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Fecha: mayo, 2017
Ni pena ni miedo
Antonio Javier López 28-05-2017 | 1:20 | 0

 

Majo Siscar y Rosa Montero tienen premio. Ñito Salas

Cuatro palabras escritas en letra redonda, de cuaderno escolar de ortografía, sobre la piedra del desierto chileno de Atacama. Ni pena ni miedo. Un verso del poeta y artista Raúl Zurita esculpido en los confines del mundo. Tres kilómetros de largo y 400 metros de alto. Se ve desde la colina de al lado y desde Google Earth. Cuatro palabras como un salmo, un mantra, estampadas con tinta sobre la piel de Rosa Montero, que deja volar pájaros también tatuados en su brazo izquierdo.

Rosa Montero hablaba el lunes en el Rectorado de la Universidad al recoger el Premio Internacional de Periodismo Manuel Alcántara. Lo hacía firme y serena, con el temple de la sensibilidad y la inteligencia condensadas con el paso del tiempo. Hablaba Rosa Montero sobre sus entrevistas, sus libros, sus comienzos. Su vida profesional como autónoma –ahora se dice ‘freelance’– casi todo el rato. Hablaba la escritora del páramo de las redes sociales entendidas como un Salvaje Oeste de teclado fácil. De la democracia amenazada, pero amenazada de verdad, por presuntos salvadores venidos a lomos de la duda y el rencor. Porque en realidad todo lo dicho por Rosa Montero parecía caber en esas cuatro palabras que ha decidido llevar a ras de cuerpo: ni pena ni miedo.

Hilaba Rosa Montero su tatuaje con el dolor de la ausencia, con la incertidumbre ante una vida truncada cuando menos lo esperábamos. Hablaba Montero de vida pero también de periodismo, el segundo sector que más parados ha recogido con la crisis después del ladrillo, como recordaba ella misma. Y las palabras de Rosa Montero traían a la memoria las escritas por otra periodista, Delia Rodríguez, que en un artículo de hace un par de años compartía un barrunte: en el periodismo no son malos tiempos para la lírica, lo son para la épica, para esa imagen que nos hemos construido con la complicidad de la literatura y del cine de un gremio de bohemios, alcohólicos y pendencieros. Que también. Pero no tanto.

El artículo de Delia Rodríguez ha traído también una anécdota de hace más años, cuando me invitaron a participar en un debate con otros compañeros de profesión y uno de ellos, de mi quinta más o menos, mantuvo ufano que la mejor redacción es la barra de un bar. Y ese relato de nosotros mismos ya huele a cuarto mental poco ventilado. Por hacer literal la apropiación de las palabras de Delia Rodríguez, «mientras sigamos pensando que el periodismo está en decadencia porque esa narración se desvanece, estaremos impidiendo que nuestro trabajo cambie». Porque el periodismo está cambiando mucho, como otras tantas profesiones que no reiteran en público a cada tanto –porque no tienen ese privilegio de nuestro gremio– el lamento nostálgico de una supuesta edad dorada que ya no volverá.

Pero hay quien vuelve para contarlo. Ha vuelto desde el otro lado del océano Majo Siscar, que hablaba antes que Montero como ganadora del Premio Manuel Alcántara para periodistas jóvenes. Siscar ha trabajado en México, El Salvador, Honduras, Colombia. En ese último país preparó el reportaje premiado, ‘Los desenterradores de la paz’, la historia de Alexander –que no se llama Alexander– y de Marta Quintero, que sacan de la tierra las minas colocadas por la guerrilla y los paramilitares durante la larga guerra mantenida en el país latinoamericano. Cuenta Majo Siscar que construir una bomba cuesta menos de cuatro dólares y unos minutos, según lo pedregoso del terreno. Sacarla de ahí lleva semanas y miles de dólares. Habló Majo de periodistas muertos a balazos, de la precariedad laboral como una costra difícil de despegar, de la desigualdad entre los despachos y la calle, del deseo de seguir luchando pese a todo.

El reportaje de Majo Siscar combina las cifras y las vivencias, el rigor y el dolor, el dato y la carne. Es la marca de la casa de ‘5W’, la revista donde se publicó el trabajo que le ha traído a la ciudad y al premio. Una iniciativa promovida por periodistas, nacida y mantenida a base de pequeños mecenas, que combina los contenidos digitales con, por ahora, dos revistas en papel bueno y tapa dura que son dos auténticas bellezas.

Una joya, ‘5W’, capaz de recordarnos algo que parecía olvidado por demasiada gente: el buen periodismo, como cualquier bien y servicio, hay que pagarlo. Parece la única manera de mantenerlo con vida. Y mientras damos con la tecla para hacerlo viable, a muchos sólo nos nace cada mañana el deseo de salir a la calle en busca de historias. Sin pena ni miedo.

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Sola en la sala
Antonio Javier López 21-05-2017 | 11:31 | 0

Gloria Fuertes, en la arena.

Ahora cada poco rato la pantalla del televisor se funde en negro y pregunta si todavía estamos viendo ‘La abeja Maya’. Pues claro que estamos viendo ‘La abeja Maya’. Aquí apenas se ve otra cosa. Y encantados. Porque se ve, además, en una nueva versión digital y molona, capaz de no defraudar en la dura prueba de los recuerdos de la infancia. Las ojeras de Willy el zángano, la chistera del saltamontes Flip con su violín a cuestas, la marcial hormiga Paul y el pequeño escarabajo Ben acarreando su «bolita de estiércol». Sigue estando todo ahí, pero distinto. O quizá lo que han cambiado son los ojos gastados por el tiempo, capaces ellos también se apreciar todo lo aprendido entonces y renovado ahora. Porque en casa se pide el yogur «con miel de abeja». Porque cuando vamos al campo, el monte es «el prado». Porque hay que salir a la noche de primavera para comprobar cómo huelen las flores bajo las estrellas que hacen llorar a Maya por tanta belleza.

Las aventuras de la abeja y sus amigos se revelan tantos años después como una extraordinaria lección sobre ecología, solidaridad y otros asuntos cruciales para cuidar nuestro paso por el mundo. Una carga de profundidad descubierta sin apenas darnos cuenta. Decisiva, por tanto. Algo parecido a lo que sucede ahora con otro personaje esencial en la infancia de quienes vamos camino de los 40 o lo pasaron hace poco: Gloria Fuertes. Se cumplen cien años de su nacimiento y su figura vuela más alto que ‘Un globo, dos globos, tres globos’, más profunda que las parodias televisivas que nunca estuvieron cerca de molestarle.

El centenario de Gloria Fuertes ha quedado lejos del boato impostado de otras efemérides y esa aparente carencia ha terminado por acercar la ocasión a la imagen que algunos nos hemos vuelto a construir de ella gracias a las exposiciones, a las actividades en torno a su obra y, sobre todo, gracias a algunos libros editados con el pretexto del aniversario. Ahí se abre como un cofre lleno de tesoros ‘El libro de Gloria Fuertes. Antología de poemas y vida’, publicado por Blackie Books a partir de un trabajo concienzudo de Jorge de Cascante. Un tocho como una metáfora de la propia poeta: grueso y de piel casi áspera con un interior de maravillosa dulzura.

Ahí está la niña pobre que vivía junto a La Gota de Leche. La pequeña que vio cómo la guerra mataba a su perro y a sus dos primeros novios, uno de izquierdas y otro de derechas. La joven que repartía libros por los barrios humildes a lomos de una Vespa. La mujer que en los años 40 se echó su primera novia, Chelo. La escritora y bibliotecaria pillada hasta las trancas de la norteamericana Phyllis Turnbull, el gran amor de su vida, con la que cruzó el charco varias veces y cuya muerte dejó en Gloria un vacío que intentaba llenar con whisky y humo de Bisontes.

Estaba Gloria enferma de tristeza cuando el profesor Manuel Alvar la invitó a participar en unos cursos de verano en Málaga. Y por aquí regresó Gloria durante las dos décadas siguientes. Primero a Estepona y después al pueblo donde ahora vivo y que tiene una plaza con su nombre. La plaza de la biblioteca, porque a veces el callejero se alía con la suerte para que todo tenga un poco más de sentido. Gloria Fuertes alojada en la cuarta planta de un hotel, siempre con vistas al mar, amaneciendo a media mañana, escribiendo por las tardes y apurando las noches junto a Manuel Alcántara y otros compinches de madrugada. «Ha muerto siendo una niña», dijo Alcántara como en un verso cuando el cáncer se llevó a Gloria Fuertes, ahora recuperada más allá de los ripios y las canciones infantiles.

Gloria Fuertes recordada, por mor de la crisis, con actos que parecen casar mejor con ella misma. Una Olimpiada Lectora en bibliotecas públicas, por ejemplo, empezada esta semana. Y cuesta poco imaginar que semejante ocurrencia, una plusmarca libresca, le habría hecho gracia. Lo mismo que el ciclo que trajo al pueblo de sus últimos veranos a gente como César Strawberry y la rapera Eskarnia, que acaba de lanzar un disco a partir de textos de la poeta bajo el título ‘Sola en la sala’. El dolor de la ausencia convertido en un rap. Le habría encantado a Gloria, la solitaria enamoradiza que quiso volar libre, como Maya.

 

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En el mismo colchón
Antonio Javier López 14-05-2017 | 11:20 | 0

Phillipe Starck, con pose promocional en el Centre Pompidou Málaga. Fernando González

Cuenta que llegó por primera vez a la isla con 16 años, que dormía en la playa y tenía un euro y medio para vivir cada día. Con el tiempo ha ido juntando más euros, hasta hacerse con un casoplón en una recóndita cala de la misma isla invadida cada mes de agosto por hordas de italianos merdellones con pulseritas de Pachá, Amnesia y Ushuaïa. Philippe Starck tiene casa en Formentera desde hace 50 años, pero apenas sabe decir en español ‘Hola’, ‘Adiós’ y ‘Muchas gracias, amigos’. Lo comentaba esta semana con la gracia suavona de quienes tienen el talento y el encanto necesarios para salirse siempre con la suya sin demasiado revuelo. Que se lo pregunten si no a los empleados del Centre Pompidou Málaga encargados de montar la exposición inaugurada el miércoles, después de buenas dosis de paracetamol, ibuprofreno y paciencia. Es lo que tienen las estrellas convertidas en marca registrada, que hasta la sala de exposiciones tiene que oler al perfume que venden con su logo en el frasco.

El asunto recordaba –salvando la marabunta y las distancias– a la muestra que le dedicó el CAC Málaga a Marina Abramovic hace justo tres años. Al menos en el Pompidou, con su costumbre mantenida de no organizar inauguraciones sociales al caer la tarde, se ahorraron el tumulto visto en el antiguo mercado de abastos con la Abramovic en plan princesa del pueblo ‘hipster’ y moderno. Claro que Starck tampoco tenía previsto quedarse. Ida y vuelta en el día. Apenas tres, cuatro horas en la ciudad para ofrecer una presentación de horario milimetrado sin aparente prisa. Una clase magistral de relaciones públicas. Quitarse importancia, reírse de uno mismo, hablar de su libro, sonrisas a la cámara y ‘Muchas gracias, amigos’. Un mecanismo tan bien engrasado que parece invisible. Pero está bien presente. En eso también recordó a la Abramovic. Porque entonces, como ahora, el proyecto apenas ofrece algo nuevo sobre su protagonista, la exposición se articula más bien como una suerte de grandes éxitos donde lo importante, al cabo, son ellos, su presencia en carne mortal.

Y así, pese a las puyas más o menos sutiles, más o menos elegantes, que algunos directores de los principales museos de la ciudad se van dedicando en público desde hace meses, unos y otros –hablamos de los museos, claro– se van pareciendo cada vez más, como dicen que les pasa a quienes duermen en el mismo colchón.

Porque la delegación del Pompidou iba a ser un «laboratorio de ideas», pero ha terminado por encomendar su exposición estival a una estrella mediática, quizá con la esperanza de que ese tirón popular anime sus escuetas estadísticas de visitantes durante la temporada alta turística. Algo parecido sucede en el Museo Picasso Málaga, que enfila el verano con una exposición de la Tate que pone en letras grandes a Lucian Freud y Francis Bacon, aunque el proyecto vaya mucho más allá de ambos autores. La muestra coincide además con otro reclamo aún reciente: la nueva colección del museo.

Resulta curioso comprobar cómo después de la superioridad intelectual, incluso moral, desplegada en el discurso de los responsables del Museo Picasso Málaga respecto a las franquicias artísticas instaladas en la ciudad, el propio Museo Picasso ha terminado por adoptar un modelo bien parecido al de éstas, al menos en lo relacionado con su colección. El Museo Ruso la cambia cada año; el Pompidou, cada dos y pico y el Picasso, cada tres. Será el periodo de revisión de las cesiones realizadas por la fundación del nieto del artista. Cuenta el Picasso, eso sí, con un colchón de más de 200 obras donadas por Christine y Bernard Ruiz-Picasso, que ahora representan un tercio de las piezas expuestas en las salas dedicadas a la colección. Así que el Museo Picasso Málaga empieza a parecerse mucho a una franquicia de parte de la familia Picasso.

La familia, la ciudad, el arte. La vida entera como una franquicia sin manual de instrucciones. Porque tiendo a pensar que las cosas que quiero acaban pareciéndose entre sí, quizá porque duermen en el mismo colchón de mi cabeza.

 

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En blanco
Antonio Javier López 07-05-2017 | 11:20 | 0

Eugenio Merino y Picasso, fundidos en blanco en la Alianza Francesa. Fernando González

Ahora la medida de todas las cosas levanta varios palmos del suelo y pesa unos 12 kilos, aunque esta semana se está quedando más flaca. Hay puntitos negros en las amígdalas, rojeces en la garganta, 38.7 y subiendo, la primera vez que dice ‘Me duele’ y varias noches en blanco.

Como ni Dios ni Dalsy juegan a los dados, después de la primera noche en blanco se presentaba la décima Noche en Blanco de la ciudad con una decidida apuesta por la reducción de contenidos en busca de una mayor calidad, de un mayor enfoque cultural del asunto. El listón se ha subido hasta dejar el invento en 217 citas. El año pasado hubo 250. La Noche en Blanco y el sonrojo son lo único que han quedado de aquella candidatura para ser Capital Cultural Europea en 2016 y esa supervivencia ofrece un extraordinario retrato colectivo de esta parte del mapa. Por citar al artista antes conocido como Joaquín Sabina, la Noche en Blanco ha seguido «como siguen las cosas que no tienen mucho sentido». Porque apenas el deseo festivo de echarse a la calle sirve para explicar las colas en lugares que pocas horas después siguen siendo gratuitos; que los más deseados sean los museos que al día siguiente y al otro domingo y al otro y al otro seguirán estando en el mismo lugar con el mismo acceso libre hasta completar el aforo. Porque hay una imagen repetida durante varias Noches en Blanco que no se me quita de la memoria: la cola para entrar a la Alcazaba perdiéndose por la calle Císter hasta casi tocar el Patio de los Naranjos. La entrada para ver el monumento cuesta al público local 60 céntimos y todos los domingos, a partir de las dos de la tarde, es gratuita. Pero durante años ha habido cientos de personas que han decidido pasar dos, tres, cuatro horas en ordenada fila para ver el monumento, muchas veces, aún de día. Ninguno parecía muy disgustado, así que todo bien. Lo mismo en la plaza de la Constitución, que también suele petarse con el correspondiente concierto. Este año, la Noche en Blanco va sobre el sueño, así que toca Álex Ubago.

Después de la segunda noche en blanco apareció Picasso de cuerpo presente. Una escultura de silicona con el artista muerto y una lápida funeraria de mármol de Carrara en una sala de la Alianza Francesa. La pieza la firma –con el comisariado de Los Interventores– Eugenio Merino, como aquella de Franco metido en una nevera o la otra de Damien Hirst pegándose un tiro en la sien. Merino no se acuerda, pero hace dos años, en Genalguacil, andábamos tomando café en la terraza de un bar del pueblo con Juan Francisco Casas cuando se echó mano al bolsillo de las bermudas, sacó las llaves del Ayuntamiento y anunció con mirada pérfida: «Vamos a hacer algo muy punky…». Aquello quedó en amago y ahora Merino brinda su escultura hiperrealista quizá más contenida: Picasso muerto como ‘souvenir’ definitivo de un Centro Histórico travestido en parque temático y trampantojo.

Una ilusión desvanecida como dormir en la tercera noche en blanco. Luego gente importante de la que no habías oído hablar, una ramificación del ‘síndrome del CAC’, cuyo cuadro clínico presenta sudores fríos y parpadeo constante cuando asoma por el centro de arte un autor cuyo nombre ni te suena, pero que resulta ser la leche a la vista de Google. Claro que esta semana lo más importante es que baje la fiebre. Que duela menos.

La cuarta noche en blanco da una tregua de tres, casi cuatro horas. Y 13 horas más tarde, Tabletom. No huele a petardo ni se quedan los pies pegados en el suelo ni está Rockberto perdido en el escenario. Suena Tabletom en el salón de actos de un conservatorio y todo resulta nuevo y conocido al mismo tiempo. Familiar y distinto; sobre todo, hermoso. Tabletom con orquesta un viernes por la tarde en sesión familiar, casi infantil, porque cuando termina el concierto apenas ha caído la noche. Otra noche en blanco que no pesa, comparada con un ‘Me duele’.

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