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Cine abierto
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Antonio Javier López | 16-06-2017 | 23:05

El cine de verano de mi pueblo ya sólo se proyecta en la memoria. Ñito Salas

Puede que haya sido el subconsciente, o no tanto, pero el hecho es que muchos de aquellos niños que pasamos los veranos de nuestra infancia y adolescencia en aquel trozo de playa y sus alrededores hemos decidido instalar allí nuestra desnortada madurez con nuestras familias crecientes. Si te mantienes en la convicción y la suerte de vivir al sur de la autovía, la playa, el paseo marítimo, el cobijo de algunos bares, el centro de salud y la compra diaria esperan sin necesidad de coche ni zapato de ir a trabajar. Es más, algunas mañanas de sábado te regalan la posibilidad de la caminata lenta en chanclas o deportivas para comprarle boquerones y pescadillas a Mari; ver cómo Antonio corta la carne como quien acaricia a un amante; preguntar en Guijarro si quedan bollitos con la silueta orejona de Mickey Mouse; aturdirte en el jaleo permanente en la frutería de Yoli; tranquilizarte luego con los jóvenes farmacéuticos del principio del pueblo; asomarte a la charcutería de Quique y su familia, ejemplo de tantas cosas importantes y terminar en la esquina de siempre para comprar los periódicos y las revistas en algo parecido a un quiosco.

El quiosco en realidad es una papelería, pero abre los domingos, tiene estanterías con las portadas de frente y los fines de semana reserva la prensa y algunos suplementos tentadores que acaban casi siempre en la cesta bajo el carrito de V. Si bajas la calle de la papelería en dirección al mar llegas a algo parecido a una plaza donde un edificio de apartamentos con terrazas chatas ocupa el hueco donde estuvo el cine de verano hace casi 30 años. Las hileras de sillas metálicas pintadas de azul, el micrófono peludo asomando en varios encuadres de ‘Memorias de África’, las veces que tuve que ir con mi hermana a ver las películas de Hombres G, la plancha rabiosa donde hacían las hamburguesas, la esquina oscura de los cigarrillos de los chicos mayores, el papelito áspero y rosa como de tómbola que te entregaban en la puerta a modo de entrada, los cojines inútiles y el croar de las pipas al partirse entre los dientes, el olor a dama de noche y el sabor de los primeros besos en la boca.

Esta semana ha regresado todo aquello con la presentación del programa de Cine Abierto, quizá la iniciativa que más y mejor vertebra una oferta cultural en la ciudad. Proyecciones gratuitas en los barrios y en las playas de películas infantiles y palomiteras, pero también de algunas cintas para gafapastas intensitos. Claro que ahora en la arena –o en algunas plazas, en el Eduardo Ocón, en el patio de Tabacalera o en el Muelle Uno– hay sillas de plástico blanco más cómodas y una pantalla hinchable como un castillo para soñar. Pero allí espera la misma fascinación puesta a volar al aire libre de una noche de verano, la maravilla de ver una película en pantalla grande, grandérrima, con la cena llevada de casa y los amigos al retortero. Un pico de rareza en la feliz monotonía de los veranos de tres meses sin clase.

El ciclo de proyecciones veraniegas lo mantiene con vida el Festival de Málaga Cine en Español. Lo mismo que el Albéniz, el único cine vivo en la ciudad al margen del hábitat encapsulado de un centro comercial. Y ambos ejemplos, pero sobre todo este Cine Abierto que ahora empieza, sirven para recordar que el festival va mucho más allá del postureo de acreditados –que también– durante los diez días del certamen y de la tontuna de no pocos invitados, del descrédito interesado que sigue persiguiendo a un invento que, sin olvidar todo el margen de mejora que tiene por delante, es capaz de mantener una propuesta atractiva, sostenible y gratuita para nutrir de entretenimiento y cultura la agenda veraniega de todos los barrios de la ciudad.

Y así, cuando alguien se pregunte para qué sirve el Festival de Málaga, la respuesta también podría venir con cualquiera de estas noches de verano que quizá recuerde algún niño dentro de veinte o treinta años para encontrar en aquellas imágenes borrosas, entre inventadas y vividas, algo muy parecido a la felicidad.