DÍA 2, BANDA SONORA

Yo no tengo ninguna relación con los organizadores del Festival de Cine, ni con el Ayuntamiento; sin embargo, como malagueño y como cinéfilo, se me eriza el vello –el del brazo…- cuando subo calle Alcazabilla y veo gente por todos lados, gente de dentro y gente de fuera, improvisados amigos que van haciendo de guías turísticos: “Este es Palacio de la Aduana, era la antigua Aduana de Málaga”. Los bares y los restaurantes están repletos y las puertas del cine Albéniz están taponadas de gente que quiere entrar, que quiere salir, o que espera a que salga algún famoso. Es una especie de fiebre colectiva de sábado noche provocada por bacterias con forma de fotograma.

En la taquilla de este cine ya hay dos carteles que anuncian que se han agotado las entradas para dos largometrajes. Me pongo en la cola de diez metros con la esperanza de que quede alguna para la sesión de documentales, que ha pasado de ser una opción más a la única opción, si es que persisto en la idea de sentarme esta noche en una butaca.

Ir al cine es una liturgia cargada de símbolos en torno a una pretensión: ver una obra de arte que han hecho muchas personas que no están en esta particular parroquia que se queda a oscuras cuando empieza la misa. Por eso, el hecho de que los directores de los documentales te hagan algún comentario sobre lo que vas a ver a continuación añade un valor añadido a la eucaristía: el padre de la criatura objeto de visión –y puede que de adoración- está allí presente, contigo.

El presentador nos pide permiso para cambiar el orden de los documentales: se va a poner primero el que va sobre Jordá y después el que analiza la historia del baile popular en España desde la Guerra Civil. Estoy a punto de levantar la mano para no dar mi aquiescencia, pero me da vergüenza.

El primer documental tiene algunos pequeños detalles originales (más del guionista que de la directora), pero el resultado final es aburrido, pesado y lento. No se cumple el primer mandamiento de esta religión: mantener al espectador con el culo pegado al asiento.

El segundo tiene un formato más convencional, pero tiene un buen ritmo, está bien documentado –como buen “documental”- y se adorna con la banda sonora de la vida de nuestros abuelos, de nuestros padres y de nosotros mismos. La verbena, el guateque y las discotecas son espacios de música y seducción: la pregunta que me hago es qué sintonía tiene el siguiente espacio colectivo en el tiempo: el botellón. Hoy es sábado, y es como un buen reportaje de “Informe Semanal”, pero más largo, en pantalla grande y sin anuncios. Tenía que haberme atrevido a levantar la mano.

Salgo del cine después de haber votado y me voy a la plaza de la Merced: el que vende carteles de cine improvisa un karaoke y se atreve a cantar otra de mis preferidas: “Moonriver”. Si hiciera mi propia película sobre los días de este festival, esta noche habría sido el turno de la banda sonora.

DÍA PRIMERO: INAUGURACIÓN Y ALFOMBRA ROJA

Salgo de casa con tiempo para llegar una hora antes a la alfombra roja que conduce a la puerta del Teatro Cervantes; pero el atasco es monumental: “Esto será por el dichoso festival de cine, seguro”, vocifera el del coche que va al lado. Menos mal que me busco mis atajos; aunque, eso sí, nos la tenemos que jugar –mi coche y yo- aparcando en la Cruz Verde.

La luz en la plaza del Cervantes, que ya se está llenando de gente, tiene una luminosidad decadente, una claridad acogedora que la hace única: totalmente distinta a la luz cenicienta y tibia del septiembre del festival de cine donostiarra.

Entre el público dominan las quinceañeras con el kit completo de fans incondicional: papel y boli, móvil y cámara digital, y garganta chillona dispuesta a destrozar tímpanos. Pasa una máquina torito y la gente tiene tantas ganas de gritar que el conductor se convierte en espontánea estrella de cine. Llega el alcalde: Paaco, Paaco, Paaco…

No puedo evitar desviar la mirada de la alfombra roja: al fondo, a mi derecha, me detengo en una joven de tez blanquecina, ojos claros y labios gruesos: es una mezcla entre Ornella Mutti y Natasha Kinski. No es ningún famosa, es una más entre el público; sin embargo, su indiferencia elegante y la dulzura de su mirada hacen que la mire una y otra vez.

Llega Hugo –el de “Los hombres de Paco- y me tengo que tapar los oídos del lío que se forma: “Si llevara otras bragas te las tiraba…”. Con él viene Lolita, pero nadie dice nada sobre tirarle un calzoncillo.

Llega el Ministro de Cultura: silencio, muchos no lo conocen. Llega Fran Perea: nueva onda expansiva de gritos.

La joven de la tez blanquecina le da un beso a su novio, a su marido, o su lo que sea…

Llega la Consejera de Cultura: silencio. Llega una tal Manuela: no la conozco, pero es la primera mujer a la que piden autógrafos el ejército de fans. Llega nada más y nada menos que Don Mariano Ozores y señora: pero, claro está, silencio.

“El maricón tiene el restaurante abierto”, dice el marido señalado a un Ángel y una Virgen. “Será para que ahora vayan todos sus amigos”, le responde la mujer.

Llega Natalia Verbeke (esa sí la conozco): impresionante. Llega Pepón Nieto para continuar la saga malagueña. Llega Guillermo Toledo en camiseta: “Me parece una falta total de respeto”, me dice una de las pocas señoras mayores que se ha atrevido a meterse en la marabunta.

Llega Corbacho de nazareno y gorra: parece que va en la sección de la Virgen. Y mira por donde aparece bajo palio Doña Carmen Sevilla. No cabe duda, son las ocho y ha terminado la procesión, o debe estar a punto.

Me duelen las piernas y me vuelvo a casa porque en mi abono no está incluido la sesión de inauguración.

Me quedo en la retina con la Málaga incondicional y merdellona (ya decía Ana Belén que era el mejor sitio para grabar un disco en directo), me quedo con la joven de tez blanquecina y con la luz de la tarde mediterránea, siempre la luz.

DÍA PRIMERO: INAUGURACIÓN Y ALFOMBRA ROJA

Salgo de casa con tiempo para llegar una hora antes a la alfombra roja que conduce a la puerta del Teatro Cervantes; pero el atasco es monumental: “Esto será por el dichoso festival de cine, seguro”, vocifera el del coche que va al lado. Menos mal que me busco mis atajos; aunque, eso sí, nos la tenemos que jugar –mi coche y yo- aparcando en la Cruz Verde.

La luz en la plaza del Cervantes, que ya se está llenando de gente, tiene una luminosidad decadente, una claridad acogedora que la hace única: totalmente distinta a la luz cenicienta y tibia del septiembre del festival de cine donostiarra.

Entre el público dominan las quinceañeras con el kit completo de fans incondicional: papel y boli, móvil y cámara digital, y garganta chillona dispuesta a destrozar tímpanos. Pasa una máquina torito y la gente tiene tantas ganas de gritar que el conductor se convierte en espontánea estrella de cine. Llega el alcalde: Paaco, Paaco, Paaco…

No puedo evitar desviar la mirada de la alfombra roja: al fondo, a mi derecha, me detengo en una joven de tez blanquecina, ojos claros y labios gruesos: es una mezcla entre Ornella Mutti y Natasha Kinski. No es ningún famosa, es una más entre el público; sin embargo, su indiferencia elegante y la dulzura de su mirada hacen que la mire una y otra vez.

Llega Hugo –el de “Los hombres de Paco- y me tengo que tapar los oídos del lío que se forma: “Si llevara otras bragas te las tiraba…”. Con él viene Lolita, pero nadie dice nada sobre tirarle un calzoncillo.

Llega el Ministro de Cultura: silencio, muchos no lo conocen. Llega Fran Perea: nueva onda expansiva de gritos.

La joven de la tez blanquecina le da un beso a su novio, a su marido, o su lo que sea…

Llega la Consejera de Cultura: silencio. Llega una tal Manuela: no la conozco, pero es la primera mujer a la que piden autógrafos el ejército de fans. Llega nada más y nada menos que Don Mariano Ozores y señora: pero, claro está, silencio.

“El maricón tiene el restaurante abierto”, dice el marido señalado a un Ángel y una Virgen. “Será para que ahora vayan todos sus amigos”, le responde la mujer.

Llega Natalia Verbeke (esa sí la conozco): impresionante. Llega Pepón Nieto para continuar la saga malagueña. Llega Guillermo Toledo en camiseta: “Me parece una falta total de respeto”, me dice una de las pocas señoras mayores que se ha atrevido a meterse en la marabunta.

Llega Corbacho de nazareno y gorra: parece que va en la sección de la Virgen. Y mira por donde aparece bajo palio Doña Carmen Sevilla. No cabe duda, son las ocho y ha terminado la procesión, o debe estar a punto.

Me duelen las piernas y me vuelvo a casa porque en mi abono no está incluido la sesión de inauguración.

Me quedo en la retina con la Málaga incondicional y merdellona (ya decía Ana Belén que era el mejor sitio para grabar un disco en directo), me quedo con la joven de tez blanquecina y con la luz de la tarde mediterránea, siempre la luz.

Diario SUR

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