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Sola en la sala
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Antonio Javier López | 21-05-2017 | 21:31

Gloria Fuertes, en la arena.

Ahora cada poco rato la pantalla del televisor se funde en negro y pregunta si todavía estamos viendo ‘La abeja Maya’. Pues claro que estamos viendo ‘La abeja Maya’. Aquí apenas se ve otra cosa. Y encantados. Porque se ve, además, en una nueva versión digital y molona, capaz de no defraudar en la dura prueba de los recuerdos de la infancia. Las ojeras de Willy el zángano, la chistera del saltamontes Flip con su violín a cuestas, la marcial hormiga Paul y el pequeño escarabajo Ben acarreando su «bolita de estiércol». Sigue estando todo ahí, pero distinto. O quizá lo que han cambiado son los ojos gastados por el tiempo, capaces ellos también se apreciar todo lo aprendido entonces y renovado ahora. Porque en casa se pide el yogur «con miel de abeja». Porque cuando vamos al campo, el monte es «el prado». Porque hay que salir a la noche de primavera para comprobar cómo huelen las flores bajo las estrellas que hacen llorar a Maya por tanta belleza.

Las aventuras de la abeja y sus amigos se revelan tantos años después como una extraordinaria lección sobre ecología, solidaridad y otros asuntos cruciales para cuidar nuestro paso por el mundo. Una carga de profundidad descubierta sin apenas darnos cuenta. Decisiva, por tanto. Algo parecido a lo que sucede ahora con otro personaje esencial en la infancia de quienes vamos camino de los 40 o lo pasaron hace poco: Gloria Fuertes. Se cumplen cien años de su nacimiento y su figura vuela más alto que ‘Un globo, dos globos, tres globos’, más profunda que las parodias televisivas que nunca estuvieron cerca de molestarle.

El centenario de Gloria Fuertes ha quedado lejos del boato impostado de otras efemérides y esa aparente carencia ha terminado por acercar la ocasión a la imagen que algunos nos hemos vuelto a construir de ella gracias a las exposiciones, a las actividades en torno a su obra y, sobre todo, gracias a algunos libros editados con el pretexto del aniversario. Ahí se abre como un cofre lleno de tesoros ‘El libro de Gloria Fuertes. Antología de poemas y vida’, publicado por Blackie Books a partir de un trabajo concienzudo de Jorge de Cascante. Un tocho como una metáfora de la propia poeta: grueso y de piel casi áspera con un interior de maravillosa dulzura.

Ahí está la niña pobre que vivía junto a La Gota de Leche. La pequeña que vio cómo la guerra mataba a su perro y a sus dos primeros novios, uno de izquierdas y otro de derechas. La joven que repartía libros por los barrios humildes a lomos de una Vespa. La mujer que en los años 40 se echó su primera novia, Chelo. La escritora y bibliotecaria pillada hasta las trancas de la norteamericana Phyllis Turnbull, el gran amor de su vida, con la que cruzó el charco varias veces y cuya muerte dejó en Gloria un vacío que intentaba llenar con whisky y humo de Bisontes.

Estaba Gloria enferma de tristeza cuando el profesor Manuel Alvar la invitó a participar en unos cursos de verano en Málaga. Y por aquí regresó Gloria durante las dos décadas siguientes. Primero a Estepona y después al pueblo donde ahora vivo y que tiene una plaza con su nombre. La plaza de la biblioteca, porque a veces el callejero se alía con la suerte para que todo tenga un poco más de sentido. Gloria Fuertes alojada en la cuarta planta de un hotel, siempre con vistas al mar, amaneciendo a media mañana, escribiendo por las tardes y apurando las noches junto a Manuel Alcántara y otros compinches de madrugada. «Ha muerto siendo una niña», dijo Alcántara como en un verso cuando el cáncer se llevó a Gloria Fuertes, ahora recuperada más allá de los ripios y las canciones infantiles.

Gloria Fuertes recordada, por mor de la crisis, con actos que parecen casar mejor con ella misma. Una Olimpiada Lectora en bibliotecas públicas, por ejemplo, empezada esta semana. Y cuesta poco imaginar que semejante ocurrencia, una plusmarca libresca, le habría hecho gracia. Lo mismo que el ciclo que trajo al pueblo de sus últimos veranos a gente como César Strawberry y la rapera Eskarnia, que acaba de lanzar un disco a partir de textos de la poeta bajo el título ‘Sola en la sala’. El dolor de la ausencia convertido en un rap. Le habría encantado a Gloria, la solitaria enamoradiza que quiso volar libre, como Maya.