En el último minuto
Aunque los más modernos del lugar se nieguen a reconocerlo –incluso bajo la más estricta tortura– escuchar a volapié alguna estrofa suelta de ‘Rocío’, ‘Tatuaje’ o ‘Y sin embargo te quiero’ equivale para muchos de los que nacimos en los 70 a un billete de ida a nuestra primera infancia. A las radios de nuestras abuelas, al regazo de nuestras madres, al tarareo de la señora que venía a casa un par de veces por semana para echar una mano con las tareas domésticas. Quizá por eso, existe para muchos de nosotros una vara de medir inconsciente. Un termómetro musical que, al hilo de la capitalidad cultural, podría entonar ‘En el último minuto’ de León y Solano.
El asunto se pierde en la noche de los tiempos en que regía Celia Villalobos. Comenzaba entonces este soniquete. Ha pasado más de una década. Y sin embargo, a menos de cinco meses para que expire el plazo de presentación de las candidaturas, todavía no se ha constituido la fundación que debe auspiciar la redacción de ese documento. Se trata de un texto básico, cierto, una declaración de intenciones, de acuerdo, lo importante llegará más adelante, perfecto. O no. Porque en julio se concreta la primera criba de ciudades y caer en ese punto (Dios y el Gobierno no lo quieran) sería inasumible. Casi inexplicable después de tanto tiempo con la matraca de la capitalidad cultural. Y pese a todo, quizá lo peor sería tener que darle la razón a los agoreros. Los descreídos.
Pero en el Ayuntamiento giran la tortilla. Resulta que el último minuto es, en realidad, la estrategia, el ardid para no dar pistas y sorprender a los adversarios. Como argumento resulta un poco enclenque. Además, esa táctica no zanja la principal carencia que arrastra el proyecto: la fallida (o al menos insuficiente) manera de comunicarlo. Los implicados reiteran la importancia de la movilización cívica, pero nadie le explica a esos mismos ciudadanos, de forma clara e inequívoca, qué es, para qué sirve y qué ventajas traería el reconocimiento europeo.
El Ayuntamiento ha vuelto a patinar en la pista comunicacional. En esta ocasión, a cuento del nombramiento del presidente de la fundación capitalina. A la tercera ha ido la vencida. Primero sonó para el puesto el director del PTA Felipe Romera, luego emitieron un comunicado oficial para decir que se lo habían ofrecido a Salvador Moreno Peralta y, al final, el cargo ha recaído en el empresario Juan López Cohard. Tres candidatos irreprochables. Pero la manera de gestionar la designación deja mucho que desear. Primero se filtraron las ofertas a Romera y Moreno Peralta y luego, tras la negativa de ambos por diferentes motivos (decisiones que, por lógica, también trascendieron), el entuerto se resolvió en apenas una tarde. Nada de eso quita para que Juan López Cohard resulte un presidente impecable. Como Romera o Moreno Peralta; sin embargo, la forma de proceder del Ayuntamiento deja una imagen de improvisación que no favorece demasiado a la fundación y, por ende, a toda la candidatura.
Dejamos la capitalidad, que a este paso de tecla se va a ‘comer’ la media página. Unas líneas para celebrar la resurrección del Museo de Málaga, mudado al Palacio Episcopal. Allí han colgado la ‘Anatomía del corazón’ de Simonet. Vayan a verlo. Por el cuadro y por lo que representa: la lucha de la ciudad por la Aduana como espacio cultural (por cierto, ahí tienen un buen ejemplo de participación ciudadana).
También apuntamos la exposición de Gutiérrez Solana que la Fundación Mapfre traerá en junio a la Casa Natal. La alianza del centro municipal con la entidad privada sigue dando frutos jugosos. Hace un año llegaron los lienzos luminosos de Vázquez Díaz. Ahora el péndulo oscila hacia el tenebrismo de Solana. Dos nombres con tirón. Dos ejemplos de que hay vida más allá de la banca a la hora de buscar el cobijo del patrocinio privado en medio del erial presupuestario. «Y de pronto, y de pronto en el último minuto / Apunto… / A punto de vestirme en negro luto / te vi llegar feliz un mediodía / y el otoño sin rosas de mi espera / se convirtió en ‘floría’ primavera…» que decía la copla.

