Puesta a punto

Mientras camino con espíritu deportivo por el “jubilódromo” –léase paseo marítimo- en pos de mi benefactora sesión de gimnasia,  a la que añado por cuenta propia unos kilómetros en el tranvía de San Fernando, vengo observando estas mañanas primaverales un gran trasiego de personal y vehículos pesados en nuestras playas, trabajando denodadamente para ponerlas a punto ya que, como es bien patente, han quedado un tanto castigadas a lo largo de este pasado invierno por diversos y continuos temporales.

Dicho lo cual debo precisar que no estaba pensando en esa puesta a punto cuando me he decidido a hilvanar estas líneas. Yo en realidad pensaba en otra, justamente la que tiene que ver con el gimnasio, la actividad física y los sacrificios de índole gastronómica que por estas fechas solemos imponernos a fin de que, cuando nos pongamos el bañador, no se noten mucho determinadas evidencias de las que no nos acordamos cuando damos rienda suelta a esos placeres terrenales en los que ahora mismo estamos todos pensando.

Lo cierto es que cuando ya lo ves todo casi perdido, lo que suele ocurrir al notar que los exquisitos postres de Semana Santa han hecho de las suyas, te pasas una buena temporada absteniéndote del disfrute de la mesa, haciendo kilómetros a diario, acudiendo con regularidad al gimnasio a fin de machacarte con pesas, cintas, circuitos, cientos de flexiones, sentadillas y otras artimañas con las que el monitor nos somete a insufribles baqueteos… Todo para aligerar unos gramos y así presumir ante los amiguetes no sólo de estar en plena forma, sino de poder dar, sin remordimiento alguno, buena cuenta de unas cervezas con calamares cuando se tercie y sin que la báscula nos ponga de mala uva. Sin embargo cuando ya crees que estás  dominando la situación y triunfando en los ambientes sociales en que te mueves, presumiendo de que has bajado un agujero en el cinturón, te vas un día con tu esposa a un conocido centro comercial, entras en cualquier probador a ver cómo te queda una preciosa camisa que te has comprado para rematar la faena, y el espejo de modo implacable te pone en tu sitio. Es entonces cuando lastimosamente se acuerda uno de los kilos de brócoli sin apenas acompañamiento carnal que habrá deglutido durante semanas, acaso con la vista puesta de modo inconsciente en esos falsos referentes que, engañosamente, aparecen en los espacios publicitarios despertando envidias y enseñando espectaculares cuerpazos que dejan atónitas a las mujeres y a los sufridos maridos con las orejas gachas ante semejante despliegue físico.

Y a todo esto mi mujer sin entender que mi fobia a ir con ella de compras no se debe más que a la dura realidad que los espejos del mencionado centro se encargan de mostrar de modo tan despiadado a cualquier hijo de vecino. En fin, aunque ella no precisa de aclaración alguna para darse cuenta de que el brócoli no hace milagros para mejorar tan desolador panorama, cualquier día de éstos tendré que sentarme con ella y hablarle muy seriamente de que no me rindo y sigo haciendo lo que puedo que no es poco. Por cierto, esta mañana al levantarme para preparar nuestro matinal limón con miel me ha observado de un modo raro y, creyendo que lo hacía recreándose en el bonito pijama que me regaló por el Día del Padre, me da la impresión de que no he sabido interpretarlo debidamente. Cosas que pasan.

 

 Juan Leiva León

 

Compañero de viaje

Los que pertenecemos a ese veterano y mal llamado club de clases pasivas –donde que yo sepa no recibimos a estas alturas clases de nada- a menudo nos olvidamos de que ya estamos casi en primera línea de esa batalla que, por mucha munición disponible, acabaremos perdiendo un día o un año  de éstos. Encima no caemos en la cuenta de que el destino, o quien sea, no se conforma con traernos malas noticias a cuentagotas sino que, en un afán desmedido por aguarnos la fiesta, a veces nos endosa en poco tiempo una andanada de hechos incluso luctuosos que nos dejan desarmados por completo y con el corazón encogido; como si a ese disco blando, donde guardamos tantas emociones, pudiéramos pegarle tantos sobresaltos que la vida nos depara a la vuelta de cualquier esquina.

Si la pasada semana se me fue una maestra a la que yo tenía un especial aprecio, apenas dos días después, podría decirse que a traición, me llaman para decirme que Ángel Romero, compañero de viaje en multitud de aventuras por los intrincados caminos de la docencia, también ha hecho lo mismo, sin avisar, en silencio y procurando no molestar; vamos, discretamente como era su modo de manejarse. Tan dolorosa noticia me dejó hecho polvo pues, aunque ya sabía de la gravedad de su estado, de ningún modo podía imaginar que su muerte era tan inminente. Él fue para mí una referencia importante cuando, siendo yo un imberbe, llegué destinado a mi instituto de Fuengirola dispuesto a conquistar el mundo y lo que hiciera falta para tratar de hacer realidad mi sueño de ser profesor. Luego fue un estupendo amigo y finalmente un buen vecino con quien compartí muchas cosas; sin duda la más importante fue ver crecer a nuestros hijos desde que eran unos renacuajos hasta contemplarlos ya talluditos.

Inevitablemente me viene a la memoria una fría mañana de noviembre de 1977 cuando llegué a Fuengirola y me dirigí al que ha sido mi instituto durante toda mi trayectoria docente, sin saber entonces apenas nada del mundillo en el que se iba a desarrollar mi vida a partir de ese momento. Todo el profesorado era interino excepto el director y Ángel Romero que era vicedirector del centro; por cierto, había huelga del profesorado ya que por aquellos años se reivindicaba un contrato laboral que diese estabilidad  a las plantillas y la supresión del sistema de oposiciones vigente, así que me encontré con un panorama un tanto crispado. Al recibirme ambos en el despacho de dirección confieso que, aun no habiendo tanta diferencia de edad con ellos, me sentí casi como el alumno que es citado para ser llamado al orden; y la verdad es que estuve muy apocado, circunstancia que ellos observaban creo que haciendo un esfuerzo por contener la carcajada que aquella especie de novatada les provocaba. Viéndome tan apurado Ángel, con  un gesto socarrón muy suyo que noté en aquel instante y luego muchas veces más a lo largo de los años, quiso darme conversación sobre algún asunto trivial a fin de relajarme, pero la verdad es que yo los veía tan serios y ceremoniosamente vestidos -con chaqueta, corbata, etc.- que los percibí más como si fuesen mis profesores que otra cosa. Salí de aquella especie de encerrona como mejor me las apañé y, acaso para aliviar mi desasosiego, me llevaron al bar del zoo a tomar un cafelito pues había llegado la hora del recreo. Allí en su compañía me relajé y Ángel me dio los primeros consejos a los que yo, acaso por los nervios, no presté la atención debida; sin embargo, aunque veterano, no supo muy bien qué decirme cuando se me ocurrió preguntarle, viendo el panorama del instituto en paro casi total,  si yo también debería ponerme en huelga sin haberme estrenado siquiera. Recuerdo que sí tuvo una respuesta para mí: “Ha llegado la hora de que empieces a tomar tus propias decisiones”. Y llevaba razón, yo diría que mucha razón. En realidad, sin decirme gran cosa, acababa de darme la primera lección en mi  andadura docente.

No tardé mucho en conocer al Ángel entrañable y a su vez dotado de un buen sentido del humor que se ocultaba tras aquella primera impresión que me había llevado; sin embargo siempre lo tuve como un referente que me imponía un cierto respeto, como si fuese una especie de mentor del que debía aprender  en aquel nuevo escenario donde me estaba situando en mis primeros años de profesor en el instituto. Además me sorprendió siempre por la vena artística que tenía y lo habilidoso que era para las reparaciones o cualquier cosa que tuviera entre manos, haciéndolo todo con un perfeccionismo que a mí me dejaba boquiabierto. Magnífico fotógrafo, diestro con los pinceles y brillante escritor entre otras cualidades que lo adornaban; aún recuerdo cuando, en colaboración con su hijo Juanchi, nos deleitó con una grabación en soporte de casete donde cantaba estupendamente temas variados, desde el “Imagine” de John Lennon hasta boleros clásicos, rememorando de algún modo sus años de juventud  cuando formaba parte de un conjunto musical con el que  se recorría los pueblos cordobeses animando ferias  u otros eventos. En definitiva era muy polifacético y todo lo que se proponía lo hacía muy bien, aunque no me cabe la menor duda de que, por encima de sus destacadas cualidades artísticas, su mayor logro ha sido la excelente educación que él y Mari Carmen, su esposa, dieron a sus tres hijos; estupendos vástagos que pasean el apellido Romero haciendo honor a su padre y dejando el pabellón bien alto con la gran nobleza que los caracteriza.

El pasado domingo, cuando acudí a estar un rato con ellos en tan duro trance, nada más llegar me encontré con Juanchi, con quien tanta complicidad siempre tuvo su padre. Al verme, seguramente debió sobrevenirle el recuerdo de tantos momentos que compartimos y pude notar en el abrazo que me dio el inmenso dolor de quien pierde a alguien tan querido; ese dolor que tanto achucha y que a menudo nos hace cuestionar demasiadas cosas que consideramos importantes en el tránsito por esos caminos que yo recorrí con Ángel como compañero de viaje. Como también los recorrieron a su lado, aprendiendo de él y de su experiencia, muchos otros profesores durante sus años como profesor de Lengua y Literatura en el IES Fuengirola Número 1 y más tarde en el IES Sierra Mijas. En ambos centros desarrolló una brillante actividad docente de la que pueden dar fe muchísimos alumnos que hoy son ya protagonistas de primer orden en esta zona litoral donde un día Ángel se estableció con su familia. Ni que decir tiene que todos ellos llevan sembrada una semilla que en estos tiempos que corren parece escasear y que tiene mucho que ver con el respeto, el esfuerzo, el afán de superación, el interés por hacer las cosas bien y otras prácticas que, de ejercitarlas más,  seguro que no tendríamos que llevarnos las manos a la cabeza ante lo que a diario estamos contemplando. Él siempre lo tuvo claro.

Hasta que encarte, querido compañero; algún día de éstos, si te parece, podremos quedar para tomar unas cervecitas, nos contamos cuatro cosas y de paso te consulto algunas cosillas del “Windows 95” que no lo acabo de pillar y el ordenador me trae de cabeza.

Juan Leiva León   

Una maestra de fina estampa

Entre el elenco de la obra tragicómica que es la vida hay, como es natural, figurantes, secundarios y por supuesto protagonistas. En realidad estos últimos somos todos, no por nuestra calidad interpretativa sino más bien porque ése es el papel que nos corresponde a cada uno en nuestra propia obra, independientemente de lo aburrida o lo interesante que sea. Uno puede ser un excelente actor y en la vida de otro desempeñar un papel prácticamente irrelevante; por el contrario, uno malo puede tener un papel demasiado trascendente en otra representación que, como la de todos, puede pasar sin pena ni gloria por la cartelera.

No obstante de vez en cuando te encuentras en el desarrollo del teatro de tu vida con un personaje que igual sólo hace acto de presencia de manera muy breve, pero lo hace con tanta categoría, y luciendo unas dotes interpretativas tan buenas, que deja un agradable regustillo en los espectadores,  contribuyendo a que tu obra sea bien tratada por la crítica e incluso haciéndose acreedor a un premio que no tiene difusión en las redes sociales, ni se entrega en una gran gala televisada con gran despliegue de medios, sino que se concede en base  a unos criterios que tienen mucho que ver con el buen gusto y los sentimientos.

Precisamente hace sólo unos días recibí la noticia de la muerte de una mujer con la que, por mi edad, apenas tuve ocasión de compartir vivencias de esas con que vamos llenando el zurrón  que algún día hay que abrir para hacer balance; pero que, habiendo hecho sólo breves apariciones en mi escenario vital, ha dejado patente su buen hacer y su categoría en muchos aspectos; vamos, siguiendo con el argot teatral, yo diría que ha sido una secundaria de lujo. María Espejo -así se llama o se llamaba ella- tiene que ver más con la generación de mi madre  que con la mía; sin embargo, a ojos de un adolescente como yo era cuando supe de su existencia, despertó en mí cierta admiración ya que por entonces  eran pocas las mujeres que iban a la universidad pero ella sí lo hizo. Se convirtió en una flamante maestra que además añadió a su estatus personal el hecho de desarrollar su actividad docente nada más y nada menos que en Madrid; cuando para alguien de pueblo eso de trabajar en la capital de España era un signo de distinción que no estaba al alcance de mucha gente.

Sólo la veía en verano, cuando venía al pueblo en el mes de agosto a pasar sus vacaciones  con su familia. Era muy estilizada, de fina estampa -como dice una canción de María Dolores Pradera- y muy guapa; yo diría que se ajustaba a ese patrón de mujer al que se refería el famoso director de cine Billy Wilder cuando, a raíz de la llegada de Audrey Hepburn al mundo del  celuloide, comentó aquello de que las curvas habían dejado de tener importancia. Yo, que tengo cierta tendencia a buscar parecidos de personas que conozco con actores o actrices, le encontraba parecido a María con la inolvidable Jean Simmons de “Espartaco”; aunque ya se sabe que esto de los parecidos es algo muy subjetivo. Incluso, ya siendo yo mayor, cuando veía por la tele películas clásicas como “Horizontes de grandeza” o “La túnica sagrada”, me recreaba imaginando o creyendo ver  a mi paisana en la pantalla codeándose con los grandes galanes de Hollywood.

Dejando a un lado estas consideraciones  de índole cinematográfica, lo cierto es que cada verano, cuando regresaba, me fijaba en sus exquisitos modales y entendí que,  aparte la buena educación recibida en casa, María había tenido la suerte de contar en su entorno familiar con doña Dolores Pérez, maestra de mi pueblo durante muchos años  que supo adelantarse  a un tiempo gris y oscuro en el que la mayoría de las mujeres estaban postergadas a casarse, criar niños y poco más. Gracias a ella, y naturalmente a su esfuerzo, María se hizo maestra y desarrolló una magnífica labor profesional  que asimismo pudo influir en que otras familias se plantearan para sus hijas un futuro bien distinto al que en aquellos años era habitual. Conforme fui creciendo el caso de María me hizo pensar en más de una ocasión por qué tan pocas mujeres accedían entonces a los estudios superiores; y especialmente pensaba en mi querida madre, que se quedó sin poder estudiar a pesar de que tenía muchas cualidades para ello y más de una vez me había comentado lo mucho que a ella le habría gustado hacerlo.

Cuando ya jubilada volvió de Madrid y se estableció con carácter definitivo en mi pueblo, tuve ocasión de compartir con ella conversaciones y artículos míos que me piropeaba y yo, que tanto la había admirado de adolescente, me empavonaba y le agradecía -no se puede imaginar ella hasta qué punto- sus amables comentarios. Descubrí que a las cualidades que yo había distinguido en ella desde mucho tiempo  atrás debería añadir otra que sin duda tiene tanto valor o más. Me refiero a que en su corazón anidaba una sensibilidad enorme que le permitía proyectar hacia los demás grandes testimonios de afecto que, en justa reciprocidad, también necesitaba ya que hubo de hacer frente, por la prematura muerte de su marido, a esa etapa de la vida en que la soledad achucha con demasiada fuerza. Recuerdo una vez en que no me di cuenta de su presencia, creo que al salir de misa, y ella debió estar en aquel momento en horas bajas pues sintió mucho que yo no la hubiera saludado. Naturalmente, al enterarme de mi involuntario desaire, acudí enseguida y lo arreglamos con una dulce sonrisa de las que ella prodigaba y un beso para sellar nuestra afectuosa amistad que, si cabe, fue a partir de entonces aun más entrañable.

Fue una persona admirada y querida; sin lugar a dudas sus dos hijos deben sentirse orgullosos de ella y yo creo que también de ese papel de referencia para otras mujeres que, incluso sin darse cuenta, desempeñó. Al tener noticia de su muerte he sentido pena, pero a la vez he recordado aquellas escenas en que, siendo yo niño y no tan niño, la “vi” al lado de Gregory Peck o de  Kirk Douglas haciéndome pasar un buen rato de cine; y lo más importante, he vuelto a la plaza de aquellos veranos en que yo era un crío y me quedaba embobado con aquella fina maestra que venía nada menos que de Madrid a mi pueblo de vacaciones.

A María Espejo. Descanse en paz.

Juan Leiva León

En Orihuela, su pueblo y el mío

Lo peor de todo es que en mis lejanos años de escuela no supe de su existencia, incluso en el instituto apenas si me hablaron él; ni la más mínima alusión siquiera  a alguno de sus poemas más inocuos, si es que alguno de ellos podría ser calificado de ese modo. Siempre el mismo achaque tanto para justificar el poco tiempo, casi nada, dedicado a nuestra historia más reciente como a los poetas del 27; que si se nos fue el santo al cielo estudiando el Siglo de Oro o que la heroica guerra de Independencia se llevó más tiempo de la cuenta. Así de paso se evitaban preguntas impertinentes de chiquillos demasiado curiosos que pudieran poner en un brete, ya se sabe, a los profesores.

Un día, tendría yo quince o dieciséis años, me encontré en casa de un amigo mío, mientras esculcábamos en un destartalado armario lleno de telarañas, con un viejo libro al que habían sustituido las pastas originales por dos bastos trozos de cartón; cosidos tal como hacía el zapatero, a comienzos de curso, con nuestros libros de texto para evitar que algún pasaje histórico, cordillera o fórmula matemática se fuesen a extraviar en alguno de aquellos inesperados vuelos sin motor que a veces efectuaban nuestros libros.

Pero en fin, volviendo al extraño libro con que me topé, observé que le habían arrancado algunas páginas por alguna razón que no comprendí hasta años más tarde; tampoco conservaba ya los datos referidos al nombre del autor, editorial, año de publicación etc. Vamos, que todo en él era anónimo. La curiosidad me impulsó a abrirlo por donde alguien había colocado, a modo de marcapáginas, un fino cordón azul muy descolorido y me fijé en un poema titulado “Nanas de la cebolla” que me pareció especialmente triste. Apenas había terminado de leerlo cuando nos pilló in fraganti una sonrisa que delataba su agrado por nuestro hallazgo; sin embargo, acaso por temor a que aquello trascendiese y nos pudiera ocasionar algún problema, alguien lo quitó de en medio y no lo volví a ver más. Sólo mucho tiempo después entendí semejante mutilación al enterarme de que el padre de mi amigo había tenido serios problemas en la posguerra por sus ideas liberales; sin embargo no había querido desprenderse de aquel precioso libro de un poeta llamado  Miguel Hernández que había muerto con apenas 31 años en la cárcel de Orihuela. Al libro, más tarde, le seguí la pista y averigüé que se trata de “Cancionero y romancero de ausencias”, escrito entre 1938 y 1941 durante su estancia en la cárcel y publicado en Buenos Aires.

Era un poeta “maldito” al que habían borrado de cualquier antología donde figurasen los grandes poetas españoles. Incluso hasta mucho después, cuando Serrat publicó aquel memorable disco que incluía canciones tan hermosas como “Para la libertad”, no tuve verdadera conciencia de quién fue Miguel Hernández, sobre todo como hombre que no se doblegó nunca ante las miserias de quienes ignoraban que la poesía -como la calificó tan certeramente Gabriel Celaya-  es un arma cargada de futuro. O quizás sea que se habían dado cuenta de ello y pensaron que la mejor forma de contrarrestar esa munición tan poderosa era borrar del mapa al poeta. Vano intento por parte de los infames censores de la época; pues como remata el propio Hernández en una de sus más bellas composiciones: “…soy como el árbol talado, que retoño y aún tengo la vida”. Murió muy joven  pero su obra seguirá estando viva para ésta y futuras generaciones que lo leerán y descubrirán que el dolor que translucen sus poemas, sin duda ocasionado por la maldita guerra, lo podemos llegar a sentir a través de un vehículo cargado de una belleza infinita.

Mañana, 28 de marzo, se cumple el setenta y cinco aniversario de su muerte; en algún momento del día leeré algunas de sus obras y escucharé una vez más, prefiero al atardecer, el maravilloso disco que hace ya unos años le dedicó Serrat. Por lo demás, añadir que  no es casual el título elegido para mi artículo -“En Orihuela, su pueblo y el mío”- con que precisamente comienza un poema que escribió a la muerte de su amigo Ramón Sijé. Lo cierto es que en esa ciudad alicantina no sólo se nos fue un gran poeta que completó la trágica terna –Lorca, Machado y él mismo- que la guerra nos arrebató; sino que además en ella, donde acogieron a mi familia paterna durante dos años, también desapareció para siempre la sonrisa, y algo más, que mi abuelo lucía bajo su espléndido mostacho.

Juan Leiva León

 

 

 

A mi padre

Siempre ahí, preparados tanto para asumir y lidiar los peores contratiempos como para disfrutar -digamos que en la retaguardia- de los momentos buenos, los que casi nos hacen tocar el cielo. Salvo para echarnos un rapapolvo cuando hemos sido merecedores de ello, apenas hacen ruido; siempre pacientes, esperándonos y viéndonos llegar porque tienen un don especial para darse cuenta de que necesitamos su apoyo y un consejo que nadie como nuestro padre sabrá darnos. A menudo padecen en silencio, sin permitir que se entere nadie, problemas y preocupaciones; y lo hacen disimulando con una sonrisa cuando los vemos pensativos y apurados. Pero son fuertes y tienen aplomo para enfrentarse a lo que se tercie, parecen hechos de una pasta especial, nos dan seguridad y confianza para que podamos seguir avanzando. Otras veces los vemos especialmente sensibles, como cuando dan un arrumaco a nuestra madre o de niños nos subían en su rodilla para hacernos el caballito; lo cierto es que de uno u otro modo siempre están ahí, a nuestro lado, dispuestos a mostrarnos los caminos más rectos de la vida.

El mío, como supongo les pasa a muchos otros padres, me enseñó todas esas cosas que se aprenden en casa y luego se acaban de cimentar en la escuela; al menos antes era así. Como también se ocupó de ir inculcándome el gusto por la lectura, primero a través de los tebeos del famoso detective Roberto Alcázar y, algo más tarde, con “Corazón”, mi primer  libro. Asimismo me enseñó a amar  el cine; un día, la primera vez que me llevó, me entusiasmé con una peliculilla del oeste de Kit Carsson y ya se me metió para siempre en el cuerpo ese gusanillo que nos pone embobados con la gran pantalla. La última vez que fuimos juntos al cine vimos “Asignatura pendiente”; recuerdo que, aparte los encantos de Fiorella Faltoyano que le sacaron una sonrisilla picarona y una mirada hacia mí de reojo, se emocionó bastante con aquella escena en que un sindicalista que se había pasado media vida en la cárcel mostraba su dolorosa resignación, ya sin esperanza a pesar de los cambios que en España se avecinaban y con su abogado al otro lado de los barrotes comunicándole una condena más. También compartimos pasión por el fútbol, él madridista y yo del Athletic de Bilbao; aunque la primera vez que me llevó a la Rosaleda a ver al Madrid creo que fue él quien más disfrutó, sobre todo al ver pasar a Paco Gento entrando al estadio a escasos centímetros de nosotros,  incluso me pareció que mi padre daba una leve palmadita en el hombro a su ídolo futbolístico.

Siempre estaba ilusionado con mis estudios y disfrutaba con mis notas, tanto que contaba repetidamente a sus amigos, como si de un gran triunfo se tratase, que don Humberto -temible profesor de matemáticas y considerado como un hueso- en una ocasión me había dado una matrícula de honor. Afortunadamente tuvo tiempo de verme con mi carrera finalizada y ejerciendo mi tarea como profesor; no olvidaré nunca la sonrisa que se le dibujó el día que aprobé las oposiciones. En cierto modo lo había conseguido él y yo me alegré doblemente.

La vida dura que había llevado desde que siendo niño pasó por terribles vivencias durante la guerra civil, la temprana muerte de mis abuelos y su agotadora profesión le pasaron factura demasiado pronto; murió a una edad en que los padres se dedican a disfrutar de sus nietos.

Fue para mí, no un amigo, los amigos son otros, como bien se encarga de recordarnos el juez de menores Emilio Calatayud; fue sencillamente mi padre, un buen hombre y un gran referente en mi vida. Aunque lo recuerdo todos los días, hoy he querido hacerlo de un modo especial dedicándole estas líneas. Por cierto, ahora caigo que también yo soy padre. ¿Lo estaré haciendo tan bien como él?

Juan Leiva León

De improviso una sorpresa

La otra tarde estaba en casa sin rumbo definido, con los primeros efectos de la inminente primavera haciendo de las suyas y ni siquiera me tentaba el ordenador. De improviso mi esposa me hizo una proposición de ésas que yo considero irrechazables; bueno, aclararé que para mí lo es sin duda ir al cine. Debo decir que cuando nos disponemos a presenciar una película -preferentemente en horario en torno a las siete de la tarde- acostumbramos, en sustitución de las palomitas que no me convencen del todo, a regodearnos previamente con un suculento chocolate con churros que, en caso de que la peli no nos guste, al menos nos deja el regustillo de tan castiza merendola. Así que, como comprenderán, no tardé en estar preparado, acicalado y bien dispuesto para disfrutar de una prometedora tarde de chocolate, churros y cine.

Pero en fin, a lo que iba. Por sugerencia de mi “asesora” en cuestiones cinematográficas -por imposición de ella, sería mejor decirlo- entramos a ver “Lo que de verdad importa”, una agradable sorpresa. Dulce, aunque no empalagosa; sensible pero sin entrar en el terreno de la pedantería; simpática y con un guion fresco salpicado de buenos golpes. Paco Arango, su director, ha conseguido crear una película que en un primer momento se parece a ésas que ponen por televisión los sábados por la tarde, rodadas en bellísimos escenarios naturales, personajes estereotipados que se alejan de los problemas cotidianos de cualquier hijo de vecino, y con un guion centrado en una melosa historia de amor que, aunque se presenta complicada, ya se adivina desde el principio que acabará felizmente. Sin embargo la película que fuimos a ver no tiene ese perfil, a medida que avanza el desarrollo de la misma va tomando otros derroteros bien distintos a los televisivos y nos deleita adentrándonos en un mundo, acaso irreal, pero por momentos creíble o quizá sea que necesitamos creerlo; al menos mientras permanecen apagadas las luces de la sala y es más fácil soñar.

Si ya en su anterior película -“Maktub”, con varias nominaciones a los premios Goya- Arango mostró su implicación con los niños enfermos de cáncer donando un buen pellizco de la recaudación a la planta de oncología infantil de un importante centro hospitalario madrileño, asimismo los beneficios obtenidos con esta otra serán íntegramente destinados a la lucha contra el cáncer. En este nuevo film, que está teniendo mucho más éxito fuera de España, sobresale el caso de una chica afectada por tan puñetero mal, pero yo creo que durante las casi dos horas de proyección lo más destacable es el mensaje de esperanza que transmite así como el afán por hacer frente a la enfermedad con un espíritu valiente que incluso se adorna con chispazos de buen humor. No cuento nada más para no estropeársela a quien esté pensando ir a verla, pero sí quiero apuntar que la fotografía, la música y el remate final, antes de los títulos de crédito, le dan un toque de distinción que gusta a los aficionados al celuloide. Disfrútenla, no tiene entre el elenco de actores figuras de relumbrón ni esperen encontrarse con un gran despliegue de medios y recursos para convertirla en candidata a los Óscar; ahora bien tiene algo especial que desde hace tiempo no he sentido cuando me he quedado muchas veces embobado con lo que el mágico chorro de luz del cinematógrafo proyecta en la gran pantalla. Lo peor es que cuando sales, y te encuentras con el mundo real en el que escenificamos cada día nuestras miserias, miedos y desesperanzas, te llevas un golpetazo nada fácil de digerir si la peli te ha calado hondo como a mí me sucedió. “C’est la vie”, que diría un franchute; aun así yo prefiero creer, aunque sea sólo por un rato, que el alma puede obrar, si no milagros, sí una hermosa ilusión  a la que agarrarse o, cuanto menos, una esperanza que pueda envolver las vivencias negativas con un precioso celofán de colores.  

Por cierto, en la sala sólo estábamos cuatro personas; lástima de tan pobre recaudación teniendo en cuenta el buen fin a que está destinada. Claro que con esa cifra, puestos a conocer el grado de aceptación del público, tengo la absoluta certeza de que al menos en esa sesión al cincuenta por ciento le encantó “Lo que de verdad importa”. ¡Y se mantienen abiertas las salas de cine!

 

Juan Leiva León

Día de la Mujer

A propósito del ocho de marzo, proclamado por la ONU en 1977 como Día Internacional por los Derechos de la Mujer, aun asumiendo que se trata de un tema algo resbaladizo me he propuesto escribir unas líneas no ya para valorar la consideración que la sociedad en sentido abstracto pueda tener sobre el papel de la mujer en el mundo actual, que sin duda precisaría de un profundo análisis, sino para dar un repaso a mis personales vivencias sobre este tema hasta llegar a la situación actual que a todas luces es manifiestamente mejorable. En mi caso particular, como en el de muchos de mis conocidos, confieso tener motivos para agachar las orejas, como suele decirse, y por eso entono un cierto mea culpa que no deja de ser más que una cómoda postura, pues reconozco que si se trata de posicionarse a favor de que la mujer tenga su sitio, con todo lujo de derechos y merecimientos, debería  actuar en lo sucesivo tal y como se espera de quien dice tomar conciencia ante la discriminación que ha venido sufriendo la mujer a lo largo de los años.

En primer lugar, por la educación que recibí y posterior travesía del desierto en que me vi inmerso por los grandes cambios que ha habido en el mundo y particularmente en España, debo decir que siempre me he sentido, puede que aprovechándome de modo inconsciente o no tan inconsciente de la situación, un poco descolocado y en cierto modo a la deriva. Sin embargo, por mi actividad profesional que ha sido durante muchos años la docencia, me he visto batallando en un ambiente laboral en que las mujeres no sólo no se han sentido en desigualdad de condiciones con respecto a los hombres, sino que han podido dejar patente, cuando se ha dado el caso, su valía sin menoscabo alguno y han podido acceder a puestos de responsabilidad por sus méritos propios. Otra cosa bien distinta, y desde luego muy importante a considerar por cualquier mujer, es la actitud de  su pareja que en su caso habrá podido ocasionarle un enorme sacrificio y esfuerzo en el desarrollo de su actividad profesional.

Como a muchos de  mi generación les puede haber sucedido, mi madre me dio una educación machista que, cuando alcancé la edad adulta, chirriaba -y de qué manera- en un mundo que estaba cambiando a un ritmo frenético. Tanto es así que cuando pisé por primera vez mi instituto me encontré con un grupo de compañeras que tenían muy clara la posición que le correspondía a la mujer y no estaban dispuestas a ceder ni un ápice en sus ideas, ni siquiera consentir a sus compañeros el más simple comentario o chiste machista que pudiera dejarse caer aun sin intencionalidad alguna. Para colmo, no habían pasado más que unos días desde mi llegada cuando un compañero, amigo mío, nos invitó a una comida en su casa donde degustamos una rica paella que él mismo cocinó. Ni que decir tiene que nos sorprendió a todos por sus excelentes  dotes culinarias, y a mi esposa se le pusieron los ojos como platos ante semejante alarde de colaboración en las tareas domésticas que culminó con un exquisito postre y la limpieza de la cocina; todo haciéndolo él solito. Tierra trágame -pensé en aquel momento- lo que me espera a partir de ahora!

Qué lejos quedan los tiempos en que mi bisabuelo Enrique León -a la sazón alcalde de mi pueblo- se sentaba a comer solo en su sillón y su esposa no sólo no comía con él, sino que estaba a una prudente distancia esperando para servirle la comida o atender cualquier capricho que le viniera en gana. Es más, me contó mi madre que ella nunca llegó a verlos comiendo juntos. Ante semejante panorama es fácil comprender la influencia que todo eso pudo tener en la educación de mi madre y, de rebote, en la mía por mucho que hubiesen cambiado las cosas cuando yo ya era un crío. Cuenta asimismo mi madre, a modo anecdótico y sin necesidad de retroceder tanto en el tiempo, que en una ocasión tuvo que ausentarse de casa durante toda la tarde, así que le dejó a mi padre un jarro con la leche, solo a falta de calentarla, y un colador por si acaso. A su regreso se encontró que mi  padre mostraba un semblante serio,  impropio en él que siempre la mimaba mucho. Al preguntarle por qué no se había tomado la merienda, él respondió “¿Cómo quieres que lo haga  con un jarro sin pitorro, un colador que no cuela y un azucarero vacío?” Inaudito, diría cualquiera. Sin embargo así discurrían las cosas en el ambiente casero de muchos hogares en que la posición de la mujer estaba por completo al servicio de su marido e hijos, con dedicación exclusiva y buena cara hasta el punto de dar pie a situaciones poco menos que grotescas como la anterior. Claro que eso también derivaba, todo hay que decirlo, en un grado absoluto de inutilidad en los hombres -mejor decir de abuso- en cualquier tarea doméstica y la correspondiente e interesada subordinación a la mujer en todas esas faenas. Ahora, eso sí; en asuntos de bancos, negocios, inversiones, facturas, etc. las mujeres no pintaban nada, porque claro… ¡ellas no podían entender de asuntos tan complicados!

Por otro lado, también hay que decirlo, la educación en la escuela se inhibió, hizo bien poco por inculcar en los niños valores de igualdad de género y, aunque cada vez más niñas hacían su bachillerato y  llegaban a la universidad, la sociedad seguía discriminándolas gravemente en muchos aspectos que, basta con reflexionar un poco, todos conocemos. Afortunadamente la sociedad ha evolucionado y todos hemos cambiado, quizás no tanto cómo deberíamos; sin embargo la aberración de tener considerada a la mujer en un único papel de madre y esposa, como si sus capacidades de toda índole no dieran para más o no nos interesara a los hombres cambiar eso, sigue latiendo lamentablemente en sectores machistas que hacen teatro y se les llena la boca hablando de igualdad para la mujer o de luchar contra la violencia de género; pero en el fondo cuando llegan a sus casas, cierran la puerta, se tienden en el sofá y a verlas venir.

 Estaba enredado en estas líneas cuando veo por televisión que un eurodiputado polaco ha dicho en sede parlamentaria que las mujeres “por supuesto, deben cobrar menos porque son más débiles, más pequeñas y menos inteligentes”. Sin duda lamentable, como también lo es que el propio diccionario de la RAE siga usando el término sexo débil para referirse al conjunto de las mujeres. Muchas cosas han de cambiar todavía, empezando naturalmente en nuestras propias casas y actitudes personales, para superar definitivamente esos modos de pensar y de actuar tan retrógrados que aún pretenden colocar a las mujeres en un segundo plano, por detrás del hombre. Mis dos abuelas, cada una a su manera, fueron grandes luchadoras y a quienes creo que nadie habría calificado de mujeres débiles; todo lo contrario, tanto por sus ideas como por tener un espíritu emprendedor, decidido y valiente fueron admiradas. A mi madre, quien la conozca en ningún modo podría considerarla  débil; y de mi esposa y de mi hija lo mismo podría apostillar. Son las mujeres de mi vida; capaces de competir con cualquiera del mal llamado sexo fuerte con una energía y recursos que para sí quisieran muchos. Cada una de ellas puedo asegurar  que es más poderosa -al menos mentalmente- que yo y me dejaría a la altura de una babucha en cantidad de  cosas. Dejémonos pues de tanta tontería, que los parámetros por los que se miden las capacidades y los méritos nada tienen que ver con el sexo.

¡Ah!, que se me olvidaba; a ese eurodiputado polaco habría que mandarlo ya a su casa y, como penitencia por sus despreciables y absurdos comentarios, yo lo obligaría a que todos los días de su vida tenga que ver el corto cinematográfico “Ellas, mujeres que han hecho historia, pero no están en la historia”; ganador del X Festival de Cortos por la Igualdad y que ha hecho mi amiga Mercedes Sánchez Vico, cuya tarea educativa en el tema de la mujer  está sensibilizando a su alumnado y eso es verdaderamente importante si es que pretendemos una igualdad real entre hombres y mujeres.

 

Juan Leiva León

Mi amigo Pepe

Huyendo de la vorágine del carnaval me he refugiado en mi pueblo durante el pasado fin de semana y la quietud más absoluta, apenas alterada por alguna esporádica incursión en el bar, ha invadido mi espíritu que no es muy amigo de disfraces y otras manifestaciones propias de estas fiestas tan populares en estas fechas. Pues bien,  estaba el pasado domingo dando cuenta en una cafetería del desayuno, en compañía de mi esposa, cuando se nos acercó un viejo amigo de esos que pertenecen a un tiempo en que el reloj iba tan despacio que ni por asomo se nos ocurría pensar en hacernos mayores. Éramos por entonces quinceañeros y, aparte de nuestras obligaciones como estudiantes  que dicho sea de paso llevábamos con más gloria que pena dadas las circunstancias, nuestro día a día se desarrollaba en permanente contacto con la naturaleza, se encrespaba en los partidos de fútbol con nuestros eternos rivales de las escuelas nuevas y no abarcaba mucho más allá de los límites de nuestro pueblo; eso sí,  ocupando las niñas de nuestra edad los papeles principales en el elenco de actores que llenaban el escenario donde vivíamos.

A Pepe, que así se llama mi amigo, lo encontré muy distinto y mejorado en su aspecto en relación a como estoy acostumbrado a verlo últimamente. Naturalmente el paso de los años, que no se anda con chiquitas y con todos hace de las suyas, ha dejado muestras sobradas de que la escuela de don Manuel nos queda ya bastante lejana en el tiempo, que no en la huella que nos dejó. Del mismo modo que las carencias en asuntos capilares, así como el incremento algo desmesurado en la talla de pantalón, nos dejan un tanto en evidencia cuando al saludarnos nos dejamos caer con la socorrida mentirijilla piadosa “Pero si  estás fenomenal, parece que el tiempo no hubiera pasado para ti”; sin caer en la cuenta de que el deneí se muestra implacable y pone al más pintado en su sitio. Sin embargo, dejando el aspecto físico a un lado, ayer encontré a mi amigo Pepe con una alegría en su rostro que no se la había visto, aunque parezca exagerado, desde aquellos ya lejanos anocheceres de verano en que  esperábamos con cierto nerviosismo, no exento de entusiasmo y algo más, la llegada a la carretera de las niñas de nuestra pandilla para arrimarnos, cortejarlas y hacer méritos a fin de que en el baile del domingo no nos tocase ser los encargados de poner la música. En efecto, estaba contento, le brillaban los ojos y, tras saludarnos con un abrazo, se le notaba que tenía ganas de contarnos algo y hacernos partícipes del motivo de su estupendo estado anímico. Tras el protocolario saludo por fin lo soltó, va a ser abuelo por primera vez próximamente.

Aunque ya tenía conocimiento por otros amigos de que esto de ser abuelo actúa a modo de un mágico elixir, confieso que me alegré muchísimo y no tanto por la buena nueva en sí sino por verlo tan ilusionado. Cualquier otra cosa que le hubiera producido el mismo efecto me habría parecido igual de bien; sin embargo, a modo de esas películas que intercalan escenas del pasado para hacer más comprensible la trama, yo rebobiné y mentalmente me trasladé, tratando de recordarlo tan contento, a una de aquellas tardes de domingo en que nos apostábamos en los almendrillos de los “Coloraos”, con nuestro tocadiscos a pilas y los más recientes  éxitos de los Beatles, dándole vueltas y más vueltas  a ver a quién podríamos acudir a fin de que nos dejase organizar baile en su casa. Más de una vez era Pepe, el líder natural de nuestra pandilla, quien intentaba dar con la solución a nuestros pesares; por cierto bastante agudizados debido a la prolongada falta de alguna fina cinturita a la que estrechar a ritmo de cualquier melodía de Adamo o de Mat Monroe. Lo cierto es que lo convencíamos para ir de avanzadilla y, si su madre estaba en buena disposición, lográbamos nuestro objetivo. El tocadiscos era cosa mía; así como los discos, entre los que no podían faltar Bob Dylan -al que la verdad sea dicha no entendíamos ni papa aunque tenía una música preciosa, lentita y sus canciones duraban una dulce eternidad- Mari Trini, Valen, Sandie Shaw, Mustang, Brincos, Salvajes…

Mientras las niñas llegaban, a modo de un himno que animaba el cotarro sonaba “Eloise” de Barry Ryan, seguido casi siempre del “Black is Black” de Los Bravos o cualquier éxito de Wilson Piquet para ir creando ambiente. En seguida ellas aparecían guapísimas y lo curioso es que nada más llegar formaban un corrillo, no es difícil imaginar de qué hablarían, y los chicos otro; sólo faltaba por saber quién rompería el fuego. Casi siempre era Pepe, como si fuera una especie de honor reservado a él; no ya por habernos proporcionado el lugar del baile, con el beneplácito de su madre que discretamente hacía mutis por el foro y no aparecía por allí mientras sonaban aquellos ritmos que bien poco tenían que ver con sus gustos musicales, sino porque él era una especie de George Chakiris para nosotros. Una vez que él sacaba a bailar a la niña que le gustaba, le seguíamos los demás; si aquel “¿Niña, bailamos?” encontraba un sí, que no viniese acompañado de una mueca de desilusión por no haber recibido la invitación de quien ella deseaba, entonces los tres minutos y pico que durase aquel “Mis manos en tu cintura” podían suponer el más breve intervalo en que se puede llegar a tocar el cielo. Apenas cruzábamos palabra, pero sabíamos que el latido cardíaco alcanzaba cotas tan difíciles de precisar, y a la vez tan gloriosas, que podíamos perder la noción del tiempo, finalizar la canción y no darnos cuenta de que el sueño había sido interrumpido por culpa del pinchadiscos que daba paso al ritmo más estridente de los Rolling.

Pepe era un tío rubio, delgado y atractivo a ojos naturalmente de las niñas y que, a su vez, ejercía un cierto liderazgo entre los chicos. Era además entre nosotros un poco la conciencia crítica por lo mucho que leía y también por lo que oía en emisoras de radio extranjeras, poniéndonos siempre al tanto de lo que pasaba más allá de los Pirineos. De alguna manera fue, junto a Machado, Hernández y otros no muy bien vistos por entonces, quien también nos ayudó a despojarnos de aquella ingenuidad que nos acompañaba, para empujarnos a que abriésemos nuestras mentes a otra vida que nos estaba aguardando allí fuera y que por las circunstancias de la época se nos ocultaba.

Pasaron los años, fuimos madurando y quedaron atrás los Coloraos, la escuela de don Manuel, aquellos inolvidables bailes con nuestras niñas, las películas para mayores en el cine Mari que al final conseguíamos ver gracias a Frasquito Becerra que hacía la vista gorda, los partidos de fútbol en medio de un campo de rastrojos que no terminábamos de achancar hasta bien entrado el verano, y un sinfín de cosas más que han quedado bien guardadas en los repletos  archivos de aquellos años. Luego empecé a ver a Pepe más de tarde en tarde, aunque siempre que nos cruzábamos era como si diéramos un salto en el tiempo para recuperar por un instante tantas vivencias que compartimos y que conservo como un precioso regalo. Lo notaba siempre orgulloso por el devenir de sus brillantes hijos, pero estaba cada vez más apagado, como hastiado de este tiempo que nos ha tocado  en suerte, refugiado en su afición al ordenador y en sus salidas al campo como una vía de escape a la rutina en que me parecía verlo instalado… o quizás sean apreciaciones mías que nada tienen que ver con su realidad. Ayer, a pesar de sus años que no difieren mucho de los míos, lo vi de nuevo radiante; en sus ojos contemplé al muchacho que considerábamos nuestro capitán en aquellos años en que todo estaba aún por hacer y nuestras ilusiones intactas. Es curioso, pero ha hecho falta que le anuncien que va a ser abuelo en breve para recuperar a ese Pepe que fue un actor importantísimo en el escenario donde se representó el teatro de mi niñez.

Felicidades, amigo; nos vemos el domingo en los almendrillos de la carretera y, si encontramos sitio para bailar, vamos a brindar por ti, por tu nuevo papel de abuelo y por el dulce sabor de la amistad.

Juan Leiva León

Tal vez una fantasía

Aunque siempre me acompañaron, no sé si fielmente, los números y otros insurrectos personajes de las matemáticas, cada vez los estoy arrinconando más de un modo que, si bien podría calificarse de traicionero, no deja de ser una justa compensación por no haber dedicado a la historia y a la literatura, por citar sólo a dos de mis principales acreedoras en los placeres del alma, todo el tiempo que merecían. Ahora ya es un poco tarde para cubrir todo el camino que me gustaría haber recorrido entre poetas, manifestaciones artísticas, estilos arquitectónicos, conocimientos históricos y demás; sin embargo aún me queda la posibilidad -confío en disponer del tiempo suficiente para ello- de reparar en parte ese déficit que nunca me perdonaré.

Digo esto porque cada vez que regreso de un viaje, en este caso cultural, lamento mis carencias en historia, arte o literatura. Si mi bagaje fuera otro, los placeres que se derivan de este tipo de viaje serían muchísimo más intensos; me queda no obstante el consuelo de encontrarme de vez en cuando con una excelente guía turística que, como me ha sucedido esta vez,  me ha enseñado Toledo como nunca antes lo había hecho nadie; al tiempo que me ha mostrado, de una forma amena y no exenta de rigor, la complementación entre las diferentes disciplinas antes mencionadas.

La otra tarde, a punto ya de concluir nuestro periplo cultural, pues regresábamos al día siguiente, sucedió algo que requiere no sólo estar en el sitio y momento adecuados, sino una predisposición personal y hasta yo diría que factores ambientales para que el disfrute llegue a  cotas relevantes que solamente se alcanzan muy de tarde en tarde. Verán, nos habíamos apuntado en un grupo que iba a realizar un paseo por una zona toledana -la conventual- yo creo que no muy considerada por los circuitos comerciales ni demasiado transitada por los turistas que van a su aire. Es más, estoy seguro de que, sin una recomendación pertinente, no sólo no se nos habría ocurrido visitarla, sino que posiblemente resultaría hasta complicado localizarla.

“Hay en Toledo una calle estrecha, torcida y oscura, que guarda tan fielmente la huella de las cien generaciones que en ella han habitado, que habla con tanta elocuencia a los ojos del artista y le revela tantos secretos puntos de afinidad entre las ideas y las costumbres de cada siglo, que yo cerraría sus entradas con una barrera en la que pondría un tarjetón con este letrero: En nombre de los poetas y de los artistas, en nombre de los que sueñan y de los que estudian, se prohíbe a la civilización que toque a uno solo de estos ladrillos con su mano demoledora y prosaica». Así comienza Gustavo Adolfo Bécquer una de sus leyendas más populares -“Tres Fechas”- cuyo relato en su parte final se desarrolla en la plaza de Santo Domingo el Real; mejor dicho, en el convento del mismo nombre ocupado por monjas dominicas.

Precisamente fue allí cuando la otra tarde tuvimos ocasión no sólo de pisar un escenario perteneciente  a otra época, sino incluso de transportarnos hasta ella. El cielo estaba plomizo, el atardecer triste y los allí presentes dispuestos a dejarnos llevar por esa magia que algunas veces nos invade y hasta nos impide distinguir entre lo real y lo que no lo es. Tras el relato de la citada leyenda de Bécquer, resumido y contado con maestría por la guía que supo darle una buena dosis de intriga, énfasis y romanticismo, nos quedamos los allí presentes embobados y mirando a nuestro alrededor, acaso tratando de distinguir si en alguna de las ventanas que daban a la plaza se movía  algún visillo que despertase en nuestra imaginación sueños como los que el poeta plasmó tan maravillosamente. No sé si alguien lo consiguió, pero de lo que sí estoy seguro es de que vimos a un hombre, con vestimenta de otra época, pelo rizado, bigotillo y perilla, con su cuaderno y sus lápices tratando de captar la magia de esa plaza que yo dudo ya si es que la vi o es que mi imaginación hizo una de las suyas. Incluso del convento parecía provenir una música de órgano acompañando el canto de unas monjas que estarían participando en alguna ceremonia, a tenor del olor incienso que nos llegaba; aunque no descarto que todo fuera pura fantasía. En todo caso lo guardo en el archivo donde  nada se puede borrar, qué más da si real o imaginario.

Luego, a través de una estrechísima calle con un buen  tramo techado, nos dirigimos hasta otro convento –Santo Domingo el Antiguo- en el que, además de catar el delicioso mazapán que elaboran las monjas,  pudimos contemplar algunas obras, copias la mayoría, de El Greco;  concluyendo así una jornada para recordar y sin duda para repetir un día de éstos que tengamos ganas de soñar con otro tiempo.

Juan Leiva León

Triste aniversario

Cuando me pongo a escribir, sobre todo de asuntos que me tocan las fibras más sensibles, reconozco mi tendencia al abuso de adjetivos con los que intento dar más énfasis a mi relato; tanto que al posible lector, con quien aspiro a tener la complicidad que me gustaría, puede parecerle exagerada mi vehemencia e incluso restarme credibilidad. Siendo consciente de ello, al menos hoy voy a intentar evitarlo; si bien hay situaciones tan duras que resulta harto difícil sustraerse a ellas y mucho menos suavizarlas tratando de no poner los puntos sobre las íes.

Verán, en estos días se organizan desde hace ya tiempo una serie de actos con los que es tristemente recordada la tragedia que vivieron miles de malagueños -algunas fuentes hablan de más de cien mil-  que hace ya la friolera de ochenta años, empujados por el pánico y las alarmantes noticias que provenían de otros lugares, emprendieron una espantosa huida por la carretera de Almería ante la inminente toma de Málaga durante la guerra civil.

Aunque la tarde anterior ya se había iniciado la llamada “Desbandá”, el amanecer del día ocho de febrero de 1937 contempló cómo una riada de personas que habían estado cobijadas en la catedral partió  sin saber muy bien hasta dónde sería capaz de llegar. Lo que no podían imaginar aquellas indefensas criaturas era el horror que las estaba esperando nada más salir de Málaga. Los aviones empezaron a lanzar bombas  mientras que desde el mar barcos de guerra disparaban sus cañones tratando de impedir la marcha de aquella avalancha de personas, casi todas civiles, que ya no sabían si era mejor retroceder o continuar aquella fatídica carrera de angustia y desesperación. Bajo la explosión de las bombas, que sembraban la muerte, se abrieron trágicas brechas entre aquel torrente humano que continuaba avanzando en medio de un escenario dantesco donde había  niños descalzos, sin apenas ropa de abrigo, que se habían perdido y entre sollozos llamaban a sus padres; asimismo mujeres con los pies hinchados y ensangrentados por la larga caminata, algunas de las cuales portaban a recién nacidos en brazos y caían al suelo desmayadas o víctimas de la metralla…

Apenas he dedicado unos pocos renglones para describir muy por encima aquella barbarie que además fue ocultada durante muchos años, hasta incluso después de la llegada de nuestra democracia, en una especie de autocensura que no acierto a entender. Tal vez porque todo el que tuvo alguna responsabilidad en aquello se sintiera terriblemente avergonzado o vaya usted a saber si es que el miedo a contar las cosas atenazó a quienes debían haberlo hecho antes. No olvidemos que no se tienen noticias de  que un hecho como éste, en que se masacró a la población civil de semejante manera, haya ocurrido en otros lugares. Como tampoco hay que olvidar que el gobierno de la República no hizo mucho para proteger con los medios militares a su alcance -recuérdese que sucedieron  estos hechos a pocos meses de comenzar la guerra- a esa ingente población de malagueños que trataban de ponerse a salvo; sólo al llegar a Motril las Brigadas Internacionales cubrieron aquel trágico camino hacia Almería al que aún le quedaban demasiados kilómetros y penalidades. Lo cierto es que, unos por su acción incalificable -bueno, sí se puede calificar- y otros por una actitud pasiva incomprensible, aquello constituye uno de los episodios más vergonzosos y repugnantes de nuestra todavía reciente historia en el que murieron más de tres mil personas.

He querido con estas líneas rendir mi particular homenaje de afecto y reconocimiento a cuantos padecieron aquellos días de tanto dolor. Si me he excedido con los adjetivos pido disculpas, que no era mi intención remover malos recuerdos;  se trata de aprender de los gravísimos errores humanos –más bien debería decir inhumanos- a fin de que algo así nunca se vuelva a repetir. Sin embargo, salvando las distancias, al ver desde hace ya tiempo a esa multitud de refugiados sirios, huyendo de la maldita guerra y en busca de una esperanza a la que agarrarse, me he acordado de nuestras víctimas de la carretera de Almería. ¿Aprenderemos alguna vez?

Juan Leiva León

Diario SUR

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