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Contra la pared
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Antonio Javier López | 28-06-2015 | 11:20

Miguel Ángel da la bienvenida desde el muro a Plaza Esperanza. Salvador Salas

La estatua de Miguel de Molina está a menos de 300 metros de la Plaza Miguel de Molina en otro detalle que reivindica el papel de la ciudad en el mapa del realismo mágico. La estatua y la plaza están separadas –o unidas– por la calle Lagunillas, dividida en una i griega que abraza la pensión Bruselas, con su cartel de ‘Bienvenidos’ como una guirnalda brillosa de cumpleaños infantil. Cualquier sábado por la mañana, ayer mismo, hay gente comprando en la frutería Keko, en la pescadería de al lado y en la carnicería Crespo justo enfrente. Guarda Lagunillas un orgullo macerado por el sol y la calma, la serenidad de quien siempre se ha buscado la vida y a terminado saliendo adelante. Tiene Lagunillas el encanto arrabalero de Alfama y Kreuzberg, del Raval y Lavapiés. Tienen los muros de Lagunillas grafitis de La Cañeta, de uno que se parece al Mocito Feliz, de Eduardo ‘El Chamorra’ cantando ‘Cantinero de Cuba’ con su boca abierta de paraíso para un protésico dental, el retrato en blanco y negro de alguien que recuerda al misionero Vicente Ferrer; pero es Miguel Ángel Chamorro, también misionero a su manera con la Asociación Fantasía de Lagunillas, que arropa esos grafitis. Miguel dando la bienvenida desde la pared a Plaza Esperanza.

La plaza es en realidad un descampado con cemento echado por encima, unas canastas, unas porterías y nada parecido a una línea de sombra. Y da igual porque allí la cuidan como a una conquista. Plaza Esperanza ha salido esta semana en las fotos porque el Ayuntamiento se ha llevado hasta allí la presentación del ciclo de cine de verano, que estrena parada en Plaza Esperanza.Será el único escenario con las películas adaptadas al lenguaje de sordos, cuya asociación, como otras muchas, tiene su sede en la calle Altozano, a la espalda de ese recodo que hace esquina entre las calles Lagunillas y Esperanza, en un guiño poético del callejero.

Al otro lado de Plaza Esperanza también hay grafitis. Una la cenefa floreada en los muros blancos de la calle Pinillos, los altares paganos levantados en los tabiques pelados de Vital Aza y Coto de Doñana, estos últimos promovidos por la asociación El Futuro Está Muy Grease, impulsada por gente como Dita Segura, autora del cortometraje ‘Hospital Cromático’, premiado en el último Festival de Cine de Málaga y realizado junto a Rakesh B. Narwani, que forma parte de Gotelé Estudio, un taller compartido por músicos, realizadores y demás gente talentosa que se ha presentado esta semana en la plaza de la Merced, en el piso contiguo al primer nido de Las Buhoneras, que son vecinas del Espacio Cienfuegos y del Colectivo Croma.

La frase anterior es larga como la red de inquietudes y vínculos que se ha ido anudando en el entorno de Lagunillas, al calor de colectivos de creadores y de alquileres baratos, sin más subvención que el entusiasmo. Lagunillas resiste y gana, como las vecinas Carreterías y Andrés Pérez con Villa Puchero Factory, Mahatma Showroom y El Pacto Invisible; como La Trinidad con La Azotea de Mármoles y la creciente mudanza de artistas y escritores.

Esos podrían ser –son, de hecho– nuestros barrios de las artes, con sus nombres anclados en la historia de la ciudad, con su ebullición espontánea sin concursos públicos y sus grafitis pintados contra la pared de la desidia institucional. Las noticias y los grafitis de la semana juntan a Lagunillas con la zona bautizada como el Soho. La iniciativa municipal en el entorno de Muelle Heredia va cumpliendo su cometido como operación urbanística y promocional, ha mejorado la apariencia de algunas calles y ha atraído nuevos negocios al calor del vivero de la industria hispter; sin embargo, equiparar eso a un movimiento cultural surgido en la ciudad y no a un proyecto diseñado a partir de intereses públicos y privados sería como pensar que en una boda estrenas traje cuando llevas un chaqué alquilado.