Diario Sur

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Fecha: abril 12, 2015
Desaprendizajes
Antonio Javier López 12-04-2015 | 1:20 | 0

Caballero Bonald firma uno de sus libros. Ñito Salas

Nadie pide la entrada en la puerta. Cualquiera puede pasar, dar los buenos días o las buenas tardes si le acompaña cierta urbanidad, y acudir al encuentro de los paisajes verticales, de las miniaturas de árboles con las copas de algodón, de la escultura como una Mamá Grande rosa chicle para cuidar del mandarino centenario que asoma en el patio interior. El Museo Jorge Rando está a punto de cumplir su primer aniversario y preguntas a Jorge Rando cuántos visitantes han pasado por allí y se encoge de hombros y te mira como si no entendiera la pregunta, casi como si no hablara tu idioma. Porque en el museo del barrio de El Molinillo parecen trabajar ajenos a la dinámica perversa de la cuantificación de su labor en función del paso por taquilla, a la espiral de tantos visitantes, tanto vales. No es que no sea su liga. No es su deporte.

Quizá sirva el caso del museo de El Molinillo para practicar ciertos desaprendizajes. El centro recibió una inversión municipal de 1,3 millones de euros para la rehabilitación de su sede. Ponerlo en marcha costó casi el doble y la diferencia salió de la fundación de Rando. Aun así, el gasto de dinero público requiere una fiscalización que podría (¿debería?) ir más allá de lo contable, sin perder el equilibrio con lo razonable. Hablan en el museo de que varios negocios han abierto sus puertas en las inmediaciones del barrio después de que ellos llegaran, hay artistas que han encontrado allí un lugar de trabajo, hay proyecciones de películas, conciertos, conferencias… Hay una oferta cultural sostenida, gratuita siempre, sufragada por la fundación del artista, en una de las zonas más deprimidas de la ciudad. Muy pocos equipamientos culturales puede decir lo mismo. Y eso merece respeto, paciencia y un análisis mesurado que traerán la vigilancia y el tiempo.

Lo otro es el impacto del corto plazo, la «cultura de escaparate» de la hablaba el viernes José Manuel Cabra de Luna como nuevo presidente de la Academia de Bellas Artes de San Telmo. También se atisban tiempos de desaprendizajes en la vetusta institución de la mano de sus nuevos rectores. Cabra de Luna y algunos de quienes le acompañan ofrecen la esperanza de una Academia menos ensimismada, casi onanística por momentos. Llega, parece llegar, un aire de ventanas abiertas al ruido de la calle. Se renueva la Academia de San Telmo en la sede de la Sociedad Económica de Amigos del País. A ver si a esta última se le pega algo.

Ya se la ha pegado del todo el proyecto del Auditorio. Veinticinco años después, la ciudad vuelve a colocarse frente al espejo de su propia incapacidad para dotarse de un equipamiento que pueda realizar en el ámbito musical una labor pedagógica –incluso turística, qué carajo– análoga a la emprendida por los museos en los territorios de las artes visuales. Vale que ahora no es momento de meterse en una iniciativa que ronda los 115 millones de euros, pero cuando hubo dinero no hubo lealtad institucional y ahora la economía canina ofrece una coartada excelente para la zafiedad de unos y otros, para su propia cortedad de miras con el carné del partido apretado entre los dientes. No aprenden. Tampoco lo necesitan.

«Lacayos» sobre lo que pone la diana de su pluma José Manuel Caballero Bonald, que esta semana presentaba en Málaga ‘Desaprendizajes’, un libro de poemas en prosa, porque Caballero Bonald ya puede escribir los poemas como le dé la gana, con la pasión y la rabia de un adolescente de 88 años. Ahí tienen ‘Seguridad ciudadana’: «Soy el extraño que recorre las calles de una ciudad sitiada y comprende de pronto, mientras contempla despavorido el centelleo de las farolas en los charcos, que es la consternación quien lo hace seguir vivo».

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