Diario Sur
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Contra el tiempo
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Antonio Javier López | 07-04-2017 | 19:01

Vila-Matas y Garriga, pensándose si guardar silencio. Álvaro Cabrera

Hay un tailandés que cada vez que pierde el Barça escribe en Twitter ‘A la mierda, Vila-Matas’. Lo escribe en tailandés y el novelista recibe la invectiva con una mezcla de perplejidad y regocijo. Lo cuenta Enrique Vila-Matas en público y a los amigos y ninguno sabe muy bien si se trata de una anécdota real o de una invención gozosa. Sucede algo parecido con muchos de sus libros, con hojas como espejos que proyectan imágenes entre familiares y fantasmagóricas. Un fantasma, un vagabundo, un esqueleto. Esos serían los disfraces que escogería Vila-Matas en una fiesta de Carnaval. Claro que nunca se ha disfrazado, aunque siempre lleve puesta «una máscara».

Lo dijo el martes, en el auditorio del Centro Cultural Provincial María Victoria Atencia, que se vaciaba y se llenaba en un trasvase mágico de gente como aquellos biberones de juguete que hacían desaparecer la leche al volcarlos sobre el boquete redondo en la boca dura de los bebés de plástico. Porque antes del encuentro de Enrique Vila-Matas con José Antonio Garriga Vela organizado por el Aula del Cultura del periódico hubo una charla de Felipe Benítez Reyes, también acompañado por un buen puñado de oyentes. Sesión doble una tarde de primavera con la noche sin cerrar camino de las nueve y casi 20 grados a pie de acera. Y gente, bastante gente, para oír hablar de libros, para comprarlos, incluso, en una mesa plegable con una pila blanca de lomos encuadernados y las bolsas marrones de Proteo. Gente aflojando casi 20 euros para llevarse ‘Mac y su contratiempo’, la nueva novela de Vila-Matas que otra vez no es una novela. Es un ensayo, un libro de cuentos, un diario. Todo y nada. Todo.

Vila-Matas y Garriga sobre el escenario, sentados uno al lado del otro, casi sin mirarse ni saber qué decirse al principio, como dos vecinos de bloque durante años que no están seguros del nombre del otro. Garriga dice que había pensado proponerle a Vila-Matas que se mantuvieran en silencio durante toda la cita. Al fin y al cabo, cuando hablan por teléfono a menudo pasan largo rato en silencio. Quizá como cuando escriben. Pero de a poco van brotando personajes, anécdotas, citas de libros y películas, quién sabe si también inventadas, qué importa, y alguien del público comenta que en Teherán hay un pintor que se llama Vila-Matas, así, con guión, y quiere saber si es familia del escritor o algo. Y Vila-Matas, duda, mira a Garriga, aprieta la sonrisa, se menea en el asiento, afila la mirada y parece encantado con lo que le están contando. Una delicia perversa. Como el tailandés que abre Twitter para escribir en tailandés ‘A la mierda, Vila-Matas’ cada vez que pierde el Barça.

Y pierde el tiempo quien le busque un collar de un sólo género a los libros de Vila-Matas, que está en contra de la idea de que el tiempo mejora cualquier cosa. Porque defiende Vila-Matas que su segundo libro era mejor que el primero, pero que el tercero era un fiasco, el peor entre los suyos. «Sólo tenía una página buena, la primera». Y sonríe Vila-Matas como quien ha hecho las paces con uno mismo y ahora sólo quiere divertirse, aferrado a una pasión tortuosa y radiante. «No sabía que para ser escritor había que escribir», confiesa Vila-Matas. Porque él, en realidad, quería otra cosa: ser Hemingway en París.

Pero ‘París no se acaba nunca’. Y el encuentro sigue su rumbo a una hora poco propicia para la conciliación familiar, pero al cabo de un momento nadie parece tener prisa. Le preguntan al escritor por el arte contemporáneo, por el estado de la novela, por algunos de sus personajes, por el barrio y el colegio. Y Vila-Matas comparte que vivió en La Travesía del Mal y compartió patio del recreo con Eduardo Mendoza en los Maristas. Le dieron el diploma a la constancia y le sentó fatal, así que llegaba tarde a propósito para que no le dieran también el premio a la puntualidad.

Porque Vila-Matas y sus libros, desde ‘Mujer en el espejo contemplando el paisaje’ hasta ‘Mac y su contratiempo’, están en contra del tiempo.