Carta al Serrat

Durante mi ya amplio catálogo de primaveras, que procuro echarme a las espaldas con resignación y espero que con algo de dignidad, he sido yo quien ha recibido a través de tus canciones, a modo de preciosas cartas que a todos nos gustaría saber escribir, todo aquello que me venía como anillo al dedo en momentos unas veces jubilosos, otros nostálgicos y casi siempre envueltos en el celofán del amor. Dicho esto, ni por asomo quisiera parecer un presuntuoso por ser ahora yo quien te escriba este artículo, si es que se le puede llamar así  a este amasijo de palabras destinadas a un imprescindible compañero de viaje como tú.

Lo cierto es que ya va siendo hora de dejarte caer algunas quejas que tengo guardadas en el tintero y, si me apuras, hasta de que crucemos unas palabras; no sin antes pedirte disculpas por tutearte ya que me resulta difícil usar un tono más ceremonial contigo que tanto y tan bien me has acompañado en mis vaivenes más intimistas. Ha pasado demasiado tiempo para lo que suele ser habitual en un magnífico compositor, y el silencio en ti me suena tan raro que no encuentro banda sonora apropiada que pudiera hacerlo más llevadero. Es más, me atrevo a pedirte explicaciones porque hace ya mucho que no nos sorprendes, aunque supongo que eso de las musas es algo imprevisible; me temo que van y vienen sin rumbo fijo y, lo que es peor, sin respetar la vez. Pero claro, como el Sabina una vez se lamentaba de que las musas se habían ido contigo, supuse que a ti nunca te abandonarían.

Razones para escribirte esto no me faltan, tengo tantas como canciones nos has regalado a lo largo de tu trayectoria artística; sin duda malacostumbrándonos. Desde  “Mediterráneo”, donde tu niñez se quedó atrapada entre gaviotas y barquitos de papel, ya empecé a guardar, a modo de un álbum inacabable, todas esas pequeñas cosas que siempre están ahí escondidas tras la puerta, acechándonos como dulces fantasmas de un tiempo que, aun echándole tanta paciencia como Penélope en tardes plomizas de abril, no es posible recuperar. También, al escribir mis primeras palabras de amor, siempre fueron tus canciones las que me ayudaron a expresar con mejor o peor fortuna la sinrazón que un temprano amorío es capaz de ocasionar; lo mismo descubriendo que un simple manojillo de escarcha es capaz de frustrar el asalto a fortificados castillos que tan ardientemente se desean conquistar, como lamentando lo efímero de aquellas tardes en que se podía tocar el cielo y sin embargo en un soplo, acaso poco antes de que diesen las diez, no quedaba otra sino refugiarte en una melancólica balada de otoño como la que más de una vez he oído, o puede que lo haya imaginado, entre una fina lluvia que dejaba sobre el cristal empañado formas caprichosas que sólo los enamorados saben descifrar. Superada ya la adolescencia, y como receta para momentos en que la desazón hace de las suyas, me enseñaste asimismo que en cualquier calle de no importa qué ciudad siempre habrá alguien que diga tener un amigo que quizás conozca a uno que un día se encontró con un sueño y se entretuvo con él. Por cierto, hablando de sueños, al fin conocí al vigilante nocturno de aquella sucursal del Banco Central, donde en su día estuvo el  cine Roxy, y me ha confirmado que por las noches, haciendo su ronda, se ha encontrado en más de una ocasión con Fred Astaire y Ginger Rogers bailando una de las suyas. Confieso que, aunque me ha costado creerlo,  gracias a tus canciones he acabado descubriendo algunas cosas que puede que no sean ciertas, pero que a mí al menos me  ha gustado protagonizarlas gracias a un cinematógrafo, más real de lo que parece,  que tú mismo te has encargado de activar y que ayuda -¡vaya si lo hace!- a que cada día sea tan bueno como cualquier otro para aprovecharlo y no dejar que pase de largo sin más…

Gracias, amigo; por tanto. Por descubrirnos, en un tiempo en que hasta soñar podía ser  censurado, a grandes maestros como Machado, Hernández o Benedetti. Sin duda ha sido placentero a tu lado hacer camino sin mirar atrás, dejar de ignorar que el sur también existe o asumir que si uno quiere, y no está dispuesto a renunciar a la libertad, es como el árbol talado que retoña y aún tiene vida por muchos años que pasen.

Hoy he querido ser yo, tomando títulos y fragmentos de tus canciones, quien te escriba porque hace tiempo que no nos regalas nuevas composiciones de esas tan hermosas a las que nos tienes tan habituados. Entre tanto, cuando tengo ocasión, me conformo con ir a verte a esos espectaculares conciertos en que te acompañas de Sabina, Víctor Manuel, Ana Belén o Miguel Ríos y disfruto con el repaso de vuestros grandes éxitos que intercambiáis dándole cada uno su toque personal; pero también echo de menos al Serrat acompañado por el maestro Miralles al piano, con un chorro de luz blanca en el centro del escenario –preferiblemente en el teatro Cervantes de nuestra Málaga- mientras empiezan a sonar las primeras notas de “Aquellas pequeñas cosas”. En ese momento me parece sencillo y grandioso a la vez que en un par escaso de minutos hayas sido capaz de expresar tantas sensaciones de ésas que a todos nos persiguen sin darnos tregua.

Ya ves que tenía razones más que sobradas para trasladarte en esta calurosa tarde de julio mis quejas que, me atrevo a decir, son también las de muchos de tus incondicionales seguidores; quedo pues en espera de tu respuesta que no dudo me llegará cualquier día de éstos mediante alguna nueva canción con la que, como tantas veces, seguro que nos pellizcarás. Entre tanto recibe un cordial saludo de éste que, “en tránsito” por la vida, se refugia tan a menudo en tu música.

(Dedicado a mi querido amigo Pepe Umbral, que además de invitarnos a vivir sus preciosas canciones nos da lecciones de valentía. Un abrazo)

 Juan Leiva León

 

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Diario SUR

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