Diario Sur

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Uno
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Antonio Javier López | 08-11-2014 | 15:44

El camarero italiano hablaba por los codos en español y lucía una chapa en inglés donde se leía ‘No soy Larry Gagosian’. No quería parecerse al influyente y multimillonario galerista capaz de entronizar a cualquiera. No lo necesitaba. «¿Para qué? Mírame aquí». Y había que darle la razón aquella noche de primavera cenando en el Mum’s de Sagres con amigos y cócteles de tequila, sólo unas horas antes de saber que nuestra vida cambiaría para siempre. Pedí a Nuria que pusiera el móvil en alto para tanguear con Shazam qué música sonaba de fondo: Andrea Motis con Joan Chamorro, ‘Chega de Saudade’. Para mí la felicidad suena muy parecida a eso desde entonces. Regalé aquel disco a mi tío Paco unos meses después. Almorzábamos en el restaurante Óleo de CAC Málaga y le conté la historia de aquel hallazgo. Descubrí entonces que Andrea Motis era la chica de la que me había hablado mi tío tiempo atrás en aquel concierto que me perdí en el Portón del Jazz de Alhaurín donde le había metido mano y trompeta a temas de Chet Baker o Billie Hollyday con pasmosa brillantez. Desde entonces consulto su web a cada rato para ver si volverán por aquí. No ha habido suerte en esta edición del Festival de Jazz de Málaga, que le deja a uno otra celebración grande.

Uno’, el primer disco de Ernesto Aurignac. Creo que no me traiciona la imaginación si recuerdo a Ernesto entrando en los vestuarios del polideportivo municipal de Ciudad Jardín a media mañana de un día entre semana. Hasta para dejar la bolsa en la percha tiene ‘swing’ Ernesto, punta de lanza de una generación de músicos formados y apasionados que labra un nuevo camino ilusionante para el jazz en Málaga, herederos lejanos de la sapiencia de Javier Domínguez y del esmero de Javier Denis. Ahí está Ernesto junto a José Carra, Tete Leal, Enrique Oliver, Julián Sánchez, Carlos Cortés o Irene Lombard impulsando la Asociación de Jazz de Málaga desde Alhaurín de la Torre. Hace un par de años, sus alumnos brindaron una velada deliciosa desde la recoleta plaza del Pericón. Fue en medio del tumulto de una Noche en Blanco, que bien vale una marabunta si trae perlas como esa.

Porque ‘Uno’ siempre es más que uno, es todo lo que ha aprendido y vivido y Ernesto ha compartido escenario con algunos de los más grandes de la escena jazzística nacional e internacional. Ahora se rodea para su primer disco del magisterio de Jorge Pardo, Perico Sambeat, Gerardo Núñez o Carles Benavent. También ha conseguido el apoyo de la Fundación Málaga, atenta siempre al talento. Y así ‘Uno’ llenaba esta semana el Cervantes en otro concierto que jamás me perdonaré haberme perdido. Quedan el disco y las crónicas de los compañeros y las ganas de que la suerte y el calendario se conjuguen para que algún día salga esa espina con forma de púa y lengüeta.

Hay otras espinas, más profundas y dolorosas aquí, en la ciudad genial, en la ciudad de los museos, en la única capital de provincia con más de 500.000 habitantes del país sin una sede estable para su Biblioteca Pública del Estado. Se cumplen esta semana 20 años de la salida de los fondos de la biblioteca desde la demolida Casa de la Cultura en la calle Alcazabilla hasta el inmueble de alquiler que ocupa desde entonces en la avenida de Europa. Veinte años sin una solución y sin que se le haya caído la cara de vergüenza a ninguno de los seis ministros y seis consejeros de Cultura que se ha puesto de perfil en este asunto a lo largo de dos décadas.

También tienen su parte de responsabilidad en el Ayuntamiento, cuando torpedeó desde los submarinos de la burocracia los permisos municipales para acometer la rehabilitación del colegio de San Agustín. Entonces había dinero y no había voluntad. Ahora no queda ni de la una ni de la otra. Dicen en Sevilla que el acuerdo con el ministerio está al caer para que la Biblioteca recale en el convento de la Trinidad. Dicen eso desde hace un año con y sin micrófonos delante mientras en Madrid marcan ritmos menos triunfales y mientras el principal edificio renacentista de la ciudad sigue apuntalado, casi tiritando ahora que el invierno se acerca y uno no sabe bien qué ropa ponerse.