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El ombligo
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Antonio Javier López | 25-06-2017 | 09:20

El Museo de la Aduana acaba de nacer y ya parece cansado. Álvaro Cabrera

Mario Benedetti resulta muy socorrido para las citas y para los rituales del cortejo con la glucosa alta. En uno de sus poemas dejó escrito: «Quizá mi única noción de patria / sea esta urgencia de decir nosotros». Y esos versos sirven lo mismo para llamar a un ligue improbable a las puertas del verano que para juntar unas líneas sobre gestión política de equipamientos culturales en una comunidad autónoma. Porque hace poco más de una semana descubrimos con cierto asombro que el Museo de Málaga estará cerrado todas las tardes desde mediados de junio hasta mediados de septiembre; es decir, cuando más turistas y otra gente con tiempo libre pasan por aquí. El horario es común a casi todos los museos gestionados de manera directa por la Junta de Andalucía, pero algunos en esta ciudad, en general, y en este periódico, en particular, hemos hecho de ese asunto una cuestión prioritaria.

Nuestra manera de demostrar que algo nos parece importante es dedicarle mucho tiempo, mucho esfuerzo y mucho espacio. El primer día, el cierre de la Aduana por las tardes fue el titular principal de la portada y en esas hemos andado desde entonces, publicando informaciones sobre lo que supone la clausura vespertina de un museo inaugurado hace apenas seis meses y logrado después de una reivindicación ciudadana insólita, de 20 años con sus colecciones almacenadas y de 40 millones de euros de dinero público invertidos por parte del Estado para convertir el mayor exponente de la arquitectura civil de la ciudad en la sede del museo provincial. El asunto también ha servido –quizá debería escribir ‘me ha servido’– para recordar que las redes sociales, en ocasiones, también son útiles para dar que pensar. Y todos sabemos que sólo dan que pensar las críticas.

En medio de la matraca informativa de esta semana, después de compartir una de esas noticias sobre la Aduana, recibía la respuesta de un usuario que lamentaba el «ombliguismo» de limitar la repercusión de la medida de la Junta de Andalucía al Museo de Málaga, cuando el cierre afecta a (casi) todos los centros gestionados por el gobierno regional. Tenía razón el lector, porque el matiz no estaba incluido en la pieza; sin embargo, después de rumiarlo durante unos días, puede que tirando de ese hilo se empiece a desmadejar el ovillo de un problema surgido, justo, por tratar igual a todos los museos de la región.

Porque una identidad se puede construir desde el afecto o desde la inquina. Y si durante décadas hemos elaborado una parte la imagen que tenemos de nosotros mismos en contraposición con Sevilla y sus agravios (probables o supuestos), ahora tenemos elementos para hacerlo a partir de nuestros logros. Aquí nos reivindicamos desde hace tiempo como la ‘capital económica de Andalucía’ en un discurso cimentado en fríos datos objetivos, los mismos que sirven para presentarnos como la capital cultural de la región, con todos los fallos, desequilibrios y peligros que plantean las estrategias de las administraciones local, provincial, regional y estatal.

Si el asunto de los horarios veraniegos de los museos andaluces gestionados por la Junta ha llegado al primer plano de la actualidad política ha sido por la reivindicación relacionada con la apertura del Museo de Málaga. Por supuesto que el partido en la oposición andaluza ha olido sangre y se ha lanzado a sacar tajada, pero la respuesta de la Junta ha sido decepcionante, casi indigna. Reclamar para el Museo de Málaga un trato específico se sustenta en datos relacionados con el propio proyecto y con su entorno; en la comparación con el Museo de Almería, que sí abre por las tardes en verano; en la historia de reivindicación y lucha que trae consigo el museo cuando esa pelea sí le interesó a la Junta de Andalucía; en las potencialidades de un equipamiento navegado por una inercia que amenaza con extinguirse.

No se trata de nuestro ombligo ni de chovinismo provinciano, se trata de defender un hecho diferencial con argumentos. Y el de la Junta, que justifica el cierre vespertino porque es lo que dice el convenio colectivo de los trabajadores de esos espacios, resulta sonrojante y pueril y da cuenta de la incapacidad de quienes lo enarbolan para haber negociado con esos mismos trabajadores con la previsión y la diligencia mínimas. En el caso de Málaga, han tenido dos décadas para evitar el vergonzante cierre de un museo que apenas ha nacido y ya parece cansado.

También aquí, en medio de la desazón que deja un proyecto que tanta ilusión despertó, sirven los versos de Benedetti: «Quizá mi única noción de patria / sea este regreso al propio desconcierto».