Diario Sur

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Ruido de fondo
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Antonio Javier López | hace 7 horas| 0

 

Mapa de los sonidos de Málaga.

Era la primera vez que pasábamos tanto tiempo juntos y de aquella semana en Roma a principios de diciembre recuerdo el tiramisú de una pequeña ‘trattoria’ montada en el salón de una casa abierta en una perpendicular a Via Nazionale. Recuerdo el culebrón de época que vimos en italiano un par de noches en la habitación del hotel gracias a la gastroenteritis que nos regaló un perrito caliente comprado en un puesto ambulante en la puerta del Coliseo. Recuerdo los balcones del Trastévere, los puestos de flores en Piazza Navona y, junto a ellos, un tipo con una guitarra, una armónica sostenida en el pecho, unos platillos dorados amarrados a los tobillos y una palabra al final de cada estrofa (¡Tequila!’) que aún hoy nos hace sonreír al evocar aquel momento. De Praga conservo el año y medio de V. bailando entusiasmada junto a un cuarteto de jazz en la Plaza del Reloj. Un meneo de caderas parecido al que le dedica algunos fines de semana al rumano que arrastra un órgano pasado de decibelios por el paseo marítimo del pueblo. Esa sonrisa es más de lo que yo consigo muchos días, así que suelto con gusto unas monedas.

Guardo difusos los museos, confundo los monumentos y olvido los motivos que me llevaron a muchas ciudades que he podido visitar, pero vienen a la memoria sin esfuerzo los platos, las bebidas, la música. Sobre todo la música ambulante. Ahora que lo pienso –es decir, que lo escribo– la música callejera está en muchos de los momentos más felices de mi vida como turista. Y no sólo ahí. También a diario. Llevo la oficina en la mochila y tengo la suerte de montarla a menudo en las calles del Centro Histórico de mi ciudad. Y en medio de la prisa me cruzo a veces con el negro que toca el saxofón en una esquina del palacio de la Aduana, con el trío de cuerdas en la calle Granada, con los guitarristas asomados al Teatro Romano y con los músicos diversos que suelen apostarse entre la calle Larios y la plaza de la Constitución. Y eso ayuda, mucho, a sentir la ciudad como un escenario más llevadero y humano.

Ahora los responsables de las cosas culturales en el Ayuntamiento de la ciudad han decidido poner un poco de orden en la banda sonora callejera. Lo primero que les honra es haberse metido en un jardín que no es el suyo. En realidad, no es de nadie. O de todos, según se mire. Hasta tres delegaciones municipales tienen más competencias en el asunto, pero ahí se han ido los de Cultura. Se fueron, en realidad, hace más de dos años. Y ahí siguen, pese a la seria amenaza de no dejar a casi nadie contento del todo. Porque ahora cualquiera puede instalar el chiringuito en cualquier punto de la ciudad y enfilar su tonada siempre que no moleste al personal. El concepto de molestia es difuso, pero en esa indefinición se mantiene la larga historia de este recorte del mapa y tampoco nos está yendo tan mal del todo.

El lunes aprobaban por unanimidad todos los partidos presentes en el Ayuntamiento una moción para elaborar un mapa con diez calles donde podrán tocar los músicos ambulantes. La propuesta se probaría durante seis meses y descarta el ‘casting’ previo y el carnet necesario que había planteado el gobierno local en el pasado. La iniciativa parece más integradora y abierta; sobre todo, más factible. El portavoz de la asociación de músicos ambulantes –asociarse o morir– saludó el planteamiento, ya que la necesidad de esos permisos cerraría en la práctica la posibilidad de tocar en la calle a los extranjeros de paso por aquí. El argumento también honra a este colectivo.

El Ayuntamiento defendió que la medida tenía el consenso de los vecinos del Centro, pero la asociación de estos residentes lanzaba a última hora del día siguiente un comunicado desmintiendo esa aprobación. Suena a que alguien se ha ido de ligero al presentar ese acuerdo, pero chirría el argumento de los vecinos que coloca la música callejera en la misma línea que la invasión salvaje de las terrazas de los bares, que plantea el mapa de zonas para tocar como un peldaño más en la estrategia de vaciado de residentes del Centro Histórico y que reduce la oferta musical ambulante al disfrute de los turistas.

El Centro tiene muchos asuntos pendientes para ser más habitable; sin embargo, a los que venimos cuadriculados de serie nos cuesta entender que algo ordenado sea peor que algo desordenado. Regular la música en la calle resulta complejo, casi contrario al espíritu de este tipo de actuaciones y, aun así, el proyecto merece una oportunidad. A ver cómo suena.

 

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Tirar cohetes
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Antonio Javier López | 22-04-2017 | 20:08| 0

La Diputación muestra parte de sus fondos de arte contemporáneo. Ñito Salas

A un diputado provincial que debía de estar de lunes le pareció aquella mañana «totalmente inadecuado» que la institución haya comprado varias obras de arte «para que sean almacenadas». Algo así «no tiene ningún sentido» para él. Se ve que alguien le azuzó el micro, o al señor diputado se le calentó la boca, y se vino arriba y pidió «responsabilidades». Y al poco, «incluso la dimisión de quien haya ordenado esa compra». Todos sabemos que la nueva política no se anda con chiquitas en asuntos como este: la adquisición de cuatro obras de arte por valor de 31.000 euros para que ingresen en las colecciones de una institución pública, la Diputación Provincial, a la que sirve el señor diputado que, cuando él llegó, había suspendido este tipo de prácticas porque su situación económica «no era para tirar cohetes».

Desconoce quizá el señor diputado que instituciones como la que sirve para darle trabajo, como el Ayuntamiento del que es concejal, por ejemplo, cuentan con una larga tradición que se remonta más allá del siglo XIX en la compra de obras de artistas de la tierra, como medida de incentivo y apoyo a la creación, sobre todo, cuando los autores son jóvenes, como en este último caso que tanto indigna al señor diputado.

Desconoce, quizá también, el señor diputado que la inmensa mayoría de los grandes museos del mundo apenas pueden exponer una ínfima parte de sus colecciones y que la amplitud y calidad de ese ‘fondo de armario’ les permite tanto organizar exposiciones temporales sobre asuntos o artistas concretos, como realizar préstamos con otras instituciones públicas y privadas que ayuden a establecer una red de contactos de colaboración mutua en el ámbito nacional e internacional.

Desconoce –o no– el señor diputado que las compras de esas cuatro obras de arte por valor de 31.000 euros se realizó a tres galerías de la provincia, las mismas que desde hace tres años ven cerradas las puertas del mayor evento comercial del país dedicado al arte contemporáneo. Y ahora que la ciudad y la provincia marcan paquete museístico, conviene recordar el papel de esas galerías, negocios privados, por supuesto, que ofrecen de manera gratuita a quien quiera pasarse por sus salas exposiciones de artistas que en no pocas ocasiones protagonizan muestras en museos y centros de arte cuya entrada si requiere rascarse el bolsillo.

Puestos a tirar cohetes, ahí van unas preguntas al aire. ¿Habría criticado el señor diputado la compra de libros para bibliotecas públicas? ¿Le habría parecido que «no tiene ningún sentido» dedicar ese dinero a la contratación de compañías de música o teatro para espectáculos de acceso gratuito en los municipios de la provincia? ¿Pediría responsabilidades, incluso la dimisión de quien hubiera destinado esos 31.000 euros a la rehabilitación de un bien del patrimonio histórico de la provincia? Porque, al cabo, lo que hace una institución pública cuando adquiere una obra de arte es apoyar a los creadores y a los galeristas, pero también aumenta su propio patrimonio con piezas que, al pasar el tiempo, suelen incrementar su valor en el mercado.

Ha querido la casualidad que las declaraciones del señor diputado coincidan esta semana con el renacimiento del Certamen de Artes Plásticas de la Fundación Unicaja. Después de siete años, la entidad recupera el concurso y aumenta de 50.000 a 60.000 euros el dinero destinado a la compra de obras de arte. Y puestos a tener que pagar comisiones, duelen un poco menos con la esperanza de que esos euros vayan destinados, al menos en parte, a la contemplación de una fotografía de Alberto García-Álix, de una pieza milimétrica de Elena Asins o de una instalación de Dora García, por citar algunos de los ganadores del concurso de la Fundación Unicaja que hoy figuran en los principales museos del país. Y más allá.

Y más acá, a la adquisición de una obra de arte, como a cualquier iniciativa que se traduzca en desembolso de dinero público, hay que exigirle un procedimiento riguroso, transparente y justificado. Pero plantear de manera genérica como un derroche que una institución pública compre obras de arte retrata más y mejor a quien lo dice que aquello que pretende criticar. El nivel de ese discurso, señor diputado, tampoco está para tirar cohetes.

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A merced
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Antonio Javier López | 12-04-2017 | 18:25| 0

Caseta de la Feria del Libro con barco asomando por la puerta. Ñito Salas

La Feria del Libro se parece cada vez más a un grupo de WhatsApp. Un invento creado para una finalidad concreta, práctica, de pura intendencia con algún ramalazo feliz, pero devenido en un asunto al que cuesta prestar atención durante tanto tiempo, algo de lo que algunos se borrarían si existiera la opción ‘Salir del grupo sin que se note’, como esas parejas mantenidas por la pura inercia de la costumbre. Porque a la Feria del Libro se le ha vuelto a poner cara de sala de cine independiente, de tienda de discos, de pequeña librería, en un alarde metafórico cenizo.

La Feria del Libro parecía remontar el vuelo desde la pista de despegue de la dársena portuaria, desde el barullo feliz traído por el fulgor de la lámina de agua marina y el horizonte despejado del muelle. Quizá la primera sorpresa del Palmeral fue la recuperación de una cita macilenta, la resurrección de un evento desnortado que encontraba en el puerto un amarre con la ciudad, la sombra y la caminata. Una nueva oportunidad para la propia existencia. El sitio también ofrecía la guarida de la extinta Sala Iniciarte para presentaciones y coloquios, la complicidad de los bares a tiro de piedra y caña, así como las diversas opciones de ocio puericultor para sumar a la caseta infantil, sostenida todo este tiempo como el verdadero corazón de la feria.

Tras un par de amagos, desde la Junta de Andalucía han decidido tirar todo eso por la borda. Resulta que hay una agencia que depende de la Consejería de Fomento que el año pasado ya intentó cobrar a los libreros un alquiler por instalarse en un espacio público. Intercedió entonces la Consejería de Cultura y el asunto quedó en el susto. Pero ahora esa misma agencia sale diciendo que las casetas han dejado el suelo hecho unos zorros y que los libreros tienen que aflojar 2.000 euros por los desperfectos. Hay quien dice que para eso están los seguros, pero el seguro dice que toda la solería del Palmeral presenta esos mismos daños y que sólo se hace cargo de su parte contratante. Y en la agencia de la Junta han visto la puerta abierta y sólo han tenido que empujar mientras se encogían de hombros, satisfechos, como quien al fin se quita de en medio un inquilino molesto por poco rentable.

Ahora la Feria del Libro se queda fuera de sitio y de calendario. Pierde el Palmeral y el puente de mayo, también el rebufo de la Noche en Blanco y queda a merced de la Plaza de la Merced, como la feria del libro de ocasión, en otro quiebro ingrato del destino, con las novedades de la industria editorial en el mismo escenario donde los libros se venden al peso, en el sentido literal de la expresión. Hace años, ante las inclemencias del Paseo del Parque, algunos libreros plantearon el traslado a la Merced, entonces surgió la opción del Palmeral y el tiempo y los datos han dado la razón a quienes apostaron por el puerto. Hasta ahora. Porque a la Feria del Libro la han desahuciado de su mejor ubicación en los últimos años por 2.000 euros. Un dato bastante ilustrativo, tanto del vigor del evento, como de la escasa sensibilidad de sus anfitriones, en particular de la llamada Consejería de Cultura.

Algunos libreros de larga tradición en la ciudad y no pocas cadenas de distribución nacionales y foráneas se han ido cayendo de la cita libresca en los últimos tiempos. Tienen sus motivos, algunos más que justificados, y esa tendencia debería mover a la reflexión de quienes se mantienen con pundonor atados al timón de la feria, aunque la nave zozobre de nuevo. A principios de junio será el momento de comprobar si la feria hace aguas lejos del mar; si la ciudad, es decir, nosotros, le damos la espalda como se la dimos a Li-Bri-Tos, a Candilejas, a Rayuela Idiomas. Porque la mera supervivencia de la Feria del Libro, con sus debilidades y mejoras pendientes, ofrece algo más hondo que un tanto por ciento de descuento y la satisfacción de alguna filia mitómana sin demasiados alardes. La Feria del Libro mantiene, al fin y al cabo, la posibilidad de relacionarse con la ciudad de otra manera, la promesa del paseo y la charla, la tentación feliz de dialogar con gente que sabe de lo que vende, aunque los hayan dejado vendidos, a merced de nuestra indolencia y nuestro olvido.

 

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Contra el tiempo
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Antonio Javier López | 07-04-2017 | 19:01| 0

Vila-Matas y Garriga, pensándose si guardar silencio. Álvaro Cabrera

Hay un tailandés que cada vez que pierde el Barça escribe en Twitter ‘A la mierda, Vila-Matas’. Lo escribe en tailandés y el novelista recibe la invectiva con una mezcla de perplejidad y regocijo. Lo cuenta Enrique Vila-Matas en público y a los amigos y ninguno sabe muy bien si se trata de una anécdota real o de una invención gozosa. Sucede algo parecido con muchos de sus libros, con hojas como espejos que proyectan imágenes entre familiares y fantasmagóricas. Un fantasma, un vagabundo, un esqueleto. Esos serían los disfraces que escogería Vila-Matas en una fiesta de Carnaval. Claro que nunca se ha disfrazado, aunque siempre lleve puesta «una máscara».

Lo dijo el martes, en el auditorio del Centro Cultural Provincial María Victoria Atencia, que se vaciaba y se llenaba en un trasvase mágico de gente como aquellos biberones de juguete que hacían desaparecer la leche al volcarlos sobre el boquete redondo en la boca dura de los bebés de plástico. Porque antes del encuentro de Enrique Vila-Matas con José Antonio Garriga Vela organizado por el Aula del Cultura del periódico hubo una charla de Felipe Benítez Reyes, también acompañado por un buen puñado de oyentes. Sesión doble una tarde de primavera con la noche sin cerrar camino de las nueve y casi 20 grados a pie de acera. Y gente, bastante gente, para oír hablar de libros, para comprarlos, incluso, en una mesa plegable con una pila blanca de lomos encuadernados y las bolsas marrones de Proteo. Gente aflojando casi 20 euros para llevarse ‘Mac y su contratiempo’, la nueva novela de Vila-Matas que otra vez no es una novela. Es un ensayo, un libro de cuentos, un diario. Todo y nada. Todo.

Vila-Matas y Garriga sobre el escenario, sentados uno al lado del otro, casi sin mirarse ni saber qué decirse al principio, como dos vecinos de bloque durante años que no están seguros del nombre del otro. Garriga dice que había pensado proponerle a Vila-Matas que se mantuvieran en silencio durante toda la cita. Al fin y al cabo, cuando hablan por teléfono a menudo pasan largo rato en silencio. Quizá como cuando escriben. Pero de a poco van brotando personajes, anécdotas, citas de libros y películas, quién sabe si también inventadas, qué importa, y alguien del público comenta que en Teherán hay un pintor que se llama Vila-Matas, así, con guión, y quiere saber si es familia del escritor o algo. Y Vila-Matas, duda, mira a Garriga, aprieta la sonrisa, se menea en el asiento, afila la mirada y parece encantado con lo que le están contando. Una delicia perversa. Como el tailandés que abre Twitter para escribir en tailandés ‘A la mierda, Vila-Matas’ cada vez que pierde el Barça.

Y pierde el tiempo quien le busque un collar de un sólo género a los libros de Vila-Matas, que está en contra de la idea de que el tiempo mejora cualquier cosa. Porque defiende Vila-Matas que su segundo libro era mejor que el primero, pero que el tercero era un fiasco, el peor entre los suyos. «Sólo tenía una página buena, la primera». Y sonríe Vila-Matas como quien ha hecho las paces con uno mismo y ahora sólo quiere divertirse, aferrado a una pasión tortuosa y radiante. «No sabía que para ser escritor había que escribir», confiesa Vila-Matas. Porque él, en realidad, quería otra cosa: ser Hemingway en París.

Pero ‘París no se acaba nunca’. Y el encuentro sigue su rumbo a una hora poco propicia para la conciliación familiar, pero al cabo de un momento nadie parece tener prisa. Le preguntan al escritor por el arte contemporáneo, por el estado de la novela, por algunos de sus personajes, por el barrio y el colegio. Y Vila-Matas comparte que vivió en La Travesía del Mal y compartió patio del recreo con Eduardo Mendoza en los Maristas. Le dieron el diploma a la constancia y le sentó fatal, así que llegaba tarde a propósito para que no le dieran también el premio a la puntualidad.

Porque Vila-Matas y sus libros, desde ‘Mujer en el espejo contemplando el paisaje’ hasta ‘Mac y su contratiempo’, están en contra del tiempo.

 

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La biznaga
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Antonio Javier López | 31-03-2017 | 21:57| 0

En el primer cajón del mueble bajo y parado junto a la mesa del periódico han ido cayendo los cordones que sostenían las acreditaciones para cubrir el Festival de Málaga. Cintas negras, rojas y blancas enredadas como las anécdotas, los recuerdos y las nostalgias, sobre todo la de aquel año en el que, si llevabas colgando el escapulario en la zona de prensa, te daban gratis un café y un donut de marca Donut. El que quisieras.

El paso del tiempo ha traído cierta perspectiva como para caer en la cuenta de que en la edición del festival que terminó hace una semana apenas había chillerío adolescente aferrado a las vallas custodias del Teatro Cervantes y del Málaga Palacio. Y la imagen, o su ausencia, quizá sirva para ilustrar un estado más amplio y generalizado del festival, un tránsito sereno en su propuesta desde la gente que tenía cosas que enseñar hasta la gente que tenía cosas que decir. Sin ir más lejos en la hoja del calendario, la sección oficial –escaparate para bien y para mal de lo mucho que se proyecta en la programación del certamen– ha dejado este año un puñado de películas de las de asentir en silencio cuando aparecen en la pantalla los títulos de crédito.

Y mira que no le ha sobrado crédito al festival, ni en los euros ni en los afectos de cierta nomenclatura de la escena cultural de la ciudad instalada en el rajar por rajar de la cita cinéfila. El festival tiene muchos aspectos que mejorar (que vuelvan los donuts, por ejemplo), pero ese espíritu crítico debería ser también ecuánime a la hora de valorar una iniciativa que ha cumplido dos décadas asentada en la agenda cultural, social y económica de la ciudad. Y más allá.

Hay hoteles que adelantan su temporada alta –y sus contrataciones– varias semanas a cuenta del festival y sus invitados. Hay terrazas y bares que siguen frotándose las manos y las cuentas días después de que se hayan apagado las luces de los proyectores. Hay colas en el Albéniz cada tarde de festival para ver películas en una pantalla como manda el dios del cine. Hay una red de empresas malagueñas y andaluzas –modestas en la mayoría de los casos– vinculadas al sector audiovisual nacidas, crecidas y proyectadas al calor del festival.

Hay este año dos producciones en la sección oficial, varios documentales entre los pases especiales y un buen puñado de cortometrajes realizados en Málaga que encuentran en el festival una plataforma para la difusión que sirve de ejemplo y aliento para muchos que vienen detrás. Hay en el festival una oportunidad para la autoestima gregaria, para recordar que aquí y desde aquí se pueden facturar proyectos audiovisuales dignos de ser tenidos en cuenta.

Hay también datos fríos para justificar la calidez hacia el festival. Con menos pases que el año pasado, el certamen aumenta la presencia de público y la recaudación en taquilla. Realiza en la ciudad un gasto directo de casi 1,4 millones de euros, mientras recibe del Ayuntamiento 1,77 millones para su realización. Hasta 77 personas han encontrado un trabajo estos días a cuenta del festival y los hoteles de la capital han registrado una ocupación del 95%. Para la Semana Santa esperan rozar el 90%. Y antes de todo lo anterior, el certamen había promovido una nueva edición del ciclo Málaga de Festival (MaF) con su chorreo gozoso de 156 actividades –la inmensa mayoría, gratuitas– en apenas tres semanas.

Casi cualquiera por aquí con la mitad de esos datos montaría una rueda de prensa para sacar pecho estadístico en la foto. El festival mandó una nota huérfana de adjetivos, con una contención retórica ilustrativa de su manera de manejarse en estos últimos años, de su eficaz elegancia. Ahí está su premio, una biznaga. Una flor que no es una flor. Un puñado de jazmines injertados en un tallo enjuto, una obra de ingeniería milenaria, sabia en su modestia, mejorada con paciencia y callo. Una metáfora del festival. Fin.

 

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Veo Veo
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Antonio Javier López | 10-03-2017 | 20:28| 0

 

Acrobacias a la puerta del Ayuntamiento en una 'manifa' pro La Invisible. Ñito Salas

Los pasillos interiores de la primera planta del Ayuntamiento de Málaga están decorados con una nutrida cuadrícula de lienzos del mismo tamaño con retratos de los alcaldes de la historia reciente de la ciudad. La galería entretiene los ratos muertos entre citas o comparecencias públicas, pero además sirve para elucubrar algunas teorías a cuento del telón de fondo escogido en los casos más recientes. Hasta entonces predominaba el segundo plano neutro, sin distracciones, mantenido hasta los semblantes de Antonio Gutiérrez Mata, Cayetano Utrera Ravassa y Luis Merino Bayona.

Cambió la tendencia, como en tantos otros frentes, Pedro Aparicio. La idea consistía en resumir el mandato con algunos logros, hitos significativos de su periodo al mando de la urbe. Aparicio posa con un ejemplar en la manos de la ‘Lex Flavia Malacitana’, la carta fundacional de la ciudad en época romana, y la fachada del Teatro Cervantes a su espalda. Ambas elecciones resultan ilustrativas de su querencia por el mundo clásico y su amor por la música. Su sucesora en el cargo pasa a la posteridad pictórica junto a un túnel, un museo a la deriva –se ha vuelto a recordar esta semana– y la molicie de La Coracha. Quizá no tenía mucho más donde elegir. Todo lo contrario que el actual alcalde: la calle Larios peatonal, la nueva Alcazabilla (con cuidado de que no salga el Astoria) y el Cubo de colores del Pompidou parecen buenas opciones. Ahí va otra: La Casa Invisible.

Pocas imágenes como La Casa Invisible sintetizan el manual de estilo del regidor cuando ha surgido un asunto espinoso: el metro, los Baños del Carmen, su propia retirada o no. Hablamos de cuatro décadas en el ring político con un KO (puede que dos) y el título mantenido con un reguero de victorias a los puntos y combates nulos. Juego de pies verbal para decir una cosa y la contraria, mítico poder encajador y una férrea creencia en la capacidad de ganar por agotamiento –o aburrimiento– del rival. Ahí están los belicosos okupas de un inmueble municipal cuya expropiación ha costado más de tres millones de euros sin saber muy bien cómo hincarle el diente a semejante hueso.

La Casa Invisible cumplía el viernes diez años y la sensación es que podría cumplir otros diez sin que se tomasen las decisiones indispensables para resolver su situación legal, sea en la dirección que sea. Por no tomar decisiones, ni siquiera se vela por el cumplimiento del cierre cautelar del edificio decretado hace más de dos años y todavía en vigor. Es decir, se supone que desde el 23 de diciembre de 2014, la entrada al inmueble está prohibida por la autoridad municipal, pero la autoridad municipal no hace nada para que allí se dejen de celebrar actos y reuniones de manera continuada, hasta el punto de que varias celebraciones de su décimo aniversario se han organizado no ya en el patio exterior rehabilitado, sino dentro del propio edificio.

Quién sabe si la ha copiado del líder del partido o si este la ha asumido ante la efectividad con que se aplica en la principal capital de provincia donde mantienen el poder, pero el oficio de oír llover ante los asuntos polémicos ha demostrado una magnífica efectividad sólo al alcance de quien pueda mantenerse con férrea determinación en la capacidad de indefinirse. Porque primero amagaron con el desalojo forzoso, apaciguaron los ánimos, estudiaron la cesión directa, luego un concurso, pidieron papeles, después modificaciones, abrieron un periodo de negociaciones y así pueden seguir hasta el infinito y más allá. Lo han demostrado.

Saben que el tiempo juega a favor de la modorra y el olvido, que el conflicto se ha convertido en algo manso, manejable, que ha dejado de ser una piedra en el zapato para convertirse en un chicle pegado a la suela. No molesta para seguir adelante, apenas chasquea a cada paso. Sólo hay que acostumbrarse. Y en ocasiones, incluso encuentran tiempo para el humor. Para elevar una estatua que presenta a un artista indómito, al gran revolucionario del arte de los cuatro últimos siglos, como un abuelito en babuchas que da la espalda a su Casa Natal. Para hacer de uno de sus mayores motivos de sonrojo (Tabacalera) una de las portadas luminosas de su recinto ferial en agosto. Para mantener un frente abierto durante una década llamado La Casa Invisible y gestionarlo jugando al Veo Veo.

 

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El síndrome del hámster
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Antonio Javier López | 04-03-2017 | 09:43| 0

Florencia Rojas levanta un búnker en Bellas Artes. Ñito Salas

El día después de la muerte de Manolo Becerra lloré en el cuarto de baño del apartamento el gol de chilena que Baptista le metió al Getafe en La Rosaleda y que puso al Málaga como líder de la Liga. El día después de la muerte de Manolo Becerra, Ana Barreales publicó un tuit diciendo que tragos como ese te hacen recordar que tus compañeros de trabajo son a veces también tu familia. El día después de la muerte de Manolo Becerra creo que fue el último día que lloré por un compañero que también siento como parte de mi familia. La vez anterior fue en el coche, camino de casa, a la altura de la fábrica de La Araña, la noche que Elena de Miguel nos dijo a la entrada de la Redacción que cambiaba de periódico y de ciudad. Me alegré por ella, lo sentí por mí y como buen varón egoísta lo segundo me importó mucho más que lo primero. Y me dio por piantar un lagrimón, qué pasa. Antes que Ana, Elena había sido mi jefa. Ella y otros jefes tuvieron la ocurrencia, hace ya mucho tiempo, de ponerme con veintimuypocos años al frente del nuevo suplemento de economía creado por el periódico. Y ahí sigue el invento.

Recuerdo las semanas previas y posteriores al lanzamiento de aquellas páginas en salmón como uno de los momentos más intensos, agotadores y felices de mi vida en el periódico. Creo que fue en aquellos días cuando Elena, en uno de sus fogonazos de genialidad irremediable, soltó que íbamos a ser víctimas del Síndrome del Hámster: todo el día corriendo sin cambiar el sitio, haciendo girar la rueda cada vez a mayor velocidad, entregados con fervor a nuestra frenética inmovilidad. La imagen me ha venido a la cabeza esta semana blanca de pie cambiado en el calendario, con el miércoles como un lunes para algunos suertudos y el jueves ahí en medio. Pensaba en el hámster justo el jueves y asimilaba esa imagen con quienes intentan llevar el ritmo de la agenda cultural de la ciudad.

Porque ese día, el saxofonista Eric Alexander daba un concierto gratuito cuatro meses después de ser cabeza de cartel en el Festival de Jazz de Málaga con entradas a 20 euros en el Cervantes. También ese día el cine Albéniz reponía ‘La reconquista’ de Jonás Trueba, seguida de un concierto de Rafael Berrio y de un coloquio posterior entre ambos. Todo gratis. El jueves también se estrenaban dos exposiciones pintosas: ‘Luna-Lager Bunker’ de Florencia Rojas en la Facultad de Bellas Artes y ‘Los coños de Bigas Luna’ en La Casa Amarilla. El jueves, el gran Manolo Bellido regalaba una conferencia sobre el cine y la Costa del Sol. El jueves Luis Mendo, Gonzalo García Pelayo y Fernando Lucini hablaba sobre Luis Eduardo Aute en el Centro Cultural Provincial; Ángela González ofrecía un concierto en el AC Málaga Palacio y Luis Puelles, Isabel Garnelo y Juan Antonio Sánchez López charlaban sobre cine y surrealismo en el Espacio Cienfuegos. El jueves por la tarde se proyectaba, gratis, como todo lo anterior, ‘El Mago de Oz’ en la Biblioteca Dámaso Alonso de Ciudad Jardín, demostrando que los barrios también existen.

Salvo el concierto de jazz, toda la retahíla anterior viene a cuento del ciclo Málaga de Festival (MaF) previo a la celebración del festival de cine presentado esta semana. Y el asunto me confirma una idea que ando barruntando: las instituciones, los proyectos, se mimetizan con quienes los llevan a cabo. Por eso el gozoso aluvión del MaF, sostenido durante varias semanas y llevado a casi toda la ciudad, rezuma la inteligencia y el buen gusto, el sentido y la sensibilidad de su principal hacedora, Cristina Consuegra. Hace un año ya le echamos piropos por aquí y parecía excesivo repetirse, pero ante la cantidad y la calidad de lo propuesto en el MaF –lo del jueves fue sólo una muestra–, casi no queda más remedio.

Un remedio, una cura, una prisión. Una cama rodeada de aves disecadas y dos esgrimistas lanzando trinos de mirlo en ‘Donde mueren los pájaros’, el proyecto de David Escalona y Chantal Maillard entre la poesía y el arte. Difícil volar más alto que ellos. La exposición se inauguraba el jueves en el Hospital Real de Granada. El edificio de los locos, de los huérfanos y de los enfermos convertido en un refugio para la belleza. El lugar para la convalecencia encuentra en la palabra un apósito para los males del alma.  Porque desde el viejo hospital llega el eco de aquella frase de Chantal: «A veces el combate es una manera de amarnos». Y parece que habla de nosotros, de nuestra pelea, de nuestra rueda, de nuestra prisa, de nuestra jaula que tanto amamos.

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Taifas
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Antonio Javier López | 25-02-2017 | 23:08| 0

'Kandinsky y Rusia', recién llegada a Tabacalera. Salvador Salas

Un ejemplo de cómo se las gastan en la Fundación Juan March: los catálogos de las 194 exposiciones que han organizado desde 1973 pueden consultarse y descargarse de manera gratuita –y legal– desde su página web. La fundación promovió hace casi 40 años la primera muestra en España sobre Kandinsky, así que su dirección en Internet ha estado en la carpeta de Favoritos durante las últimas semanas en el entrenamiento previo a la inauguración de ‘Kandinsky y Rusia’ en Tabacalera. Uno de esos textos lleva firma del historiador Valeriano Bozal y relata algo muy similar a la tesis esencial del nuevo proyecto del Museo Ruso: el viaje de Kandinsky desde la tradición hacia la vanguardia.

Bozal menciona algunas obras que considera cruciales en ese proceso, hasta el punto de protagonizar casi todas las ilustraciones de su escrito: ‘Túnez-La Bahía’ (1905), ‘Primera acuarela abstracta’ (1910), ‘Impresión II (Concierto)’ (1911), ‘Pintura con arco negro’ (1912), ‘Pintura sobre fondo claro’ (1916) y ‘En el gris’ (1919). Todas tienen algo en común: forman parte de las colecciones del Centro Georges Pompidou de París. De hecho, el museo galo cuenta con 128 pinturas, 487 grabados y 1.036 dibujos de Kandinsky. De hecho, el extraordinario centro de documentación del centro parisino se llama ‘Biblioteca Kandinsky’.

‘Kandinsky y Rusia’ es una buena exposición. Muy buena, por momentos. Pero cabe preguntarse: ¿qué proyecto podría haber ofrecido la ciudad si hubiese contado con los recursos de los dos museos que han instalado aquí sus franquicias? Quizá el tipo de propuesta cuya verdadera excelencia sea capaz de marcar una diferencia real entre el ruido artístico planetario, con cuidades y museos lanzados en busca de focos, ‘likes’ y visitantes con divisas.

El Ayuntamiento buscó y encontró al Pompidou y al Museo de San Petersburgo para abrir dos nuevos museos deprisa y corriendo, creó una agencia municipal para dar cobertura administrativa a ambos proyectos, por el camino arrinconó a la Casa Natal de Picasso y hasta la fecha no hay noticias de las «sinergias» entre ambos desembarcos que se anunciaron como parte del argumentario para justificar estas iniciativas. Por el momento el asunto sirve, al contrario, para ilustrar la querencia local a que cada uno haga la guerra por su cuenta.

En descargo de los promotores de las filiales puede decirse que aún es pronto, que los nuevos museos llevan menos de dos años abiertos, que hay tiempo. Y puede ser. Al fin y al cabo, en la ciudad conviven desde hace 14 años el Museo Picasso y la Casa Natal del artista y, hasta la fecha, ambas instituciones han sido incapaces de ofrecer un proyecto conjunto de auténtico calado. Ambos reinos de taifas tienen sus fronteras marcadas por los políticos de distintos partidos gobernantes en la Junta de Andalucía y en el Ayuntamiento y, por extensión, en el museo y en la casa. Parece que mientras no se alineen los votos (o los pactos) no lo harán del todo los esfuerzos y las propuestas.

El caso del Pompidou y del Museo Ruso parece más difícil de explicar. O más simple. Ambos han sido promovidos por el Ayuntamiento y conviven en la misma agencia municipal, pero apenas parecen tocarse. Reclamar que el esfuerzo de la ciudad para sostener ambas filiales se traduzca en proyectos conjuntos puede parecer ilusorio o una reclamación tan ambiciosa como pertinente si en rigor se aspira a la excelencia pregonada. Y quizá no se han puesto a ello por algo muy sencillo y muy triste: la armazón que improvisaron para levantar esos museos apenas puede soportar más carga, ya tiene bastante con mantenerse en pie. Porque el Pompidou y el Ruso comparten en Málaga una estructura más que mejorable para atender el devenir de dos equipamientos a los que se les presupone una ambición y un grado de calidad mucho mayores a los recursos reales con los que cuentan para lograrlos. Al fin y al cabo, hablamos de una entidad que mantiene para tres museos casi el mismo personal de la Casa Natal (17 personas), al que han ido añadiendo la inmensa mayoría de los servicios a través de diferentes empresas subcontratadas. Más taifas. Donde antes había la gestión de un espacio, ahora hay tres. Pero quienes mandan en el Ayuntamiento parecen haber olvidado algo tan simple como extendido en los despachos: poner a alguien a hacer tres cosas a la vez suele ser la mejor manera de que ninguna salga bien del todo.

Y así, después de casi tres décadas gestionando equipamientos artísticos y de participar en hasta diez museos o similares, el Ayuntamiento aún no ha encontrado, por ejemplo, la fórmula para centralizar la gestión de servicios comunes a esos equipamientos como la seguridad, los transportes o la atención en sala. Ese era el plan de la agencia municipal que maneja el Pompidou, el Museo Ruso y la Casa Natal: ir incorporando con el tiempo nuevos espacios y, por el camino, ahorrar costes y ganar poder de negociación para contratos y proyectos. Pero cada museo municipal es de su padre y de su madre. Tiene su negociado, su propio reino de taifas.

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Labra perfida
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Antonio Javier López | 17-02-2017 | 19:49| 0

Las esculturas de Victoria Maldonado, sobre la cama de Casa Sostoa. Álvaro Cabrera

Hay una sombra de hollín en el suelo con los restos de una moto quemada. Alguien recuerda la decisión que tomaron hace décadas algunos vecinos de Kreuzberg, el antiguo barrio turco en el Berlín oriental, después de la reunificación alemana, cuando aquellas calles se convirtieron en la zona de moda por sus alquileres baratos y su extensa oferta cultural: cada poco tiempo le prendían fuego a un vehículo abandonado en la calle para ofrecer una imagen de conflictividad social que no se correspondía con la realidad, pero que alejaba por un tiempo a inversores y especuladores inmobiliarios.

Esa mancha oscura como un beso en la boca está más cerca, a sólo unos pasos del estudio de Los Interventores, que estos días muestran el proyecto de Victoria Maldonado titulado ‘Labra perfida’, que quiere decir ‘labios pérfidos’ en latín. Seis grabados metidos en una caja de madera de pino cubierta por dos tapas de cartón reciclado, tachonado con cuatro tornillos plateados como las placas que bautizan las calles y las lápidas de algunos cementerios. Un libro de artista que es una delicia maravillosa. Los Interventores son Alfonso Silva y Javier Hirschfeld y ambos han llevado hasta el papel las esculturas que Victoria presentó hace un año en Casa Sostoa. Victoria cuaja sus pequeñas esculturas metiendo un trozo de tela cosida en porcelana a 1.200 grados. El resultado es una serie de siluetas blancas que recuerdan a esqueletos de animales imposibles y frágiles, a pañuelos de papel tirados sobre la cama en un escorzo cuajado de lágrimas, de fluidos más densos si acompaña un poco la suerte.

Los Interventores se mudaron hace no tanto al estudio que antes ocupaba el Espacio Cienfuegos, cuyo nombre viene de ese pasaje a la espalda de la plaza de La Merced. Los de Cienfuegos se fueron a El Molinillo, el local lo ocuparon durante unos meses Los Interventores, que tras el verano se movieron a la calle Vital Aza, más adentro del corazón de Lagunillas. Y esa franja de casas y gratifis, de orgullo y prejuicios entre la Victoria y El Ejido se parece cada vez más a la primera línea de la novela ‘El amante’ de Marguerite Duras, donde la protagonista confiesa aquello de «muy pronto en mi vida fue demasiado tarde».

Muy pronto se ha puesto de moda Lagunillas para que los edificios cambien de manos y los alquileres, de precios. La cochambre y el olvido acampan en solares abandonados entre inmuebles convertidos en ‘bed and breakfast’, que son las pensiones de toda la vida, pero con ambiente cuqui, muebles de Ikea y desayuno ecológico. La presión inmobiliaria supone ya una amenaza real para los artistas y colectivos que con su actividad han intentado sacar del coma a esta zona de la ciudad dejada a su suerte por las instituciones públicas durante décadas. Habrá quien vea en la llegada al barrio de inversiones una señal de recuperación, de progreso, de futuro. Vale. Pero si esos negocios no van acompañados de equipamientos, servicios y acciones encaminadas a repoblar la zona a través de alquileres sociales e incentivos fiscales, ese futuro del que hablan será un futuro de recepcionistas, lavanderos y camareros para los turistas que se alojarán allí unos días, harán la compra en el ‘chino’ de la esquina y después se irán por donde han venido.

El plan parece cada vez más claro y extendido en el mapa y lo quieren con papeles, que el centro de la ciudad deje de ser ‘zona residencial’ para convertirlo en ‘zona turística’, vaciarlo de vecinos y negocios locales, cerrar al tráfico las calles para dejar sitio a las mesas y las sillas de las terrazas. No quieren comercios, quieren bares. Lo han demostrado muy cerca de Lagunillas, en el Mercado de La Merced, con los tenderos arrinconados por el postureo gourmet. Vendieron un Mercado de San Antón en La Merced, un Fuencarral en Galerías Goya y un Soho en el ensanche del puerto. Y esos espejos devuelven un reflejo poco favorecedor para sus pretensiones, una triste imagen deformada de sus intentos de apropiación de modelos ajenos, tomados a falta de la capacidad y el talento necesarios para crear –o al menos favorecer– una identidad propia.

Algo de eso despuntaba en Lagunillas. Ahora han llegado los focos, los suplementos de tendencias, la amenaza de la especulación, oscura como la sombra de una moto quemada, como unos labios pérfidos.

 

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Málaga, 951
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Antonio Javier López | 10-02-2017 | 21:28| 0

Una muñeca y una caña de azúcar. 'La Desbandá', cuando fuimos refugiados. Norman Bethune

Raúl, de 2ºA, ha hecho algo que se parece a una mujer con un hato enorme. Lola comparte clase y fascinación con Raúl por la pesada carga asignada a su figura de plastilina. La vida entera metida en una manta cerrada con un lazo de cuerda, llevada al hombro, con suerte, a lomos de un rucho. Adriana ha preferido poner a una madre con dos bebés de ojos como huevos fritos metidos en cestos, cruzando un río cian. La clase entera de 5ºA ha dejado bien clara la firma en su mural de cartulina. Sombras negras, llamaradas y aviones. Los niños de cinco años han recreado la huida con personajes de Playmobil y los mayores han cogido los teléfonos móviles para grabar a sus abuelos, luego se han descargado una aplicación para montar las imágenes junto a otras de aquella desesperación y el resultado deja sentado de culo a más de un licenciado en Comunicación Audiovisual.

Todo eso compone la fase final, la excusa casi, de ‘Málaga-Guernica 951’, el proyecto que los artistas Rogelio López Cuenca y Elo Vega han desarrollado durante las últimas semanas en el Colegio Nuestra Señora de la Candelaria de Benagalbón. Y decir colegio, así, a secas, es quedarse un poco corto. Porque allí dan la bienvenida las gallinas, hay un comedor con cocina propia de productos ecológicos –hoy toca gazpachuelo– y en las paredes queda poco del verde desvaído de los azulejos que alguien escogió para que los colegios parecieran piscinas vacías con la vida comida por el sol. Aquí hay figuras colgadas del techo, un millón de carteles con mensajes y algunas de las obras de los artistas que han pasado por la sala de exposiciones Robert Harvey, la misma donde acaban de estrenar ‘Málaga-Guernica 951’ como parte del temario de la asignatura de aprender a mirar el mundo.

Porque algunos pensaban que aquello iba sobre los hombre que pegan a las mujeres. Al fin y al cabo ellas aparecen siempre tristes y ellos, cabreados, a veces con armas. Otros han preguntado qué es una dictadura. A todos les han planteado qué se llevarían de casa si tuvieran que salir con lo puesto, en medio de la noche, como hicieron muchos de sus abuelos hace 80 años. Todos se acordaron de sus mascotas y de sus padres y hermanos, algunos añadieron la ‘tablet’ y la consola y hubo quien no se olvidó de echar dinero, por si acaso.

‘Málaga-Guernica 951’ habla sobre la diferencia entre dos dramas ocurridos con un par de meses de diferencia y esos kilómetros (951) de distancia. Aunque hay separaciones más amplias y profundas, las que van de un crimen olvidado a un icono planetario por obra y gracia de un cuadro convertido en fetiche. Porque Guernica es, sobre todo, el ‘Guernica’ de Picasso, al menos para la inmensa mayoría de la humanidad, mientras el éxodo de la carretera de Almería que esta semana ha cumplido ocho décadas apenas era conocido hasta hace quince años.

Y no se trata de medir la tragedia al peso de los muertos, aunque tampoco haya que olvidar algunos raseros, por la perspectiva y eso: los casi 300 fallecidos en el bombardeo de Guernica frente a los caídos en ‘La Desbandá’ (entre tres mil y cinco mil); los más de 150.000 desplazados atacados por tierra, mar y aire; el primer gran éxodo del siglo pasado en Europa; la caída de Málaga como el principio del fin de la República; la brutal carga histórica, simbólica y humanitaria de un drama olvidado por la callada vergüenza en ambos bandos: la de quienes tiraron las bombas y la de quienes abandonaron a su suerte a miles de civiles indefensos. Pero de un lado hay un cuadro famoso, un becerro de oro por el que se pelean los grandes museos del mundo. Y del otro, apenas un puñado de fotos cuarteadas y borrosas.

Y ahora que el utilitarismo salvaje amenaza la enseñanza de las Humanidades, a ninguno de los lujosos museos de la capital; a ninguna institución local, provincial o regional; a ninguno de esos gestores culturales a sueldo del presupuesto público se les ha pasado por la cabeza traer hasta el presente, desde la reflexión artística y la pertinencia pedagógica, aquella huida de nuestros abuelos que precedió a la destrucción de Guernica y a la actual crisis humanitaria de los migrantes.

Ha tenido que ser un pequeño colegio de Benagalbón el que nos recuerde que el arte, la lectura, la creación en comunidad y diálogo todavía nos ayudan a entender el mundo, a que el pasado no se repita en el futuro, aunque el presente nos tenga en vilo.

 

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