Una mujer de mi película

En el reparto de esa película de largo metraje que cada cual interpreta a lo largo de su vida, unas veces en tecnicolor y demasiadas en blanco y negro, de vez en cuando destaca algún actor de reparto no sólo merecedor de ese Óscar con el que sueñan quienes se dedican al mundillo del celuloide, sino que además nos marca unas pautas que, de seguirlas por los enrevesados  caminos de nuestra existencia, nos permitirían ayudar a que este mundo tan desequilibrado sea más solidario y habitable.

En mi caso, por la vertiente colateral de mi actividad docente, he tenido la suerte de conocer a uno de esos personajes; concretamente a una de esas mujeres cuya estela los hombres deberíamos seguir si no queremos quedar a la altura de una babucha en cualquiera de  las variadas situaciones con que nos sorprende la vida. Cuando la conocí, hace ya unos cuantos años que ni a ella ni a mí nos interesa cuantificar, siempre  la veía de un lado para otro corriendo, como queriendo cumplir con muchas más obligaciones de las que se pueden llevar adelante. Ahora, eso sí, sin renunciar nunca a regalarte una sonrisa, un piropo, una palabra amable o un deseo bueno para ti y para tu familia.

Fui profesor de sus tres hijos y la corriente de afecto que en seguida se estableció entre nosotros ha perdurado y así seguirá  pues no puede uno permitirse, con las zancadillas, deslealtades y perversidades que hay apostadas en cualquier esquina de la vida, prescindir de la amistad y el afecto de alguien como ella que jamás te traicionaría, pues en su catálogo de debilidades humanas tendrá como todo hijo de vecino sus pecadillos aunque poco más que eso. Pero, por encima de otras cosas, lo que  a mí más me llama la atención es que jamás hay un hueco en su vida para el desaliento; ella es realista, primeramente toma conciencia de la situación que le sobreviene y a partir de ahí, inasequible a la derrota, se pone manos a la obra para afrontar la tarea que le surge, o el posible problema, con todos los medios que sean necesarios. Si el día tiene veinticuatro horas ella se encarga de estirarlo para sacar tiempo de donde no lo hay en pos del cumplimiento de un compromiso adquirido. Su horario de trabajo no tiene fin y le arma a casi todo; cuando sus hijos estudiaban, para ayudarlos, ella iba casi a la par y les enseñaba que el esfuerzo –eso que hoy tanto cotiza a la baja- es la mejor guía para seguir logrando metas; y desde luego que ha sabido inculcarles ése y otros valores imprescindibles para sortear con éxito los contratiempos y los retos que la vida nos pone por el camino. Sin duda un objetivo que ahora completará felizmente con sus nietas.

La ves menuda, con aspecto frágil y no te imaginas la fuerza interior y la otra también que es capaz de desarrollar y hasta irradiar a quienes la rodean. Por si eso no fuera bastante hay que añadir su enorme capacidad para dar y regalar algo tan valioso, cada vez  más escaso en nuestra sociedad, como es su bondad; sencillamente exquisita. Y sobre todo es una gran mujer de las que no se arrugan, de las que desde el anonimato hacen mucha falta para que una sociedad prospere y, de paso, dejar sentenciada y ganada la batalla por la igualdad de géneros. Claro que, con muchas como ella, seríamos los hombres quienes tendríamos que emprender una campaña a fin no ya de alcanzarlas, sino de acercarnos siquiera un poquito al listón tan alto que ponen por su modo de ser y de actuar.

Ella es la Pepi Franco; como la llama la gente de nuestro barrio y de muchos otros sitios de Fuengirola donde conocen y saben de su talante y su talento. Para quienes la conocemos es una suerte y un lujo tenerla de amiga o simplemente como compañera en este complicado viaje que es la vida. Nunca la vi derrotada aun cuando, como cada hijo de vecino, también tiene sus problemas y preocupaciones; pero yo creo que no sólo está hecha de una pasta especial, sino que seguramente se curtió en ambientes donde no había ni un pequeño resquicio para la autocompasión. Eso debió hacerla  fuerte para enfrentarse a los avatares de la vida y, a su vez, la permitió desarrollar una gran capacidad para saber apreciar lo que de verdad es importante. Ella lo tiene muy claro y por eso cultiva, haciéndonos partícipes de ello a los demás, esos valores que ayudan a que la convivencia y en definitiva la vida sea más fácil. Por eso la admiro; no solo yo, sino quienes la conocen y tienen trato con ella.

 A Pepi Franco, buena y querida amiga. 

 Juan Leiva León

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Diario SUR

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