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Dime que me quieres
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Antonio Javier López | 09-12-2017 | 17:06| 0
'Todo va bien', nos tranquiliza el Pompidou en su nueva exposición de larga estancia. Salvador Salas

‘Todo va bien’, nos tranquiliza el Pompidou en su nueva exposición de larga estancia. Salvador Salas

Se quedan insípidos los besos pedidos, los halagos esperados al preguntar cómo me queda la camisa nueva, las menciones en una red social con el único objetivo de que venga de vuelta un ‘Me gusta’. Dime que me quieres o, al menos, que te gusto. Por aquí llevamos más de dos años pidiéndole a los señores del Centre Pompidou de París que nos digan que nos quieren. O mejor, que nos digan durante cuánto tiempo tienen previsto querernos, en un ejercicio lastimoso de la situación de inferioridad que hemos adoptado en este acuerdo. Porque los señores del Pompidou nos explicaron desde el principio que íbamos a ser un ligue, un rollo de verano, como mucho. Pero aquí andamos nosotros –los periodistas incluidos, ojo– preguntando en cada visita de los jefes de París cuánto van a quedarse. Y mira que lo dejaron claro, que para eso son franceses. Firmamos un papel, incluso, como esos contratos prematrimoniales que vemos en las películas americanas y dice que lo nuestro durará cinco años, puede que diez, de aplicarse la prórroga que ya empiezan a negociar los el Ayuntamiento con los del Pompidou.

El alcalde de la ciudad ha marcado el tono general de una representación colonial impregnada de un sentimiento de inferioridad que alcanza uno de sus signos más ilustrativos en el pavor contenido ante la posibilidad de no ampliar esta relación otros cinco años. A poco que tiene la oportunidad plantea la larga vocación –«ilimitada» dijo el lunes– de un convenio nacido con fecha de caducidad y así el alcalde se va pareciendo a ese personaje de una película de Almodóvar que imploraba a su pareja que no le abandonase con un argumento imbatible: «No hace falta que me quieras, yo te querré por los dos».

Puestos a plantear el asunto del Pompidou como lo que es al fin y al cabo, un matrimonio de conveniencia, quizá nos haga bien recordar que al enlace aportamos una dote nada desdeñable, capaz al menos de hacernos conservar cierto amor propio. El centro parisino cuenta con una de las tres colecciones más importantes de arte moderno y contemporáneo de todo el mundo. Perfecto. Se ha constituido en una marca planetaria. Sensacional. Pero de este lado también ponemos mucho de nuestra parte para que esto funcione. Por ejemplo, dinero. Una sede de 6,7 millones de euros y un presupuesto anual de otros 4,7 millones, de los que casi la mitad (2,07) se van en el canon pagado al Pompidou por el uso de sus fondos, los transportes, los seguros y el «apoyo técnico» en el montaje de las exposiciones. En los cinco primeros años, la ciudad habrá destinado 30,2 millones de euros a esta relación, de los que 10,35 millones habrán ido al Pompidou. Si cumplimos una década a este ritmo, serán 53,7 millones de euros en total con 20,7 millones en particular para el centro francés.

Pero más allá de la guita, los dos años y medio de vida del Pompidou han servido para demostrar, sin asomo de chovinismo, que no poco de lo mejor que se ha visto en el Cubo ha venido de la mano de los agentes locales, de la producción propia del equipo autóctono. La danza de Rocío Molina, la intervención de José Medina Galeote en las escaleras interiores y el fraseo lírico de Elphomega a los pies del Cubo son algunos ejemplos a simple golpe de memoria de lo ofrecido desde aquí al programa cultural del Pompidou sin que el supuesto listón baje un milímetro en la calidad y la pertinencia de las propuestas.

La delegación del Pompidou ha presentado esta semana su exposición de larga estancia, esa a la que llaman ‘semipermanente’ como llamamos ‘salir’ una relación que al menos por la parte masculina tiene más que ver con ‘entrar’. La muestra estará visible hasta 2020, cuando expira el primer plazo del acuerdo con la institución francesa. Y ahí vamos preguntando si habrá más, si nos seguirán queriendo otro rato.

Alguien a quien quiero y admiro maneja una teoría doméstica que me parece aplicable a este caso. Habla del ‘síndrome del tendero’ para ilustrar ese afán nuestro por agradar hasta coquetear con el servilismo, con el suicido intelectual y emocional que borre cualquier aspiración propia que no pase por atender el negocio desde el otro lado del mostrador. Y en mantenernos tan ocupados repitiendo que el cliente siempre tiene razón quizá se nos ha pasado por alto la posibilidad de que el cliente seamos nosotros.

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Razones para un auditorio
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Antonio Javier López | 09-12-2017 | 17:09| 0
El auditorio de Málaga no termina de salir de la maqueta. Salvador Salas

El auditorio de Málaga no termina de salir de la maqueta. Salvador Salas

La idea era no escribir este artículo, ir aplazándolo hasta el infinito y más allá. Ayudaba mucho a la desidia el propio devenir del asunto, para colmo, regresado a eso que llaman la actualidad un lunes a las nueve de la mañana. Seguía el plan según lo previsto durante toda la semana pasada. También en esta. Pero el jueves aparecía publicado en estas mismas páginas un artículo del barítono malagueño Carlos Álvarez, impecable y medido, ajustado y potente como su propio arte. La tribuna se titula ‘Nunca mejor que ahora’, casi un guiño seductor, un mensaje oculto sólo para mis ojos, un delicado proyectil a la línea de flotación de mis dudas, que se fueron diluyendo aquella misma noche. Un aficionado a la música había compartido el texto de Carlos Álvarez en una red social que suele ser poco amiga de la reflexión y la mesura, pero 12 horas después seguía cuajando una conversación con casi un centenar de mensajes, interesantes y valiosos en la higiénica tarea de poner en duda tus convicciones desde la reflexión y los argumentos elaborados. Así que vamos de nuevo a juntar letras sobre el proyecto para construir un auditorio en Málaga.

El asunto lleva sobre la mesa 25 años, tiempo más que suficiente para que haya cogido mala postura en la agenda de infraestructuras pendientes. Nunca estuvimos (sí, estuvimos, se trata de una iniciativa lo bastante importante como para usar la primera persona del plural compartido) tan cerca de poner en marcha el auditorio como hace cinco años. El proyecto de Benedicto y Soriano que había ganado el concurso de ideas superaba todas las exigencias técnicas y el periodo de alegaciones, tocaba empezar las obras, pero con la coartada de la crisis el Gobierno eliminó el consorcio entre las administraciones central, regional y local que debía hacer realidad ese reto. Arreció entonces, como ahora, desde el fondo de la escena, un coro de agoreros pregonando la necesidad de aquella amputación, el dispendio de gastar en el disfrute de cuatro pijos nada menos que 100 millones de euros, porque, para más inri, aquel desprestigio sumaba el canturreo facilón de los números redondos.

Y ya que estamos, hablemos de números. Entre la temporada 2013/2014 y 2015/2016, el Teatro Cervantes ha duplicado su oferta de funciones de ópera, mientras la audiencia se ha multiplicado por tres; en la misma cantidad de conciertos sinfónicos (30) ha habido 3.771 espectadores más y el número de actividades en las que ha participado la Orquesta Filarmónica se ha incrementado un 7,2%. No parece una mala base para empezar a desmontar uno de los prejuicios más escuchados contra el auditorio: en Málaga no hay demanda previa que justifique la construcción del recinto. Al hilo de esto: ¿había demanda masiva de exposiciones antes de la proliferación de museos en la ciudad? Y ya que hablamos de números y museos, metamos en el matadero de las comparaciones odiosas a la vaca sagrada de nuestra oferta cultural: el Museo Picasso costó «más de 60 millones de euros», si a esa cantidad redonda le aplicamos la subida del IPC durante los últimos 14 años nos quedarían 77,7 millones de euros. El auditorio está presupuestado en 71,7 millones. Claro que el proyecto incluye una plaza pública de 15.000 metros cuadrados, un aparcamiento para 400 vehículos y una ampliación y reforma de los accesos por carretera. Así llegarían los 100 millones de euros. Por poner el asunto en perspectiva.

Puestos a poner distancia, resulta más que deseable un debate serio y ambicioso sobre aspectos cruciales como la financiación, la programación y el modelo de gestión del auditorio, también sobre el momento adecuado para retomar una actuación que después de tantos años al fin ha encontrado un proyecto y un emplazamiento idóneos. Sin embargo, poner en duda la necesidad, incluso la legitimidad misma de esta reivindicación, tira la visión de nosotros mismos por el sumidero del cinismo. Porque el auditorio no es una quimera cultureta disparada con la pólvora del rey del presupuesto público. Tampoco un fin en sí mismo. El auditorio es un medio, un instrumento cultural, social, didáctico, turístico y económico que ha demostrado su eficiencia en otras ciudades. El correlato en la educación musical de lo que han supuesto los museos en la formación artística de dos generaciones de niños de la provincia.

Hacer el mutis de la falta de presupuesto sin pelear a degüello por una Ley de Mecenazgo, corear la inviabilidad del proyecto sin atender a ejemplos en otras ciudades que sirven de guía y ofrecer un desafinado repertorio de prejuicios para desacreditar la reclamación de un auditorio para Málaga denota una cortedad de miras demasiado repetida en nuestra historia reciente. Y ese desdén por nuestro futuro nos va a salir más caro que el dichoso auditorio.

 

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Las palabras primas
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Antonio Javier López | 24-11-2017 | 18:57| 0
Iwasaki, Casamayor y Neuman, como los tres monos del templo japonés de Tosho-gu en Nikko. :: alfredo aguilar

Iwasaki, Casamayor y Neuman, como los tres monos del templo japonés de Tosho-gu en Nikko. :: alfredo aguilar

Vino al mundo de madrugada. Al viejo mundo. Y lo primero que hizo fue meterse en un bar de Sevilla para tomar un café y algo de comer. Le respondió el camarero y ha olvidado sus palabras, pero en la memoria mantiene viva la impresión que le causaron. Porque allí estaba el gato Jinks que perseguía a Pixie y Dixie, el buitre que ayudaba a Mowgli en ‘El libro de la selva’, el perro de Los Aristogatos. En las películas de romanos que veía de niño en Lima, los personajes musculosos hablaban «como los curas del colegio»: castellano de Castilla. Y de repente, al otro lado del charco, molido y ojeroso después de un viaje de miles de kilómetros, descubrió que el español, como el verso de Walt Whitman, contiene multitudes.

Quizá por eso, de un tiempo a esta parte, cada vez que regresa a Perú le sueltan casi a modo de pequeño reproche de abandono que ya habla con un español y, sin embargo, cuando anda por acá nadie le cuestiona sobre de dónde viene. Podría decir Lima, Japón, Sevilla o Pedregalejo, el lugar donde le gustaría jubilarse y que le recuerda a algunos recodos de mar en Puerto Rico y en Cuba. «He nacido muy lejos, pero creo que me estaban esperando», comparte con una media sonrisa Fernando Iwasaki, que sueña despierto con una mesa en El Cabra o Miguelito El Cariñoso. Iwasaki escribe novelas, cuentos y prólogos con la sabrosura gustosa de quien ama las palabras y las emplea con amor y humor. Iwasaki acaba de ganar el Premio Málaga de Ensayo y no se sabe bien si el premio es para él o para el currículo del galardón.

Habla Iwasaki y trenza historias con una naturalidad sólo al alcance de talentos muy trabajados. Recibe Iwasaki el premio por un libro quizá titulado ‘Las palabras primas’. Primas como las cifras. Primas lejanas a uno y otro lado del Atlántico en un viaje de ida y vuelta. Cuenta Iwasaki la vida de las palabras como un relato de aventuras. Cuenta Iwasaki, por ejemplo, que ‘chévere’ no llegó de la mano de ‘Topacio’ y ‘Cristal’, sino que nació en Valladolid en el siglo XVI, viajó hasta América en la boca de los castellanos de entonces y allí se mantuvo con la vida que aquí le faltó hasta regresar con los culebrones ochenteros. De relatos como ese va el libro que ha ganado esta semana el Premio Málaga de Ensayo, como el de Novela, rescoldo que aquel Instituto Municipal del Libro que se cargaron en el Ayuntamiento para satisfacer a Ciudadanos en una merienda de negros a base del chocolate del loro.

Da la ciudad nombre y cobijo a un premio de novela y otro de ensayo que encuentran su mejor reivindicación en la relación de premiados. Pablo Aranda, Eva Pérez Díaz, Sara Mesa, Eduardo Jordá y ahora Antonio Fontana entre los narradores; Vicente Luis Mora, Remedios Zafra y ahora Fernando Iwasaki entre los ensayistas, estos últimos editados por Páginas de Espuma, cuyo catálogo nos sigue dejando como al perro de Pavlov.

‘Ajuar funerario’, ‘Helarte de amar’ y ‘España, aparta de mí estos premios’ han sido algunos de los libros de Iwasaki que ha dado a la imprenta la editorial de Juan Casamayor, que hace un par de meses recibía el Homenaje al Mérito Editorial de la Feria del Libro de Guadalajara. Y gusta el premio desde el nombre, porque tiene mérito mantener durante casi dos décadas una editorial independiente capaz de ofrecer descomunales empresas como los cuentos completos de Chéjov, Poe y Zola junto a maravillas de la distancia corta como ‘Hombres felices’ de Felipe R. Navarro, ‘Alumbramiento’ de Andrés Neuman y ‘Siete casas vacías’ de Samanta Schweblin, por citar algunos ejemplos a puro golpe de memoria gozosa.

Como gozoso es leer y escuchar a Iwasaki, que escribe sobre las orillas del español y reivindica el andaluz como el habla más dinámica y creativa del orbe hispano. Un idioma capaz de incluir en su diccionario académico el verbo ‘cantinflear’. Porque más que el esplendor, a Iwasaki le preocupa que la Academia limpie, que borre palabras con la coartada del desuso. Porque ahora todo es algoritmo y en algún sótano oscuro una máquina comprueba los vocablos que se manejan y los que no. A los primeros les da puntos y a los segundos los va dejando caer en el olvido, hasta que el corrector automático del procesador de textos los subraya en un oleaje bermellón como a un sospechoso de ser inventado.

Cuenta Iwasaki esta historia y uno duda si es real o inventada. Y da lo mismo. Porque es algo mejor: es mágica. Y luego se ofrece Iwasaki como mecenas de palabras para que no mueran. La suya es rosicler, el tono rosáceo del cielo justo antes de amanecer. Como si lo estuviera viendo sentado en un espigón de Pedregalejo.

 

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Coordenadas
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Antonio Javier López | 20-11-2017 | 19:46| 0
Un aplauso para Cristina Consuegra (segunda por la derecha), artífice de 'Coordenadas'. Francis Silva

Un aplauso para Cristina Consuegra (segunda por la derecha), artífice de ‘Coordenadas’. Francis Silva

He tenido la suerte extraordinaria que haber crecido entre mujeres. Único hijo, único sobrino y único nieto varón durante toda mi infancia y adolescencia, cada ocurrencia en las reuniones familiares era celebrada con entusiasmo por un público fiel de tías, abuela y tías abuelas. Creo que esa cálida placenta emocional en la que viví durante tantos años me ha salvado de algunos abismos y por si fuera poca breva, aquel regazo invisible encontró desde muy pronto a una madre trabajadora dentro y fuera de la casa que nos crió a mis hermanas y a mí como a iguales. Ese matriarcado ha encontrado además el contrapeso de un padre inteligente y sensible, más moderno de lo que jamás haya pensado de sí mismo, quizá porque aplica esa conciencia igualitaria como todo lo que ha hecho en la vida: con generosidad y convicción, sin darse importancia.

 

(Conciliación: Terminar la jornada laboral a las 17 h. Va por vosotros también)

 

Por eso me parece lo más normal del mundo que después de casi veinte años escribiendo aquí, la mayor parte de ese tiempo haya tenido jefas. Me hago cargo de que no es la tónica habitual ahí fuera, pero para mí ha sido una suerte de prolongación natural de lo vivido en casa. Para cerrar el círculo, o quizá abrir uno nuevo, el estreno en la paternidad llegó con una hija, así que cuando andaba soltando a Edipo empecé con Electra. Creo que nada ha cambiado tanto mi manera de ver mundo como el hecho de tener una hija. No hijos, así en genérico, sino una hija. Noticias que antes dolían ahora te abren en canal por dentro, chistes que siempre te hicieron gracia ahora tienen un sabor rancio y actitudes que hasta hace dos años y once meses te parecían asumibles ahora te sublevan sin remedio. Y todo eso, sin olvidar que apenas rascas la superficie de un asunto profundo y crucial en el que la mayor parte del tiempo sigues estando del lado de la manada dominante, ya sea por acción o por omisión.

 

(Lenguaje: Construye realidades a través del uso, no de la norma. La evolución del lenguaje es una fusión de la vanguardia y el consenso social)

 

Por eso esta semana abro las páginas de ‘Coordenadas. Pensar la sociedad en clave feminista’ (Fundación Málaga) como quien abre una ventana y un espejo, una brújula y un árbol genealógico. Porque esta idea salida de la cabeza de Cristina Consuegra es, ante todo, un libro luminoso, capaz de ponerte frente a tus miedos y esperanzas, ante tus anhelos y carencias. Dieciséis mujeres y tres hombres firman ensayos sobre crianza y menopausia, deporte y series de televisión, cuidados y filosofía, la vida cotidiana y los grandes retos de la sociedad occidental contemporánea. Un libro maravilloso sobre un asunto urgente. Textos de Laura Freixas, Berta Ares –qué belleza–, María Luisa Balaguer, Concepción Cascajosa, Juana Gallego y Toño Fraguas, por citar algunos, subrayados y marcados con separadores, como aquí algunas entradas entre paréntesis del ‘Diccionario feminista para machistas con poco tiempo’ de Beatriz Rodríguez.

 

(Nariz: Lo que te voy a partir como vuelvas a ponerme la mano encima)

 

«La familia como un grupo de jazz y la vida como una ‘jam session’» escribe Rosario Izquierdo en su ensayo ‘Todas las edades’. Seguir leyendo y toparte con un párrafo como contra el muro de sus temores más duros: «Sería mejor tal vez dar otras herramientas a tu hija, no reforzar su condición de víctima posible, no enseñarla a ser víctima, sino por el contrario a ser más libre todavía, que no tema a los hombres ni a las leyes y aprenda a luchar contra cualquier forma de abuso de poder sobre cualquier cuerpo, sobre cualquier persona».

 

(Zorra: Lo que me llamas cuando tienes miedo)

 

 

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Casa
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Antonio Javier López | 20-11-2017 | 19:37| 0
Mapas & Compañía, la gran belleza hecha librería. F. J. Acevedo

Mapas & Compañía, la gran belleza hecha librería. F. J. Acevedo

El primer libro que recuerdo haber leído iba de un oso que era tan malo jugando al fútbol que en su equipo de animales lo pusieron de portero suplente, hasta que en la final del campeonato tuvo que salir en el último minuto, paró un penalti y metió un gol de portería a portería. Era rectangular y pequeño, tenía la cubierta blanca con las letras naranjas -o así lo recuerdo yo- y la última vez que lo vi estaba en la despensa de la casa de mis abuelos donde guardaban cacharros, comida no perecedera y todos los artículos que yo escribía entonces en el periódico universitario y aquí mismo, recortados, doblados y clasificados en bolsas de cartón de Zara.

De aquella casa cogí mis primeros libros de la colección Austral que había sido de mis tíos. Desde aquella casa inmensa en un segundo piso sin ascensor bajaba la escaleras de camino a Rayuela, a Li-Bri-Tos, a la Libería Ibérica, donde a menudo caía un tebeo, un cuento, un Super Humor si había mucha suerte. Y ahora que ha sido el Día de las Librerías caigo en la suerte de haber crecido en algunas de ellas, de sentir que mi casa está donde esperan mis libros. Quizá por eso las visito como quien va en busca de un viejo amigo, casi siempre movido por la simple apetencia del momento.

Y así regresar a Rayuela para charlar con Isabel, para saludar a Juan Manuel ahora que se ha tenido que venir de Rayuela Idiomas tras bajarle la pesiana, para ver los nuevos álbumes ilustrados que Mamen siempre me enseña porque sabe que le encantan a M. El primer libro de mi hija fue un regalo de Mamen y esos gestos se quedan a vivir en mi precaria capacidad de estar agradecido.

Otra mañana quizá toque la equina de Proteo. Encontrarte allí con Garriga Vela recogiendo su encargo: la última novela de un escritor libanés que por lo visto es la repera. Sentirte culpable y feliz por todo lo que te queda por leer. Bajar la plaza del Teatro, girar a la derecha y asomarte al escaparate de Áncora para comprobar que no hay una sola cubierta que no te guiñe discreta para llevártela a casa. Áncora maneja un catálogo alérgico a la superficialidad y la impostura y esa férrea disciplina por el buen gusto hace que siga admirando a Enrique desde lejos.

Resisten los libreros a envites trágicos como las obras del metro. Siete años empalados en una acera de la Alameda lleva la gente de Luces. José Antonio es el presidente de la asociación de comerciantes afectados por el tajo que abre en canal un negocio que mantiene doce puestos de trabajo en medio del ruido y las franquicias. José Antonio te recomienda un libro según te vea ese día, como el médico que conoce tu cuerpo y el amigo que conoce tu ánimo. Los dos últimos: ‘Hozuki, la librería de Mitsuko’ (Nórdica) y ‘El club de los mentirosos’ (Impedimenta y Periférica). Qué ojo tiene, José Antonio.

Aunque cuando hay que alimentarse el ojo de belleza, el lugar indicado es Mapas y Compañía. Ya lo dije. Me repito. Nuestra Shakerpeare & Company. Maderas nobles, globos aerostáticos y terráqueos, Tintín por todas partes y Cuqui a los mandos para insuflar un cariño cálido que te reconcilia con la vida incluso en los días más sombríos. Porque entrar en Mapas y Compañía se parece mucho a llegar a casa y quitarte los zapatos después de haber estado todo el día dando trechas.

Quizá porque estar allí, como estar en Rayuela, Luces, Áncora y Proteo, se parece mucho a estar en casa. Quizá por eso echo de menos a Li-Bri-Tos y a Cincoechegaray como a los amigos muertos. Quizá por eso, ahora que han desahuciado a mi abuela del lugar donde ha vivido durante más de 60 años para convertir el edificio en apartamentos turísticos, he decidido no regresar, borrarme de la mudanza para no estropear mis recuerdos con la imagen de toda su vida y toda mi infancia metida en cajas del mismo cartón que aquellas bolsas de Zara. Porque ahora que lo escribo lo sé: donde estén mis recuerdos, mis libros y mis afectos, allí estará mi casa. Y de allí nadie podrá echarnos jamás.

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De prestado
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Antonio Javier López | 03-11-2017 | 19:37| 0

A menudo lo mejor de las ruedas de prensa sucede antes y después de las ruedas de prensa, en los corrillos con algunos compañeros y cargos más o menos públicos a los que uno le acaba cogiendo cariño. Hace ya unos meses, al terminar la parrafada que nos había llevado hasta allí, un gestor cultural de la ciudad repasó las barbas y las bambas del compañero Pablo Bujalance y le soltó con media sonrisa: «Te estás volviendo un hipster». Y Pablo respondió con su flema habitual: «Imposible, querido. Tengo el carnet de una biblioteca pública». Más allá de la ocurrencia, la salida de Pablo ofrecía la misma carga de profundidad que muchos de sus textos. En unas pocas palabras había trazado un diagnóstico certero, irónico y clarividente de una realidad social, cultural y económica bastante compleja. Conviene no olvidar los matices, claro. Habrá ‘hipsters’ con carnet de biblioteca pública, pero gana el barrunte de que serán los menos.

Nada más lejos del impostado glamour de los modernos que una biblioteca de barrio. Frente al ‘selfie’ fatuo, el silencioso préstamo de libros, los encuentros con escritores, los cuentacuentos de los sábados, las actividades para las familias y el calor de los lomos matriculados que recuerdan desde los estantes combados no tanto las historias que has leído como todas las que aún te quedan por vivir. Y ese anhelo se parece mucho al entusiasmo.

En la ciudad que tropieza gozosa en la misma piedra de proyectos a los que no les salen las cuentas, aquí donde se afila la tijera de la periferia para sacarle punta al centro, queda el papel de las bibliotecas públicas. El viernes se cumplían 23 años del desalojo de la Biblioteca Provincial de la demolida Casa de la Cultura en la calle Alcazabilla. Desde entonces permanece en un local con alma de nave de polígono en la avenida de Europa, a la espera de su traslado al antiguo convento de San Agustín que ayude a revitalizar su limitada oferta cultural.

Al otro lado de la balanza del desánimo, la red de bibliotecas municipales. Dieciocho, repartidas por toda la ciudad. Y ante la tentación de caer en el romanticismo pusilánime del amor por los libros y el silencio (que también, oiga), algunos datos pelados. Dejemos a un lado el número de visitantes el año pasado (más de medio millón) y vayamos a cifras de mayor apego. Por ejemplo, hay 112.817 personas en la ciudad con un carné de biblioteca pública como el de Pablo y más de siete mil se apuntaron a ese club a lo largo de 2016, cuando se registraron 248.012 préstamos de libros.

Cada vecino de la capital afloja cinco veces más dinero de sus impuestos a los museos que a las bibliotecas municipales (25 euros, frente a 5 euros ‘per cápita’), pero la ciudad que se llena la boca y la agenda de exposiciones encuentra en la modestia de las bibliotecas públicas de barrio un motivo de orgullo sostenido y discreto, un calor avalado por la frialdad de las mismas cifras que no terminan de cuadrar en la mayoría de las salas de exposiciones sostenidas a cargo del mismo presupuesto.

Porque si los museos nos proyectan hacia el exterior (también con sus sombras), quizá las bibliotecas sirvan para mirarnos hacia un interior individual y colectivo, con las amas de casa que dejan el carrito de la compra en la puerta para renovar el préstamo de un libro, con los inmigrantes que navegan en silencio por Internet, con los jóvenes atolondrados con la libreta abierta y la mirada perdida. Encontrar un libro que quisimos leer hace tiempo y llevarlo a casa como a un ligue pasajero, anticipando a cada paso una satisfacción íntima y pequeña, una felicidad de prestado.

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Bulimia
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Antonio Javier López | 27-10-2017 | 16:19| 0
Daniel Buren, del Cubo al interior del Pompidou. Fernando González

Daniel Buren, del Cubo al interior del Pompidou. Fernando González

Atribuye la leyenda urbana al filósofo José Ortega y Gasset una sentencia que viene a decir algo así: «Madrid es esa ciudad en la que, un jueves a las ocho de la tarde, o estás dando una conferencia o te la están dando». Y esta semana que termina, Málaga ha sido esa ciudad en la que, cualquier día a las ocho de la tarde, o estás inaugurando una exposición o te la están inaugurando. Sólo se libró el lunes, quizá por aquello de no abusar del respetable. Pocos días como estos para ilustrar la identificación metonímica de la cultura con el arte y del arte con las artes visuales en la agenda y en la estrategia de la ciudad. Desde las cavernas, la política tiene muy presente la capacidad publicitaria del arte y el frenesí contemporáneo ha estrujado los ritmos hasta convertir las colecciones de los museos en exposiciones temporales de larga estancia que conviven con nuevas propuestas cada tres o cuatro meses. La mercadotecnia y la caja registradora necesitan estímulos cada poco tiempo y los museos ofrecen un decorado cambiante y colorido, ideal como telón de fondo para las fotos institucionales. Así que para allá se han ido los presupuestos y los trajes de chaqueta. Y los plumillas hemos ido detrás.

El martes inauguraba la Casa Natal de Picasso una exposición en torno al ‘Guernica’ como eje central de su trigésimo Octubre Picassiano. Sin descubrir la pólvora, el proyecto es una delicia. Los horrores de la guerra entre la población civil desde el siglo XVIII hasta el nuestro. Las miniaturas de Jacques Callot junto a los ‘Desastres de la guerra’ de Goya, los grabados de Picasso en ‘Sueño y mentira de Franco’ junto al ‘Guernica’ pintado casi a tamaño real por Javier Arce, un dibujo a rotulador sobre papel «irrompible», hecho luego una bola y vuelto a extender como un gurruño, como esas notas que tiras a la papelera y que después te salvan la vida medio del derrumbe mental. Las esculturas y los dibujos de Oteiza. Las apropiaciones de José Manuel Ballester. Recupera la Casa Natal la mejor versión de sus exposiciones de producción propia con esta muestra. Una alegría modesta y confortable, como la propia exposición.

El miércoles celebramos el cumpleaños de Picasso (136 años ya) en el Pompidou, donde Daniel Buren ha pasado de las paredes acristaladas del Cubo a las oscuras salas de exposiciones en un montaje no apto para epilépticos. Proyecciones de figuras geométricas y colores planos. Colores para dejar la mente en blanco. Sólo mirar. Detenerse, callar, mirar de nuevo. Un acto revolucionario en los museos del ‘selfie’. Al final del recorrido, en medio de un pasillo, han puesto una pantalla y varias hileras de sillas plegables para ver un documental sobre Buren que dura siete horas y media, ya saben cómo son los franceses.

El jueves las salas de La Coracha volvieron a ofrecer un salvavidas en medio del naufragio del Museo del Patrimonio. La Colección Los Bragales, reunida por el empresario Jaime Sordo, muestra parte de sus fondos. Pierre Gonnord y Per Bercley, catanas y bates de béisbol en los moscovitas AES+F, la delicadeza de Issac Julien y Nadia del Castillo, el bodegón exquisito de Juan Manuel Castro Prieto y el poco complaciente Santiago Sierra. Aunque los promotores de la muestra prefieren hablar de discurso, no de nombres, hay nombres y obras potentes, de nuevo, donde estuvo la belleza decadente de La Coracha.

Otra pequeña delicia el viernes. De nuevo Goya, esta vez con James Ensor, en el Museo Carmen Thyssen, en la Sala Noble, maravillosa también vacía con su artesonado de madera oscura. Y toca techo el Thyssen con sus temporales en cartel: Juan Gris, María Blanchard y la segunda etapa del cubismo, por un lado, y Goya y Ensor, por otro. Nada rimbombante. Sólo conocimiento y belleza. Y no saben cómo se agradece.

Y sin embargo, los melancólicos siempre andamos buscando excusas para el desapego. Y ahora que toca echar la vista atrás y poner los pies en agua, esta mañana de horario y paso cambiados, queda la duda de si estamos ante un cuadro, pero de bulimia, si estamos digiriendo todo esto o apenas nos llenamos los ojos y los días libres. Si estamos dando el pelotazo o nos lo están dando.

 

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Desaparecer
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Antonio Javier López | 27-10-2017 | 16:18| 0
David Le Breton, desapaciones en La Térmica. Antonio Salas

David Le Breton, desapariciones en La Térmica. Antonio Salas

Era martes por la tarde, casi de noche, a esa hora en la que da pereza salir de casa cuando estás dentro y volver a ella cuando estás fuera. Y fuera llovía y empezaba, por fin, a refrescar. Poco antes de un partido de Liga de Campeones, el Real Madrid contra un equipo inglés, a la Sala Fuengirola en la planta baja de La Térmica sigue llegando gente. Dejan sus carnés de identidad a cambio de un transistor para la traducción simultánea. Y más gente. Casi todas las sillas ocupadas, un martes por la tarde con partido en abierto, para escuchar a David Le Breton, un antropólogo francés que escribe sobre las maneras de borrarse del mapa, sobre suicidas y gente que decide no salir de su cuarto, evaporarse, aquellos a los que les pesa demasiado la vida, sobre cualquiera de nosotros en un momento dado, muertos de ganas de tomarnos unas vacaciones de nosotros mismos, aunque sea por un rato.

También ha escrito Le Breton sobre el acto heroico de caminar en medio de la ciudad diseñada para el humo y el ruido de la gasolina. La caminata y el silencio como maneras de rebelión íntima, pero también cívica y política. Aquello de ser el ejemplo del cambio que quieres para el mundo, pero sin postureo. En esas llega Le Breton con el desaliño estético de los sabios, como recién levantado de una siesta tardía.

Las vidas diluidas en Internet, los depresivos sin remedio, la felicidad de cultivar un huerto, la desesperanza en los barrios alejados de las postales del centro de la ciudad. Y a Le Breton le ha venido la fama con un libro que habla justo de lo contrario, ‘Desaparecer de sí. Una tentación contemporánea’ (Siruela). Está a la venta al fondo de la Sala Fuengirola y alguno que otro ha caído este martes por la tarde húmedo hasta los huesos. Gente que escucha a un antropólogo francés un martes por la tarde y que compra libros. Hay gente pa’ tó. Habla Le Breton durante poco más de media hora y se abre el turno de preguntas. Cualquiera con cierta experiencia sabe que se llama turno de preguntas porque decirle turno de la vergüenza ajena resulta poco educado. A menudo suele ser la puerta que ven abierta quienes quieren oír su propia voz, el eco de su presunta perspicacia en reflexiones más o menos peregrinas. Aquí se levanta un señor y en perfecto francés comparte que es bioquímico, que nació aquí y estudió aquí, que luego se trasladó a la ciudad natal de Le Breton (Nantes) y que al leer su libro ha pensado que los profetas de las principales religiones han tenido un periodo de desaparición. Jesús, Mahoma, Buda. Todos se perdieron en la oscuridad para volver iluminados. Y el espectador le pregunta al pensador por el carácter místico de la desaparición. Y el antropólogo levanta las cejas, sonríe y asiente para recibir con entusiasmo el nivelazo de la pregunta.

Luego se levanta otro oyente. Y también en perfecto francés pregunta a Le Breton por sus dudas sobre el tratamiento patológico de quienes muestran poco interés en vivir, en especial, los jóvenes. Y Le Breton comparte esa renuencia con el espectador, defiende que las llamadas «conductas de riesgo» son «reacciones a un sufrimiento» y que su remedio no se encontrará en la farmacia o el psiquiátrico, sino en la escucha y la paciencia. Así que un martes por la tarde de lluvia y partido de Champions en abierto, hay una sala de La Térmica llena de gente que escucha a un sociólogo al que cuesta pillar en el renuncio de dar una conferencia. Gente que aprecia esa rareza, la disfruta y responde al envite con preguntas inteligentes.

Y un martes por la tarde, ya de noche, con el ruido del mar enlazado entre las copas de los árboles que dan acceso a La Térmica, con la crónica por escribir y la hora de cierre mirando de reojo, llega una serenidad extraña, una manera de saldar cuentas con los prejuicios y el desánimo, cierta reconciliación con la ciudad y una dimisión del pesimismo. Mientras caminas en silencio y, por una vez, olvidas las ganas de desaparecer.

 

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Libres y solas
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Antonio Javier López | 14-10-2017 | 18:04| 0
Picasso, entre todas las mujeres. Salvador Salas

Picasso, entre todas las mujeres. Salvador Salas

Recuerdo un artículo de Fernando Savater donde contaba el recelo con el que había emprendido la relectura de ‘El miedo a la libertad’. El filósofo podía asumir la vergüenza propia de las novelas y los poemas que le habían fascinado en la juventud y que habían palidecido a los ojos de la madurez, pero le sublevaba que aquello mismo sucediera con ese libro, porque las ideas que allí había dejado escritas el psicólogo alemán Erich Fromm no le habían engatusado la emotividad febril adolescente; muy al contrario, habían echado raíces en su concepción del mundo. Por eso abría de nuevo aquellas páginas con temor y por eso aquel alivio cuando las cerró y volvió a convencerse de la vigencia radical de aquellas hojas donde Fromm explicaba que la libertad es un camino mucho más árido y solitario que la manada, que muchos prefieren la seguridad de la obediencia a la incertidumbre del camino propio, que vivir adocenado es la opción de la inmensa mayoría, aunque esa inmensa mayoría diga, piense y sienta lo contrario en un engaño que le hace más llevadera la tarea de vivir.

Al fin y al cabo, el miedo a la libertad tiene mucho que ver con el miedo a la soledad. Quizá por eso haya venido a la memoria el libro de Fromm estos días, después de ver dos exposiciones recién inauguradas y que giran ambas en torno a mujeres artistas. El Museo Carmen Thyssen ha estrenado ‘Juan Gris, María Blanchard y los cubismos (1916-1927)’ y el proyecto logra de partida algo que muchos dábamos casi por perdido: ganar al Thyssen de Málaga para la causa de la excelencia. Porque este museo nació con fórceps en el calendario y cesárea del presupuesto municipal para ver la luz antes de las elecciones de turno y en sus cinco años de vida ha ofrecido una andadura irregular, errática por momentos, sonrojante incluso en un par de citas de su programa de exposiciones temporales que han hecho un flaquísimo favor a la institución. Ahora se redime con una muestra de modesta elegancia en su exquisito calado intelectual, una propuesta capaz de hacer rumiar a los teóricos y deleitar a los profanos. Se atreve el Thyssen de Málaga a ofrecer un relato propio sobre el cubismo, aquí, en la cuna de Picasso y sin tomar al malagueño como muleta y anzuelo. Revisa el Thyssen un periodo de la Historia del Arte y por el camino reivindica la obra de María Blanchard como una artista visionaria y audaz, espejo en el que se miraron Juan Gris, Manuel Ángeles Ortiz, Jacques Lipchitz, Jean Metzinger, entre otros muchos. Ahora le acompañan en la exposición y a todos le sostiene la mirada el trabajo de Blanchard. Aquí una manera de presentar el trabajo de una autora, en pie de igualdad con sus compañeros varones, tantos años después de haber sido menospreciada y borrada del mapa de la Historia por la falocracia artística, teórica y mercantil. Una mujer sola entre hombres. Así estaba Blanchard en los cafés y los caballetes y así se muestra su obra, libre entre iguales.

‘Somos plenamente libres’ se titula la exposición inaugurada el lunes por el Museo Picasso Málaga a partir de las obras de dieciocho artistas vinculada al surrealismo. El proyecto admite de inicio que los trabajos son «completamente diferentes» entre sí y quizá por ello abdica de la búsqueda de hilos conductores capaces de articular un discurso más allá de la organización de las obras en compartimentos temáticos. Pero más allá de planteamientos formales, de uno de los montajes más bizarros de la historia reciente del Museo Picasso y de la extraordinaria belleza de un buen puñado de sus obras, ‘Somos plenamente libres’ proyecta una notable paradoja entre su título y su tuétano.

Como quien espera ese reproche, los responsables del proyecto defienden la decisión de mostrar sólo la obra de mujeres en el afán de «recuperación» de sus trabajos, al margen de discursos «excluyentes». Es un argumento muy respetable. Ahí va otro, después de barruntar que la elección de mostrar las obras de mujeres artistas sólo con otras mujeres artistas sigue constituyendo un gueto, quizá ampliado, pero todavía un gueto. Al no enfrentar el trabajo de las autoras con el de sus compañeros varones –los mismos que a menudo las vilipendiaron sin desmayo– se coarta la posibilidad de tener ante los ojos cuánto deben aquellos machos a aquellas hembras, cuánto aportaron ellas y cuánto se les ha negado en el relato oficial de la Historia del Arte. Porque la tarea de reunir el trabajo de mujeres fascinantes, capaces de levantar una obra valiosa en medio de la adversidad social, política, económica y artística merecía un planteamiento general de mayor ambición. Porque las artistas, expuestas solas, siguen estando solas.

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La tribu
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Antonio Javier López | 14-10-2017 | 12:03| 0
Miguel Trillo, Asia SXXI

Pequeños roqueros fotografiados por Miguel Trillo.

Siempre vuela de regreso un martes. Mantiene esa decisión con la firmeza de las manías convertidas en método de trabajo a fuerza de verse corroboradas por la experiencia. Porque él no viaja a países, viaja a ciudades. Las playas, los bosques, las postales no le interesan demasiado. Sabe que la vida se da la vuelta en el asfalto los fines de semana, sabe de la melancolía universal de los domingos por la tarde y de la tristeza irremediable de los lunes. Por eso vuela de regreso los martes. Por eso logró aquella foto, la última por ahora, en la que esa chica lo mira como si no lo viera. Fría y ausente como una muñeca de plástico. Lleva en la frente un rulo del pelo como el San Bernardo de los dibujos animados lleva el barrilito bajo el cuello. Otra con pinta rara. Es la gente que le interesa, a la que sigue por la calle sin hablar. Si hablas demasiado, te pierdes la siguiente foto. Así encuentra, por ejemplo, una discoteca en la tercera planta de un edificio en Hong Kong, un club estrafalario y fascinante en una plaza perdida de Seúl. Lugares que no aparecen en las guías de viajes. Tampoco en sus fotos. Porque él retrata a personas. Jóvenes. Siempre jóvenes con pinta rara. Desde los punkis de los 70 hasta las chicas asiáticas transformadas en personajes de ‘anime’ hace unas semanas.

Cuatro décadas detrás de las tribus urbanas en la selva de cemento. Algún día, quizá, esa labor documental y poética le valga a Miguel Trillo el Premio Nacional de Fotografía. Mientras tanto él sigue a lo suyo, con su gorra y su cámara y sus viajes con el vuelo de regreso siempre los martes.

Trillo entrega un trozo de vida en cada proyecto, con la paciencia de un entomólogo que coloca sus piezas con alfileres sobre la pared de museos y centros de arte. Trillo nació en Cádiz, ha cuajado su carrera entre Madrid y Barcelona, pero nunca olvida que se «construyó culturalmente» en Málaga. Por primera vez estrena aquí una serie. En el Rectorado reúne un centenar de retratos de jóvenes serenos y salvajes venidos desde el otro lado del mundo. Defiende Trillo con miles de kilómetros en la mochila que la modernidad asoma por Asia y hasta allí se ha ido en los últimos años. Porque Trillo dedica mucho tiempo a cada proyecto. Ahora anda buceando en la noche de Moscú y la sonrisa que deja escapar cuando lo cuenta promete imágenes, historias, memorables. Porque Trillo construye ficciones a partir de personajes reales. La historia contemporánea escrita en los barrios periféricos, en los chavales que se hacen los duros y en las chicas que no se andan con chiquitas.

El relato de la tribu. Quien resiste, gana. Lo sabe la gente del Ateneo de Málaga, que abre nueva etapa con elecciones a la presidencia después de los ocho años de Diego Rodríguez Vargas al frente de la institución. Su mayor mérito quizá ha sido la propia supervivencia de la entidad. Cuando la vecina Sociedad Económica echaba un triste cierre temporal por falta de dinero, cuando la Junta de Andalucía anudaba el grifo hasta convertirlo en una soga al cuello de la cuenta corriente, los del Ateneo se las han ingeniado para seguir adelante y plantear nuevas propuestas como el ciclo Escena Bruta, el espacio expositivo junto a barra de bar de Frank Rebajes y un nuevo premio teatral. Mucho con muy poco. Y que dure.

En el Ateneo ha encontrado cobijo otra tribu, la Sociedad Fotográfica de Málaga, que muestra allí la exposición antológica de su concurso anual. El colectivo tiene su propia sede desde principios de año sobre el Mercado de la Merced y a pocos metros de allí ha estrenado esta semana una muestra con el trabajo de algunos de sus socios. Más de 130 en menos de cuatro años. Y creciendo. El movimiento fotográfico encuentra en Málaga un terreno abonado y feliz con asociaciones, colectivos y festivales capaces de reunir a miles de personas. Gente al otro lado de la cámara a la que no le suele gustar salir en la foto. Ni hablar demasiado, porque pueden perderse la siguiente foto. Así funciona la tribu. Lo saben por experiencia.

 

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