HOMBRES EMBARAZADOS

Mi colega Carmen Posadas afirma en su última columna del suplemento dominical del grupo Vocento que está harta de hombres metrosexuales, que ella los prefiere de toda la vida, con pelo legionario en pecho y sin pendientes; y que no estén todo el día queriendo tener un lado femenino. Eso sí, el único anhelo masculino que exculpa es el de poder dar a luz un hijo.

Afortunadamente cumplo casi todos los parámetros exigidos por esta uruguaya: no tengo ningún interés en depilarme y –supongo que por el miedo que me infundió mi padre prohibiéndome la entrada en casa si aparecía con un pendiente- todavía no me ha dado por perforarme los pabellones auditivos. Igualmente, estoy moderadamente satisfecho con mi género y lo único que verdaderamente envidio de una mujer es su capacidad para albergar una vida en mi vientre: materia viva que, obviamente, no tenga origen en la afición por la cerveza. Sin embargo, me temo, Carmen, que aunque el padre que acabo de citar si se llama Mariano, yo no me llamo igual; y ni mucho menos he sido o soy Gobernador del Banco de España.

Además, la cosa no queda ahí, ya que tampoco soy –no sé si por suerte o por desgracia- ni creo que seré el Sr. –o Sra.- Thomas Beatie, más conocido como el primer hombre embarazado: el único que creo que si ha podido materializar este deseo maternal masculino. El señor/señora Beatie ha tenido el privilegio de dar a luz una niña mediante parto natural. Menos natural, eso sí, ha sido su paso de la mujer que era al hombre que es, a base de quitarse los pechos e inyectarse hormonas viriles durante años. Beatie ha jugado con ventaja, se ha ido acercando físicamente al varón que siempre se ha sentido mentalmente, pero se ha guardado un as en la manga, o más bien en su barriga, que le ha permitido hacer uso de su matriz cuando ha llegado el momento, un momento que más de uno hemos deseado pero que nos vamos a quedar con las ganas.

Sea como sea, habrá que darle la bienvenida a esta pequeña y tener en cuenta que si el día de mañana se hace un ídolo de masas al igual que Iker Casillas, la calle habrá que dedicársela, en este caso, “al padre que la parió”.

EMILIO MORENO, MÚSICA DE PINCELES

Lo primero que tengo que decir, para que nadie se lleve a engaño, es que considero a Emilio mi amigo. Por eso lo acompañé hace unos días en la inauguración de su nueva exposición de pintura, que estará abierta hasta el próximo 30 de mayo en la sala de Cajamar en Málaga.

Sin embargo, esta amistad no es el motivo por el que quiero invitarles a que vayan a verla. La razón no es otra de que puedan disfrutan de lo que, a mi juicio, no deja de ser un paseo por imágenes oníricas y por anatomías figurativas.

Y es que Emilio, debido entre otras cosas a su sordomudez, se ha refugiado en un mundo interior de ilusiones y miedos, de sueños y frustraciones. Ha tomado una tela de color pardo o celeste y la ha puesto de fondo y marco de sus ensoñaciones.

El resultado de todo este proceso mental y artístico ha sido un ejército de figuras humanas de geografía y estructuras clásicas. Personajes muchos de ellos sumidos en el más profundo de los sueños, historias que nos hablan de una angustia vital que quiere ser libre: de hecho, en sus últimas obras va siendo habitual el contraste entre pájaros y mariposas –los dos pueden volar- compartiendo escenario pictórico con alambradas de espino.

Por poner algún defecto, yo le pediría a mi amigo Emilio que abandone la secuencia de estampas de ciudades andaluzas como, por ejemplo, la Alhambra de Granada o “El Cenachero” de Málaga: no dicen nada nuevo de su voz artística, lo único que demuestran una vez más es su depurada técnica, y eso ya lo sabemos. Algo parecido ocurre con la serie de tauromaquia, preciosa en su ejecución (ojalá alguna entidad relacionada con el mundo de los toros se la compre a buen precio, merece la pena) pero que se evaden de su lenguaje artístico tan particular.

Porque este lenguaje, esta voz propia de formas y colores, es ante la que uno puede rendir pleitesía: las palabras que a duras penas salen por su boca, salen a borbotones cambiando la saliva por el aceite de los óleos. No abandones nunca tu clamor, Emilio, porque el silencio de tus tímpanos se rompe con el estruendo de tus colores, porque tus labios son la música de tus pinceles.

JACARANDAS

En Málaga, la primavera viene dos veces al año.

Cualquiera que tenga el privilegio de recorrer sus calles, cualquiera que se deje embriagar con la luz tamizadamente luminosa de sus mañanas, puede descubrir unos árboles, las jacarandas, que por esta época adquieren tonalidades vistosamente violáceas. Tonalidades que después se tornarán verdes como el resto de árboles hasta que en otoño, como si de un extraño y repetido renacimiento primaveral se tratara, se volverá a repetir esta secuencia de colores. Curiosamente los malagueños tienen en estos árboles a unos abanderados de excepción, ya que les muestran generosos dos veces al año su insignia “verde y morá”.

Las jacarandas, o jacarandás, originarias de Sudamérica -su nombre deriva del guaraní- han conseguido que gentes de todo el mundo, atraídos sin duda por su belleza mutante y un tanto decadente, las secuestren para sus campos y, sobre todo, para sus ciudades (hasta mi mujer quería que pusiéramos una en nuestra terraza). El caso es que hace muchos años alguna de sus antecesoras viajó hasta el puerto de Sevilla, se multiplicó por rincones y aceras de la capital hispalense, y se extendió por toda Andalucía.

Porque hay árboles de ribera, de bosque, de parque, de jardín, de plaza, de campo y de calle. Algunos de ellos no soportan bien vocaciones urbanas impuestas por los hombres. Otros, en cambio, como los naranjos, exhiben su azahar con declaración expresa de amor callejero. Y algo parecido ocurre con las jacarandas, que se muestran partidarias desde un primer momento de vestir al asfalto y al cemento de lujosos trajes de temporada.

No lo olviden, en Málaga, dos veces al año, cuando el aire se llena de tibiezas nacientes o crepusculares, las jacarandas se mudan de vestido para acompañar nuestros días y nuestras horas con su sombra malva y acogedora.

PEDOS Y JAZMÍN

Quizás hubiera sido más justo titular este artículo sin la “D” medial de la primera palabra, porque esa sería la transcripción fonética andaluza de un vocablo que se suele pronunciar más que escribir.

Porque la cosa va de flatulencias: resulta que el experto mundial en este tipo de emisiones homínidas, Michael Levitt, ha expuesto la nariz de dos voluntarios a las consecuencias anales previsibles de 16 personas atiborradas con carácter previo a base de judías.

Eso sí, Levitt ha tenido el detalle de cambiar los sépticos traseros por unos falsamente asépticos matraces que habían sido recargados, como si fueran mecheros, con el gas extraído de estas 16 criaturitas.

Después, cual catadores de vino o aceite, estos dos voluntarios describían el olor y le ponían nota. Lo que no entiendo es, si querían distinguir variedad de olores, como no sumaron a las alubias coles o coliflores, que quizás hubieran añadido matices más frescos y tonos más afrutados.

El caso es que los resultados no han dicho nada nuevo: lo normal en el ser humano emita entre 10 y 20 ventosidades al día (y el que diga lo contrario miente) y es más habitual entre los hombres que entre las mujeres.

Además, se ha descubierto que lo que provoca el mal olor son básicamente tres compuestos. El sulfuro de hidrógeno, que ésta también en los huevos podridos: cosa normal teniendo en cuenta que es otro huevo podrido el que actúa como colofón de la flatulencia. A lo anterior se le añade el escatol, que está también en la carne de cerdo, y es que, ya se sabe, si quieres verte por dentro mira a un cerdo abierto. Y un último que es el indol, que también está en una pequeña proporción –curiosamente- en el aceite de jazmín.

Así que, ya saben, cuando se vean atrapados en el ascensor por la herencia hedionda que ha dejado un amable vecino, piensen en positivo, piensen en el indol, piensen en que lo que les ahoga es en parte una fresca y primaveral fragancia de jazmín.

ÚLTIMO DÍA, SESIÓN GOLFA CON 13 ROSAS

Hacía tiempo que no iba a un sesión golfa, desde mis tiempos de estudiante: el gran inconveniente es que los biorritmos también han cambiado desde los tiempos de estudiante, y ahora es inevitable caer en los brazos de Morfeo en forma de cabezaditas intermitentes.

Estoy un poco saturado de películas españolas sobre la Guerra Civil; sin embargo, como a mi mujer le apetecía mucho ver “13 rosas”, y como se lo merece después de aguantar mis escapadas diarias durante todo el festival, ha prevalecido con justicia su criterio.

La película, como me esperaba, es una producción con parámetros elevados de calidad en el diseño de vestuario, en la puesta en escena, en fotografía, en la banda sonora. No obstante, el problema de base, insisto, es mi hartazgo de este tipo de películas, un cansancio sobre un tema manido y recurrente, barnizado ahora con el martirio en clave femenina, aunque no hacía falta una cinta políticamente correcta para denotar que también las mujeres sufrieron los abusos de esta guerra fraticida.

Ha tenido que llegar la parte final para que haya saltado la vena sensible que todos llevamos dentro. La opinión sobre cualquier largometraje, como la opinión sobre cualquier expresión artística, esta muy condicionada al momento íntimo y personal del espectador, oyente o lector (es lo que defiende la llamada teoría de la “recepción”). En mi caso, la búsqueda y el hallazgo del expediente administrativo donde queda documentado el fusilamiento de mi abuelo por parte de las milicias republicanas, y mi propia paternidad, han sido el detonante para que no pare de llorar hasta que se han encendido las luces.

Porque, al igual que mi padre, y al igual que le ocurre al personaje de la madre que encarna Pilar López de Ayala, estoy convencido de que el último pensamiento de mi abuelo antes de recibir la bala injusta y asesina fue para los tres hijos pequeños que dejaba en este mundo.

DÍA 7, EL VIETNAM RIFEÑO

Como si de un extraña simetría se tratara, vuelvo al Albéniz a ver otro documental: “Rif 1921. Una historia olvidada”. Llego corriendo al final de la presentación y al entrar en la sala casi tengo una colisión de lujo: estoy a punto de llevarme por delante –el sueño de alguna que otra fans- a Imanol Arias, narrador de la historia.

Acabo de leer con fruición el libro de viajes por esta región de Lorenzo Silva, “Del Rif al Yebala”, y descubro con agrado que este escritor ha colaborado como guionista en el documental.

La cinta me parece que disecciona con precisión y con amenidad –aunque la segunda mitad resulta un poco más espesa- un conflicto bélico que claramente ha marcado la historia del siglo XX de nuestro país, y que sin embargo permanece en el más intencionado de los olvidos. Sólo un detalle, gracias al imperio cultural –sobre todo cinematográfico- de los Estados Unidos conocemos con mucha más profundidad la guerra de Vietnam que la guerra del Rif. Todo ello, a pesar de que ha sido determinante en muchos aspectos: dos ejemplos simbólicos y sintomáticos al mismo tiempo, esta guerra será la plataforma de lanzamiento de dos desconocidos hasta entonces: Francisco Franco y Pablo Iglesias.

A principios del siglo XX, Marruecos entra en la tarta africana a repartir por las potencias coloniales. Francia opta por una colonización sociocultural y económica y España, por desgracia, se queda en la ocupación militar a la fuerza. Curiosamente hay dos personajes que representan muy bien dos visiones antagónicas: el mariscal Lyautey, homosexual, preocupado porque el poder tribal y del sultán no desaparezca (sigue habiendo monumentos en Casablanca en su honor) y, por otro lado, el general Silvestre, empeñado en demostrar a su amigo el rey Alfonso XIII los cojones que tienen los soldados españoles. Resultado: más de diez muertos vilmente asesinados, torturados y abandonados en el Barrando del Lobo y, sobre todo, en Annual.

Con cada uno de esos soldados de clase humilde –los ricos pagaban y se libraban- todos los españoles tenemos contraída una deuda: recuperar de la ignominia y el olvido nuestro particular y castizo Vietnam rifeño.

DÍA 6, “ENLOQUECIDAS”

Llego a la plaza del teatro Cervantes y, a pesar de la lluvia, me la encuentro llena de gente. Tengo entrada para tercer piso, pero como voy solo espero hasta rellenar un hueco en el patio de butacas.

En la presentación de la película, la frase más repetida es “estar en Málaga es un placer”: síntoma inequívoco que lleva a pensar que en un ciudad no pequeña y hospitalaria como la nuestra, la continuidad del Festival de Cine está asegurada, salvo estupidez de algún político que no creo que sea el caso.

“Enloquecidas” arranca con un swing jazzístico que no lo abandonará hasta los títulos de crédito finales. Un ritmo pegadizo y agradable que impregna toda la cinta, desde la banda sonora hasta un guión por momentos disparatado, pero cargado de inventiva y de un humor felizmente atropellado.

Cervantes decía que hacer reír es tarea difícil de discretos; pues bien, las carcajadas que brotaban cada dos por tres en el teatro que lleva su nombre avalaban esa difícil y olvidada tarea de discretos: divertir al personal.

Por otro lado, el casting del film es muy acertado, y roza la perfección en el caso de un papel hecho a medida para la entrañable Verónica Forqué.

Y tampoco se olvida la película de reírse de sí misma, de reírse socarronamente y con cariño del propio gremio de actores. Una crítica que se hace extensiva para dar un buen repaso a otro gremio que se hace llamar clase política: incluso el marco original y esperpéntico de una ciudad en obras sirve de lanzadera para desahogarse a cuenta de alcaldes con ínfulas faraónicas, que cualquier de estos montan un metro desde la Puerta del Sol a la playa de Altea.

“Enloquecidas” no pretende se una obra maestra de Wilder, pero humildemente, casi pidiendo perdón, consigue, sin menosprecio de una calidad cinematográfica, que pasemos un buen rato. Por tanto, no se deberían caer los anillos de algunos si sale bien parada en el reparto de biznagas.

DÍA 5, RAFAEL AZCONA EN BARCO: UN BUEN GUIÓN

A finales del siglo XV los barcos genoveses llegaron al puerto de Málaga en busca de nuevas culturas y mercados. Hoy, otro buque de la misma antigua república marítima, el Athena, ha atracado también en el muelle malacitano en busca de la cultura del futuro – el “libro de arena” borgiano en forma de internet- y, de igual forma, unirse al Festival de Cine de esta ciudad. A su lado -otro vuelta de tuerca de la historia-, a levante, la réplica del Santísima Trinidad, uno de los barcos más emblemáticos de nuestra imperio naval que, como éste último, dejó de navegar en Trafalgar.

No sé qué ha sido antes, el huevo o la gallina. No sé si al “Málaga Valley Happening” se agregó el festival cinematográfico, o si fue a la inversa. Da igual, el caso es que, en mi opinión, la idea de vincular el Festival de Cine al puerto de Málaga y a un barco me parece la mejor idea que ha tenido esta undécima edicion. Es más, es tan buena que debería marcar un precedente y ser el inicio de una hermosa tradición.
Sigue lloviendo, he subido por la pasarela y he pasado por la cafetería del barco: suena un piano blanco. Pasillos, salones y camarotes son un hervidero de gente.
En el auditorio que hay a bordo se proyecta una entrevista a Rafael Azcona: un documental donde la genialidad modesta y sencilla del riojano rebosa en cada pregunta que se le formula.

Tampoco sé quién dijo que de un buen guión puede salir una buena o una mala película, de un mal guión sólo sale una mala película. Yo me enamoré de Azcona cuando me sedujo de principio a fin con “El bosque animado”. Ya había visto “El pisito” de Marco Ferreri, “El verdugo” o “La vaquilla” (Berlanga), pero gracias a la dictadura de imagen de los directores, que tanta veces eclipsa la labor imprescindible de los guionistas, no me había percatado de que también, entre bambalinas, Rafael Azcona estaba detrás de las mejores películas de nuestro cine.

Termina la proyección, se encienden las luces, paso de nuevo por la cafetería: en el piano blanco suena –me parece un poco temerario- el tema principal de “Titanic”.

No cabe duda, seguro que al espíritu Azcona, que se aloja en un camarote de estribor, se le está ocurriendo un buen guión sobre este barco varado en el Festival de Cine de Málaga.

DÍA 4, GLAMOUR REBAJADO CON AGUA

No ha llovido casi nada, pero ha sido suficiente para que la luz de domingo se transforme en lunes de rutina. Quizás todo un poco, la lluvia y el lunes, ha influido en que haya menos ambiente, y en que el glamour se haya descafeinado un poco, o más bien habría que decir que se ha rebajado con agua.

Me estreno en un estreno en el Cervantes. Para que lo voy a negar, es la primera vez que veo una película de la sección oficial del festival en este maravilloso teatro. Nada más entrar, me llama la atención la puesta en escena con un letrero central que dice “ARREBATO”, me parece elegante y –me estoy poniendo pesado- glamourosa.

No entiendo esta palabra, se lo pregunto a compañeros de fila y de columna y nadie me lo sabe explicar. Es curioso que todo es un montaje “teatral” para una representación “cinematográfica”
Llega un técnico de cine y le dice a unos amigos suyos que está muy nervioso y qua a ver si se toman unas copas después de la proyección.

Resulta que antes de la proyección de la película –se desvela lo que para mí era un misterio- se le entrega el premio a “Arrebato” como “Película de oro”. Hace aparición su protagonista Eusebio Poncela: lo hace embutido en una gorra, con gafas de sol de espejo y una actitud un tanto altiva; encima hace una crítica fuera de lugar al hecho de que premie una película que no se va a proyectar. Lo primero que tenías que haber hecho, Eusebio, es quitarte la gorra y las gafas, sobre todo teniendo en cuenta que te vas a dirigir a ese público que es tu alimento; lo segundo, limitarte a dar las gracias y hacer los comentarios sarcásticos de puertas adentro –quizás lleves razón y todo- y no te cara a la galería para hacerte el gracioso. Con lo que yo te admiro, me decepcionaste un poco, Eusebio.

Después de que el director de esta película dé las gracias vestido con una especie de pijama, y después de que también aparezcan director, productor y actores de “Bienvenido a Farewell-Gutmann”, comienza, por fin, esta película.

Y como estamos en el Cervantes, la película en cuestión no podía ser otra cosa que una obra de teatro: en el mismo escenario y pivotando en los diálogos como principal baluarte narrativo.
La cosa se va poniendo pesada, el cansancio y el sueño van reclamando su sitio después de una jornada agotadora. A pesar de la incomodidad de las butacas del Cervantes –ya sé que quizás sea un poco triste reconocerlo, pero dónde va a parar la comodidad de las de los Yelmo-Cineplex-, llega la primera de las tres cabezaditas, que más bien parecen las tres caídas en un film que se está convirtiendo en un vía vía crucis claustrofóbico.

Termina la película, el público aplaude, yo no.

DÍA 3, DOMINGO DE CORTOS

Tarde de domingo primaveral, casi veraniego; luz tamizada por una leve brisa fresca. La calle Alcazabilla, alrededor del cine Albéniz, sigue llena de gente, el ambiente no decae, parece estar ausente en el aire la tristeza congénita de una tarde dominical.

Otro de los alicientes del Festival de Cine es que te permite ver sesiones de varios cortometrajes, en este caso una tanda de la sección oficial del concurso en esta categoría.

Borges decía que en la novela sólo existe inspiración en la primera página, el resto es cuestión de disciplina. Por el contrario, en el cuento, en el relato corto, el maestro argentino proponía desprenderse de lo innecesario, quedarse justo con las palabras imprescindibles para poder hablar de una obra de arte.

Salvando las distancias entre el lenguaje literario y el cinematográfico, algo parecido se puede predicar de un corto: en unos cuantos minutos se tiene que contar una historia con un principio y un final, se tiene que marcar un ritmo, se tiene que perfilar con tres brochazos todo un personaje; en definitiva, se tiene que destilar el aguardiente de un largometraje hasta dejarlo reducido a una copita que tiene menos agua, pero toda su esencia concentrada.

Los seis toros de la tarde no han sido malos, buen juego, bien presentados, todos ellos con trapío, no hay ninguno que suspenda y no hay división en el público, todos son aplaudidos:

– 18 segundos. Parece un guión de Mamet, dos historias paralelas de un hombre y una mujer, diseccionadas en fracciones de segundos, que todo apunta a que se van a unir al final. 4 puntos.

– Alumbramiento: Ejercicio interesante para este tipo de metraje, ya que, al contrario que sus compañeros de cartel, no juega con guiños y giros de guión: se limita a retratar, con honestidad y pulcritud en la mirada, las últimas horas de una anciana en torno a sus hijos. 4 puntos.

– Limoncello: Dividido a su vez, como cualquier lidia, en tres tercios que tienen como escenario común la embajada del legendario Oeste en el desierto almeriense de Tabernas. Las tres historias juegan con sorprender al espectador con una vuelta de tuerca final en el argumento. 3 puntos.

– El talento de las moscas: El mejor para mí. La historia del encuentro, al final de la Segunda Guerra Mundial, entre una exiliada española y su hijo y el autor inmortal de El principito que aparece colgado en un paracaídas en el jardín. Los personajes, la historia, la fotografía, las miradas… hacen de ella una obra maestra. 5 puntos.

– Un hombre tranquilo: Las tres primeras veces te ríes a carcajadas con la parodia del sujeto machista hispánico que hace de padre de familia protagonista. Después la risa se va apagando ante la insistencia recurrente en la misma cantera. 3 puntos.

– Paseo: El segundo que más me ha gustado. El primer corto que veo protagonizado por José Sacristán, que sin duda alguna barniza de buena interpretación una buena historia bien contada; eso sí, otra historia más de la Guerra Civil. Le daría 4,5 puntos; pero no me deja la papeleta, así que se queda en 4.

Me voy del cine entendiendo cada vez más porque Borges no escribió ni una sola novela: sólo cuentos y poemas. Belleza en esencia.

Diario SUR

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