A Carmelita

Entre el elenco de figuras que he ido conociendo a lo largo de los años, de las que he ido aprendiendo lecciones que sobre todo se imparten en la escuela de la vida, hay gente sencilla, anónima, luchadora y sobrada de bondad que sin duda ha colaborado con nuestros padres para modelar lo que hoy somos quienes nos hemos criados en su entorno. Y la verdad es que no nos ha ido nada mal pues el ejemplo que nos han dado ha guiado nuestros pasos en ese tránsito por los caminos, a veces demasiado complicados, que encontramos a la vuelta de cualquier esquina.

Anoche, cuando me disponía a llamar a mi madre para darle las buenas noches como diariamente hago, ella se me adelantó y nada más coger el teléfono supuse que alguna inoportuna noticia iba a darme: Carmelita  acaba de morir. A continuación lo de siempre; pero bueno, si me habías dicho que estaba mejor; me cuesta trabajo creerlo; cómo ha sido; tú anímate… tratando por mi parte inútilmente de desviarla, a través de la distracción que las palabras son capaces de lograr, del punto de tristeza que la muerte de su querida amiga y vecina la envolvía. Vale, vale, no te preocupes que yo estoy bien… aunque de sobra sabía yo que no podía estar bien cuando acababa de perder a una de sus mejores amigas.

Más de una vez he marcado el teléfono de mi madre una y otra vez sin que atendiese mi llamada. Dónde andará, que ya es tarde. “Chiquillo, es que venía de misa y Carmelita que estaba en su puerta me entretuvo hablando de esto y de lo otro; tanto que cuando quise darme cuenta había pasado más de una hora. Bueno tú ya sabes, cada vez que echaba mano a despedirme Carmela prolongaba la conversación por otros derroteros…” hablaban y hablaban de lo de ahora o de tiempos más lejanos cuando se acercaba la feria y las mocitas se compraban un corte de tela para hacerse un precioso vestido que a ella su madre, excelente costurera, le confeccionaba; eso sí, con un discreto y recatado diseño pues no estaban los tiempos para muchas florituras. Otras veces el tema de conversación derivaba hacía los años de escuela con doña Elvira, y las aspiraciones de unas chiquillas con ganas de aprender pero que las circunstancias de aquellos años difíciles convirtieron en sueños frustrados la esperanza de hacer estudios superiores. En fin, un poco de todo; hasta que un “¡Carmela, mira, ya es que no puedo entretenerme más!” daba por terminada la conversación, quizás hasta el día siguiente.

A mí me sucedía más o menos lo mismo cuando me acercaba a saludarla; a menudo abordando otros temas más actuales, pero siempre dando ella un nostálgico repaso a otro tiempo en que al final acababa señalando la importancia de ciertos valores hoy en desuso. Cuando llegado cierto punto trataba yo de marcharme no era extraño que me insistiese para entrar en su patio y regalarme una maceta que, siempre me decía, llevaba largo tiempo cuidando para mí. Otras veces me pedía que leyera relatos que ella escribía a modo de testimonios de una época, para ella dorada, que le gustaba compartir conmigo. Ella me recordaba a una de aquellas actrices de reparto que realizaban  extraordinarias interpretaciones en esas películas en blanco y negro que encumbraron a Bette Davis en la época gloriosa de Hollywood. Su dicción, su modo de hablar claro y reposado, parecían aprendidos a través de muchas horas en funciones de teatro; y la verdad es que, aun refugiada en sus recuerdos, me resultaba muy grato hablar con ella y trasladarme a otros escenarios en donde nuestros padres fueron capaces, a pesar de las muchas dificultades que existían, de criarnos y educarnos con bastante acierto.

Un rato después de conocer tan luctuosa noticia no acababa de conciliar el sueño y pensé en Carmelita, nuestra buena amiga y vecina, y en la tristeza tan grande que tendría mi madre. Asimismo me di cuenta de que con ella desaparece una parte importante de los antecedentes de la representación teatral de mi propia vida; o quizás no, pues a través de lo mucho que ella me contó me quedan hermosos referentes que aun a día de hoy, y a pesar  de las modernidades que nos han tocado vivir, siguen siendo muy válidos para ir por la vida con la cabeza alta, el corazón repleto de nobleza y las ideas medianamente claras.
Gracias Carmela; un abrazo.

Juan Leiva León

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Diario SUR

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