Marisa

De vez en cuando, al echar un vistazo a la por ahora inacabada película de mi vida, me gusta detenerme en lo que yo llamo parque de la niñez, ése en el que nos gusta magnificar aquellos días  en que todo estaba por descubrir y los sueños, aun en tiempos grises, presidían nuestra vida. Claro que, por un afán imposible en revivir lo que es irrecuperable, eso deriva en que solemos distorsionar nuestras vivencias para acabar construyendo un relato que creemos haberlo vivido tal como lo hemos ido modelando.

Al dar cumplido repaso a ese tiempo, en que empezábamos a descubrir el valor nada material de algunas cosas, no me cabe la menor duda de que son los catorce o quince años los que más recuerdos nos despiertan a modo de una preciosa novela en cuyo guion ocupan un papel de primera fila las primeras novietas, los amigos que se quedaron con nosotros para siempre, asimismo las noches de verano aprendiendo alguna canción con que poner banda sonora a los primeros enamoramientos, incluso los nervios por los resultados de aquella puñetera reválida o las ferias que se acercaban sin saber dónde íbamos a  montar nuestro tinglado…

Y sobre todo aquella pandilla que, aunque los años han determinado un futuro diferente para cada uno de cuantos la formábamos, siempre permanecerá unida, incluso en la distancia, por lazos que no se desatarán nunca. Aquellas tardes de domingo en la carretera, esperando a nuestras niñas con las últimas canciones de los Brincos o de Valen, mientras dábamos furtivamente chupadas a un chéster que alguien había conseguido no sé dónde, se me antojan ahora como los primeros síntomas de que empezábamos a abrir nuestros sentidos a un mundo en que no había quien pudiese poner freno a tantas inquietudes. En seguida llegaban ellas, guapísimas, cogidas del bracete y con las debidas recomendaciones maternas bien aprendidas; pero con las mismas ilusiones y los mismos quince años que el Dúo Dinámico se encargó de idealizar en su conocida y tantas veces tarareada canción.

En aquel grupo donde tantos y dulces momentos compartimos había entre las niñas una que destacaba a ojos de los chicos como lo más parecido a un ángel que conocíamos; o al menos a mí me lo parecía a tenor de las ilustraciones de un librito que me regaló don José el cura por mis lecturas a viva voz en la misa de los domingos. Aunque ahora que lo pienso tal vez aquella sensación se debía a que, desde tiempo atrás, para la representación teatral o cabalgata navideña  siempre había un papel que estaba asignado de antemano; naturalmente era el de la Virgen y, aunque alguna otra niña pudiera sentir algo de pelusilla, cosa que no creo que sucediera, todo el mundo estaba de acuerdo en que nadie encajaba mejor que ella para ese papel. Eso era una razón más que suficiente para tenerle a Marisa, a ojos de un imberbe como yo, un miramiento muy especial. Tanto es así que nunca me atreví a sacarla a bailar y  jamás la consideré como objetivo de mis intentos de flirteo; no sé si por ese halo que irradiaba o porque la veía menos cría que el resto de la pandilla y me parecía que escapaba a mis posibilidades. En fin, cosas de chiquillos.

La verdad es que era guapa, rubia, de ademanes sencillos, espontánea… y en sus gestos mostraba un delicado modo de ser –selecito lo llaman en mi pueblo- que si te acercabas a ella no cabía resquicio alguno para la vulgaridad. Resaltaba en ella su exquisita educación, su carácter afable o su discreto encanto que la han acompañado siempre; pero sobre todo tenía un modo tan natural de desenvolverse que llamaba la atención, empezando por sus años de escuela donde la imagino como el ojito derecho de su maestra y las demás niñas viendo en ella un referente por muchas causas que poco tienen que ver con los modelos que hoy siguen a menudo las adolescentes.

La vida, pasados los años, nos fue llevando a todos aquellos quinceañeros por diferentes caminos aunque ella siguió en nuestro pueblo, trabajando en la oficina de farmacia donde la niña que yo recordaba se convirtió pronto en una mujer adulta, con una serena madurez que seguía conservando todas esas cualidades que he mencionado. Un día, no hace tanto, entré y con el achaque de comprar una aspirina le llevé una bonita fotografía de un reciente encuentro de muchos de los que formamos aquel  recordado grupo de amigos que tanto compartimos y tantas lecciones de vida aprendimos juntos. Al contemplarla vi en su cara una sonrisilla que me transportó hasta aquellas tardes de domingo cuando esperábamos a nuestras niñas en la carretera mientras cavilábamos dónde haríamos baile esa noche; pero también noté en sus ojos, de un color que nunca supe precisar, un brillo que dejaba a las claras mucha añoranza por un tiempo en el que de alguna manera se quedó atrapada una parte de todos nosotros.

Hace poco Marisa ha colgado la bata blanca que llevaba puesta mientras dispensaba las medicinas y se ha jubilado; por eso he querido dedicarle unas palabras con que testimoniarle mi afecto y decirle que aquellos años han quedado convenientemente  guardados para siempre en ese archivo donde conservamos lo mejor de la película de nuestras vidas.

Feliz jubilación, guapa.

(Dedicado a Marisa Gutiérrez, una de nuestras niñas de aquel tiempo en que tanto nos quedaba aún por soñar.)

Juan Leiva León

Carta al Serrat

Durante mi ya amplio catálogo de primaveras, que procuro echarme a las espaldas con resignación y espero que con algo de dignidad, he sido yo quien ha recibido a través de tus canciones, a modo de preciosas cartas que a todos nos gustaría saber escribir, todo aquello que me venía como anillo al dedo en momentos unas veces jubilosos, otros nostálgicos y casi siempre envueltos en el celofán del amor. Dicho esto, ni por asomo quisiera parecer un presuntuoso por ser ahora yo quien te escriba este artículo, si es que se le puede llamar así  a este amasijo de palabras destinadas a un imprescindible compañero de viaje como tú.

Lo cierto es que ya va siendo hora de dejarte caer algunas quejas que tengo guardadas en el tintero y, si me apuras, hasta de que crucemos unas palabras; no sin antes pedirte disculpas por tutearte ya que me resulta difícil usar un tono más ceremonial contigo que tanto y tan bien me has acompañado en mis vaivenes más intimistas. Ha pasado demasiado tiempo para lo que suele ser habitual en un magnífico compositor, y el silencio en ti me suena tan raro que no encuentro banda sonora apropiada que pudiera hacerlo más llevadero. Es más, me atrevo a pedirte explicaciones porque hace ya mucho que no nos sorprendes, aunque supongo que eso de las musas es algo imprevisible; me temo que van y vienen sin rumbo fijo y, lo que es peor, sin respetar la vez. Pero claro, como el Sabina una vez se lamentaba de que las musas se habían ido contigo, supuse que a ti nunca te abandonarían.

Razones para escribirte esto no me faltan, tengo tantas como canciones nos has regalado a lo largo de tu trayectoria artística; sin duda malacostumbrándonos. Desde  “Mediterráneo”, donde tu niñez se quedó atrapada entre gaviotas y barquitos de papel, ya empecé a guardar, a modo de un álbum inacabable, todas esas pequeñas cosas que siempre están ahí escondidas tras la puerta, acechándonos como dulces fantasmas de un tiempo que, aun echándole tanta paciencia como Penélope en tardes plomizas de abril, no es posible recuperar. También, al escribir mis primeras palabras de amor, siempre fueron tus canciones las que me ayudaron a expresar con mejor o peor fortuna la sinrazón que un temprano amorío es capaz de ocasionar; lo mismo descubriendo que un simple manojillo de escarcha es capaz de frustrar el asalto a fortificados castillos que tan ardientemente se desean conquistar, como lamentando lo efímero de aquellas tardes en que se podía tocar el cielo y sin embargo en un soplo, acaso poco antes de que diesen las diez, no quedaba otra sino refugiarte en una melancólica balada de otoño como la que más de una vez he oído, o puede que lo haya imaginado, entre una fina lluvia que dejaba sobre el cristal empañado formas caprichosas que sólo los enamorados saben descifrar. Superada ya la adolescencia, y como receta para momentos en que la desazón hace de las suyas, me enseñaste asimismo que en cualquier calle de no importa qué ciudad siempre habrá alguien que diga tener un amigo que quizás conozca a uno que un día se encontró con un sueño y se entretuvo con él. Por cierto, hablando de sueños, al fin conocí al vigilante nocturno de aquella sucursal del Banco Central, donde en su día estuvo el  cine Roxy, y me ha confirmado que por las noches, haciendo su ronda, se ha encontrado en más de una ocasión con Fred Astaire y Ginger Rogers bailando una de las suyas. Confieso que, aunque me ha costado creerlo,  gracias a tus canciones he acabado descubriendo algunas cosas que puede que no sean ciertas, pero que a mí al menos me  ha gustado protagonizarlas gracias a un cinematógrafo, más real de lo que parece,  que tú mismo te has encargado de activar y que ayuda -¡vaya si lo hace!- a que cada día sea tan bueno como cualquier otro para aprovecharlo y no dejar que pase de largo sin más…

Gracias, amigo; por tanto. Por descubrirnos, en un tiempo en que hasta soñar podía ser  censurado, a grandes maestros como Machado, Hernández o Benedetti. Sin duda ha sido placentero a tu lado hacer camino sin mirar atrás, dejar de ignorar que el sur también existe o asumir que si uno quiere, y no está dispuesto a renunciar a la libertad, es como el árbol talado que retoña y aún tiene vida por muchos años que pasen.

Hoy he querido ser yo, tomando títulos y fragmentos de tus canciones, quien te escriba porque hace tiempo que no nos regalas nuevas composiciones de esas tan hermosas a las que nos tienes tan habituados. Entre tanto, cuando tengo ocasión, me conformo con ir a verte a esos espectaculares conciertos en que te acompañas de Sabina, Víctor Manuel, Ana Belén o Miguel Ríos y disfruto con el repaso de vuestros grandes éxitos que intercambiáis dándole cada uno su toque personal; pero también echo de menos al Serrat acompañado por el maestro Miralles al piano, con un chorro de luz blanca en el centro del escenario –preferiblemente en el teatro Cervantes de nuestra Málaga- mientras empiezan a sonar las primeras notas de “Aquellas pequeñas cosas”. En ese momento me parece sencillo y grandioso a la vez que en un par escaso de minutos hayas sido capaz de expresar tantas sensaciones de ésas que a todos nos persiguen sin darnos tregua.

Ya ves que tenía razones más que sobradas para trasladarte en esta calurosa tarde de julio mis quejas que, me atrevo a decir, son también las de muchos de tus incondicionales seguidores; quedo pues en espera de tu respuesta que no dudo me llegará cualquier día de éstos mediante alguna nueva canción con la que, como tantas veces, seguro que nos pellizcarás. Entre tanto recibe un cordial saludo de éste que, “en tránsito” por la vida, se refugia tan a menudo en tu música.

(Dedicado a mi querido amigo Pepe Umbral, que además de invitarnos a vivir sus preciosas canciones nos da lecciones de valentía. Un abrazo)

 Juan Leiva León

 

Vano intento

Creías que no iba a llegar nunca y mira, ya está aquí. Aunque pareces meramente un muchacho, también emprendes ya la retirada a tus cuarteles de invierno donde te aguardan plácidos cursos en los que no tendrás horario que reclamarle al Jefe de Estudios de turno, tampoco los aburridos atracones de corregir exámenes en vísperas de vacaciones, y mucho menos pesados claustros de esos que se soportan estoicamente con las gafas de sol puestas. Vamos, salvo las tareas domésticas que serán sin duda susceptibles de la correspondiente evaluación por parte de Alicia, no tendrás mucho trabajo ni precisarás de grandes madrugones, salvo los que tú mismo te impongas para darte un tempranero paseo cada mañana por nuestro “jubilódromo”; ya sabes, el paseo marítimo.

Cuando me puse a hilvanar estas líneas no conseguía coger carrerilla pues eso de escribir unas palabras dedicadas a un profe, estudioso de la Filosofía, se me antojaba algo peliagudo, pues confieso que ese afán que os mueve a buscar siempre una interpretación coherente de la realidad ya me pilla en una etapa de mi vida en que he arrojado la toalla en más de un asunto y, en todo caso, no estoy  ya para filosofar más que con la rapidez que cae la arena de ese implacable reloj que a partir de ahora a ti también va a empezar a achucharte más de la cuenta. La verdad es que desde que me jubilé no estoy ya para reflexiones digamos que trascendentales; es más, incluso con los números ando últimamente algo reñido. Prefiero refugiarme en asuntos más plácidos y por eso, curándome en salud, no me voy  a meter en camisa de once varas -como dicen en mi pueblo- y le voy a hablar no al filósofo que busca sentido a las cosas de la vida, sino al amigo y compañero con quien tantos y sosegados momentos he compartido y disfrutado al abrigo de un cafelito en la terraza de Tito Clemente o en la sala de profesores de nuestro instituto.

Verás, querido Luis Carlos, a ver cómo te explico lo que se te viene encima sin crearte alarmismo. Nada especialmente novedoso es si te aviso que ahora vas a navegar por mares en calma que raramente se embravecerán; es verdad que tendrás que habituarte a ello pues  no deja de ser cierto que hasta ahora, como cualquier docente, has vivido al trote y la entrada en esta nueva etapa no deja de ser un choque ciertamente emocional. Cada día podrás levantarte sin bullas  y, mientras desayunas con Susanna Griso, hasta podrás permitirte que se te quemen las tostadas escuchando las chuminadas que cuentan en la tele. No te preocupes, vuelves a poner el tostador  y no pasa nada pues no hace falta correr ya que no llegarás tarde al instituto ni a ningún otro sitio. El control del tiempo es tuyo a partir de ahora y, aunque oigas decir que un jubilado no tiene tiempo para nada, eso no deja de ser una mentirijilla. Tienes todo el que quieras; ahora, eso sí, el día sólo tiene veinticuatro horas y no puedes apuntarte a todos los cursos y actividades que se pongan a tiro. Ni tampoco hace falta que de golpe y porrazo te saques, como si se tratara de una colección, todos los carnés que los más veteranos exhiben y muestran a sus amiguetes como si fueran sus galones. Tú tómatelo con calma y no te des un atracón de recomendaciones para jubilados, ni siquiera las que sin darme cuenta te pueda dar yo. ¡Ah!, esto sí que es importante; no olvides que, aunque estés tan jubiloso, en otros asuntos –de esos que tú ya sabes-hay que seguir cumpliendo como siempre; ya me entiendes.

Bueno, bromas aparte. Te espera una etapa de tu vida a la que seguro vas a sacar mucho partido: tranquilidad, relajación, viajes, etc.; pero no sería justo si te oculto algunos efectos colaterales que la jubilación trae consigo y conste que no estoy pensando en lo “malapiposo” que puede parecer el deneí  cada vez que le eches un vistazo. No, no, pensaba en otras cosas. Verás, el otro día viendo por televisión el acto de graduación de segundo de bachillerato, me di cuenta del cariño y muestras de afecto que te dedicaban. Asimismo he visto en Facebook, donde nuestro compañero Miguel Herrera puso una fotografía tuya junto a un comentario referente a tu marcha, los emotivos testimonios que han ido dejando antiguos alumnos tuyos; estoy seguro que algún que otro pellizquillo notarías. Por supuesto que todo ese afecto te lo has ganado más que merecidamente con tu entrega y profesionalidad a lo largo de un montón de años de ejercicio de la función docente; y no  creo que haga falta recordarte que tu mayor logro, que no es equiparable a casi nada, es esa consideración que te tienen los muchos alumnos a quienes has impartido tu asignatura y has dado lecciones de vida durante tantos años. Ellos, como a mí me gusta decir, ejercen una especie de vampirismo sobre nosotros que hace sentirnos jóvenes y que, yo al menos lo siento así, crea cierta adicción;  así que no te extrañe que, una vez ya avanzado el próximo curso, cualquier tarde no tengas ganas de leer ni pasear, ni siquiera ir al cine con Alicia; vamos, que tal vez te sientas un poco tonto sin saber muy bien las razones. Pero yo te voy a explicar las causas de  esos síntomas que pueden sumirte en un estado yo diría que algo melancólico. Seguramente ese mismo día o el anterior pasaste por la puerta del instituto y de pronto el murmullo de los alumnos en pleno recreo te removió cientos de recuerdos, incluso te faltó poco para entrar y dirigirte a la clase de 2º de bachillerato; no para hablarles a tus alumnos de Platón o de Aristóteles, sino para darle un repaso a cualquier asuntillo relacionado con el devenir de la vida al que más de una vez dedicabas unos minutos en clase mientras sembrabas una semilla de ilusión que,  a la vista está, ha ido fructificando en tantos y tantos hombres y mujeres que un día fueron tus alumnos.

No te engaño si te digo que una vez pasada la euforia inicial tendrás muchos momentos para reflexionar y acordarte de tus compañeros, de las tertulias al calor de un café, también de los calentamientos que más de una vez te habrás llevado con ese zangolotino que da más guerra de la cuenta y que apenas si ha abierto sus libros más allá de la novena página. Posiblemente empezarás quizás a verlo todo desde otra perspectiva, pues cuando estamos en activo yo creo que vivimos excesivamente encorsetados entre las paredes del instituto y no vemos que más allá hay otro mundo, acaso más pragmático, que aborda el devenir de nuestros alumnos de un modo más frío y duro que como lo entendemos nosotros cuando están en nuestras clases. Bueno, no importa eso demasiado; a fin de cuentas esa mezcla de cierto romanticismo del día a día en clase con el realismo de puertas afuera ha funcionado y equilibrado el desarrollo de sus vidas y la nuestra también. Asimismo podría decirte, recordando la letra de la hermosa canción “Lucía” de Serrat, que no hay nada más amado que lo que se pierde, aunque  está claro que Serrat se refería a los asuntos amorosos. Pero te aseguro que también es aplicable a tan hermosa profesión como es la tarea docente cuando después de tantos años, refinando seseras y tratando de sensibilizar a los chiquillos, dice uno adiós. Menos mal que el equipaje nos lo llevamos cargado de hermosas y fructíferas vivencias de las que aprenden nuestros alumnos y, no lo olvidemos, nosotros también. Ese es tu mejor regalo en estos días repletos de emociones; a rebosar diría yo.

Para finalizar me gustaría decirte, pues debes conocer muy bien qué te depara el futuro inmediato, que también debes acostumbrarte a que ya no te llegará el eco de tantos y tantos piropos que siempre te han lanzado tus alumnas y, por qué no decirlo, tus propias compañeras, pues a nadie se le oculta que eres el tío más guapetón del claustro del IES Fuengirola Nº 1; lo siento, compañero, tienes que saber lo que perdemos cuando nos jubilamos, aunque te recuerdo que estás aún a tiempo. Pero, oye Luis, lo que no se perderá nunca es esa marca que has dejado en tus alumnos y que  formará parte ya de ellos para siempre; esa marca que se instala en el alma de la buena gente que pasa por nuestro instituto y que lleva grabado, entre otros,  un nombre que se escribe con letras mayúsculas: Luis Carlos Simarro, magnífico profesor, excelente compañero y un buen amigo. Felicidades y un fuerte abrazo para ti, para Alicia y para tus hijas.

Juan Leiva León

15-J

Ha pasado ya aproximadamente el mismo tiempo que tuvieron que soportar y padecer nuestros padres hasta comprobar que no hacían falta productos de limpieza para quitar las telarañas a las urnas, sino que bastaba con predisposición y ganas de dar aires de libertad a nuestra querida España para que esa fruta acabase madurando a pesar de las reticencias, por llamarlo de un modo suave, del régimen anterior. Hoy, al cabo de cuarenta años, echo la vista atrás y recuerdo con emoción aquel día en que, tras un larguísimo periodo de abstinencia, veíamos con algo de asombro largas colas para votar en cualquier lugar de España. No hace falta decir que la ilusión se apoderó de todos los que aguardábamos con expectación el estreno de nuestra ansiada democracia, al tiempo que se instaló una confianza absoluta en que la vida de los españoles daría un vuelco rotundo a partir de aquel quince de junio del setenta y siete.

Tras todo lo que hemos tenido ocasión de presenciar durante los años transcurridos desde entonces, muchas cosas buenas y alguna para olvidar, hoy ya puede decirse que la madurez adquirida nos ha permitido entender que en medio de un mar de rosas también hay tormentas que sortear a fin de que nuestra democracia no se corrompa ni dejemos de confiar en ella como el mejor árbitro para regular nuestra vida.

Quizá una de las cuestiones a reflexionar es por qué hemos adoptado una postura tan pasiva y cómoda esperando que sean nuestros representantes políticos quienes se encarguen de todo, mientras los votantes nos limitamos a poner de vuelta y media en la barra del bar a quien mejor tengamos a tiro o nos recreamos con la agudeza de algún fino comentarista político. Luego a votar de nuevo en las siguientes elecciones -a menudo a los mismos a pesar de nuestro malestar- y pare usted de contar. Pocas sorpresas, menos alegrías de las deseadas y más decepciones de la cuenta en un panorama bastante previsible y con escasas perspectivas de cambio.

Sin embargo, cuando inesperadamente comienzan a repetirse hechos o fenómenos de corte muy parecido que hasta el momento parecían poco probables, cabe pensar que algo se está moviendo y conviene pararse a reflexionar un poco sobre ello. Tal vez sea una impresión mía pero creo, aun cuando algunos añosos derrotistas piensan ya que estamos cruzando esa frontera más allá de la cual nada puede sorprendernos, que algunas cosas que hasta ahora se direccionaban por senderos sin curvas, en los que apenas había escasos atajos que pudieran considerarse como una mínima salida de tono, pueden estar cambiando en su previsible devenir para darnos sorpresas acompañadas de algún que otro repullo.

Botones de muestra los hay y variados. Sin ir más lejos hace unos días asistimos un tanto atónitos a unos resultados en las primarias del PSOE que no muchos esperaban, o en todo caso nadie aventuraba que al final se diera el importante margen que ha habido entre los dos primeros candidatos. Siendo bastante significativo que el ganador sólo unos meses atrás era defenestrado y lo veíamos abandonar cabizbajo la sede de su partido, con la derrota dibujada en su rostro y convertido en un cadáver político a juicio de más de un comentarista, sin embargo ha sorprendido a propios y extraños dejando bien patente que entre lo que piensan los pesos pesados de su partido, quienes mayoritariamente habían apoyado a la candidatura perdedora, y lo que quieren los afiliados hay un largo y difícil trecho que a estas alturas de la película no se sabe muy bien cómo se va a recorrer sin que se cometan graves errores que pudieran dañar irreversiblemente al partido.

Tampoco faltan ejemplos en el ámbito internacional. No hace mucho también constituyó una sorpresa -a medias según algunos analistas- el triunfo en las presidenciales de Estados Unidos del candidato Donald Trump  sobre Hilary Clinton, previsiblemente ganadora ésta última según las encuestas que circulaban y a tenor de las excluyentes promesas electorales de su oponente. Asimismo el referéndum donde se votó la salida del Reino Unido de la Unión Europea, cuando los últimos sondeos apuntaban lo contrario, puso de manifiesto que los votantes iban por otros derroteros bien diferentes de los que transitaban los políticos instalados en el poder.

Esos ejemplos y alguno más acaso sean más que un aviso de que algo está cambiando en la actitud de los ciudadanos con respecto a sus representantes políticos; es como una señal inequívoca de que hay un claro divorcio entre lo que piensan los representantes por un lado y los representados por otro. Es más, si lo analizamos con lupa y desde una posición yo diría que pragmática, podría concluirse que el electorado está dispuesto a no dejarse manipular más y está pasando de una preocupante pasividad a una posición más activa y crítica que, sin duda, podría ser rentabilizada por las nuevas opciones políticas e incluso dar pie a la ubicación en un segundo plano de los partidos políticos que hasta ahora se han repartido el poder.  Ahora bien este nuevo escenario a considerar, oscuro para unos y bastante alentador para otros, no es ni mucho menos exclusivo de la escena española; basta echar un vistazo a lo que ha sucedido en las recientes presidenciales francesas, donde en la segunda vuelta no han figurado ya ni el Partido Socialista ni los Republicanos de centroderecha, opciones que se han venido alternando en la presidencia francesa desde que yo me acuerdo.

Puede que estemos  asistiendo a una situación nueva, yo diría que de rebeldía, derivada del hastío de los ciudadanos que ya estamos hasta la coronilla y algo más de que las opciones políticas tradicionales no respondan a nuestras expectativas y a las esperanzas que hasta ahora hemos puesto en ellas votándolas reiteradamente sin otro resultado que una continuada decepción. Como no es descabellado pensar que este fenómeno, inédito en nuestra democracia, puede marcar tendencia -como suele decirse en el mundo de la moda- y trasladarse a otros terrenos en que la ciudadanía, adormecida, ha preferido dejar  en manos de otros la toma de decisiones, ya sean de índole política, social, económica, ocio, etc.

Pienso que lo único que nos debe preocupar, si esto va a ser así a partir de ahora, no sólo es a quién votaremos, que ya se sabe lo que suele pasar a rio revuelto, sino que ante este nuevo panorama no caigamos en los mismos errores que hemos cometido hasta ahora entregando nuestro voto-cheque en blanco a los protagonistas de la escena política, sin pedirles explicaciones por su gestión y renunciando a las responsabilidades que como ciudadanos debemos ejercer con espíritu crítico y constructivo. En definitiva, es tiempo ya de exigirles más compromisos firmes y creíbles en sus campañas electorales, sometimiento a mociones de confianza a mitad de legislatura, mayor contacto con los ciudadanos de cada circunscripción que no se limiten a mítines y baños de masas, tolerancia cero con la corrupción… y sobre todo, aun por encima de las simpatías políticas de cada cual, condenarlos al ostracismo si no responden a lo que esperamos de ellos. Todo eso y muchas más cosas que deben concretar ellos –ya es hora de que afinen su imaginación- si quieren recibir nuestro voto; que algo parece que se está moviendo. Ojalá sea para bien y el espíritu de aquel inolvidable 15-J siga despertando ilusión y confianza.

PD: Sin que sirva de precedente hoy me he atrevido a transitar en mi blog por el delicado baile de la política y confío, aun admitiendo mi torpeza como bailarín, no haberle pisado el juanete a nadie; si lo he hecho pido disculpas y prometo que mi próximo baile no será agarrado sino a modo de aquellos bailes sueltos en que movíamos el esqueleto desaforadamente y si dabas algún inoportuno pisotón era fácil disimularlo.

Juan Leiva León

Mi taquilla

Hace unos días volví de nuevo; algunas me seguían pareciendo familiares, pero la mayoría de las caras me resultaban extrañas y desconocidas. Al entrar noté que había cambiado algo el mobiliario o tal vez era su ubicación lo que notaba diferente, pero en realidad casi todo seguía igual que aquel caluroso día de junio cuando dejé en mi taquilla ya vacía aquella nota en que podía leerse: “Es todo amigos”.

Han pasado ya cuatro años y al volver a entrar en la sala de profesores se me agitaron en el alma miles de recuerdos, a modo de aquella maravillosa secuencia de besos censurados que con fondo musical de Morricone usó  Tornatore para culminar su “Cinéma Paradiso” entre alguna que otra lágrima; no sé muy bien si del protagonista o de los propios espectadores, que ya no me acuerdo bien. Algo así me ha sucedido al volver a mi instituto y, con el achaque de saludar a un amigo, entrar en la que fue mi sala de profesores; aquella por la que entre clase y clase pasábamos para recoger algún libro o apuntes y, de paso, cruzar un saludo con los compañeros o decir unas palabras de aliento a alguien que acababa de tener un tropiezo con el zangolotino de turno.

Me fijé en que mi taquilla aún conservaba pegada en la puerta aquella pegatina con una flor que un día en mi cumpleaños alguien colocó un tanto furtivamente; tal vez fuese alguna querida compañera o vaya usted a saber quién, pero lo cierto es que ya siempre estuvo allí como testimonio de un afecto anónimo.  En tan pequeño habitáculo había guardado durante años  exámenes de mis alumnos, algunos como recuerdo de un merecido sobresaliente y también otros, no menos cargados de mi afecto, que  dejaban entrever muchas horas de esfuerzo dedicadas a pelearse con los puñeteros números incluso sin entender las enrevesadas ecuaciones que solía poner el Leiva. Otras veces te encontrabas con un recorte de prensa con las últimas declaraciones del ministro de turno, referentes a la disminución del número de alumnos por clase o al manoseado y nunca hecho realidad pacto por la educación que, dicho sea de paso, no servían nada más que para alentar expectativas que al final siempre quedaban en eso. Tampoco era raro, al abrirla,  encontrarte con algún detalle que te animaba; acaso una hermosa postal con un sello precioso de algún país lejano que alguno de tus compañeros hubiera visitado en las últimas vacaciones, o quizás un bello poema de Benedetti de esos que te levantan el espíritu y hasta te empujan a entrar en clase rebosando una sonrisa de oreja a oreja.

Seguía allí, donde siempre, vecina con la de mi amiga Gertrud y un poco más allá la de la Expi, la de Miguel, la de Luis Carlos… como testigos que van cambiando de inquilino y contemplan en silencio el paso de un tiempo implacable que nos está devorando, parece que a unos más de deprisa que a otros. Pero en realidad el deneí no se anda con chiquitas con nadie; lo que sucede es que la percepción que tenemos de cómo va cayendo la arena en nuestro reloj biológico cambia según la edad, pero sólo es eso. Sin embargo, al entrar el otro día en la sala de profesores y observar la que fue mi taquilla, tuve por un momento la sensación de retroceder a un tiempo pasado, no tan lejano, en que aún me levantaba cada mañana dispuesto a refinar seseras y, sobre todo, procurando sembrar de afecto e ilusión los caminos de la vida que intentaba mostrar a mis alumnos. Me movió un irrefrenable impulso de abrirla con la esperanza de encontrarme allí con un  interesante problemilla que se me habría ocurrido proponerle a mis alumnos más curiosos, o con una carta de despedida final de curso de alguno de mis grupos de tutoría, o quizás con las fotografías de la última fiesta de graduación. Pero por supuesto no me atreví a violentar la intimidad del compañero que ahora la ocupa, sabiendo que allí dentro ya no quedan sino recuerdos que, a modo de dulces fantasmas, se escapan cada día entre las rendijas  y están como flotando entre las paredes de mi instituto donde tanto viví y soñé.

A mis queridos compañeros, deseándoles un buen fin de curso y unas felices vacaciones.

Juan Leiva León

Bochorno

Confieso que había tomado la decisión de darme un respiro y tomarme unas vacaciones en lo que concierne a la actividad en mi blog, pero la verdad es que a veces salta la chispa si se pone a tiro un tema que me motive a escribir; unas veces es por la vehemencia del momento y otras porque, aun no siendo políticamente correcto, como suelen decir algunos, conviene exteriorizar lo que ya pasa de castaño oscuro como dicen en mi pueblo.

En fin, a lo que iba. Sin ser a priori la de hoy sábado una final de las que despiertan especial expectación, no dejaba de ser el  clásico partido de la final de la Copa del Rey con que remata felizmente la temporada futbolística. Así que un año más me disponía a presenciar lo que supuestamente iba a ser un espectáculo meramente deportivo. A tal fin mi querida esposa se había dado una vueltecita por la pescadería donde se pertrechó de unas exquisitas gambas, completando el tour gastronómico con la compra de unos ricos embutidos para que sirviesen de golosa compañía a un Celeste que guardaba para ésta u otra ocasión parecida.

Todo dispuesto ya en la mesa mientras en los prolegómenos del partido daban por televisión un pormenorizado repaso a la trayectoria de ambos equipos hasta plantarse en la final, repitiendo una y otra vez los magníficos goles que ambos contendientes han marcado en las sucesivas eliminatorias. Excelente ambiente como corresponde a un partido de este calibre; chiquillos con los colores de su equipo pintados en los mofletes; sonrisas que no podían disimular los nervios por tratarse acaso de la primera vez que asistían a un evento como éste; hinchas de ambas aficiones ataviados con la camiseta de su equipo; en fin, todo preparado para disfrutar del ambiente de un enfrentamiento deportivo de esta índole.

Saboreando el primer sorbo de mi tinto favorito y con la primera rodaja de lomo en la boca, observo a través de la pantalla un colorido espectacular ocasionado por la agitación de miles de banderines que cambiaban de color según las cámaras de televisión mostraran la ubicación en el campo de los aficionados del Alavés o del Barcelona, lo que indicaba claramente que estaba a punto de comenzar la final. De pronto, al entrar en el palco de autoridades nuestro Rey, máxima autoridad del estado, se produce un enorme griterío que se agudiza hasta casi ahogar los acordes del himno nacional. Reconozco que me pareció bochornoso y, aunque no sé si me creerán, se me agrió el plan que me había montado; el tinto me pareció que estaba algo picado, las gambas no me sabían bien y el embutido estaba como demasiado añejo. Todo se me avinagró, cogí el mando a distancia y cambié de canal.

Ya sé lo que muchos argumentan al respecto; que si en una democracia cada cual está en su derecho a manifestar sus opiniones y discrepancias; que si el Rey tiene que apechugar con estos entripados y respetar que haya mucha gente que está en contra de la monarquía; que si esto o que si lo de más allá. Palabrería, acostumbro a ver muchos partidos de selecciones nacionales cuando se celebra un campeonato internacional, ya sea una Copa de Europa o un Mundial, y me gusta ver cómo los jugadores y aficionados corean o cantan respetuosamente, incluso con emoción,  cuando al comienzo de los partidos suena su himno nacional.

En una situación como ésta, en que la indignación me puede, pensé que de ser yo el Rey habría paralizado la interpretación del himno y abandonado el estadio, no sin antes avisar por megafonía que a partir de ese momento quedaba eliminado el nombre actual del trofeo para pasar a denominarse cualquier otra cosa; pero por otro lado pensé que eso produciría cierta satisfacción a quienes no sólo  no sienten los símbolos de su país sino que además muestran una absoluta falta de respeto hacia ellos y hacia quienes sí los sienten. En todo caso no he visto en ningún otro país, cuando está sonando el himno nacional, un espectáculo tan bochornoso como el que he presenciado esta noche. Lamentablemente no es la primera vez y se me ocurrieron algunas preguntas: ¿A cuento de qué tanto desprecio y falta de respeto? ¿Es esto identificativo de un ejercicio saludable de la democracia? ¿Es normal esto en un país que aspira a ocupar un lugar relevante en el mundo? ¿Qué pensarán de nosotros los demás países de nuestro entorno? Dicho queda.

 Juan Leiva León

Una mujer de mi película

En el reparto de esa película de largo metraje que cada cual interpreta a lo largo de su vida, unas veces en tecnicolor y demasiadas en blanco y negro, de vez en cuando destaca algún actor de reparto no sólo merecedor de ese Óscar con el que sueñan quienes se dedican al mundillo del celuloide, sino que además nos marca unas pautas que, de seguirlas por los enrevesados  caminos de nuestra existencia, nos permitirían ayudar a que este mundo tan desequilibrado sea más solidario y habitable.

En mi caso, por la vertiente colateral de mi actividad docente, he tenido la suerte de conocer a uno de esos personajes; concretamente a una de esas mujeres cuya estela los hombres deberíamos seguir si no queremos quedar a la altura de una babucha en cualquiera de  las variadas situaciones con que nos sorprende la vida. Cuando la conocí, hace ya unos cuantos años que ni a ella ni a mí nos interesa cuantificar, siempre  la veía de un lado para otro corriendo, como queriendo cumplir con muchas más obligaciones de las que se pueden llevar adelante. Ahora, eso sí, sin renunciar nunca a regalarte una sonrisa, un piropo, una palabra amable o un deseo bueno para ti y para tu familia.

Fui profesor de sus tres hijos y la corriente de afecto que en seguida se estableció entre nosotros ha perdurado y así seguirá  pues no puede uno permitirse, con las zancadillas, deslealtades y perversidades que hay apostadas en cualquier esquina de la vida, prescindir de la amistad y el afecto de alguien como ella que jamás te traicionaría, pues en su catálogo de debilidades humanas tendrá como todo hijo de vecino sus pecadillos aunque poco más que eso. Pero, por encima de otras cosas, lo que  a mí más me llama la atención es que jamás hay un hueco en su vida para el desaliento; ella es realista, primeramente toma conciencia de la situación que le sobreviene y a partir de ahí, inasequible a la derrota, se pone manos a la obra para afrontar la tarea que le surge, o el posible problema, con todos los medios que sean necesarios. Si el día tiene veinticuatro horas ella se encarga de estirarlo para sacar tiempo de donde no lo hay en pos del cumplimiento de un compromiso adquirido. Su horario de trabajo no tiene fin y le arma a casi todo; cuando sus hijos estudiaban, para ayudarlos, ella iba casi a la par y les enseñaba que el esfuerzo –eso que hoy tanto cotiza a la baja- es la mejor guía para seguir logrando metas; y desde luego que ha sabido inculcarles ése y otros valores imprescindibles para sortear con éxito los contratiempos y los retos que la vida nos pone por el camino. Sin duda un objetivo que ahora completará felizmente con sus nietas.

La ves menuda, con aspecto frágil y no te imaginas la fuerza interior y la otra también que es capaz de desarrollar y hasta irradiar a quienes la rodean. Por si eso no fuera bastante hay que añadir su enorme capacidad para dar y regalar algo tan valioso, cada vez  más escaso en nuestra sociedad, como es su bondad; sencillamente exquisita. Y sobre todo es una gran mujer de las que no se arrugan, de las que desde el anonimato hacen mucha falta para que una sociedad prospere y, de paso, dejar sentenciada y ganada la batalla por la igualdad de géneros. Claro que, con muchas como ella, seríamos los hombres quienes tendríamos que emprender una campaña a fin no ya de alcanzarlas, sino de acercarnos siquiera un poquito al listón tan alto que ponen por su modo de ser y de actuar.

Ella es la Pepi Franco; como la llama la gente de nuestro barrio y de muchos otros sitios de Fuengirola donde conocen y saben de su talante y su talento. Para quienes la conocemos es una suerte y un lujo tenerla de amiga o simplemente como compañera en este complicado viaje que es la vida. Nunca la vi derrotada aun cuando, como cada hijo de vecino, también tiene sus problemas y preocupaciones; pero yo creo que no sólo está hecha de una pasta especial, sino que seguramente se curtió en ambientes donde no había ni un pequeño resquicio para la autocompasión. Eso debió hacerla  fuerte para enfrentarse a los avatares de la vida y, a su vez, la permitió desarrollar una gran capacidad para saber apreciar lo que de verdad es importante. Ella lo tiene muy claro y por eso cultiva, haciéndonos partícipes de ello a los demás, esos valores que ayudan a que la convivencia y en definitiva la vida sea más fácil. Por eso la admiro; no solo yo, sino quienes la conocen y tienen trato con ella.

 A Pepi Franco, buena y querida amiga. 

 Juan Leiva León

Voces que despiertan

El pasado domingo, mientras mi esposa y servidor agasajábamos gastronómicamente a nuestras respectivas madres con motivo de la celebración del día, llegaron al bar donde estábamos y se acomodaron en la barra cuatro cincuentones, a quienes conozco bastante bien desde niños, que ya coleccionan a sus espaldas vivencias para dar y regalar; entre ellas batallas de ésas que hay que ganar alguna vez en la vida y hasta frustrados asaltos a castillos siempre pendientes de conquistar. En la espera de nuestra comida, paladeando una fría cerveza, me fijé en ellos ya que daban la sensación de estar contentos, como celebrando algo que acaso por llevar demasiado tiempo demorándose  se recibe con especial entusiasmo. Sus plateadas cabelleras y sus perfiles ya algo curvilíneos no impidieron que mis pensamientos echaran a volar hasta épocas pretéritas en que los volví a ver, con dieciocho o veinte años y muchos sueños que cumplir, resueltamente decididos a poner el mundo al revés y cambiar bastantes cosas de un tiempo en que anhelábamos aires de libertad que por entonces andaban bastante contaminados. Sus sonrisas desde luego denotaban que la conversación que mantenían debía ir por unos derroteros manifiestamente gozosos o por lo menos satisfactorios, así que observándolos imbuidos de cierto  aire jubiloso supuse que aquello algo tendría que ver con el acto que poco antes había concluido en el salón del Ayuntamiento de Villanueva de la Concepción, nuestro pueblo.

Allí acababa de celebrarse un evento plagado de recuerdos en que se rindió un sentido homenaje a la memoria de unos hombres que murieron fusilados, víctimas de la barbarie de la guerra civil, y encima condenados, no sólo ellos sino también sus familiares, al olvido más doloroso. Han tenido que pasar ochenta años, que se dice pronto,  para que al fin despierte esa voz que ha permanecido dormida durante tanto tiempo y que ayer, por fin, se desperezó  a través de los muchos testimonios que pudieron oírse de hechos no tan cercanos en el tiempo pero sí en la distancia relativa a los asuntos del alma, que ésa no se mide en kilómetros como todo el mundo sabe.

Hay una serie televisiva en la que destaca por sus filosóficas ocurrencias un entrañable personaje llamado Pelayo, hombre de izquierdas pero que se las sabe todas; decía este buen hombre, en uno de estos últimos capítulos, que hay cosas que la mente con esfuerzo puede olvidar pero el alma no, y por eso reaparecen de vez en cuando esos llamados fantasmas del pasado. Cuánta razón y pena encierran esas palabras que más de uno de los asistentes al mencionado acto habrá pensado a lo largo de su vida, cuando ni siquiera han podido visitar -a día de hoy tampoco- una tumba en la que depositar un ramo de flores. El tiempo, aunque implacable para otras cosas, no consigue borrar hechos del pasado que sin duda  merecen el peor de los calificativos. Ni tratar de ocultarlos sirve de mucho; como ha venido ocurriendo, incluso algún tiempo después de recuperada la democracia, en ciertos medios de comunicación donde seguía existiendo una especie de autocensura y cierto temor  a publicar artículos sobre hechos luctuosos de aquellos años que hoy, con la perspectiva del tiempo transcurrido, resultan difíciles de creer.

Pero sucedieron y  ya nadie puede remediar que a diecisiete hombres les arrebataran la vida, bien por sus ideas o tal vez porque alguien decidió, vaya usted a saber los motivos, que tenían que morir; a la vista está que por aquellos años llegó a valer bien poco la vida de una persona. Y si eso no era bastante, a sus  familiares los condenaron a un silencio que ha durado demasiado. Posiblemente todavía  tendrá que pasar más tiempo para que esas heridas dejen de supurar por completo; pero, entre tanto, el reconocimiento a las víctimas en actos como ése ayudará a esa reconciliación, de la que tanto se ha hablado en estos últimos años, que permitirá a todos mirar hacia adelante tratando de que sentimientos muy dolorosos dejen de hacer tanto daño.

En tan primaveral mañana de domingo, mientras presenciaba con emoción las numerosas y sobrecogedoras intervenciones de jóvenes familiares de las víctimas en el salón del Ayuntamiento, recordé que años atrás, con motivo de los actos organizados con ocasión de la  segregación de nuestro pueblo, actuó en ese mismo escenario Paco Ibáñez y, cómo no, cantó sus canciones más conocidas con letras de grandes poetas como Alberti, Goytisolo, Celaya, etc.  Al oírle cantar su ya clásico “A galopar, a galopar hasta enterrarlos en el mar” me pellizcó como en tantas otras ocasiones, pero también pensé que ha llegado la hora de encontrarle  otro significado más que el que siempre me transmitía esa letra tan rotunda. Lo que quiero decir y creer es que aún queda nobleza más que suficiente para seguir galopando hasta enterrar  en el mar el sentimiento de odio no sólo por la muerte de nuestros paisanos, sino por habernos privado tantos años de darles el descanso y el reconocimiento que se merecen. Hoy, aunque tarde, se los damos al fin; la voz  dormida ya se ha despertado y ahora sí, es tiempo de enterrar en el mar cualquier deseo de revancha y mirar al futuro con esperanza de que hechos tan trágicos nunca se repitan. Así será mucho más fácil y creíble pasar por fin esa página que debió ser leída hace ya mucho y hablar de una verdadera reconciliación; que no de olvido.

Por cierto, mientras seguía con mi familia en la sobremesa de la comida, dando cuenta del exquisito café que prepara mi primo Carlos, supuse que al cabo de unas cuantas cervezas mis cuatro amiguetes ya habrían derivado la conversación hacia asuntos más mundanos; aunque no tengo la menor duda de que en sus ojos aún permanecería largo rato un brillo que denotaba a las claras las emociones de una mañana que se ha hecho esperar más de la cuenta.  

 Dedicado a Paco González, Antonio Gonzalo Cobos, Lorenzo Chicón y Paco Aguilar; en buena medida ellos con sus ilusiones, como muchos otros luchadores de aquellos años, fueron semilla de nuestra democracia.

 Juan Leiva León

Día de la Madre

Puede ser que los intereses comerciales que nos acosan de modo tan disparatado   hayan impuesto la celebración de ciertas festividades, poco familiares y bastante bullangueras, que en muchos casos no han calado en nuestra sociedad por mucho que se empeñen los inductores de las mismas, a quienes tal vez habría que preguntar por qué se han atribuido la potestad de meterse también a organizar nuestro divertimento. Posiblemente tal fiasco se produce unas veces porque son fiestas importadas de otras culturas que nos son ajenas. Otras, por ser muy artificiosas y poco acordes con la idiosincrasia de los españoles; si bien eso varía según qué regiones.

Sin embargo desde niños hemos conocido algunas con ciertas connotaciones de índole religiosa  que, aun con sus detractores, conservan un fuerte arraigo entre los españoles a  pesar de los vaivenes que los cambios políticos, a finales de los setenta,  dieron a  muchos de nuestros  hábitos y costumbres. Curiosamente hay una que perdura entre otras cosas porque, al celebrarse siempre en domingo, no interfiere en el calendario laboral y eso elimina uno de los posibles focos de polémica; pero, sobre todo, porque a pesar de su carácter oficioso casi todo el mundo da el beneplácito a su celebración ya que no hiere susceptibilidades, roza nuestras fibras más sensibles y tiene mucho que ver con un cierto homenaje hacia quien, posiblemente, más significa en la vida de cada persona: su madre. Y ahí, amigo mío, priman nuestros sentimientos más íntimos; siendo muy difícil que una fuerza política, del signo que sea, se atreva a eliminar esa festividad como han hecho en la práctica con alguna que otra de mucha tradición convirtiéndola en jornada laborable.

En cualquier caso un año más nos disponemos a mostrar nuestro cariño mediante un pequeño detalle, un poema o una llamada por teléfono a esa persona tan querida que, cuando todavía no era más que una “tortolita” cortejada por su novio, ya tenía sueños de ser madre. Cada uno podría relatar cientos de vivencias a cual más sentida y seguramente extrapolables a otras familias; pero siempre con un denominador común, el cariño y la dedicación de nuestra madre luchando contra viento y marea para sacar adelante a sus hijos con todo el amor que pueda uno imaginarse… Desde aquel inolvidable y sencillo viaje de novios a Granada en que a las puertas de la Facultad de Derecho, mientras contemplaban su portada, él quiso que ella cerrara los ojos para que pudiera soñar que algún día tendrían a sus hijos allí estudiando. Luego luchando y dejándose media vida mientras trabajaban de sol a sol  en aquellos años tan difíciles sobre todo en el ámbito rural, privándose de muchas cosas para ahorrar un dinerillo que ayudara a la consecución de aquel y otros sueños. Y allí estaba mi madre, con una sonrisa que no desaparecía de su cara incluso cuando más apretaban las dificultades, haciendo frente a todos los contratiempos con una valentía y una fortaleza que para mí yo quisiera en determinadas situaciones. Recuerdo que  algunas noches, para que me durmiese, me cantaba el “Romance de valentía” cuando por culpa de unas anginas me devoraba la fiebre siendo yo un niño; pero no le importaba su cansancio, ella seguía durante toda la noche junto a mi cama por si necesitaba algo y poniendo de vez en cuando suavemente sus labios sobre mi frente para ver si me había bajado la temperatura. Así, un sinfín de recuerdos imborrables.

Ahora, cuando después de ir a visitarla me marcho en mi coche, ella se planta en la puerta de su casa y, liada en su toquilla si hace frío, no se mueve hasta que me ve trasponer calle abajo. Alejándome yo la veo por el espejo retrovisor y pienso en ella con una dulzura infinita. Está anocheciendo, precisamente en la radio del coche suena una copla que a ella le gusta y mis ojos adquieren un brillo especial que ni mis hijos ni mi mujer notan. En ese momento pido al cielo que me la conserve durante muchos años. ¡Felicidades, mamá!

(De mi libro “En busca de complicidades” -recopilatorio de artículos míos publicados en el diario SUR- editado por la Diputación Provincial de Málaga a beneficio de la Asociación de familiares y enfermos de Alzheimer de Fuengirola-Mijas)

Juan Leiva León

En tierra extraña

Creo que fue ése el título de una popular canción en los años cincuenta y sesenta que interpretaba con su habitual maestría doña Concha Piquer, “catedrática” de la copla y animadora de tardes de costura en que no podían faltar las lacrimógenas novelas radiofónicas de Guillermo Sautier Casaseca y la tertulia pertinente casi siempre centrada en el personaje que hacía Matilde Vilariño. En realidad apenas tengo vagos recuerdos de aquel tiempo tan gris; si acaso que mi madre, bien dotada para el cante y aficionada a la copla, se entretenía con las  flores de su patio regándolas y mimándolas mientras cantaba los éxitos de Juana Reina o de la mencionada doña Concha.

Aquel “En tierra extraña” destilaba tristeza desde sus primeros compases y musicaba los pesares de quienes por circunstancias de la vida, a menudo un desengaño amoroso, un disgusto familiar o razones de trabajo, se veían obligados a marcharse sólo con billete de ida en busca de nuevas ilusiones y proyectos, sin saber si algún día retornarían  a su pueblo donde tantas cosas quedaban atrás. Era tiempo en que casi todo discurría por un camino angosto y complicado que era caldo de cultivo para la letra de una canción. Qué digo, de mil canciones.

Muchas personas viven en silencio y sin más compañía que la soledad viajes a ninguna parte que las obligan a dejar atrás a su familia en busca de dar solución a problemas que se agarran allí donde más duele. No, no estoy pensando sólo en los miles y miles de refugiados que huyen de una espantosa guerra que lo destruye todo y se ceba cobardemente con los más débiles, sin que el resto del mundo haga algo más que poner en sus telediarios las vergonzantes imágenes de los bombardeos. En este momento estaba pensando en alguien que siento más próxima, concretamente en una guapa mamá que, en pos de una esperanza y a pesar del  enorme lastre que conlleva el alto desembolso económico realizado, se ha armado de valor, ha cogido sus bártulos y no ha dudado en marcharse con su hija a tierra extraña en la otra punta de España. Allí ve pasar los días, las semanas y los meses con la firme confianza en que los cuidados médicos lograrán para su hija una notable mejoría.

Su tiempo se hace lento, lluvioso y hasta frío. Las tardes lánguidas, interminables y tediosas; pero ella no desfallece, mira  a través del cristal imágenes distorsionadas por gotas de una lluvia casi perenne  y, a través de ellas, como en una película, se imagina sentada al fresco una noche de verano en la puerta de su casa con su marido y sus tres hijos jugando alrededor. Así cada día, uno tras otro lentamente, agota las horas soñando con el paisaje cálido de su pueblo, con la primavera de estos días que tanta nostalgia le produce, con tardes de mayo aromadas de chilindros, con jazmines que sólo habitan en el sur, con su mar que tiene otro azul tan distinto, con sus amigas…

Me he acordado mucho de ella durante estas últimas semanas y quería escribirle algo, no para arrancarle unas lágrimas sino para decirle que sea fuerte, que lo va  a lograr y que todo habrá merecido la pena. Pero además quiero decirle que admiro en ella tanta valentía y tanto espíritu de lucha por lo que sin duda es más importante para una madre.

Te admiro y te quiero, prima Belén. Sé que hay un montón de kilómetros que te separan de nosotros, de tu familia; pero te aseguro que estás mucho más cerca de nosotros de lo que te puedas imaginar. Un abrazo.

Juan Leiva León

Diario SUR

EN CUALQUIER CASO TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS:
Queda prohibida la reproducción, distribución, puesta a disposición, comunicación pública y utilización, total o parcial, de los contenidos de esta web, en cualquier forma o modalidad, sin previa, expresa y escrita autorización, incluyendo, en particular, su mera reproducción y/o puesta a disposición como resúmenes, reseñas o revistas de prensa con fines comerciales o directa o indirectamente lucrativos, a la que se manifiesta oposición expresa.