No solo amamos a la gente porque nos guste amar, eso sería solo amor propio. Amamos también a la gente para salir del aburrido estanque de nuestra egolatría. Pero amar no es tan fácil, los problemas con el otro nunca faltan, y cuando surgen sorprenden y duelen a cualquiera, a cada uno de forma diferente y con una intensidad determinada, según las circunstancias del momento y del estado puntual de nuestras capacidades para aceptar los hechos desagradables; entramos en el terreno más intimo de la personalidad,que no solemos compartir con nadie.
Del control de los afectos se encarga la parte más íntima de nuestra vida consciente. En casos de necesidad cada uno tiende a compartir en grado variable y también con variable éxito sus pensamientos más íntimos con los allegados, a fin de aliviar sus tensiones internas, proporcionando de paso información a alguien que alguna vez pudiera necesitarla, incluso al grupo.
Sin embargo, ocultamos y deformamos nuestra intimidad para evitar ser mal calificados. Este es el penoso resultado de un viejo residuo que les debemos a nuestros educadores y que sería bueno para todos “desaprender”. El pudor nos aísla privándonos de compartir experiencias, de integrarnos, de mostrarnos como somos. No se trata de confesarnos públicamente sino de compartir nuestras dudas, nuestras experiencias personales, los rasgos de nuestro estilo de afrontar la vida. Se me ocurre pensar que estamos ante una situación histórica, revolucionaria, en la que la socialización del talento y la experiencia va a jugar un papel decisivo.
Salvador Crossa Ramírez. http://www.lagotaquecalmaelvaso.es


