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Fecha: diciembre, 2016
Ahora
Antonio Javier López 18-12-2016 | 1:20 | 1

Es hora de disfrutar, al fin, del Museo de Málaga. Salvador Salas

Ahora es el momento de la celebración, de saborear la conquista sin prisa, con algo de recochineo incluso, frente a quienes no creyeron o no quisieron o ni lo uno ni lo otro. Ahora es tiempo de regresar al palacio de la Aduana, no para echar los papeles de la prestación social sustitutoria ni para preguntar por los permisos en Extranjería, sino para reencontrarse con algunos cuadros vistos hace mucho tiempo. Demasiado. Dos décadas menos un año, como en una condena, un secuestro, el de las colecciones provinciales de Bellas Artes y Arqueología. La segunda ha cambiado tanto que apenas resulta reconocible. Es, quizá, la gran sorpresa del Museo de Málaga. Habrá que vencer la costumbre y hacer un pequeño esfuerzo para llamarlo así, Museo de Málaga, con su justicia literal, y no sólo Bellas Artes. Ese es uno de los apellidos de su nombre, una de las ramas de este árbol que ya hunde sus raíces en el mayor edificio civil de la provincia.

Ahora también convendría recordar que aquello, La Aduana para Málaga, se logró gracias a un esfuerzo compartido y, también, a una determinación común: olvidar los personalismos para ponerlos al servicio de un objetivo colectivo. Han pasado dos décadas y el devenir de aquella comisión ciudadana ofrece un saldo más triste que negativo, con intrigas y pelas y miradas de reojo a ver si alguno amaga con la cuchilla por la espalda. Lejos de hacer olvidar viejas rencillas, los días previos a la inauguración del Museo de Málaga hicieron aflorar antiguas inquinas. Una pena, sobre todo para quienes se empeñan en vivir en el pasado, quienes pretenden patrimonializar un acontecimiento que tuvo su razón de ser en un naturaleza mestiza, huérfana de autorías, pero como muchos padres y muchas madres. Porque no hay peor viudedad que la ejercida cuando el otro aún está vivo y coleando, por más que sigan coleando algunos venenos mal curados. Puestos a tirar de memoria, habría que acordarse de esos que se negaron (por acción u omisión) a que el museo estuviera entero en la Aduana entera y que ahora se ponen ufanos para el canapé, la foto y las medallas.

Ahora sería bueno recordar la pertinencia de unos fondos de Arqueología y de Bellas Artes unido en una misma sede. Hace 20 años el debate podía ser oportuno. Ahora no lo parece. El mapa de equipamientos museísticos ha cambiado y crecido de manera notable en este tiempo y cuesta entender la dispersión de dos colecciones que por separado ofrecen un interés evidente y que juntas representan un conjunto bien pintoso. En el Museo de Málaga encuentra la ciudad, la provincia, una referencia, un mascarón de proa para una nave que puede zozobrar en el futuro, pero que en la Aduana tendrá un faro, un ancla estable.

Ahora es pronto, quizá, pero habrá que plantearse si esa estabilidad es sostenible con el modelo actual de entrada gratuita para todos los ciudadanos de la Unión Europea. Habrá quien vuelva a plantear que los ciudadanos ya pagan los museos con sus impuestos. Serán los mismos que colocan varas de medir bien distintas para las manifestaciones culturales frente a las deportivas, por ejemplo. Se paga por entrar a un estadio para ver jugar a millonarios, pero también por alquilar una pista para echar una pachanga con los amigos. Quien habla de cultura gratis no habla de otra liga, habla de otro deporte. Y hace trampas.

Ahora la Aduana ya es de Málaga. Un museo que provocó cuatro manifestaciones de miles de personas. Aquí un motivo para el orgullo gregario, también para la memoria. Cuando queremos, podemos. Aunque para eso tengan que pasar 20 años. Como decía Gil de Biedma: «Ahora que de casi todo hace ya 20 años…».

Ahora que ha pasado casi una semana desde la inauguración institucional del Museo de Málaga todavía escuece la manera como la han manejado, de espaldas a la ciudad, como de tapadillo. Aquí, que por menos de un pito montan una exposición en la calle Larios, una jaima en Alcazabilla y un pitote la Marina. Aquí, nada. Ni una triste banderola. Ni carteles. Ni monolitos de esos que entorpecen el paso. Ni marquesinas en los autobuses. Nada. Eso no es austeridad, por más que lo digan ahora.

 

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Sin Larios
Antonio Javier López 04-12-2016 | 1:20 | 0

El marqués, a la espera de saber si lo cambian de sitio. Ñito Salas

Hace unos días, el ‘Diccionario Oxford’ elegía la que a su juicio es la palabra del año que termina: ‘posverdad’. El término alude al proceso por el cual millones de personas toman decisiones que afectan a la comunidad, dejando en un segundo plano las cuestiones objetivas, los datos, para primar aspectos emocionales y prejuicios personales. El palabro viene a cuento después de que varias consultas populares hayan dado un resultado que pocos esperaban a la luz de las sesudas encuestas precedentes: la salida británica de la Unión Europea, el rechazo al acuerdo de paz en Colombia y el ascenso a la presidencia de Estados Unidos de un sujeto como Donald Trump.

El asunto viene a resumir que ya da igual que alguien mienta; que lo haga de forma descarada y reiterada; que invente, insulte y denigre; que sea ambiguo hasta en lo más elemental de su discurso… Si ese alguien es capaz de mantener un mensaje vigoroso que pulse las teclas de la frustración acumulada, del deseo de venganza contra el sistema que ha dejado a tantos en la estacada y que ofrezca la promesa de un futuro mejor… Ese alguien puede hacerse con el poder sin importar si lo que dice es cierto o falso. Claro que aquí todavía nos queda un poco lejos la posverdad como destilado socio-político-económico-periodístico. Aquí seguimos con el tradicional marear la perdiz para ir ganando tiempo, con decir una cosa y la contraria sin solución de continuidad, con la cortina de humo como tela con la que confeccionar el traje del emperador. Y si aquí hay un emperador, ese es el alcalde.

El alcalde lleva en el negocio desde antes de que nacieran las tres últimas generaciones y su valía queda demostrada en su capacidad intacta para seguir sorprendiendo a la concurrencia con novedades en su repertorio. Lo ha vuelto a hacer esta semana. Coincidiendo con una Comisión de Transparencia sobre las cuentas municipales, el alcalde planteaba el martes cambiar de sitio la estatua del Marqués de Larios y el miércoles decía que nadie debería lanzar esa idea sin tenerlo claro. Un nuevo caso de contradicción, de ese carácter dubitativo que algunos le afean y que le presenta como un ventrílocuo de sí mismo, con una mano metida por el cogote de una representación a escala de su figura que dice cosas sin pensar y con la que tiene que discutir en público. Un José Luis Moreno en el escenario político que parece Monchito, pero es Rockefeller, con su traje oscuro y su ‘toma Moreno’ antisistema. Porque el sistema es él. Y nadie puede torpedearlo como él, con su mijita de posverdad incluso.

Sucedió en el penúltimo pleno municipal, cuando la oposición preguntaba por el millón de euros extra que había que meter en el Pompidou y en el Museo Ruso para cuadrar sus cuentas. No se lo preguntaban a él, pero él pidió la palabra… para decir que está trabajando para que se amplíe el Museo Picasso Málaga en el colegio de San Agustín y que si allí estaba prevista la Biblioteca Provincial, que se busquen otro sitio. La institución que dirige el alcalde no tiene ni voz ni voto ni competencias ni nada que se le parezca sobre el Museo Picasso ni sobre la Biblioteca Provincial, pero en muchos casos logró lo que buscaba: el titular con el tema del Picasso y la letra pequeña para las cuentas sin cuadrar que sí son de su incumbencia.

Ahora amaga con mover al marqués y la ocurrencia ofrece un delicioso requiebro histórico: un alcalde ejecutando una acción que otro alcalde prohibió a un colectivo artístico hace casi 25 años. En el verano de 1992, la onda expansiva de los fastos por la Expo de Sevilla llegó al resto de las provincias andaluzas con un programa de actividades culturales y para Málaga se escogió la propuesta ‘Sin Larios’, de los Agustín Parejo School, que, fieles a sí mismos, plantearon bajar al marqués a pie de calle, ponerlo en el paso de peatones de la Acera de Marina como en un Abbey Road malaguita y subir al pedestal la Alegoría del Trabajo que mira al aristócrata desde abajo. Al fin y al cabo, no sería la primera vez que la encaramaban ahí arriba: ya la pusieron en lo alto del monolito durante la República… y después tiraron al mar la estatua del marqués. Los Parejo no iban tan lejos, pero el alcalde Pedro Aparicio dijo que semejante cosa no era posible y escribió su explicación aquí mismo, en un artículo con el título en latín, también fiel a sí mismo.

Un cuarto de siglo después, el alcalde plantea mover al marqués. O no. En fin. Ya veremos. Habrá que estudiarlo. Y así hemos pasado otra semana, en nuestra pequeña posverdad cotidiana.

 

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