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¿Y esto qué es?

2009 junio 21
por AntonioJavierLopez

La culpa la tiene Duchamp. No sólo él, pero sobre todo él. Sus mujeres desnudas jugando al ajedrez, su urinario levantado como una fuente, su bicicleta rodando sobre un taburete. Entrar en un museo, mirar a los lados y preguntar: «¿Y esto qué es?». Arte conceptual. Ya lo decía aquel personaje de ‘Airbag’: «El ‘conceto’, eso es lo importante». Y así, desde Duchamp, el arte contemporáneo deriva en un asunto alejado del común de los mortales, reservado para iniciados, gente fina o sólo ‘snobs’, según se mire. Y los que miran estupefactos se acuerdan del trabajo de clase de su sobrino el pequeño, de los dibujos del hijo de una prima lejana, de las catedrales de Lego que hace mi niño. Esto lo hace mi niño. Igual sí.

Otra cosa es bucear. Intentarlo al menos. Llegar desprovisto de prejuicios a las instalaciones de Jack Pierson. La crítica ha situado a este norteamericano pelirrojo y simpático en el Parnaso del arte actual, que queda muy lejos de aquí. O no. En el CAC, más o menos. Allí, Pierson ha clavado sus letras de colores. Piezas de letreros. Los restos del naufragio de bares, clubes y hoteles de mala muerte. Una resurrección. Arte con palabras. También para quienes no saben lo que dicen. ¿Y esto qué es? Pierson sube los hombros y sonríe. Ya no es aquel chico atormentado que fotografiaba a muchachos desnudos, desiertos urbanos, paisajes después de la batalla del cemento y el humo. Ahora en sus obras saltan los colores, las exclamaciones, los trazos que no son nada, sólo siluetas. Un juego. Le basta con que el espectador diga ‘¡Eh, qué bonito!’. Una emoción. Cosa de niños.

Como quien mira la noche de verano desde la Alcazaba. El Ayuntamiento se ha encontrado una actividad demandada, lucida y barata. Es lo que tiene la Noche en Blanco: donde menos te lo esperas salta la liebre cultural. El monumento ha vivido durante años entre la indiferencia general y ahora, de pronto, sus conciudadanos guardan religiosa cola para entrar. Sólo si es de noche. En fin. La plataforma por la capitalidad cultural organiza nuevos paseos noctámbulos y el Ayuntamiento toma nota. Hace bien. Cuesta poco y luce mucho.

Aunque, para barata y lucida, la exposición de Julio González en la Casa Natal. Gastarse casi tres millones de euros en un cuaderno con bocetos de ‘Las señoritas de Avignon’ resulta cuestionable, pero es cierto que piezas como esa abren puertas. Las del IVAM, por ejemplo. La fundación le dejó el cuaderno y ahora, como pago, desde Valencia vienen 52 obras del escultor. Una delicia. El hijo del herrero, el forjador transmutado en artista casi a los 50. Ahora, a los treinta y tantos son ídolos. Semidioses. Como Pierson. Y de nuevo Duchamp: «Me temo que en arte soy agnóstico». Amén.

Foto: Antonio Salas.