Diario Sur
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Lupa y navaja
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Antonio Javier López | 28-01-2017 | 12:58

Isabel Bono, abrazada a su primera novela, cerca del burrito del Parque. Ñito Salas

Con todo el lío del premio se ha tenido que comprar un móvil nuevo. Uno de concha y teclas, como salido de un tiempo que parece más lejano de lo que fue. Lo lleva en el bolso junto a una tabla periódica escrita a mano con letra minúscula y la foto del perro al que le estuvo rezando su tía hasta que la operaron de cataratas. Estaba puesta junto a la imagen de su santo de cabecera y ella pensó que después de tanto tiempo escuchando plegarias, el perrito se había ganado un sitio en los altares o, al menos, una estampita plastificada como la que ahora muestra ella, entre orgullosa y divertida, con la ilusión de la niña que no ha dejado de ser porque no le ha dado la gana.

Isabel Bono escribe correos electrónicos que parecen poemas. Que son poesías. Ha dado a la imprenta media docena de libros de versos y ahora tiene entre manos lo primero a lo que piensa llamarle novela. ‘Una casa en Bleturge’. Bleturge no existe. O sí. Habita en su historia y en cada lugar que surge en la vida de cualquiera «como un refugio y un descampado». Bleturge está construido sobre los cimientos de la ausencia, apuntalado por el silencio de una pareja que ya ni se habla ni se ama, que se mantiene unida por un dolor al que no le alcanzan las palabras. Las de Isabel Bono han recibido uno de los premios más prestigiosos de eso que llaman las letras españolas: el Café de Gijón de novela. Aunque ella no está convencida de que eso sea una novela. Primero lo llamaba ‘eso’. Después ‘el libro’. Y ahora ya sí, de a poco, ‘novela’. La ha presentado esta semana en ese café de madera oscura y sombra de copas de árboles. Ella estaba con el jurado del premio. También había periodistas. Así que habrá que llamarle a eso novela. Aunque le resulte raro.

Rara. Isabel Bono tenía seis años cuando le contó a una compañera de clase que en casa de su abuela había un pasadizo secreto que desembocaba en el mar y que ella tenía un vestido mágico que le permitía respirar bajo el agua. La niña se lo contó a su madre y esta fue a hablar con la madre de Isabel para pedirle que la niña no le metiera historias raras en la cabeza a su hija. Rara. Desde entonces a Isabel no le preocupa que le llamen rara. Los raros son (somos) los demás, los que no viven la única vida que tienen con curiosidad gozosa, con alegría desatenta. Porque a Isabel no le importa exponerse, abrirse en cada palabra, con o sin micrófono, ni siquiera ahora que está en el candelero de la actualidad con un libro escrito a dentelladas secas y calientes.

Isabel Bono poda cada frase como un bonsái. Escribir como un acto de jardinería. Una vez le pidió al poeta Antonio Gamoneda que le mandara una carta a su amigo Antonio Muñoz Quintana para salvarlo del desaliento. Y Gamoneda envió de su puño y letra una hoja blanca con una fórmula como un lema para un escudo de armas que sólo disparan hacia adentro: «Cuando escribas, déjate ir como un loco. Y después, lupa y navaja». Navaja. Navaja. Un mantra para invocar a la escritura de Isabel Bono, secreta para demasiada gente cuando forma poemas, que agota su primera edición en unos días cuando le ponen ‘novela’.

Isabel Bono tiene un blog sobre el burrito Platero que espera en bronce junto a los columpios del Paseo del Parque. Isabel Bono tiene un puñado de blogs, pero no gasta redes sociales. Se abrió «un Facebook» hace tiempo y en un rato tenía 500 amigos. Lo malo es que los conocía a todos menos a dos. Y se agobió y le dio a cancelar y respiró aliviada y volvió a los blogs, a los correos electrónicos que son poemas. A menudo es mucho más fácil encontrarla en la bandeja de entrada que al otro lado del teléfono. Sobre todo del móvil. Cuando saltó la noticia (porque las noticias saltan) del Premio Café Gijón, hicieron falta media docena de llamadas a varios de sus amigos para que uno tuviera el número de su teléfono móvil, ese que ahora abre como una ostra con la punta de los dedos, como quien hace algo un poco tonto y divertido, como bailar solo por la calle o hablar en un idioma que no domina del todo. Algo inocente y ajeno. Porque los raros son los otros. Los del móvil.