Diario Sur
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El ombligo
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Antonio Javier López | 24-06-2017 | 10:30| 0

El Museo de la Aduana acaba de nacer y ya parece cansado. Álvaro Cabrera

Mario Benedetti resulta muy socorrido para las citas y para los rituales del cortejo con la glucosa alta. En uno de sus poemas dejó escrito: «Quizá mi única noción de patria / sea esta urgencia de decir nosotros». Y esos versos sirven lo mismo para llamar a un ligue improbable a las puertas del verano que para juntar unas líneas sobre gestión política de equipamientos culturales en una comunidad autónoma. Porque hace poco más de una semana descubrimos con cierto asombro que el Museo de Málaga estará cerrado todas las tardes desde mediados de junio hasta mediados de septiembre; es decir, cuando más turistas y otra gente con tiempo libre pasan por aquí. El horario es común a casi todos los museos gestionados de manera directa por la Junta de Andalucía, pero algunos en esta ciudad, en general, y en este periódico, en particular, hemos hecho de ese asunto una cuestión prioritaria.

Nuestra manera de demostrar que algo nos parece importante es dedicarle mucho tiempo, mucho esfuerzo y mucho espacio. El primer día, el cierre de la Aduana por las tardes fue el titular principal de la portada y en esas hemos andado desde entonces, publicando informaciones sobre lo que supone la clausura vespertina de un museo inaugurado hace apenas seis meses y logrado después de una reivindicación ciudadana insólita, de 20 años con sus colecciones almacenadas y de 40 millones de euros de dinero público invertidos por parte del Estado para convertir el mayor exponente de la arquitectura civil de la ciudad en la sede del museo provincial. El asunto también ha servido –quizá debería escribir ‘me ha servido’– para recordar que las redes sociales, en ocasiones, también son útiles para dar que pensar. Y todos sabemos que sólo dan que pensar las críticas.

En medio de la matraca informativa de esta semana, después de compartir una de esas noticias sobre la Aduana, recibía la respuesta de un usuario que lamentaba el «ombliguismo» de limitar la repercusión de la medida de la Junta de Andalucía al Museo de Málaga, cuando el cierre afecta a (casi) todos los centros gestionados por el gobierno regional. Tenía razón el lector, porque el matiz no estaba incluido en la pieza; sin embargo, después de rumiarlo durante unos días, puede que tirando de ese hilo se empiece a desmadejar el ovillo de un problema surgido, justo, por tratar igual a todos los museos de la región.

Porque una identidad se puede construir desde el afecto o desde la inquina. Y si durante décadas hemos elaborado una parte la imagen que tenemos de nosotros mismos en contraposición con Sevilla y sus agravios (probables o supuestos), ahora tenemos elementos para hacerlo a partir de nuestros logros. Aquí nos reivindicamos desde hace tiempo como la ‘capital económica de Andalucía’ en un discurso cimentado en fríos datos objetivos, los mismos que sirven para presentarnos como la capital cultural de la región, con todos los fallos, desequilibrios y peligros que plantean las estrategias de las administraciones local, provincial, regional y estatal.

Si el asunto de los horarios veraniegos de los museos andaluces gestionados por la Junta ha llegado al primer plano de la actualidad política ha sido por la reivindicación relacionada con la apertura del Museo de Málaga. Por supuesto que el partido en la oposición andaluza ha olido sangre y se ha lanzado a sacar tajada, pero la respuesta de la Junta ha sido decepcionante, casi indigna. Reclamar para el Museo de Málaga un trato específico se sustenta en datos relacionados con el propio proyecto y con su entorno; en la comparación con el Museo de Almería, que sí abre por las tardes en verano; en la historia de reivindicación y lucha que trae consigo el museo cuando esa pelea sí le interesó a la Junta de Andalucía; en las potencialidades de un equipamiento navegado por una inercia que amenaza con extinguirse.

No se trata de nuestro ombligo ni de chovinismo provinciano, se trata de defender un hecho diferencial con argumentos. Y el de la Junta, que justifica el cierre vespertino porque es lo que dice el convenio colectivo de los trabajadores de esos espacios, resulta sonrojante y pueril y da cuenta de la incapacidad de quienes lo enarbolan para haber negociado con esos mismos trabajadores con la previsión y la diligencia mínimas. En el caso de Málaga, han tenido dos décadas para evitar el vergonzante cierre de un museo que apenas ha nacido y ya parece cansado.

También aquí, en medio de la desazón que deja un proyecto que tanta ilusión despertó, sirven los versos de Benedetti: «Quizá mi única noción de patria / sea este regreso al propio desconcierto».

 

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Cine abierto
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Antonio Javier López | 16-06-2017 | 23:05| 0

El cine de verano de mi pueblo ya sólo se proyecta en la memoria. Ñito Salas

Puede que haya sido el subconsciente, o no tanto, pero el hecho es que muchos de aquellos niños que pasamos los veranos de nuestra infancia y adolescencia en aquel trozo de playa y sus alrededores hemos decidido instalar allí nuestra desnortada madurez con nuestras familias crecientes. Si te mantienes en la convicción y la suerte de vivir al sur de la autovía, la playa, el paseo marítimo, el cobijo de algunos bares, el centro de salud y la compra diaria esperan sin necesidad de coche ni zapato de ir a trabajar. Es más, algunas mañanas de sábado te regalan la posibilidad de la caminata lenta en chanclas o deportivas para comprarle boquerones y pescadillas a Mari; ver cómo Antonio corta la carne como quien acaricia a un amante; preguntar en Guijarro si quedan bollitos con la silueta orejona de Mickey Mouse; aturdirte en el jaleo permanente en la frutería de Yoli; tranquilizarte luego con los jóvenes farmacéuticos del principio del pueblo; asomarte a la charcutería de Quique y su familia, ejemplo de tantas cosas importantes y terminar en la esquina de siempre para comprar los periódicos y las revistas en algo parecido a un quiosco.

El quiosco en realidad es una papelería, pero abre los domingos, tiene estanterías con las portadas de frente y los fines de semana reserva la prensa y algunos suplementos tentadores que acaban casi siempre en la cesta bajo el carrito de V. Si bajas la calle de la papelería en dirección al mar llegas a algo parecido a una plaza donde un edificio de apartamentos con terrazas chatas ocupa el hueco donde estuvo el cine de verano hace casi 30 años. Las hileras de sillas metálicas pintadas de azul, el micrófono peludo asomando en varios encuadres de ‘Memorias de África’, las veces que tuve que ir con mi hermana a ver las películas de Hombres G, la plancha rabiosa donde hacían las hamburguesas, la esquina oscura de los cigarrillos de los chicos mayores, el papelito áspero y rosa como de tómbola que te entregaban en la puerta a modo de entrada, los cojines inútiles y el croar de las pipas al partirse entre los dientes, el olor a dama de noche y el sabor de los primeros besos en la boca.

Esta semana ha regresado todo aquello con la presentación del programa de Cine Abierto, quizá la iniciativa que más y mejor vertebra una oferta cultural en la ciudad. Proyecciones gratuitas en los barrios y en las playas de películas infantiles y palomiteras, pero también de algunas cintas para gafapastas intensitos. Claro que ahora en la arena –o en algunas plazas, en el Eduardo Ocón, en el patio de Tabacalera o en el Muelle Uno– hay sillas de plástico blanco más cómodas y una pantalla hinchable como un castillo para soñar. Pero allí espera la misma fascinación puesta a volar al aire libre de una noche de verano, la maravilla de ver una película en pantalla grande, grandérrima, con la cena llevada de casa y los amigos al retortero. Un pico de rareza en la feliz monotonía de los veranos de tres meses sin clase.

El ciclo de proyecciones veraniegas lo mantiene con vida el Festival de Málaga Cine en Español. Lo mismo que el Albéniz, el único cine vivo en la ciudad al margen del hábitat encapsulado de un centro comercial. Y ambos ejemplos, pero sobre todo este Cine Abierto que ahora empieza, sirven para recordar que el festival va mucho más allá del postureo de acreditados –que también– durante los diez días del certamen y de la tontuna de no pocos invitados, del descrédito interesado que sigue persiguiendo a un invento que, sin olvidar todo el margen de mejora que tiene por delante, es capaz de mantener una propuesta atractiva, sostenible y gratuita para nutrir de entretenimiento y cultura la agenda veraniega de todos los barrios de la ciudad.

Y así, cuando alguien se pregunte para qué sirve el Festival de Málaga, la respuesta también podría venir con cualquiera de estas noches de verano que quizá recuerde algún niño dentro de veinte o treinta años para encontrar en aquellas imágenes borrosas, entre inventadas y vividas, algo muy parecido a la felicidad.

 

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28 años aquí
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Antonio Javier López | 10-06-2017 | 19:38| 0

Manuel Alcántara, 28 años aquí. Salvador Salas

En el último suspiro del periódico espera un cuadradito gris celeste, casi tímido, con un nombre escrito en negrita y el resto en letra fina. Como una esquela, pero a la inversa, porque no anuncia muerte sino vida. Anuncia el recorte del diario los 28 años que Manuel Alcántara lleva firmando su columna y lo hace, en un guiño metafórico, debajo de sus propias palabras, a modo de nota al pie de página de una vida impresa en papel de periódico. 28 años son, según la cuenta de la vieja, que no del viejo, más de 10.100 artículos aquí. Así se titulaba el primero de ellos: ‘Aquí’. El 1 de junio de 1989 se presentaba Alcántara con 15.000 artículos cuajados y el miedo intacto a la página en blanco. «Quiero decir que mientras más viejo más complejo», soltaba el poeta como el púgil que lanza una mano rápida de pura convicción. Pedía Alcántara a los lectores tres minutos, «lo que dura un asalto y un artículo de treinta y tres renglones de sesenta espacios».

Y en ese cuadrilátero se ha fajado Alcántara cada día, con su rápido juego de pies y manos y metáforas. Con frases que han pasado a formar parte del vocabulario vital y sentimental de tres generaciones. Porque a los hallazgos de Alcántara les pasa lo que Serrat pide para sus canciones. El Noi sueña con que alguien las cante en la ducha, de memoria, sin saber quién las escribió. Eso pasa con muchas ideas prendidas en las columnas de Alcántara como el santo y seña de una forma de vivir. Sucede cuando escribe que los amigos son las familia que uno elige; que mientras mucha gente quiere tener una vida larga, él prefiere tenerla ancha; que deberían repartir carnés de buenos bebedores; que detesta las polémicas porque de ellas no sale luz, si acaso, chispas; que él apenas intenta ser cada día «un salvador de instantes y un cantor de lo cotidiano».

Sostiene Alcántara que escribir una columna diaria es una forma de esclavitud de la que aún no se ha ocupado Amnistía Internacional, pero que a él ese voto laico de paciencia le ha permitido ser su propio amo. Recuerdan las palabras de Alcántara a las de otro grande de la distancia corta, Julio Camba, cuando pedía perdón por no haber tenido tiempo para ser más breve, cuando lamentaba la pesada carga de escribir textos breves, de esos que incluso se lee la gente.

Porque Alcántara es capaz de voltear cada día el periódico, es decir, el mundo entero, para empezarlo justo por el final, por la columna que lleva escribiendo aquí 28 años. Más de 10.000 artículos estampados a máquina en un folio blanco que asoma cada tarde por el fax de la Redacción como sacándole la lengua a los cenizos.

Diez mil artículos son millones de ideas. Una vez me invitaron a perpetrar una charla para alumnos de Periodismo y uno me preguntó cuánto tiempo tardaba en escribir estas líneas dominicales. Por una vez dije la verdad: en escribir esto tardo toda la semana. Rumio las frases en cualquier parte y haciendo cualquier cosa. Creo que una idea que no regresa no suele ser una buena idea, así que confío en la memoria y en algo que, a falta de una palabra mejor, relaciono con un instinto parecido al trance. A menudo hago un esquema antes de escribir para poder saltármelo mientras escribo. Sin tocar una tecla, mastico estas líneas durante horas, días, y el resultado siempre es peor del que tenía en la cabeza. Nada me cuesta más y casi nada me acerca más a la felicidad en este afán de ganarme la vida juntando letras.

«Me he ido dejando la vida en ese empeño, pero en alguna parte tenía que dejármela, ya que no es fácil llevársela de aquí». La vida, Alcántara, las columnas. Todo metido en un cuadradito gris celeste. Justo aquí.

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Fin de partida
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Antonio Javier López | 02-06-2017 | 19:50| 0

La gitana pixelada, protagonista de la polémica en torno a Invader. Álvaro Cabrera

El tablero se va despejando. Han caído peones, alfiles, algún caballo. Y entonces el rey busca la protección de la torre. Se enroca. Ese movimiento suele marcar el inicio de la última fase del juego. El ‘Fin de partida’ que inspiró a Samuel Beckett para alumbrar y bautizar una de sus obras de teatro más representadas. Las historia de Hamm y Clov. El primero no puede caminar y al segundo le resulta imposible sentarse. Se repudian y se necesitan por igual y juntos juegan una partida extenuante como dos reyes solitarios sobre la cuadrícula de negras y blancas, condenamos a entenderse y firmar tablas.

En el tablero de la ciudad se juega otra partida estos días. Justo en la estética de los primeros videojuegos basa su obra el artista francés Invader, que ha colocado 29 mosaicos repartidos por la capital. Quien los fotografía a través de la aplicación de teléfono móvil del propio Invader va recibiendo puntos, algo así como aquel Pokemon Go del que ahora casi nadie se acuerda. Las piezas se ha instalando con nocturnidad y sigilo, sin permisos municipales, como dictan los cánones del arte callejero con vocación clandestina. Uno de ellos ha aparecido en una fachada del Palacio Episcopal, Bien de Interés Cultural. Y ahí ha empezado el lío. El Obispado, dueño del edificio, ha pedido la retirada del mosaico, que representa a una mujer con vestido de gitana y porte flamenco. Acto seguido, la Junta de Andalucía (encargada de la protección del patrimonio histórico) ha abierto una investigación sobre todas las piezas de Invader. De forma paralela, la Policía Local ha emitido un informe donde considera que el método de colocación de los mosaicos –con un fuerte adhesivo– puede constituir un delito de daños. Además, las pesquisas policiales vinculan las acciones de Invader con la invitación del CAC Málaga para que realice aquí una exposición después del verano.

Decía Einstein que Dios no juega a los dados, pero quizá lo haga a los ‘marcianitos’, porque la polémica en torno a las intervenciones del cotizado Invader parece marcar otro fin de partida. O, al menos, el inicio de una nueva con otras reglas. En las últimas dos semanas, la Diputación ha aprobado la creación de una comisión que supervise el funcionamiento de su museo en Antequera, adjudicado a la misma empresa que gestiona el CAC Málaga desde su nacimiento; el pleno del Ayuntamiento de la capital ha requerido que la marca ‘CAC Málaga’, registrada por esa misma concesionaria, sea de titularidad municipal; este periódico ha publicado el plan para sumar las salas de La Coracha a la gestión del CAC en el nuevo concurso que debe convocarse el año próximo, en un movimiento que mira hacia otros espacios expositivos municipales y un informe policial ha relacionado la posible comisión de un delito de daños al patrimonio público con los directivos del centro de arte.

Resulta evidente que la ciudad ha visto pasar por el CAC exposiciones que hasta su llegada parecían poco menos que impensables. Es fácil constatar cuánto le debe la oferta cultural, social y turística de Málaga al CAC, pero ese argumento debe completarse con la reflexión sobre cuánto le debe la trayectoria profesional de los responsables del centro al hecho de haber tenido esa plataforma sostenida con dinero público. Y en el equilibrio de esa balanza reside buena parte de la justificación política del modelo escogido para desarrollar el proyecto de una institución pública gestionada por una empresa privada.

Lo público y lo privado han mostrado fronteras difusas en el devenir del CAC Málaga. A la luz de la página web de la Galería Javier López & Fer Francés, más de la mitad de los 26 artistas representados por la sala de la que es socio el hijo el director del centro han protagonizado exposiciones individuales en el propio centro. Algunos de ellos también figuran en el listado de compras por parte del CAC Málaga. A menudo se trata de autores más que relevantes y tanto las exposiciones como las adquisiciones pueden justificarse desde un criterio técnico, aséptico. Pero el argumento escuchado con frecuencia de que todo se ajusta a los márgenes de la legalidad deja un sabor de boca regulero a los amantes no sólo del fondo, sino también de las formas, cuando se maneja dinero público.

La polémica en torno a Invader también ha mostrado algunas costuras entre lo público y lo privado, registradas en el informe policial que documenta la colocación de las piezas y las citas entre el anónimo artista y los responsables del centro de arte que han programado una exposición con sus obras para después del verano.

Todo lo anterior coincide con un escenario político sin mayorías absolutas y el telón de fondo de la próxima renovación del contrato para gestionar el CAC durante media docena de años y varios millones de euros. Ha cambiado el tablero. Finaliza una partida. Empieza otra. La piezas ya están en movimiento.

 

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Ni pena ni miedo
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Antonio Javier López | 26-05-2017 | 20:19| 0

 

Majo Siscar y Rosa Montero tienen premio. Ñito Salas

Cuatro palabras escritas en letra redonda, de cuaderno escolar de ortografía, sobre la piedra del desierto chileno de Atacama. Ni pena ni miedo. Un verso del poeta y artista Raúl Zurita esculpido en los confines del mundo. Tres kilómetros de largo y 400 metros de alto. Se ve desde la colina de al lado y desde Google Earth. Cuatro palabras como un salmo, un mantra, estampadas con tinta sobre la piel de Rosa Montero, que deja volar pájaros también tatuados en su brazo izquierdo.

Rosa Montero hablaba el lunes en el Rectorado de la Universidad al recoger el Premio Internacional de Periodismo Manuel Alcántara. Lo hacía firme y serena, con el temple de la sensibilidad y la inteligencia condensadas con el paso del tiempo. Hablaba Rosa Montero sobre sus entrevistas, sus libros, sus comienzos. Su vida profesional como autónoma –ahora se dice ‘freelance’– casi todo el rato. Hablaba la escritora del páramo de las redes sociales entendidas como un Salvaje Oeste de teclado fácil. De la democracia amenazada, pero amenazada de verdad, por presuntos salvadores venidos a lomos de la duda y el rencor. Porque en realidad todo lo dicho por Rosa Montero parecía caber en esas cuatro palabras que ha decidido llevar a ras de cuerpo: ni pena ni miedo.

Hilaba Rosa Montero su tatuaje con el dolor de la ausencia, con la incertidumbre ante una vida truncada cuando menos lo esperábamos. Hablaba Montero de vida pero también de periodismo, el segundo sector que más parados ha recogido con la crisis después del ladrillo, como recordaba ella misma. Y las palabras de Rosa Montero traían a la memoria las escritas por otra periodista, Delia Rodríguez, que en un artículo de hace un par de años compartía un barrunte: en el periodismo no son malos tiempos para la lírica, lo son para la épica, para esa imagen que nos hemos construido con la complicidad de la literatura y del cine de un gremio de bohemios, alcohólicos y pendencieros. Que también. Pero no tanto.

El artículo de Delia Rodríguez ha traído también una anécdota de hace más años, cuando me invitaron a participar en un debate con otros compañeros de profesión y uno de ellos, de mi quinta más o menos, mantuvo ufano que la mejor redacción es la barra de un bar. Y ese relato de nosotros mismos ya huele a cuarto mental poco ventilado. Por hacer literal la apropiación de las palabras de Delia Rodríguez, «mientras sigamos pensando que el periodismo está en decadencia porque esa narración se desvanece, estaremos impidiendo que nuestro trabajo cambie». Porque el periodismo está cambiando mucho, como otras tantas profesiones que no reiteran en público a cada tanto –porque no tienen ese privilegio de nuestro gremio– el lamento nostálgico de una supuesta edad dorada que ya no volverá.

Pero hay quien vuelve para contarlo. Ha vuelto desde el otro lado del océano Majo Siscar, que hablaba antes que Montero como ganadora del Premio Manuel Alcántara para periodistas jóvenes. Siscar ha trabajado en México, El Salvador, Honduras, Colombia. En ese último país preparó el reportaje premiado, ‘Los desenterradores de la paz’, la historia de Alexander –que no se llama Alexander– y de Marta Quintero, que sacan de la tierra las minas colocadas por la guerrilla y los paramilitares durante la larga guerra mantenida en el país latinoamericano. Cuenta Majo Siscar que construir una bomba cuesta menos de cuatro dólares y unos minutos, según lo pedregoso del terreno. Sacarla de ahí lleva semanas y miles de dólares. Habló Majo de periodistas muertos a balazos, de la precariedad laboral como una costra difícil de despegar, de la desigualdad entre los despachos y la calle, del deseo de seguir luchando pese a todo.

El reportaje de Majo Siscar combina las cifras y las vivencias, el rigor y el dolor, el dato y la carne. Es la marca de la casa de ‘5W’, la revista donde se publicó el trabajo que le ha traído a la ciudad y al premio. Una iniciativa promovida por periodistas, nacida y mantenida a base de pequeños mecenas, que combina los contenidos digitales con, por ahora, dos revistas en papel bueno y tapa dura que son dos auténticas bellezas.

Una joya, ‘5W’, capaz de recordarnos algo que parecía olvidado por demasiada gente: el buen periodismo, como cualquier bien y servicio, hay que pagarlo. Parece la única manera de mantenerlo con vida. Y mientras damos con la tecla para hacerlo viable, a muchos sólo nos nace cada mañana el deseo de salir a la calle en busca de historias. Sin pena ni miedo.

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Sola en la sala
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Antonio Javier López | 21-05-2017 | 21:31| 0

Gloria Fuertes, en la arena.

Ahora cada poco rato la pantalla del televisor se funde en negro y pregunta si todavía estamos viendo ‘La abeja Maya’. Pues claro que estamos viendo ‘La abeja Maya’. Aquí apenas se ve otra cosa. Y encantados. Porque se ve, además, en una nueva versión digital y molona, capaz de no defraudar en la dura prueba de los recuerdos de la infancia. Las ojeras de Willy el zángano, la chistera del saltamontes Flip con su violín a cuestas, la marcial hormiga Paul y el pequeño escarabajo Ben acarreando su «bolita de estiércol». Sigue estando todo ahí, pero distinto. O quizá lo que han cambiado son los ojos gastados por el tiempo, capaces ellos también se apreciar todo lo aprendido entonces y renovado ahora. Porque en casa se pide el yogur «con miel de abeja». Porque cuando vamos al campo, el monte es «el prado». Porque hay que salir a la noche de primavera para comprobar cómo huelen las flores bajo las estrellas que hacen llorar a Maya por tanta belleza.

Las aventuras de la abeja y sus amigos se revelan tantos años después como una extraordinaria lección sobre ecología, solidaridad y otros asuntos cruciales para cuidar nuestro paso por el mundo. Una carga de profundidad descubierta sin apenas darnos cuenta. Decisiva, por tanto. Algo parecido a lo que sucede ahora con otro personaje esencial en la infancia de quienes vamos camino de los 40 o lo pasaron hace poco: Gloria Fuertes. Se cumplen cien años de su nacimiento y su figura vuela más alto que ‘Un globo, dos globos, tres globos’, más profunda que las parodias televisivas que nunca estuvieron cerca de molestarle.

El centenario de Gloria Fuertes ha quedado lejos del boato impostado de otras efemérides y esa aparente carencia ha terminado por acercar la ocasión a la imagen que algunos nos hemos vuelto a construir de ella gracias a las exposiciones, a las actividades en torno a su obra y, sobre todo, gracias a algunos libros editados con el pretexto del aniversario. Ahí se abre como un cofre lleno de tesoros ‘El libro de Gloria Fuertes. Antología de poemas y vida’, publicado por Blackie Books a partir de un trabajo concienzudo de Jorge de Cascante. Un tocho como una metáfora de la propia poeta: grueso y de piel casi áspera con un interior de maravillosa dulzura.

Ahí está la niña pobre que vivía junto a La Gota de Leche. La pequeña que vio cómo la guerra mataba a su perro y a sus dos primeros novios, uno de izquierdas y otro de derechas. La joven que repartía libros por los barrios humildes a lomos de una Vespa. La mujer que en los años 40 se echó su primera novia, Chelo. La escritora y bibliotecaria pillada hasta las trancas de la norteamericana Phyllis Turnbull, el gran amor de su vida, con la que cruzó el charco varias veces y cuya muerte dejó en Gloria un vacío que intentaba llenar con whisky y humo de Bisontes.

Estaba Gloria enferma de tristeza cuando el profesor Manuel Alvar la invitó a participar en unos cursos de verano en Málaga. Y por aquí regresó Gloria durante las dos décadas siguientes. Primero a Estepona y después al pueblo donde ahora vivo y que tiene una plaza con su nombre. La plaza de la biblioteca, porque a veces el callejero se alía con la suerte para que todo tenga un poco más de sentido. Gloria Fuertes alojada en la cuarta planta de un hotel, siempre con vistas al mar, amaneciendo a media mañana, escribiendo por las tardes y apurando las noches junto a Manuel Alcántara y otros compinches de madrugada. «Ha muerto siendo una niña», dijo Alcántara como en un verso cuando el cáncer se llevó a Gloria Fuertes, ahora recuperada más allá de los ripios y las canciones infantiles.

Gloria Fuertes recordada, por mor de la crisis, con actos que parecen casar mejor con ella misma. Una Olimpiada Lectora en bibliotecas públicas, por ejemplo, empezada esta semana. Y cuesta poco imaginar que semejante ocurrencia, una plusmarca libresca, le habría hecho gracia. Lo mismo que el ciclo que trajo al pueblo de sus últimos veranos a gente como César Strawberry y la rapera Eskarnia, que acaba de lanzar un disco a partir de textos de la poeta bajo el título ‘Sola en la sala’. El dolor de la ausencia convertido en un rap. Le habría encantado a Gloria, la solitaria enamoradiza que quiso volar libre, como Maya.

 

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En el mismo colchón
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Antonio Javier López | 12-05-2017 | 16:26| 0

Phillipe Starck, con pose promocional en el Centre Pompidou Málaga. Fernando González

Cuenta que llegó por primera vez a la isla con 16 años, que dormía en la playa y tenía un euro y medio para vivir cada día. Con el tiempo ha ido juntando más euros, hasta hacerse con un casoplón en una recóndita cala de la misma isla invadida cada mes de agosto por hordas de italianos merdellones con pulseritas de Pachá, Amnesia y Ushuaïa. Philippe Starck tiene casa en Formentera desde hace 50 años, pero apenas sabe decir en español ‘Hola’, ‘Adiós’ y ‘Muchas gracias, amigos’. Lo comentaba esta semana con la gracia suavona de quienes tienen el talento y el encanto necesarios para salirse siempre con la suya sin demasiado revuelo. Que se lo pregunten si no a los empleados del Centre Pompidou Málaga encargados de montar la exposición inaugurada el miércoles, después de buenas dosis de paracetamol, ibuprofreno y paciencia. Es lo que tienen las estrellas convertidas en marca registrada, que hasta la sala de exposiciones tiene que oler al perfume que venden con su logo en el frasco.

El asunto recordaba –salvando la marabunta y las distancias– a la muestra que le dedicó el CAC Málaga a Marina Abramovic hace justo tres años. Al menos en el Pompidou, con su costumbre mantenida de no organizar inauguraciones sociales al caer la tarde, se ahorraron el tumulto visto en el antiguo mercado de abastos con la Abramovic en plan princesa del pueblo ‘hipster’ y moderno. Claro que Starck tampoco tenía previsto quedarse. Ida y vuelta en el día. Apenas tres, cuatro horas en la ciudad para ofrecer una presentación de horario milimetrado sin aparente prisa. Una clase magistral de relaciones públicas. Quitarse importancia, reírse de uno mismo, hablar de su libro, sonrisas a la cámara y ‘Muchas gracias, amigos’. Un mecanismo tan bien engrasado que parece invisible. Pero está bien presente. En eso también recordó a la Abramovic. Porque entonces, como ahora, el proyecto apenas ofrece algo nuevo sobre su protagonista, la exposición se articula más bien como una suerte de grandes éxitos donde lo importante, al cabo, son ellos, su presencia en carne mortal.

Y así, pese a las puyas más o menos sutiles, más o menos elegantes, que algunos directores de los principales museos de la ciudad se van dedicando en público desde hace meses, unos y otros –hablamos de los museos, claro– se van pareciendo cada vez más, como dicen que les pasa a quienes duermen en el mismo colchón.

Porque la delegación del Pompidou iba a ser un «laboratorio de ideas», pero ha terminado por encomendar su exposición estival a una estrella mediática, quizá con la esperanza de que ese tirón popular anime sus escuetas estadísticas de visitantes durante la temporada alta turística. Algo parecido sucede en el Museo Picasso Málaga, que enfila el verano con una exposición de la Tate que pone en letras grandes a Lucian Freud y Francis Bacon, aunque el proyecto vaya mucho más allá de ambos autores. La muestra coincide además con otro reclamo aún reciente: la nueva colección del museo.

Resulta curioso comprobar cómo después de la superioridad intelectual, incluso moral, desplegada en el discurso de los responsables del Museo Picasso Málaga respecto a las franquicias artísticas instaladas en la ciudad, el propio Museo Picasso ha terminado por adoptar un modelo bien parecido al de éstas, al menos en lo relacionado con su colección. El Museo Ruso la cambia cada año; el Pompidou, cada dos y pico y el Picasso, cada tres. Será el periodo de revisión de las cesiones realizadas por la fundación del nieto del artista. Cuenta el Picasso, eso sí, con un colchón de más de 200 obras donadas por Christine y Bernard Ruiz-Picasso, que ahora representan un tercio de las piezas expuestas en las salas dedicadas a la colección. Así que el Museo Picasso Málaga empieza a parecerse mucho a una franquicia de parte de la familia Picasso.

La familia, la ciudad, el arte. La vida entera como una franquicia sin manual de instrucciones. Porque tiendo a pensar que las cosas que quiero acaban pareciéndose entre sí, quizá porque duermen en el mismo colchón de mi cabeza.

 

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En blanco
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Antonio Javier López | 05-05-2017 | 16:16| 0

Eugenio Merino y Picasso, fundidos en blanco en la Alianza Francesa. Fernando González

Ahora la medida de todas las cosas levanta varios palmos del suelo y pesa unos 12 kilos, aunque esta semana se está quedando más flaca. Hay puntitos negros en las amígdalas, rojeces en la garganta, 38.7 y subiendo, la primera vez que dice ‘Me duele’ y varias noches en blanco.

Como ni Dios ni Dalsy juegan a los dados, después de la primera noche en blanco se presentaba la décima Noche en Blanco de la ciudad con una decidida apuesta por la reducción de contenidos en busca de una mayor calidad, de un mayor enfoque cultural del asunto. El listón se ha subido hasta dejar el invento en 217 citas. El año pasado hubo 250. La Noche en Blanco y el sonrojo son lo único que han quedado de aquella candidatura para ser Capital Cultural Europea en 2016 y esa supervivencia ofrece un extraordinario retrato colectivo de esta parte del mapa. Por citar al artista antes conocido como Joaquín Sabina, la Noche en Blanco ha seguido «como siguen las cosas que no tienen mucho sentido». Porque apenas el deseo festivo de echarse a la calle sirve para explicar las colas en lugares que pocas horas después siguen siendo gratuitos; que los más deseados sean los museos que al día siguiente y al otro domingo y al otro y al otro seguirán estando en el mismo lugar con el mismo acceso libre hasta completar el aforo. Porque hay una imagen repetida durante varias Noches en Blanco que no se me quita de la memoria: la cola para entrar a la Alcazaba perdiéndose por la calle Císter hasta casi tocar el Patio de los Naranjos. La entrada para ver el monumento cuesta al público local 60 céntimos y todos los domingos, a partir de las dos de la tarde, es gratuita. Pero durante años ha habido cientos de personas que han decidido pasar dos, tres, cuatro horas en ordenada fila para ver el monumento, muchas veces, aún de día. Ninguno parecía muy disgustado, así que todo bien. Lo mismo en la plaza de la Constitución, que también suele petarse con el correspondiente concierto. Este año, la Noche en Blanco va sobre el sueño, así que toca Álex Ubago.

Después de la segunda noche en blanco apareció Picasso de cuerpo presente. Una escultura de silicona con el artista muerto y una lápida funeraria de mármol de Carrara en una sala de la Alianza Francesa. La pieza la firma –con el comisariado de Los Interventores– Eugenio Merino, como aquella de Franco metido en una nevera o la otra de Damien Hirst pegándose un tiro en la sien. Merino no se acuerda, pero hace dos años, en Genalguacil, andábamos tomando café en la terraza de un bar del pueblo con Juan Francisco Casas cuando se echó mano al bolsillo de las bermudas, sacó las llaves del Ayuntamiento y anunció con mirada pérfida: «Vamos a hacer algo muy punky…». Aquello quedó en amago y ahora Merino brinda su escultura hiperrealista quizá más contenida: Picasso muerto como ‘souvenir’ definitivo de un Centro Histórico travestido en parque temático y trampantojo.

Una ilusión desvanecida como dormir en la tercera noche en blanco. Luego gente importante de la que no habías oído hablar, una ramificación del ‘síndrome del CAC’, cuyo cuadro clínico presenta sudores fríos y parpadeo constante cuando asoma por el centro de arte un autor cuyo nombre ni te suena, pero que resulta ser la leche a la vista de Google. Claro que esta semana lo más importante es que baje la fiebre. Que duela menos.

La cuarta noche en blanco da una tregua de tres, casi cuatro horas. Y 13 horas más tarde, Tabletom. No huele a petardo ni se quedan los pies pegados en el suelo ni está Rockberto perdido en el escenario. Suena Tabletom en el salón de actos de un conservatorio y todo resulta nuevo y conocido al mismo tiempo. Familiar y distinto; sobre todo, hermoso. Tabletom con orquesta un viernes por la tarde en sesión familiar, casi infantil, porque cuando termina el concierto apenas ha caído la noche. Otra noche en blanco que no pesa, comparada con un ‘Me duele’.

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Ruido de fondo
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Antonio Javier López | 30-04-2017 | 10:47| 0

 

Mapa de los sonidos de Málaga.

Era la primera vez que pasábamos tanto tiempo juntos y de aquella semana en Roma a principios de diciembre recuerdo el tiramisú de una pequeña ‘trattoria’ montada en el salón de una casa abierta en una perpendicular a Via Nazionale. Recuerdo el culebrón de época que vimos en italiano un par de noches en la habitación del hotel gracias a la gastroenteritis que nos regaló un perrito caliente comprado en un puesto ambulante en la puerta del Coliseo. Recuerdo los balcones del Trastévere, los puestos de flores en Piazza Navona y, junto a ellos, un tipo con una guitarra, una armónica sostenida en el pecho, unos platillos dorados amarrados a los tobillos y una palabra al final de cada estrofa (¡Tequila!’) que aún hoy nos hace sonreír al evocar aquel momento. De Praga conservo el año y medio de V. bailando entusiasmada junto a un cuarteto de jazz en la Plaza del Reloj. Un meneo de caderas parecido al que le dedica algunos fines de semana al rumano que arrastra un órgano pasado de decibelios por el paseo marítimo del pueblo. Esa sonrisa es más de lo que yo consigo muchos días, así que suelto con gusto unas monedas.

Guardo difusos los museos, confundo los monumentos y olvido los motivos que me llevaron a muchas ciudades que he podido visitar, pero vienen a la memoria sin esfuerzo los platos, las bebidas, la música. Sobre todo la música ambulante. Ahora que lo pienso –es decir, que lo escribo– la música callejera está en muchos de los momentos más felices de mi vida como turista. Y no sólo ahí. También a diario. Llevo la oficina en la mochila y tengo la suerte de montarla a menudo en las calles del Centro Histórico de mi ciudad. Y en medio de la prisa me cruzo a veces con el negro que toca el saxofón en una esquina del palacio de la Aduana, con el trío de cuerdas en la calle Granada, con los guitarristas asomados al Teatro Romano y con los músicos diversos que suelen apostarse entre la calle Larios y la plaza de la Constitución. Y eso ayuda, mucho, a sentir la ciudad como un escenario más llevadero y humano.

Ahora los responsables de las cosas culturales en el Ayuntamiento de la ciudad han decidido poner un poco de orden en la banda sonora callejera. Lo primero que les honra es haberse metido en un jardín que no es el suyo. En realidad, no es de nadie. O de todos, según se mire. Hasta tres delegaciones municipales tienen más competencias en el asunto, pero ahí se han ido los de Cultura. Se fueron, en realidad, hace más de dos años. Y ahí siguen, pese a la seria amenaza de no dejar a casi nadie contento del todo. Porque ahora cualquiera puede instalar el chiringuito en cualquier punto de la ciudad y enfilar su tonada siempre que no moleste al personal. El concepto de molestia es difuso, pero en esa indefinición se mantiene la larga historia de este recorte del mapa y tampoco nos está yendo tan mal del todo.

El lunes aprobaban por unanimidad todos los partidos presentes en el Ayuntamiento una moción para elaborar un mapa con diez calles donde podrán tocar los músicos ambulantes. La propuesta se probaría durante seis meses y descarta el ‘casting’ previo y el carnet necesario que había planteado el gobierno local en el pasado. La iniciativa parece más integradora y abierta; sobre todo, más factible. El portavoz de la asociación de músicos ambulantes –asociarse o morir– saludó el planteamiento, ya que la necesidad de esos permisos cerraría en la práctica la posibilidad de tocar en la calle a los extranjeros de paso por aquí. El argumento también honra a este colectivo.

El Ayuntamiento defendió que la medida tenía el consenso de los vecinos del Centro, pero la asociación de estos residentes lanzaba a última hora del día siguiente un comunicado desmintiendo esa aprobación. Suena a que alguien se ha ido de ligero al presentar ese acuerdo, pero chirría el argumento de los vecinos que coloca la música callejera en la misma línea que la invasión salvaje de las terrazas de los bares, que plantea el mapa de zonas para tocar como un peldaño más en la estrategia de vaciado de residentes del Centro Histórico y que reduce la oferta musical ambulante al disfrute de los turistas.

El Centro tiene muchos asuntos pendientes para ser más habitable; sin embargo, a los que venimos cuadriculados de serie nos cuesta entender que algo ordenado sea peor que algo desordenado. Regular la música en la calle resulta complejo, casi contrario al espíritu de este tipo de actuaciones y, aun así, el proyecto merece una oportunidad. A ver cómo suena.

 

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Tirar cohetes
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Antonio Javier López | 22-04-2017 | 20:08| 0

La Diputación muestra parte de sus fondos de arte contemporáneo. Ñito Salas

A un diputado provincial que debía de estar de lunes le pareció aquella mañana «totalmente inadecuado» que la institución haya comprado varias obras de arte «para que sean almacenadas». Algo así «no tiene ningún sentido» para él. Se ve que alguien le azuzó el micro, o al señor diputado se le calentó la boca, y se vino arriba y pidió «responsabilidades». Y al poco, «incluso la dimisión de quien haya ordenado esa compra». Todos sabemos que la nueva política no se anda con chiquitas en asuntos como este: la adquisición de cuatro obras de arte por valor de 31.000 euros para que ingresen en las colecciones de una institución pública, la Diputación Provincial, a la que sirve el señor diputado que, cuando él llegó, había suspendido este tipo de prácticas porque su situación económica «no era para tirar cohetes».

Desconoce quizá el señor diputado que instituciones como la que sirve para darle trabajo, como el Ayuntamiento del que es concejal, por ejemplo, cuentan con una larga tradición que se remonta más allá del siglo XIX en la compra de obras de artistas de la tierra, como medida de incentivo y apoyo a la creación, sobre todo, cuando los autores son jóvenes, como en este último caso que tanto indigna al señor diputado.

Desconoce, quizá también, el señor diputado que la inmensa mayoría de los grandes museos del mundo apenas pueden exponer una ínfima parte de sus colecciones y que la amplitud y calidad de ese ‘fondo de armario’ les permite tanto organizar exposiciones temporales sobre asuntos o artistas concretos, como realizar préstamos con otras instituciones públicas y privadas que ayuden a establecer una red de contactos de colaboración mutua en el ámbito nacional e internacional.

Desconoce –o no– el señor diputado que las compras de esas cuatro obras de arte por valor de 31.000 euros se realizó a tres galerías de la provincia, las mismas que desde hace tres años ven cerradas las puertas del mayor evento comercial del país dedicado al arte contemporáneo. Y ahora que la ciudad y la provincia marcan paquete museístico, conviene recordar el papel de esas galerías, negocios privados, por supuesto, que ofrecen de manera gratuita a quien quiera pasarse por sus salas exposiciones de artistas que en no pocas ocasiones protagonizan muestras en museos y centros de arte cuya entrada si requiere rascarse el bolsillo.

Puestos a tirar cohetes, ahí van unas preguntas al aire. ¿Habría criticado el señor diputado la compra de libros para bibliotecas públicas? ¿Le habría parecido que «no tiene ningún sentido» dedicar ese dinero a la contratación de compañías de música o teatro para espectáculos de acceso gratuito en los municipios de la provincia? ¿Pediría responsabilidades, incluso la dimisión de quien hubiera destinado esos 31.000 euros a la rehabilitación de un bien del patrimonio histórico de la provincia? Porque, al cabo, lo que hace una institución pública cuando adquiere una obra de arte es apoyar a los creadores y a los galeristas, pero también aumenta su propio patrimonio con piezas que, al pasar el tiempo, suelen incrementar su valor en el mercado.

Ha querido la casualidad que las declaraciones del señor diputado coincidan esta semana con el renacimiento del Certamen de Artes Plásticas de la Fundación Unicaja. Después de siete años, la entidad recupera el concurso y aumenta de 50.000 a 60.000 euros el dinero destinado a la compra de obras de arte. Y puestos a tener que pagar comisiones, duelen un poco menos con la esperanza de que esos euros vayan destinados, al menos en parte, a la contemplación de una fotografía de Alberto García-Álix, de una pieza milimétrica de Elena Asins o de una instalación de Dora García, por citar algunos de los ganadores del concurso de la Fundación Unicaja que hoy figuran en los principales museos del país. Y más allá.

Y más acá, a la adquisición de una obra de arte, como a cualquier iniciativa que se traduzca en desembolso de dinero público, hay que exigirle un procedimiento riguroso, transparente y justificado. Pero plantear de manera genérica como un derroche que una institución pública compre obras de arte retrata más y mejor a quien lo dice que aquello que pretende criticar. El nivel de ese discurso, señor diputado, tampoco está para tirar cohetes.

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