Diario Sur

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El síndrome del hámster
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Antonio Javier López | 04-03-2017 | 09:43

Florencia Rojas levanta un búnker en Bellas Artes. Ñito Salas

El día después de la muerte de Manolo Becerra lloré en el cuarto de baño del apartamento el gol de chilena que Baptista le metió al Getafe en La Rosaleda y que puso al Málaga como líder de la Liga. El día después de la muerte de Manolo Becerra, Ana Barreales publicó un tuit diciendo que tragos como ese te hacen recordar que tus compañeros de trabajo son a veces también tu familia. El día después de la muerte de Manolo Becerra creo que fue el último día que lloré por un compañero que también siento como parte de mi familia. La vez anterior fue en el coche, camino de casa, a la altura de la fábrica de La Araña, la noche que Elena de Miguel nos dijo a la entrada de la Redacción que cambiaba de periódico y de ciudad. Me alegré por ella, lo sentí por mí y como buen varón egoísta lo segundo me importó mucho más que lo primero. Y me dio por piantar un lagrimón, qué pasa. Antes que Ana, Elena había sido mi jefa. Ella y otros jefes tuvieron la ocurrencia, hace ya mucho tiempo, de ponerme con veintimuypocos años al frente del nuevo suplemento de economía creado por el periódico. Y ahí sigue el invento.

Recuerdo las semanas previas y posteriores al lanzamiento de aquellas páginas en salmón como uno de los momentos más intensos, agotadores y felices de mi vida en el periódico. Creo que fue en aquellos días cuando Elena, en uno de sus fogonazos de genialidad irremediable, soltó que íbamos a ser víctimas del Síndrome del Hámster: todo el día corriendo sin cambiar el sitio, haciendo girar la rueda cada vez a mayor velocidad, entregados con fervor a nuestra frenética inmovilidad. La imagen me ha venido a la cabeza esta semana blanca de pie cambiado en el calendario, con el miércoles como un lunes para algunos suertudos y el jueves ahí en medio. Pensaba en el hámster justo el jueves y asimilaba esa imagen con quienes intentan llevar el ritmo de la agenda cultural de la ciudad.

Porque ese día, el saxofonista Eric Alexander daba un concierto gratuito cuatro meses después de ser cabeza de cartel en el Festival de Jazz de Málaga con entradas a 20 euros en el Cervantes. También ese día el cine Albéniz reponía ‘La reconquista’ de Jonás Trueba, seguida de un concierto de Rafael Berrio y de un coloquio posterior entre ambos. Todo gratis. El jueves también se estrenaban dos exposiciones pintosas: ‘Luna-Lager Bunker’ de Florencia Rojas en la Facultad de Bellas Artes y ‘Los coños de Bigas Luna’ en La Casa Amarilla. El jueves, el gran Manolo Bellido regalaba una conferencia sobre el cine y la Costa del Sol. El jueves Luis Mendo, Gonzalo García Pelayo y Fernando Lucini hablaba sobre Luis Eduardo Aute en el Centro Cultural Provincial; Ángela González ofrecía un concierto en el AC Málaga Palacio y Luis Puelles, Isabel Garnelo y Juan Antonio Sánchez López charlaban sobre cine y surrealismo en el Espacio Cienfuegos. El jueves por la tarde se proyectaba, gratis, como todo lo anterior, ‘El Mago de Oz’ en la Biblioteca Dámaso Alonso de Ciudad Jardín, demostrando que los barrios también existen.

Salvo el concierto de jazz, toda la retahíla anterior viene a cuento del ciclo Málaga de Festival (MaF) previo a la celebración del festival de cine presentado esta semana. Y el asunto me confirma una idea que ando barruntando: las instituciones, los proyectos, se mimetizan con quienes los llevan a cabo. Por eso el gozoso aluvión del MaF, sostenido durante varias semanas y llevado a casi toda la ciudad, rezuma la inteligencia y el buen gusto, el sentido y la sensibilidad de su principal hacedora, Cristina Consuegra. Hace un año ya le echamos piropos por aquí y parecía excesivo repetirse, pero ante la cantidad y la calidad de lo propuesto en el MaF –lo del jueves fue sólo una muestra–, casi no queda más remedio.

Un remedio, una cura, una prisión. Una cama rodeada de aves disecadas y dos esgrimistas lanzando trinos de mirlo en ‘Donde mueren los pájaros’, el proyecto de David Escalona y Chantal Maillard entre la poesía y el arte. Difícil volar más alto que ellos. La exposición se inauguraba el jueves en el Hospital Real de Granada. El edificio de los locos, de los huérfanos y de los enfermos convertido en un refugio para la belleza. El lugar para la convalecencia encuentra en la palabra un apósito para los males del alma.  Porque desde el viejo hospital llega el eco de aquella frase de Chantal: «A veces el combate es una manera de amarnos». Y parece que habla de nosotros, de nuestra pelea, de nuestra rueda, de nuestra prisa, de nuestra jaula que tanto amamos.