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La foto
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Antonio Javier López | 15-02-2015 | 12:20

El Cubo, haciendo sombra a la torre de la Catedral. Carlos Moret

Juan Goytisolo le enseñó un truco para que los atracones de té le pusieran un poco menos nervioso: añadirle a la mezcla de azúcar, frutos secos y menta un poco de hierbaluisa, a la que él llama Luisa como a una vieja amiga. Hay una foto de ambos, de Goytisolo y de él, sobre el pequeño armario de su despacho donde guarda los avíos para preparar las infusiones. Asoman por allí también Fátima Mernissi, Paul Bowles y otros amigos convertidos en familia de sus años, muchos, al otro lado del Estrecho. Su querencia por la otra orilla le parece cosa de «otra vida». Y debe de tener razón, porque habla de la infancia. Recuerda a su madre cosiendo en la puerta de la casa familiar, pegada a una radio de la que salía música árabe. Con el tiempo supo que las preferencias melódicas de la mujer se centraban en las canciones tradicionales egipcias. Él las sigue escuchando en el ordenador de su oficina, en carpetas amarillas que acaban con esa coletilla: ‘Gustaba a madre’.

Salvador López Becerra ha vuelto a los orígenes después de media vida dando tumbos por África y Sudamérica, de escribir poemas y editar libros, de trabajar para el Instituto Cervantes y ver crecer a dos hijos nómadas. Vuelve López Becerra para coordinar las actividades del Centro de Estudios Hispano-Marroquí, que después de cuatro años abierto y de casi 900.000 euros invertidos en su sede a cuenta de fondos europeos ha asomado más bien poco por la agenda cultural. Alguna pequeña delicia en citas concretas, como la Orquesta Andalusí tocando en su puerta durante la pasada Noche en Blanco. Ahora López Becerra barrunta un programa de actividades hasta bien entrada la primavera y se hace el remolón para salir en las fotos. Y puede que sea por pura coquetería de sus años de canijo o apenas una breve pereza de cara a la galería, pero la renuencia a posar se agradece, sobre todo en una semana como esta.

Porque los olvidadizos y los cándidos encuentran estos días nuevas evidencias del alma frangollona y trilera de los que manejan el cotarro. Se pusieron muy dignos en los despachos del Ayuntamiento y de la Diputación Provincial hace unas semanas, cuando desde Sevilla confirmaron el adelanto electoral en Andalucía y la jodienda en el calendario de inauguraciones de sus respectivos museos. No pasaba nada. Lo importante era que esos nuevos espacios para el goce cultural y estético abrieran al público cuando estuvieran terminados para solaz de residentes y turistas. Lo de posar y cortar la cinta era, para ellos, algo «anecdótico». Lo dijo el alcalde hace tres semanas. Y apenas dos días antes, el presidente provincial anunciaba la apertura del Museo de Arte de la Diputación (MAD) en Antequera una jornada inválida para el postureo. Y, claro, ambos han reculado.

El Ayuntamiento capitalino y la Diputación afilan los plazos y las agendas para meter con calzador en el calendario las inauguraciones del Pompidou, de la colección rusa y del museo provincial. Piensan hacerlo todo en una semana, la única disponible para estos fastos entre las elecciones andaluzas y las locales. Y con esa decisión se quitan por fin la careta un poco antes del martes de Carnaval. Confirman, de facto, que les traen al pairo el decoro institucional y las críticas de electoralismo. Suscriben, de hecho, esa vocación mamporrera de usar el presupuesto público para su propio lucimiento que, de paso, consigue dotar al territorio que gestionan de nuevos equipamientos.

Y quizá lo peor de ese empecinamiento llegue con el vaho de su resuello apresurado empañando esas iniciativas incluso antes de que éstas puedan demostrar su interés y su pertinencia. Y así, con su impudicia sin disimulo, someten la agenda institucional a su agenda particular, apañan atajos administrativos sonrojantes para aflojar la pasta que se habrían ahorrado con algo de mesura, cabrean a sus socios con un triste baile protocolario, desprecian a los investigadores para entregarse a los publicistas, se envuelven en la bandera como el emperador en su traje y así, al cabo, tendrán su foto para enmarcar.