaban eso, había algunos otros a los que les preguntaban cómo querían vivir. Y eso no es lo mismo.

 Yo qué sabía lo que se movía en los partidos políticos. Nos hicieron creer ustedes, que no ellos, que estaba lleno de gente capaz, de grandes mentes, excepcionales ingenieros de una sociedad que debía estar siempre disculpando las molestias por estar en continua construcción. Y yo quería aprender a ser así. Poseer una gran mente y ser un excepcional ingeniero social. No pueden, después de todo esto, exigirnos contención a la hora de pisar cabezas y clavar cuchillos, pero aun así intentamos ser más moderados. No me compré pisos para ganar dinero, nunca tuve uno y no lo voy a tener. Pude despilfarrar mi dinero, pero jamás tiré por el sumidero lo que nos pertenecía a todos. No fui corrompido tampoco con ese mismo capital, y los billetes de quinientos euros los conocí en la televisión. Era, y soy, incapaz de crear un medio, de estar en todas partes y en ninguna, ni de ser testigo de nuestro contexto al completo. Seguía vuestro criterio y leía lo que me dabais, y me formé como vosotros quisisteis.

 Ustedes ya han fallado en este juicio sumarísimo en el que estamos acusados. “Es culpa de todos” reza la sentencia. Y yo, como alegato final, les pregunto: ¿cómo se atreven, siquiera, a meternos en ese saco? A querer hacernos partícipes de decisiones que no tomamos y de caminos que no escogimos. Precisamente ustedes, además, que han jodido nuestros futuros, que nos han enseñado dulces de mil sabores para darnos al final trozos de mierda envueltas en papel churruscado. Que han convertido el lugar en el que voy a pasar el resto de mi vida en retales putrefactos de aquello que prometieron. Que han actuado como termitas famélicas en cimientos de madera, escondidos como ratas mientras reventaban las bases sobre las que teníamos derecho a descansar. Perdónenme, pero yo no sigo con esta pantomima, yo hoy me levanto de este paripé interesado para mirar a mis compañeros, a mi generación. Porque llegará el día en que solo acusaremos a los culpables, y ese día, no les quepa duda, ustedes que hoy me señalan con el dedo van a pasarlo mal, porque actuaremos bajo una única directriz: la justicia.

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Sobre el autor Ivan Gelibter
Soy un ingenuo y creo en el periodismo. Política, música, #MalagaTrend y Guadalhorce. Redactor en @DiarioSur. Dostoievsky me enseñó a caminar sin apartarme