A mi padre

Siempre ahí, preparados tanto para asumir y lidiar los peores contratiempos como para disfrutar -digamos que en la retaguardia- de los momentos buenos, los que casi nos hacen tocar el cielo. Salvo para echarnos un rapapolvo cuando hemos sido merecedores de ello, apenas hacen ruido; siempre pacientes, esperándonos y viéndonos llegar porque tienen un don especial para darse cuenta de que necesitamos su apoyo y un consejo que nadie como nuestro padre sabrá darnos. A menudo padecen en silencio, sin permitir que se entere nadie, problemas y preocupaciones; y lo hacen disimulando con una sonrisa cuando los vemos pensativos y apurados. Pero son fuertes y tienen aplomo para enfrentarse a lo que se tercie, parecen hechos de una pasta especial, nos dan seguridad y confianza para que podamos seguir avanzando. Otras veces los vemos especialmente sensibles, como cuando dan un arrumaco a nuestra madre o de niños nos subían en su rodilla para hacernos el caballito; lo cierto es que de uno u otro modo siempre están ahí, a nuestro lado, dispuestos a mostrarnos los caminos más rectos de la vida.

El mío, como supongo les pasa a muchos otros padres, me enseñó todas esas cosas que se aprenden en casa y luego se acaban de cimentar en la escuela; al menos antes era así. Como también se ocupó de ir inculcándome el gusto por la lectura, primero a través de los tebeos del famoso detective Roberto Alcázar y, algo más tarde, con “Corazón”, mi primer  libro. Asimismo me enseñó a amar  el cine; un día, la primera vez que me llevó, me entusiasmé con una peliculilla del oeste de Kit Carsson y ya se me metió para siempre en el cuerpo ese gusanillo que nos pone embobados con la gran pantalla. La última vez que fuimos juntos al cine vimos “Asignatura pendiente”; recuerdo que, aparte los encantos de Fiorella Faltoyano que le sacaron una sonrisilla picarona y una mirada hacia mí de reojo, se emocionó bastante con aquella escena en que un sindicalista que se había pasado media vida en la cárcel mostraba su dolorosa resignación, ya sin esperanza a pesar de los cambios que en España se avecinaban y con su abogado al otro lado de los barrotes comunicándole una condena más. También compartimos pasión por el fútbol, él madridista y yo del Athletic de Bilbao; aunque la primera vez que me llevó a la Rosaleda a ver al Madrid creo que fue él quien más disfrutó, sobre todo al ver pasar a Paco Gento entrando al estadio a escasos centímetros de nosotros,  incluso me pareció que mi padre daba una leve palmadita en el hombro a su ídolo futbolístico.

Siempre estaba ilusionado con mis estudios y disfrutaba con mis notas, tanto que contaba repetidamente a sus amigos, como si de un gran triunfo se tratase, que don Humberto -temible profesor de matemáticas y considerado como un hueso- en una ocasión me había dado una matrícula de honor. Afortunadamente tuvo tiempo de verme con mi carrera finalizada y ejerciendo mi tarea como profesor; no olvidaré nunca la sonrisa que se le dibujó el día que aprobé las oposiciones. En cierto modo lo había conseguido él y yo me alegré doblemente.

La vida dura que había llevado desde que siendo niño pasó por terribles vivencias durante la guerra civil, la temprana muerte de mis abuelos y su agotadora profesión le pasaron factura demasiado pronto; murió a una edad en que los padres se dedican a disfrutar de sus nietos.

Fue para mí, no un amigo, los amigos son otros, como bien se encarga de recordarnos el juez de menores Emilio Calatayud; fue sencillamente mi padre, un buen hombre y un gran referente en mi vida. Aunque lo recuerdo todos los días, hoy he querido hacerlo de un modo especial dedicándole estas líneas. Por cierto, ahora caigo que también yo soy padre. ¿Lo estaré haciendo tan bien como él?

Juan Leiva León

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Diario SUR

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