Puesta a punto

Mientras camino con espíritu deportivo por el “jubilódromo” –léase paseo marítimo- en pos de mi benefactora sesión de gimnasia,  a la que añado por cuenta propia unos kilómetros en el tranvía de San Fernando, vengo observando estas mañanas primaverales un gran trasiego de personal y vehículos pesados en nuestras playas, trabajando denodadamente para ponerlas a punto ya que, como es bien patente, han quedado un tanto castigadas a lo largo de este pasado invierno por diversos y continuos temporales.

Dicho lo cual debo precisar que no estaba pensando en esa puesta a punto cuando me he decidido a hilvanar estas líneas. Yo en realidad pensaba en otra, justamente la que tiene que ver con el gimnasio, la actividad física y los sacrificios de índole gastronómica que por estas fechas solemos imponernos a fin de que, cuando nos pongamos el bañador, no se noten mucho determinadas evidencias de las que no nos acordamos cuando damos rienda suelta a esos placeres terrenales en los que ahora mismo estamos todos pensando.

Lo cierto es que cuando ya lo ves todo casi perdido, lo que suele ocurrir al notar que los exquisitos postres de Semana Santa han hecho de las suyas, te pasas una buena temporada absteniéndote del disfrute de la mesa, haciendo kilómetros a diario, acudiendo con regularidad al gimnasio a fin de machacarte con pesas, cintas, circuitos, cientos de flexiones, sentadillas y otras artimañas con las que el monitor nos somete a insufribles baqueteos… Todo para aligerar unos gramos y así presumir ante los amiguetes no sólo de estar en plena forma, sino de poder dar, sin remordimiento alguno, buena cuenta de unas cervezas con calamares cuando se tercie y sin que la báscula nos ponga de mala uva. Sin embargo cuando ya crees que estás  dominando la situación y triunfando en los ambientes sociales en que te mueves, presumiendo de que has bajado un agujero en el cinturón, te vas un día con tu esposa a un conocido centro comercial, entras en cualquier probador a ver cómo te queda una preciosa camisa que te has comprado para rematar la faena, y el espejo de modo implacable te pone en tu sitio. Es entonces cuando lastimosamente se acuerda uno de los kilos de brócoli sin apenas acompañamiento carnal que habrá deglutido durante semanas, acaso con la vista puesta de modo inconsciente en esos falsos referentes que, engañosamente, aparecen en los espacios publicitarios despertando envidias y enseñando espectaculares cuerpazos que dejan atónitas a las mujeres y a los sufridos maridos con las orejas gachas ante semejante despliegue físico.

Y a todo esto mi mujer sin entender que mi fobia a ir con ella de compras no se debe más que a la dura realidad que los espejos del mencionado centro se encargan de mostrar de modo tan despiadado a cualquier hijo de vecino. En fin, aunque ella no precisa de aclaración alguna para darse cuenta de que el brócoli no hace milagros para mejorar tan desolador panorama, cualquier día de éstos tendré que sentarme con ella y hablarle muy seriamente de que no me rindo y sigo haciendo lo que puedo que no es poco. Por cierto, esta mañana al levantarme para preparar nuestro matinal limón con miel me ha observado de un modo raro y, creyendo que lo hacía recreándose en el bonito pijama que me regaló por el Día del Padre, me da la impresión de que no he sabido interpretarlo debidamente. Cosas que pasan.

 

 Juan Leiva León

 

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Diario SUR

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