Diario Sur
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Taifas
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Antonio Javier López | 25-02-2017 | 23:08

'Kandinsky y Rusia', recién llegada a Tabacalera. Salvador Salas

Un ejemplo de cómo se las gastan en la Fundación Juan March: los catálogos de las 194 exposiciones que han organizado desde 1973 pueden consultarse y descargarse de manera gratuita –y legal– desde su página web. La fundación promovió hace casi 40 años la primera muestra en España sobre Kandinsky, así que su dirección en Internet ha estado en la carpeta de Favoritos durante las últimas semanas en el entrenamiento previo a la inauguración de ‘Kandinsky y Rusia’ en Tabacalera. Uno de esos textos lleva firma del historiador Valeriano Bozal y relata algo muy similar a la tesis esencial del nuevo proyecto del Museo Ruso: el viaje de Kandinsky desde la tradición hacia la vanguardia.

Bozal menciona algunas obras que considera cruciales en ese proceso, hasta el punto de protagonizar casi todas las ilustraciones de su escrito: ‘Túnez-La Bahía’ (1905), ‘Primera acuarela abstracta’ (1910), ‘Impresión II (Concierto)’ (1911), ‘Pintura con arco negro’ (1912), ‘Pintura sobre fondo claro’ (1916) y ‘En el gris’ (1919). Todas tienen algo en común: forman parte de las colecciones del Centro Georges Pompidou de París. De hecho, el museo galo cuenta con 128 pinturas, 487 grabados y 1.036 dibujos de Kandinsky. De hecho, el extraordinario centro de documentación del centro parisino se llama ‘Biblioteca Kandinsky’.

‘Kandinsky y Rusia’ es una buena exposición. Muy buena, por momentos. Pero cabe preguntarse: ¿qué proyecto podría haber ofrecido la ciudad si hubiese contado con los recursos de los dos museos que han instalado aquí sus franquicias? Quizá el tipo de propuesta cuya verdadera excelencia sea capaz de marcar una diferencia real entre el ruido artístico planetario, con cuidades y museos lanzados en busca de focos, ‘likes’ y visitantes con divisas.

El Ayuntamiento buscó y encontró al Pompidou y al Museo de San Petersburgo para abrir dos nuevos museos deprisa y corriendo, creó una agencia municipal para dar cobertura administrativa a ambos proyectos, por el camino arrinconó a la Casa Natal de Picasso y hasta la fecha no hay noticias de las «sinergias» entre ambos desembarcos que se anunciaron como parte del argumentario para justificar estas iniciativas. Por el momento el asunto sirve, al contrario, para ilustrar la querencia local a que cada uno haga la guerra por su cuenta.

En descargo de los promotores de las filiales puede decirse que aún es pronto, que los nuevos museos llevan menos de dos años abiertos, que hay tiempo. Y puede ser. Al fin y al cabo, en la ciudad conviven desde hace 14 años el Museo Picasso y la Casa Natal del artista y, hasta la fecha, ambas instituciones han sido incapaces de ofrecer un proyecto conjunto de auténtico calado. Ambos reinos de taifas tienen sus fronteras marcadas por los políticos de distintos partidos gobernantes en la Junta de Andalucía y en el Ayuntamiento y, por extensión, en el museo y en la casa. Parece que mientras no se alineen los votos (o los pactos) no lo harán del todo los esfuerzos y las propuestas.

El caso del Pompidou y del Museo Ruso parece más difícil de explicar. O más simple. Ambos han sido promovidos por el Ayuntamiento y conviven en la misma agencia municipal, pero apenas parecen tocarse. Reclamar que el esfuerzo de la ciudad para sostener ambas filiales se traduzca en proyectos conjuntos puede parecer ilusorio o una reclamación tan ambiciosa como pertinente si en rigor se aspira a la excelencia pregonada. Y quizá no se han puesto a ello por algo muy sencillo y muy triste: la armazón que improvisaron para levantar esos museos apenas puede soportar más carga, ya tiene bastante con mantenerse en pie. Porque el Pompidou y el Ruso comparten en Málaga una estructura más que mejorable para atender el devenir de dos equipamientos a los que se les presupone una ambición y un grado de calidad mucho mayores a los recursos reales con los que cuentan para lograrlos. Al fin y al cabo, hablamos de una entidad que mantiene para tres museos casi el mismo personal de la Casa Natal (17 personas), al que han ido añadiendo la inmensa mayoría de los servicios a través de diferentes empresas subcontratadas. Más taifas. Donde antes había la gestión de un espacio, ahora hay tres. Pero quienes mandan en el Ayuntamiento parecen haber olvidado algo tan simple como extendido en los despachos: poner a alguien a hacer tres cosas a la vez suele ser la mejor manera de que ninguna salga bien del todo.

Y así, después de casi tres décadas gestionando equipamientos artísticos y de participar en hasta diez museos o similares, el Ayuntamiento aún no ha encontrado, por ejemplo, la fórmula para centralizar la gestión de servicios comunes a esos equipamientos como la seguridad, los transportes o la atención en sala. Ese era el plan de la agencia municipal que maneja el Pompidou, el Museo Ruso y la Casa Natal: ir incorporando con el tiempo nuevos espacios y, por el camino, ahorrar costes y ganar poder de negociación para contratos y proyectos. Pero cada museo municipal es de su padre y de su madre. Tiene su negociado, su propio reino de taifas.