Diario Sur
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Fecha: marzo, 2017
Veo Veo
Antonio Javier López 12-03-2017 | 1:20 | 0

 

Acrobacias a la puerta del Ayuntamiento en una 'manifa' pro La Invisible. Ñito Salas

Los pasillos interiores de la primera planta del Ayuntamiento de Málaga están decorados con una nutrida cuadrícula de lienzos del mismo tamaño con retratos de los alcaldes de la historia reciente de la ciudad. La galería entretiene los ratos muertos entre citas o comparecencias públicas, pero además sirve para elucubrar algunas teorías a cuento del telón de fondo escogido en los casos más recientes. Hasta entonces predominaba el segundo plano neutro, sin distracciones, mantenido hasta los semblantes de Antonio Gutiérrez Mata, Cayetano Utrera Ravassa y Luis Merino Bayona.

Cambió la tendencia, como en tantos otros frentes, Pedro Aparicio. La idea consistía en resumir el mandato con algunos logros, hitos significativos de su periodo al mando de la urbe. Aparicio posa con un ejemplar en la manos de la ‘Lex Flavia Malacitana’, la carta fundacional de la ciudad en época romana, y la fachada del Teatro Cervantes a su espalda. Ambas elecciones resultan ilustrativas de su querencia por el mundo clásico y su amor por la música. Su sucesora en el cargo pasa a la posteridad pictórica junto a un túnel, un museo a la deriva –se ha vuelto a recordar esta semana– y la molicie de La Coracha. Quizá no tenía mucho más donde elegir. Todo lo contrario que el actual alcalde: la calle Larios peatonal, la nueva Alcazabilla (con cuidado de que no salga el Astoria) y el Cubo de colores del Pompidou parecen buenas opciones. Ahí va otra: La Casa Invisible.

Pocas imágenes como La Casa Invisible sintetizan el manual de estilo del regidor cuando ha surgido un asunto espinoso: el metro, los Baños del Carmen, su propia retirada o no. Hablamos de cuatro décadas en el ring político con un KO (puede que dos) y el título mantenido con un reguero de victorias a los puntos y combates nulos. Juego de pies verbal para decir una cosa y la contraria, mítico poder encajador y una férrea creencia en la capacidad de ganar por agotamiento –o aburrimiento– del rival. Ahí están los belicosos okupas de un inmueble municipal cuya expropiación ha costado más de tres millones de euros sin saber muy bien cómo hincarle el diente a semejante hueso.

La Casa Invisible cumplía el viernes diez años y la sensación es que podría cumplir otros diez sin que se tomasen las decisiones indispensables para resolver su situación legal, sea en la dirección que sea. Por no tomar decisiones, ni siquiera se vela por el cumplimiento del cierre cautelar del edificio decretado hace más de dos años y todavía en vigor. Es decir, se supone que desde el 23 de diciembre de 2014, la entrada al inmueble está prohibida por la autoridad municipal, pero la autoridad municipal no hace nada para que allí se dejen de celebrar actos y reuniones de manera continuada, hasta el punto de que varias celebraciones de su décimo aniversario se han organizado no ya en el patio exterior rehabilitado, sino dentro del propio edificio.

Quién sabe si la ha copiado del líder del partido o si este la ha asumido ante la efectividad con que se aplica en la principal capital de provincia donde mantienen el poder, pero el oficio de oír llover ante los asuntos polémicos ha demostrado una magnífica efectividad sólo al alcance de quien pueda mantenerse con férrea determinación en la capacidad de indefinirse. Porque primero amagaron con el desalojo forzoso, apaciguaron los ánimos, estudiaron la cesión directa, luego un concurso, pidieron papeles, después modificaciones, abrieron un periodo de negociaciones y así pueden seguir hasta el infinito y más allá. Lo han demostrado.

Saben que el tiempo juega a favor de la modorra y el olvido, que el conflicto se ha convertido en algo manso, manejable, que ha dejado de ser una piedra en el zapato para convertirse en un chicle pegado a la suela. No molesta para seguir adelante, apenas chasquea a cada paso. Sólo hay que acostumbrarse. Y en ocasiones, incluso encuentran tiempo para el humor. Para elevar una estatua que presenta a un artista indómito, al gran revolucionario del arte de los cuatro últimos siglos, como un abuelito en babuchas que da la espalda a su Casa Natal. Para hacer de uno de sus mayores motivos de sonrojo (Tabacalera) una de las portadas luminosas de su recinto ferial en agosto. Para mantener un frente abierto durante una década llamado La Casa Invisible y gestionarlo jugando al Veo Veo.

 

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El síndrome del hámster
Antonio Javier López 05-03-2017 | 1:20 | 0

Florencia Rojas levanta un búnker en Bellas Artes. Ñito Salas

El día después de la muerte de Manolo Becerra lloré en el cuarto de baño del apartamento el gol de chilena que Baptista le metió al Getafe en La Rosaleda y que puso al Málaga como líder de la Liga. El día después de la muerte de Manolo Becerra, Ana Barreales publicó un tuit diciendo que tragos como ese te hacen recordar que tus compañeros de trabajo son a veces también tu familia. El día después de la muerte de Manolo Becerra creo que fue el último día que lloré por un compañero que también siento como parte de mi familia. La vez anterior fue en el coche, camino de casa, a la altura de la fábrica de La Araña, la noche que Elena de Miguel nos dijo a la entrada de la Redacción que cambiaba de periódico y de ciudad. Me alegré por ella, lo sentí por mí y como buen varón egoísta lo segundo me importó mucho más que lo primero. Y me dio por piantar un lagrimón, qué pasa. Antes que Ana, Elena había sido mi jefa. Ella y otros jefes tuvieron la ocurrencia, hace ya mucho tiempo, de ponerme con veintimuypocos años al frente del nuevo suplemento de economía creado por el periódico. Y ahí sigue el invento.

Recuerdo las semanas previas y posteriores al lanzamiento de aquellas páginas en salmón como uno de los momentos más intensos, agotadores y felices de mi vida en el periódico. Creo que fue en aquellos días cuando Elena, en uno de sus fogonazos de genialidad irremediable, soltó que íbamos a ser víctimas del Síndrome del Hámster: todo el día corriendo sin cambiar el sitio, haciendo girar la rueda cada vez a mayor velocidad, entregados con fervor a nuestra frenética inmovilidad. La imagen me ha venido a la cabeza esta semana blanca de pie cambiado en el calendario, con el miércoles como un lunes para algunos suertudos y el jueves ahí en medio. Pensaba en el hámster justo el jueves y asimilaba esa imagen con quienes intentan llevar el ritmo de la agenda cultural de la ciudad.

Porque ese día, el saxofonista Eric Alexander daba un concierto gratuito cuatro meses después de ser cabeza de cartel en el Festival de Jazz de Málaga con entradas a 20 euros en el Cervantes. También ese día el cine Albéniz reponía ‘La reconquista’ de Jonás Trueba, seguida de un concierto de Rafael Berrio y de un coloquio posterior entre ambos. Todo gratis. El jueves también se estrenaban dos exposiciones pintosas: ‘Luna-Lager Bunker’ de Florencia Rojas en la Facultad de Bellas Artes y ‘Los coños de Bigas Luna’ en La Casa Amarilla. El jueves, el gran Manolo Bellido regalaba una conferencia sobre el cine y la Costa del Sol. El jueves Luis Mendo, Gonzalo García Pelayo y Fernando Lucini hablaba sobre Luis Eduardo Aute en el Centro Cultural Provincial; Ángela González ofrecía un concierto en el AC Málaga Palacio y Luis Puelles, Isabel Garnelo y Juan Antonio Sánchez López charlaban sobre cine y surrealismo en el Espacio Cienfuegos. El jueves por la tarde se proyectaba, gratis, como todo lo anterior, ‘El Mago de Oz’ en la Biblioteca Dámaso Alonso de Ciudad Jardín, demostrando que los barrios también existen.

Salvo el concierto de jazz, toda la retahíla anterior viene a cuento del ciclo Málaga de Festival (MaF) previo a la celebración del festival de cine presentado esta semana. Y el asunto me confirma una idea que ando barruntando: las instituciones, los proyectos, se mimetizan con quienes los llevan a cabo. Por eso el gozoso aluvión del MaF, sostenido durante varias semanas y llevado a casi toda la ciudad, rezuma la inteligencia y el buen gusto, el sentido y la sensibilidad de su principal hacedora, Cristina Consuegra. Hace un año ya le echamos piropos por aquí y parecía excesivo repetirse, pero ante la cantidad y la calidad de lo propuesto en el MaF –lo del jueves fue sólo una muestra–, casi no queda más remedio.

Un remedio, una cura, una prisión. Una cama rodeada de aves disecadas y dos esgrimistas lanzando trinos de mirlo en ‘Donde mueren los pájaros’, el proyecto de David Escalona y Chantal Maillard entre la poesía y el arte. Difícil volar más alto que ellos. La exposición se inauguraba el jueves en el Hospital Real de Granada. El edificio de los locos, de los huérfanos y de los enfermos convertido en un refugio para la belleza. El lugar para la convalecencia encuentra en la palabra un apósito para los males del alma.  Porque desde el viejo hospital llega el eco de aquella frase de Chantal: «A veces el combate es una manera de amarnos». Y parece que habla de nosotros, de nuestra pelea, de nuestra rueda, de nuestra prisa, de nuestra jaula que tanto amamos.

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