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Fecha: octubre 14, 2017
La tribu
Antonio Javier López 14-10-2017 | 2:02 | 0

Miguel Trillo, Asia SXXI

Pequeños roqueros fotografiados por Miguel Trillo.

Siempre vuela de regreso un martes. Mantiene esa decisión con la firmeza de las manías convertidas en método de trabajo a fuerza de verse corroboradas por la experiencia. Porque él no viaja a países, viaja a ciudades. Las playas, los bosques, las postales no le interesan demasiado. Sabe que la vida se da la vuelta en el asfalto los fines de semana, sabe de la melancolía universal de los domingos por la tarde y de la tristeza irremediable de los lunes. Por eso vuela de regreso los martes. Por eso logró aquella foto, la última por ahora, en la que esa chica lo mira como si no lo viera. Fría y ausente como una muñeca de plástico. Lleva en la frente un rulo del pelo como el San Bernardo de los dibujos animados lleva el barrilito bajo el cuello. Otra con pinta rara. Es la gente que le interesa, a la que sigue por la calle sin hablar. Si hablas demasiado, te pierdes la siguiente foto. Así encuentra, por ejemplo, una discoteca en la tercera planta de un edificio en Hong Kong, un club estrafalario y fascinante en una plaza perdida de Seúl. Lugares que no aparecen en las guías de viajes. Tampoco en sus fotos. Porque él retrata a personas. Jóvenes. Siempre jóvenes con pinta rara. Desde los punkis de los 70 hasta las chicas asiáticas transformadas en personajes de ‘anime’ hace unas semanas.

Cuatro décadas detrás de las tribus urbanas en la selva de cemento. Algún día, quizá, esa labor documental y poética le valga a Miguel Trillo el Premio Nacional de Fotografía. Mientras tanto él sigue a lo suyo, con su gorra y su cámara y sus viajes con el vuelo de regreso siempre los martes.

Trillo entrega un trozo de vida en cada proyecto, con la paciencia de un entomólogo que coloca sus piezas con alfileres sobre la pared de museos y centros de arte. Trillo nació en Cádiz, ha cuajado su carrera entre Madrid y Barcelona, pero nunca olvida que se «construyó culturalmente» en Málaga. Por primera vez estrena aquí una serie. En el Rectorado reúne un centenar de retratos de jóvenes serenos y salvajes venidos desde el otro lado del mundo. Defiende Trillo con miles de kilómetros en la mochila que la modernidad asoma por Asia y hasta allí se ha ido en los últimos años. Porque Trillo dedica mucho tiempo a cada proyecto. Ahora anda buceando en la noche de Moscú y la sonrisa que deja escapar cuando lo cuenta promete imágenes, historias, memorables. Porque Trillo construye ficciones a partir de personajes reales. La historia contemporánea escrita en los barrios periféricos, en los chavales que se hacen los duros y en las chicas que no se andan con chiquitas.

El relato de la tribu. Quien resiste, gana. Lo sabe la gente del Ateneo de Málaga, que abre nueva etapa con elecciones a la presidencia después de los ocho años de Diego Rodríguez Vargas al frente de la institución. Su mayor mérito quizá ha sido la propia supervivencia de la entidad. Cuando la vecina Sociedad Económica echaba un triste cierre temporal por falta de dinero, cuando la Junta de Andalucía anudaba el grifo hasta convertirlo en una soga al cuello de la cuenta corriente, los del Ateneo se las han ingeniado para seguir adelante y plantear nuevas propuestas como el ciclo Escena Bruta, el espacio expositivo junto a barra de bar de Frank Rebajes y un nuevo premio teatral. Mucho con muy poco. Y que dure.

En el Ateneo ha encontrado cobijo otra tribu, la Sociedad Fotográfica de Málaga, que muestra allí la exposición antológica de su concurso anual. El colectivo tiene su propia sede desde principios de año sobre el Mercado de la Merced y a pocos metros de allí ha estrenado esta semana una muestra con el trabajo de algunos de sus socios. Más de 130 en menos de cuatro años. Y creciendo. El movimiento fotográfico encuentra en Málaga un terreno abonado y feliz con asociaciones, colectivos y festivales capaces de reunir a miles de personas. Gente al otro lado de la cámara a la que no le suele gustar salir en la foto. Ni hablar demasiado, porque pueden perderse la siguiente foto. Así funciona la tribu. Lo saben por experiencia.

 

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Primerizos
Antonio Javier López 14-10-2017 | 1:53 | 0

El primer día sólo teníamos que estar una hora y podíamos quedarnos juntos. Claro que ella se alejó un momento, distraída y contenta, buscando de vez en cuando mi mirada. El segundo día también habían previsto una hora, pero ya cada uno por su lado. Al recogerla me dijeron que había estado muy bien, que podíamos olvidar el periodo de adaptación. El suyo, no el mío. Ese aún dura. Porque este verano ha venido la fatalidad a pegarnos a la puerta de casa y en el afán de no abrirle casi gasté menos fuerzas que en los primeros días de colegio de mi hija. Hay una madre aferrada a la verja del patio en un baile mudo que intenta ver a su hijo dentro de clase. Hay una lágrima bajando detrás de unas gafas de sol puestas a las nueve y cinco de la mañana. Hay un nudo en el estómago, una rigidez en todo el cuerpo por el pasillo que conduce al aula mientras ella baila despreocupada cogida de mi mano. Hay una pena un poco tonta, impregnada en la ropa como una mala colonia hasta que la recoges y te dice que se lo ha pasado súper bien y entonces se evapora ese desamparo egoísta y primerizo. Hasta el día siguiente.

«Somos primerizos», dice Ángelo Néstore, que sonríe como quien abraza, al lado de Violeta Niebla. Dos poetas empezando a vivir que han urdido el mejor festival de poesía visto por aquí en mucho tiempo. El festival de la poesía que baila reguetón, Gran Hermano y Gloria Fuertes, la música electrónica y un réquiem, Luna Miguel y Rafael Argullol, Ángeles Mora y Niño de Elche. El festival ‘Irreconciliables’ se reconcilia con la calle para desplegarse por buena parte de la ciudad, del Cementerio Inglés a varios museos, del mar en calma a la Sala María Cristina. Malos tiempos para la lírica adocenada. Como siempre. Porque aquí hay poetas que se mueven, que se unen y crean una asociación para revitalizar un festival hasta darle la vuelta con un calcetín.

Como Néstore le da la vuelta en sus poemas a la idea de masculinidad, más cercana a la cabeza y el corazón que a la entrepierna. El deseo de ser padre, el miedo a ser padre, el miedo al padre en los versos de Néstore, Premio Hiperión, editor feminista y combatiente tan firme como amable. Lo mismo que Violeta Niebla, poeta, fotógrafa, artista visual, gestora cultural, activista del afecto. ‘Todas estas flores son para Violeta Niebla’. Está escrito a mano sobre el cemento de la mediana sembrada que hay justo enfrente de la puerta del periódico.

Violeta y Ángelo. El Dios de la poesía los cría y ellos se juntan para darle un meneo a ‘Irreconciliables’ y reconciliarnos así con una parte de la ciudad, de nosotros mismos. «Hemos dado este paso por amor a la poesía, a la gestión cultural y a la ciudad». Y lo dicen con recato, sabedores de que ese amor entregado suele despertar inquina entre quienes miden los afectos con la vara del beneficio propio. Pero ellos son primerizos. Y se les nota.

 

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