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Fecha: noviembre, 2017
Las palabras primas
Antonio Javier López 26-11-2017 | 11:20 | 0

Iwasaki, Casamayor y Neuman, como los tres monos del templo japonés de Tosho-gu en Nikko. :: alfredo aguilar

Iwasaki, Casamayor y Neuman, como los tres monos del templo japonés de Tosho-gu en Nikko. :: alfredo aguilar

Vino al mundo de madrugada. Al viejo mundo. Y lo primero que hizo fue meterse en un bar de Sevilla para tomar un café y algo de comer. Le respondió el camarero y ha olvidado sus palabras, pero en la memoria mantiene viva la impresión que le causaron. Porque allí estaba el gato Jinks que perseguía a Pixie y Dixie, el buitre que ayudaba a Mowgli en ‘El libro de la selva’, el perro de Los Aristogatos. En las películas de romanos que veía de niño en Lima, los personajes musculosos hablaban «como los curas del colegio»: castellano de Castilla. Y de repente, al otro lado del charco, molido y ojeroso después de un viaje de miles de kilómetros, descubrió que el español, como el verso de Walt Whitman, contiene multitudes.

Quizá por eso, de un tiempo a esta parte, cada vez que regresa a Perú le sueltan casi a modo de pequeño reproche de abandono que ya habla con un español y, sin embargo, cuando anda por acá nadie le cuestiona sobre de dónde viene. Podría decir Lima, Japón, Sevilla o Pedregalejo, el lugar donde le gustaría jubilarse y que le recuerda a algunos recodos de mar en Puerto Rico y en Cuba. «He nacido muy lejos, pero creo que me estaban esperando», comparte con una media sonrisa Fernando Iwasaki, que sueña despierto con una mesa en El Cabra o Miguelito El Cariñoso. Iwasaki escribe novelas, cuentos y prólogos con la sabrosura gustosa de quien ama las palabras y las emplea con amor y humor. Iwasaki acaba de ganar el Premio Málaga de Ensayo y no se sabe bien si el premio es para él o para el currículo del galardón.

Habla Iwasaki y trenza historias con una naturalidad sólo al alcance de talentos muy trabajados. Recibe Iwasaki el premio por un libro quizá titulado ‘Las palabras primas’. Primas como las cifras. Primas lejanas a uno y otro lado del Atlántico en un viaje de ida y vuelta. Cuenta Iwasaki la vida de las palabras como un relato de aventuras. Cuenta Iwasaki, por ejemplo, que ‘chévere’ no llegó de la mano de ‘Topacio’ y ‘Cristal’, sino que nació en Valladolid en el siglo XVI, viajó hasta América en la boca de los castellanos de entonces y allí se mantuvo con la vida que aquí le faltó hasta regresar con los culebrones ochenteros. De relatos como ese va el libro que ha ganado esta semana el Premio Málaga de Ensayo, como el de Novela, rescoldo que aquel Instituto Municipal del Libro que se cargaron en el Ayuntamiento para satisfacer a Ciudadanos en una merienda de negros a base del chocolate del loro.

Da la ciudad nombre y cobijo a un premio de novela y otro de ensayo que encuentran su mejor reivindicación en la relación de premiados. Pablo Aranda, Eva Pérez Díaz, Sara Mesa, Eduardo Jordá y ahora Antonio Fontana entre los narradores; Vicente Luis Mora, Remedios Zafra y ahora Fernando Iwasaki entre los ensayistas, estos últimos editados por Páginas de Espuma, cuyo catálogo nos sigue dejando como al perro de Pavlov.

‘Ajuar funerario’, ‘Helarte de amar’ y ‘España, aparta de mí estos premios’ han sido algunos de los libros de Iwasaki que ha dado a la imprenta la editorial de Juan Casamayor, que hace un par de meses recibía el Homenaje al Mérito Editorial de la Feria del Libro de Guadalajara. Y gusta el premio desde el nombre, porque tiene mérito mantener durante casi dos décadas una editorial independiente capaz de ofrecer descomunales empresas como los cuentos completos de Chéjov, Poe y Zola junto a maravillas de la distancia corta como ‘Hombres felices’ de Felipe R. Navarro, ‘Alumbramiento’ de Andrés Neuman y ‘Siete casas vacías’ de Samanta Schweblin, por citar algunos ejemplos a puro golpe de memoria gozosa.

Como gozoso es leer y escuchar a Iwasaki, que escribe sobre las orillas del español y reivindica el andaluz como el habla más dinámica y creativa del orbe hispano. Un idioma capaz de incluir en su diccionario académico el verbo ‘cantinflear’. Porque más que el esplendor, a Iwasaki le preocupa que la Academia limpie, que borre palabras con la coartada del desuso. Porque ahora todo es algoritmo y en algún sótano oscuro una máquina comprueba los vocablos que se manejan y los que no. A los primeros les da puntos y a los segundos los va dejando caer en el olvido, hasta que el corrector automático del procesador de textos los subraya en un oleaje bermellón como a un sospechoso de ser inventado.

Cuenta Iwasaki esta historia y uno duda si es real o inventada. Y da lo mismo. Porque es algo mejor: es mágica. Y luego se ofrece Iwasaki como mecenas de palabras para que no mueran. La suya es rosicler, el tono rosáceo del cielo justo antes de amanecer. Como si lo estuviera viendo sentado en un espigón de Pedregalejo.

 

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Coordenadas
Antonio Javier López 20-11-2017 | 8:44 | 0

Un aplauso para Cristina Consuegra (segunda por la derecha), artífice de 'Coordenadas'. Francis Silva

Un aplauso para Cristina Consuegra (segunda por la derecha), artífice de ‘Coordenadas’. Francis Silva

He tenido la suerte extraordinaria que haber crecido entre mujeres. Único hijo, único sobrino y único nieto varón durante toda mi infancia y adolescencia, cada ocurrencia en las reuniones familiares era celebrada con entusiasmo por un público fiel de tías, abuela y tías abuelas. Creo que esa cálida placenta emocional en la que viví durante tantos años me ha salvado de algunos abismos y por si fuera poca breva, aquel regazo invisible encontró desde muy pronto a una madre trabajadora dentro y fuera de la casa que nos crió a mis hermanas y a mí como a iguales. Ese matriarcado ha encontrado además el contrapeso de un padre inteligente y sensible, más moderno de lo que jamás haya pensado de sí mismo, quizá porque aplica esa conciencia igualitaria como todo lo que ha hecho en la vida: con generosidad y convicción, sin darse importancia.

 

(Conciliación: Terminar la jornada laboral a las 17 h. Va por vosotros también)

 

Por eso me parece lo más normal del mundo que después de casi veinte años escribiendo aquí, la mayor parte de ese tiempo haya tenido jefas. Me hago cargo de que no es la tónica habitual ahí fuera, pero para mí ha sido una suerte de prolongación natural de lo vivido en casa. Para cerrar el círculo, o quizá abrir uno nuevo, el estreno en la paternidad llegó con una hija, así que cuando andaba soltando a Edipo empecé con Electra. Creo que nada ha cambiado tanto mi manera de ver mundo como el hecho de tener una hija. No hijos, así en genérico, sino una hija. Noticias que antes dolían ahora te abren en canal por dentro, chistes que siempre te hicieron gracia ahora tienen un sabor rancio y actitudes que hasta hace dos años y once meses te parecían asumibles ahora te sublevan sin remedio. Y todo eso, sin olvidar que apenas rascas la superficie de un asunto profundo y crucial en el que la mayor parte del tiempo sigues estando del lado de la manada dominante, ya sea por acción o por omisión.

 

(Lenguaje: Construye realidades a través del uso, no de la norma. La evolución del lenguaje es una fusión de la vanguardia y el consenso social)

 

Por eso esta semana abro las páginas de ‘Coordenadas. Pensar la sociedad en clave feminista’ (Fundación Málaga) como quien abre una ventana y un espejo, una brújula y un árbol genealógico. Porque esta idea salida de la cabeza de Cristina Consuegra es, ante todo, un libro luminoso, capaz de ponerte frente a tus miedos y esperanzas, ante tus anhelos y carencias. Dieciséis mujeres y tres hombres firman ensayos sobre crianza y menopausia, deporte y series de televisión, cuidados y filosofía, la vida cotidiana y los grandes retos de la sociedad occidental contemporánea. Un libro maravilloso sobre un asunto urgente. Textos de Laura Freixas, Berta Ares –qué belleza–, María Luisa Balaguer, Concepción Cascajosa, Juana Gallego y Toño Fraguas, por citar algunos, subrayados y marcados con separadores, como aquí algunas entradas entre paréntesis del ‘Diccionario feminista para machistas con poco tiempo’ de Beatriz Rodríguez.

 

(Nariz: Lo que te voy a partir como vuelvas a ponerme la mano encima)

 

«La familia como un grupo de jazz y la vida como una ‘jam session’» escribe Rosario Izquierdo en su ensayo ‘Todas las edades’. Seguir leyendo y toparte con un párrafo como contra el muro de sus temores más duros: «Sería mejor tal vez dar otras herramientas a tu hija, no reforzar su condición de víctima posible, no enseñarla a ser víctima, sino por el contrario a ser más libre todavía, que no tema a los hombres ni a las leyes y aprenda a luchar contra cualquier forma de abuso de poder sobre cualquier cuerpo, sobre cualquier persona».

 

(Zorra: Lo que me llamas cuando tienes miedo)

 

 

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Casa
Antonio Javier López 20-11-2017 | 8:37 | 0

Mapas & Compañía, la gran belleza hecha librería. F. J. Acevedo

Mapas & Compañía, la gran belleza hecha librería. F. J. Acevedo

El primer libro que recuerdo haber leído iba de un oso que era tan malo jugando al fútbol que en su equipo de animales lo pusieron de portero suplente, hasta que en la final del campeonato tuvo que salir en el último minuto, paró un penalti y metió un gol de portería a portería. Era rectangular y pequeño, tenía la cubierta blanca con las letras naranjas -o así lo recuerdo yo- y la última vez que lo vi estaba en la despensa de la casa de mis abuelos donde guardaban cacharros, comida no perecedera y todos los artículos que yo escribía entonces en el periódico universitario y aquí mismo, recortados, doblados y clasificados en bolsas de cartón de Zara.

De aquella casa cogí mis primeros libros de la colección Austral que había sido de mis tíos. Desde aquella casa inmensa en un segundo piso sin ascensor bajaba la escaleras de camino a Rayuela, a Li-Bri-Tos, a la Libería Ibérica, donde a menudo caía un tebeo, un cuento, un Súper Humor si había mucha suerte. Y ahora que ha sido el Día de las Librerías caigo en la suerte de haber crecido en algunas de ellas, de sentir que mi casa está donde esperan mis libros. Quizá por eso las visito como quien va en busca de un viejo amigo, casi siempre movido por la simple apetencia del momento.

Y así regresar a Rayuela para charlar con Isabel, para saludar a Juan Manuel ahora que se ha tenido que venir de Rayuela Idiomas tras bajarle la pesiana, para ver los nuevos álbumes ilustrados que Mamen siempre me enseña porque sabe que le encantan a M. El primer libro de mi hija fue un regalo de Mamen y esos gestos se quedan a vivir en mi precaria capacidad de estar agradecido.

Otra mañana quizá toque la esquina de Proteo. Encontrarte allí con Garriga Vela recogiendo su encargo: la última novela de un escritor libanés que por lo visto es la repera. Sentirte culpable y feliz por todo lo que te queda por leer. Bajar la plaza del Teatro, girar a la derecha y asomarte al escaparate de Áncora para comprobar que no hay una sola cubierta que no te guiñe discreta para llevártela a casa. Áncora maneja un catálogo alérgico a la superficialidad y la impostura y esa férrea disciplina por el buen gusto hace que siga admirando a Enrique desde lejos.

Resisten los libreros a envites trágicos como las obras del metro. Siete años empalados en una acera de la Alameda lleva la gente de Luces. José Antonio es el presidente de la asociación de comerciantes afectados por el tajo que abre en canal un negocio que mantiene doce puestos de trabajo en medio del ruido y las franquicias. José Antonio te recomienda un libro según te vea ese día, como el médico que conoce tu cuerpo y el amigo que conoce tu ánimo. Los dos últimos: ‘Hozuki, la librería de Mitsuko’ (Nórdica) y ‘El club de los mentirosos’ (Impedimenta y Periférica). Qué ojo tiene, José Antonio.

Aunque cuando hay que alimentarse el ojo de belleza, el lugar indicado es Mapas y Compañía. Ya lo dije. Me repito. Nuestra Shakerpeare & Company. Maderas nobles, globos aerostáticos y terráqueos, Tintín por todas partes y Cuqui a los mandos para insuflar un cariño cálido que te reconcilia con la vida incluso en los días más sombríos. Porque entrar en Mapas y Compañía se parece mucho a llegar a casa y quitarte los zapatos después de haber estado todo el día dando trechas.

Quizá porque estar allí, como estar en Rayuela, Luces, Áncora y Proteo, se parece mucho a estar en casa. Quizá por eso echo de menos a Li-Bri-Tos y a Cincoechegaray como a los amigos muertos. Quizá por eso, ahora que han desahuciado a mi abuela del lugar donde ha vivido durante más de 60 años para convertir el edificio en apartamentos turísticos, he decidido no regresar, borrarme de la mudanza para no estropear mis recuerdos con la imagen de toda su vida y toda mi infancia metida en cajas del mismo cartón que aquellas bolsas de Zara. Porque ahora que lo escribo lo sé: donde estén mis recuerdos, mis libros y mis afectos, allí estará mi casa. Y de allí nadie podrá echarnos jamás.

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De prestado
Antonio Javier López 05-11-2017 | 11:20 | 0

A menudo lo mejor de las ruedas de prensa sucede antes y después de las ruedas de prensa, en los corrillos con algunos compañeros y cargos más o menos públicos a los que uno le acaba cogiendo cariño. Hace ya unos meses, al terminar la parrafada que nos había llevado hasta allí, un gestor cultural de la ciudad repasó las barbas y las bambas del compañero Pablo Bujalance y le soltó con media sonrisa: «Te estás volviendo un hipster». Y Pablo respondió con su flema habitual: «Imposible, querido. Tengo el carnet de una biblioteca pública». Más allá de la ocurrencia, la salida de Pablo ofrecía la misma carga de profundidad que muchos de sus textos. En unas pocas palabras había trazado un diagnóstico certero, irónico y clarividente de una realidad social, cultural y económica bastante compleja. Conviene no olvidar los matices, claro. Habrá ‘hipsters’ con carnet de biblioteca pública, pero gana el barrunte de que serán los menos.

Nada más lejos del impostado glamour de los modernos que una biblioteca de barrio. Frente al ‘selfie’ fatuo, el silencioso préstamo de libros, los encuentros con escritores, los cuentacuentos de los sábados, las actividades para las familias y el calor de los lomos matriculados que recuerdan desde los estantes combados no tanto las historias que has leído como todas las que aún te quedan por vivir. Y ese anhelo se parece mucho al entusiasmo.

En la ciudad que tropieza gozosa en la misma piedra de proyectos a los que no les salen las cuentas, aquí donde se afila la tijera de la periferia para sacarle punta al centro, queda el papel de las bibliotecas públicas. El viernes se cumplían 23 años del desalojo de la Biblioteca Provincial de la demolida Casa de la Cultura en la calle Alcazabilla. Desde entonces permanece en un local con alma de nave de polígono en la avenida de Europa, a la espera de su traslado al antiguo convento de San Agustín que ayude a revitalizar su limitada oferta cultural.

Al otro lado de la balanza del desánimo, la red de bibliotecas municipales. Dieciocho, repartidas por toda la ciudad. Y ante la tentación de caer en el romanticismo pusilánime del amor por los libros y el silencio (que también, oiga), algunos datos pelados. Dejemos a un lado el número de visitantes el año pasado (más de medio millón) y vayamos a cifras de mayor apego. Por ejemplo, hay 112.817 personas en la ciudad con un carné de biblioteca pública como el de Pablo y más de siete mil se apuntaron a ese club a lo largo de 2016, cuando se registraron 248.012 préstamos de libros.

Cada vecino de la capital afloja cinco veces más dinero de sus impuestos a los museos que a las bibliotecas municipales (25 euros, frente a 5 euros ‘per cápita’), pero la ciudad que se llena la boca y la agenda de exposiciones encuentra en la modestia de las bibliotecas públicas de barrio un motivo de orgullo sostenido y discreto, un calor avalado por la frialdad de las mismas cifras que no terminan de cuadrar en la mayoría de las salas de exposiciones sostenidas a cargo del mismo presupuesto.

Porque si los museos nos proyectan hacia el exterior (también con sus sombras), quizá las bibliotecas sirvan para mirarnos hacia un interior individual y colectivo, con las amas de casa que dejan el carrito de la compra en la puerta para renovar el préstamo de un libro, con los inmigrantes que navegan en silencio por Internet, con los jóvenes atolondrados con la libreta abierta y la mirada perdida. Encontrar un libro que quisimos leer hace tiempo y llevarlo a casa como a un ligue pasajero, anticipando a cada paso una satisfacción íntima y pequeña, una felicidad de prestado.

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