Amanecer en el “Chupa y tira”

Existe una tarea más exigente que la que asumen los tan criticados como bien pagados asesores de confianza del Consistorio: la de abrir las calles del barrio a las seis de la mañana. Al saber que esos pasos serán los primeros en acariciar la calle tras la “rociá”, todo parece distinto. Afirmo que, a esa hora, calle Victoria hasta huele bien.

En el paseo a la cafetería, te cruzas con la cuadrilla “acorazada” de Limasa, sorteas los viernes a otros asalariados de la Casona, empeñados en medir las calles de banda a banda o te topas con quemadoras profesionales de colesterol.

Además, existen negocios que responden al “madrugón”, esperando cada mañana a estos “héroes”. El Caracol, decano victoriano del ´57, bar Camino, Costa del Sol o el taurino Nerva cobijan a currantes, paseadores de perros (otro oficio mañanero) y también sirven de apoyo a los codos aguardentosos que dejan su dulzor en el ambiente cafetero. Los buenos días se confunden con las buenas noches de los “medidores de calles” que coinciden en confundir los sombra doble con dos tejeringos con un “güisqui con sevenap”, ante la vigilante mirada de los hermanos Luis y Paco.

Dan las ocho, un sinfín de vehículos bajan en procesión buscando una Merced no correspondida: es la vulgaridad de una caravana. De la que ya no tiene sentido seguir escribiendo.

Volver para disfrutar la vida del barrio

(“Iglesia de San Lázaro” Sketch urban de Luis Ruiz, en Flickr)

Está socialmente comprobado: la capacidad de atracción de la Victoria aumenta conforme más años pases alejado de su ajetreado ritmo cotidiano. Forma parte de nuestros genes y su falta puede causar melancolía y tristeza.

Ese sentimiento no tiene nada que ver con los PGOU y planes parciales. Más allá de equipamientos siempre escasos y de servicios demandados siempre, el barrio tiene algo que nunca podrán incorporar los políticos: vida.

Parafraseando a Cela, si mal no recuerdo, paseando por una playa de Málaga, ¿se vive bien en la Victoria? ¿No se va a vivir bien? Si es donde vienen a morir los extranjeros. Y así es como una riada de “extranjeros” nacidos en el barrio que por circunstancias lo abandonaron buscando “el Dorado”, vuelven con canas y arrugas a disfrutar de esa vida, a recordar su infancia. Vuelven del Cerrado, del Cónsul o de Madrid y Almería, a reencontrarse con sus amigos de la calle. No vuelven para sacar el Martes Santo a la Virgen del Rocío y darse una “sobredosis” de barrio, vuelven para quedarse y sentirse victorianos hasta el fin de sus días.


Diario SUR

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