Junto con nuestras íntimas evaluaciones, todos somos en grado variable sensibles a las opiniones que suponemos, o tenemos constancia, que nos vienen de los demás. La autoestima se mantiene y se nutre también del afecto y de la aprobación de quienes nos rodean a lo largo de toda la vida, pero en la infancia, cuando nos sentimos débiles y torpes, las necesidades de autoestima son muchas y muy poca nuestra capacidad para conseguirla por nuestros propios medios. Son los mayores en el mejor de los casos quienes nos nutren de casi toda la autoestima que necesitamos para vivir una niñez con plenitud. Con el paso de los años, después de los convenientes fracasos personales y de las lógicas decepciones con los adultos solemos tomar la decisión de comenzar a darnos aprecio a nosotros mismos, nos vamos haciendo poco a poco cada vez más responsables de nuestra propia felicidad. Cuando tomamos la decisión de empezar a querernos y aceptamos nos hacemos más libres. No obstante es muy común observar la tendencia de muchos adultos a buscar grandes cantidades de autoestima en los demás como si aún fueran niños necesitados de afecto, incapaces de sobrevivir por sí mismos, olvidando que los demás ya no son esos seres ideales que creíamos que eran cuando de verdad éramos pequeños y frágiles.
Salvador Crossa Ramírez. http://www.lagotaquecalmaelvaso.es


