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Autor: AntonioJavierLopez
Camino
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Antonio Javier López | 24-12-2017 | 11:20| 0

Una de las maravillosas fotos de Alejandro.

Detalle de una de las maravillosas fotos de Alejandro.

Existe un tipo de gente que sirve lo mismo para una despedida de soltero, un marrón en el trabajo, una confesión o una mudanza. Gente demasiado generosa para darse importancia, modesta hasta ponerse en peligro ante a los tribunales de la brillantez ajena. Hay un tipo de gente que no protesta, que no se ofusca, que no se rinde. Gente armada hasta los dientes con una sonrisa siempre. Antonio es ese tipo de gente. Pienso en Antonio y me acuerdo de aquel verso de Jaime Gil de Biedma: “ahora que de casi todo hace ya veinte años”. Porque hace casi veinte años que Antonio sacaba el lápiz de la cajonera, lo afilaba sin prisa en mi presencia, me pedía que me sentara a su lado y empezaba a leer conmigo lo que yo había redactado con más convicción que acierto. Y Antonio te hacía un traje sin clavarte un alfiler, te llevaba de la mano hasta la palabra precisa, el dato correcto y la declaración ajustada. Antonio cogía tus párrafos y los pulía hasta sacarles brillo y te mandaba de vuelta a la silla que ocuparas de prestado con la sensación de que todo había sido idea tuya. Hay poca, pero hay gente como Antonio.

Antonio pastoreaba el rebaño de becarios cuando llegué a esta Redacción y por su culpa algunos creímos que todo aquel monte era orégano. Pero era mejor. Antonio ha sido jefe de todo y su ejemplo diario confirma aquella frase que decía mi abuela paterna: hay quien mea en lana y suena y quien mea en lata y no suena. Lo acaba de hacer de nuevo con un libro maravilloso, sincero y cabal, extraordinario y alérgico al postureo. Un libro a imagen y semejanza de Antonio y su cuñado Alejandro. Los dos se subieron a la bici el verano del año pasado para hacer el Camino de Santiago. Claro que el camino era también otro, el del recuerdo a quienes perdieron la memoria, como la madre de Antonio. La idea era que Alejandro desplegara su imponente talento para la fotografía mientras Antonio escribía unas líneas al pie. El proyecto ha ido evolucionando y el resultado es ‘Camino de la memoria’, presentado esta semana. La primera conclusión salta a la vista con apenas palpar el libro y asomarse a sus páginas, porque tiene la factura impecable de las obras hechas por quienes saben de lo que hablan. Porque Antonio sabe mucho de juntar palabras y de editar textos; Alejandro sabe mucho de imágenes y, sobre todo, de sutiles asociaciones visuales; y los dos saben mucho de ciclismo, pero también de compasión, alegría, generosidad y entrega.

‘Camino de la memoria’ hace convivir la aventura de la vía santa con la tiniebla de la enfermedad del olvido. Peregrinos a uno y otro lado, en pie de igualdad. Las llagas en los pies del caminante y la atrofia en la pisada de la vejez, bicicletas y sillas de ruedas, la pantorrilla joven tatuada con la concha jacobea y la pierna que lucha por no venirse abajo, el manillar y el andador, el cansancio imbatible cuando viene de dentro, los pañales plegados de Mercedes en su regreso a la primera infancia, la siesta con una muñeca de quien podría tener nietos, las bulerías de Juan haciendo palmas con las manos ahuecadas para que no se escape un recuerdo. Hay una humanidad rotunda en cada página del libro, un dolor cargado de respeto, una belleza extraordinaria que brilla con la luz propia de la compasión y la empatía.

Porque bastan un par de páginas para comprender que aquí no hay sitio para la vanidad, que este es un proyecto que destinará toda su recaudación a quienes cuidan a los enfermos de la ausencia y que si fuera por ellos, por Alejandro y Antonio, como si no ponen sus nombres en ninguna parte. Porque su camino ya está hecho y es preciso y precioso, humilde y sincero, emocionante y dramático. Porque este libro está hecho por gente que conoce la dignidad y el drama del cuidador anónimo y solitario. Porque quizá esa sea la sensación que se lleva Antonio cada madrugada cuando cierra la edición impresa del diario, enreda el cable de los auriculares donde escucha música, apaga el monitor, cierra su cajonera con llave y pone rumbo a casa: la pequeña satisfacción de que una noche más ha cuidado de nosotros.

 

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Dime que me quieres
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Antonio Javier López | 10-12-2017 | 1:20| 0

'Todo va bien', nos tranquiliza el Pompidou en su nueva exposición de larga estancia. Salvador Salas

‘Todo va bien’, nos tranquiliza el Pompidou en su nueva exposición de larga estancia. Salvador Salas

Se quedan insípidos los besos pedidos, los halagos esperados al preguntar cómo me queda la camisa nueva, las menciones en una red social con el único objetivo de que venga de vuelta un ‘Me gusta’. Dime que me quieres o, al menos, que te gusto. Por aquí llevamos más de dos años pidiéndole a los señores del Centre Pompidou de París que nos digan que nos quieren. O mejor, que nos digan durante cuánto tiempo tienen previsto querernos, en un ejercicio lastimoso de la situación de inferioridad que hemos adoptado en este acuerdo. Porque los señores del Pompidou nos explicaron desde el principio que íbamos a ser un ligue, un rollo de verano, como mucho. Pero aquí andamos nosotros –los periodistas incluidos, ojo– preguntando en cada visita de los jefes de París cuánto van a quedarse. Y mira que lo dejaron claro, que para eso son franceses. Firmamos un papel, incluso, como esos contratos prematrimoniales que vemos en las películas americanas y dice que lo nuestro durará cinco años, puede que diez, de aplicarse la prórroga que ya empiezan a negociar los el Ayuntamiento con los del Pompidou.

El alcalde de la ciudad ha marcado el tono general de una representación colonial impregnada de un sentimiento de inferioridad que alcanza uno de sus signos más ilustrativos en el pavor contenido ante la posibilidad de no ampliar esta relación otros cinco años. A poco que tiene la oportunidad plantea la larga vocación –«ilimitada» dijo el lunes– de un convenio nacido con fecha de caducidad y así el alcalde se va pareciendo a ese personaje de una película de Almodóvar que imploraba a su pareja que no le abandonase con un argumento imbatible: «No hace falta que me quieras, yo te querré por los dos».

Puestos a plantear el asunto del Pompidou como lo que es al fin y al cabo, un matrimonio de conveniencia, quizá nos haga bien recordar que al enlace aportamos una dote nada desdeñable, capaz al menos de hacernos conservar cierto amor propio. El centro parisino cuenta con una de las tres colecciones más importantes de arte moderno y contemporáneo de todo el mundo. Perfecto. Se ha constituido en una marca planetaria. Sensacional. Pero de este lado también ponemos mucho de nuestra parte para que esto funcione. Por ejemplo, dinero. Una sede de 6,7 millones de euros y un presupuesto anual de otros 4,7 millones, de los que casi la mitad (2,07) se van en el canon pagado al Pompidou por el uso de sus fondos, los transportes, los seguros y el «apoyo técnico» en el montaje de las exposiciones. En los cinco primeros años, la ciudad habrá destinado 30,2 millones de euros a esta relación, de los que 10,35 millones habrán ido al Pompidou. Si cumplimos una década a este ritmo, serán 53,7 millones de euros en total con 20,7 millones en particular para el centro francés.

Pero más allá de la guita, los dos años y medio de vida del Pompidou han servido para demostrar, sin asomo de chovinismo, que no poco de lo mejor que se ha visto en el Cubo ha venido de la mano de los agentes locales, de la producción propia del equipo autóctono. La danza de Rocío Molina, la intervención de José Medina Galeote en las escaleras interiores y el fraseo lírico de Elphomega a los pies del Cubo son algunos ejemplos a simple golpe de memoria de lo ofrecido desde aquí al programa cultural del Pompidou sin que el supuesto listón baje un milímetro en la calidad y la pertinencia de las propuestas.

La delegación del Pompidou ha presentado esta semana su exposición de larga estancia, esa a la que llaman ‘semipermanente’ como llamamos ‘salir’ una relación que al menos por la parte masculina tiene más que ver con ‘entrar’. La muestra estará visible hasta 2020, cuando expira el primer plazo del acuerdo con la institución francesa. Y ahí vamos preguntando si habrá más, si nos seguirán queriendo otro rato.

Alguien a quien quiero y admiro maneja una teoría doméstica que me parece aplicable a este caso. Habla del ‘síndrome del tendero’ para ilustrar ese afán nuestro por agradar hasta coquetear con el servilismo, con el suicido intelectual y emocional que borre cualquier aspiración propia que no pase por atender el negocio desde el otro lado del mostrador. Y en mantenernos tan ocupados repitiendo que el cliente siempre tiene razón quizá se nos ha pasado por alto la posibilidad de que el cliente seamos nosotros.

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Razones para un auditorio
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Antonio Javier López | 09-12-2017 | 6:09| 0

El auditorio de Málaga no termina de salir de la maqueta. Salvador Salas

El auditorio de Málaga no termina de salir de la maqueta. Salvador Salas

La idea era no escribir este artículo, ir aplazándolo hasta el infinito y más allá. Ayudaba mucho a la desidia el propio devenir del asunto, para colmo, regresado a eso que llaman la actualidad un lunes a las nueve de la mañana. Seguía el plan según lo previsto durante toda la semana pasada. También en esta. Pero el jueves aparecía publicado en estas mismas páginas un artículo del barítono malagueño Carlos Álvarez, impecable y medido, ajustado y potente como su propio arte. La tribuna se titula ‘Nunca mejor que ahora’, casi un guiño seductor, un mensaje oculto sólo para mis ojos, un delicado proyectil a la línea de flotación de mis dudas, que se fueron diluyendo aquella misma noche. Un aficionado a la música había compartido el texto de Carlos Álvarez en una red social que suele ser poco amiga de la reflexión y la mesura, pero 12 horas después seguía cuajando una conversación con casi un centenar de mensajes, interesantes y valiosos en la higiénica tarea de poner en duda tus convicciones desde la reflexión y los argumentos elaborados. Así que vamos de nuevo a juntar letras sobre el proyecto para construir un auditorio en Málaga.

El asunto lleva sobre la mesa 25 años, tiempo más que suficiente para que haya cogido mala postura en la agenda de infraestructuras pendientes. Nunca estuvimos (sí, estuvimos, se trata de una iniciativa lo bastante importante como para usar la primera persona del plural compartido) tan cerca de poner en marcha el auditorio como hace cinco años. El proyecto de Benedicto y Soriano que había ganado el concurso de ideas superaba todas las exigencias técnicas y el periodo de alegaciones, tocaba empezar las obras, pero con la coartada de la crisis el Gobierno eliminó el consorcio entre las administraciones central, regional y local que debía hacer realidad ese reto. Arreció entonces, como ahora, desde el fondo de la escena, un coro de agoreros pregonando la necesidad de aquella amputación, el dispendio de gastar en el disfrute de cuatro pijos nada menos que 100 millones de euros, porque, para más inri, aquel desprestigio sumaba el canturreo facilón de los números redondos.

Y ya que estamos, hablemos de números. Entre la temporada 2013/2014 y 2015/2016, el Teatro Cervantes ha duplicado su oferta de funciones de ópera, mientras la audiencia se ha multiplicado por tres; en la misma cantidad de conciertos sinfónicos (30) ha habido 3.771 espectadores más y el número de actividades en las que ha participado la Orquesta Filarmónica se ha incrementado un 7,2%. No parece una mala base para empezar a desmontar uno de los prejuicios más escuchados contra el auditorio: en Málaga no hay demanda previa que justifique la construcción del recinto. Al hilo de esto: ¿había demanda masiva de exposiciones antes de la proliferación de museos en la ciudad? Y ya que hablamos de números y museos, metamos en el matadero de las comparaciones odiosas a la vaca sagrada de nuestra oferta cultural: el Museo Picasso costó «más de 60 millones de euros», si a esa cantidad redonda le aplicamos la subida del IPC durante los últimos 14 años nos quedarían 77,7 millones de euros. El auditorio está presupuestado en 71,7 millones. Claro que el proyecto incluye una plaza pública de 15.000 metros cuadrados, un aparcamiento para 400 vehículos y una ampliación y reforma de los accesos por carretera. Así llegarían los 100 millones de euros. Por poner el asunto en perspectiva.

Puestos a poner distancia, resulta más que deseable un debate serio y ambicioso sobre aspectos cruciales como la financiación, la programación y el modelo de gestión del auditorio, también sobre el momento adecuado para retomar una actuación que después de tantos años al fin ha encontrado un proyecto y un emplazamiento idóneos. Sin embargo, poner en duda la necesidad, incluso la legitimidad misma de esta reivindicación, tira la visión de nosotros mismos por el sumidero del cinismo. Porque el auditorio no es una quimera cultureta disparada con la pólvora del rey del presupuesto público. Tampoco un fin en sí mismo. El auditorio es un medio, un instrumento cultural, social, didáctico, turístico y económico que ha demostrado su eficiencia en otras ciudades. El correlato en la educación musical de lo que han supuesto los museos en la formación artística de dos generaciones de niños de la provincia.

Hacer el mutis de la falta de presupuesto sin pelear a degüello por una Ley de Mecenazgo, corear la inviabilidad del proyecto sin atender a ejemplos en otras ciudades que sirven de guía y ofrecer un desafinado repertorio de prejuicios para desacreditar la reclamación de un auditorio para Málaga denota una cortedad de miras demasiado repetida en nuestra historia reciente. Y ese desdén por nuestro futuro nos va a salir más caro que el dichoso auditorio.

 

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Las palabras primas
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Antonio Javier López | 26-11-2017 | 11:20| 0

Iwasaki, Casamayor y Neuman, como los tres monos del templo japonés de Tosho-gu en Nikko. :: alfredo aguilar

Iwasaki, Casamayor y Neuman, como los tres monos del templo japonés de Tosho-gu en Nikko. :: alfredo aguilar

Vino al mundo de madrugada. Al viejo mundo. Y lo primero que hizo fue meterse en un bar de Sevilla para tomar un café y algo de comer. Le respondió el camarero y ha olvidado sus palabras, pero en la memoria mantiene viva la impresión que le causaron. Porque allí estaba el gato Jinks que perseguía a Pixie y Dixie, el buitre que ayudaba a Mowgli en ‘El libro de la selva’, el perro de Los Aristogatos. En las películas de romanos que veía de niño en Lima, los personajes musculosos hablaban «como los curas del colegio»: castellano de Castilla. Y de repente, al otro lado del charco, molido y ojeroso después de un viaje de miles de kilómetros, descubrió que el español, como el verso de Walt Whitman, contiene multitudes.

Quizá por eso, de un tiempo a esta parte, cada vez que regresa a Perú le sueltan casi a modo de pequeño reproche de abandono que ya habla con un español y, sin embargo, cuando anda por acá nadie le cuestiona sobre de dónde viene. Podría decir Lima, Japón, Sevilla o Pedregalejo, el lugar donde le gustaría jubilarse y que le recuerda a algunos recodos de mar en Puerto Rico y en Cuba. «He nacido muy lejos, pero creo que me estaban esperando», comparte con una media sonrisa Fernando Iwasaki, que sueña despierto con una mesa en El Cabra o Miguelito El Cariñoso. Iwasaki escribe novelas, cuentos y prólogos con la sabrosura gustosa de quien ama las palabras y las emplea con amor y humor. Iwasaki acaba de ganar el Premio Málaga de Ensayo y no se sabe bien si el premio es para él o para el currículo del galardón.

Habla Iwasaki y trenza historias con una naturalidad sólo al alcance de talentos muy trabajados. Recibe Iwasaki el premio por un libro quizá titulado ‘Las palabras primas’. Primas como las cifras. Primas lejanas a uno y otro lado del Atlántico en un viaje de ida y vuelta. Cuenta Iwasaki la vida de las palabras como un relato de aventuras. Cuenta Iwasaki, por ejemplo, que ‘chévere’ no llegó de la mano de ‘Topacio’ y ‘Cristal’, sino que nació en Valladolid en el siglo XVI, viajó hasta América en la boca de los castellanos de entonces y allí se mantuvo con la vida que aquí le faltó hasta regresar con los culebrones ochenteros. De relatos como ese va el libro que ha ganado esta semana el Premio Málaga de Ensayo, como el de Novela, rescoldo que aquel Instituto Municipal del Libro que se cargaron en el Ayuntamiento para satisfacer a Ciudadanos en una merienda de negros a base del chocolate del loro.

Da la ciudad nombre y cobijo a un premio de novela y otro de ensayo que encuentran su mejor reivindicación en la relación de premiados. Pablo Aranda, Eva Pérez Díaz, Sara Mesa, Eduardo Jordá y ahora Antonio Fontana entre los narradores; Vicente Luis Mora, Remedios Zafra y ahora Fernando Iwasaki entre los ensayistas, estos últimos editados por Páginas de Espuma, cuyo catálogo nos sigue dejando como al perro de Pavlov.

‘Ajuar funerario’, ‘Helarte de amar’ y ‘España, aparta de mí estos premios’ han sido algunos de los libros de Iwasaki que ha dado a la imprenta la editorial de Juan Casamayor, que hace un par de meses recibía el Homenaje al Mérito Editorial de la Feria del Libro de Guadalajara. Y gusta el premio desde el nombre, porque tiene mérito mantener durante casi dos décadas una editorial independiente capaz de ofrecer descomunales empresas como los cuentos completos de Chéjov, Poe y Zola junto a maravillas de la distancia corta como ‘Hombres felices’ de Felipe R. Navarro, ‘Alumbramiento’ de Andrés Neuman y ‘Siete casas vacías’ de Samanta Schweblin, por citar algunos ejemplos a puro golpe de memoria gozosa.

Como gozoso es leer y escuchar a Iwasaki, que escribe sobre las orillas del español y reivindica el andaluz como el habla más dinámica y creativa del orbe hispano. Un idioma capaz de incluir en su diccionario académico el verbo ‘cantinflear’. Porque más que el esplendor, a Iwasaki le preocupa que la Academia limpie, que borre palabras con la coartada del desuso. Porque ahora todo es algoritmo y en algún sótano oscuro una máquina comprueba los vocablos que se manejan y los que no. A los primeros les da puntos y a los segundos los va dejando caer en el olvido, hasta que el corrector automático del procesador de textos los subraya en un oleaje bermellón como a un sospechoso de ser inventado.

Cuenta Iwasaki esta historia y uno duda si es real o inventada. Y da lo mismo. Porque es algo mejor: es mágica. Y luego se ofrece Iwasaki como mecenas de palabras para que no mueran. La suya es rosicler, el tono rosáceo del cielo justo antes de amanecer. Como si lo estuviera viendo sentado en un espigón de Pedregalejo.

 

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Coordenadas
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Antonio Javier López | 20-11-2017 | 8:44| 0

Un aplauso para Cristina Consuegra (segunda por la derecha), artífice de 'Coordenadas'. Francis Silva

Un aplauso para Cristina Consuegra (segunda por la derecha), artífice de ‘Coordenadas’. Francis Silva

He tenido la suerte extraordinaria que haber crecido entre mujeres. Único hijo, único sobrino y único nieto varón durante toda mi infancia y adolescencia, cada ocurrencia en las reuniones familiares era celebrada con entusiasmo por un público fiel de tías, abuela y tías abuelas. Creo que esa cálida placenta emocional en la que viví durante tantos años me ha salvado de algunos abismos y por si fuera poca breva, aquel regazo invisible encontró desde muy pronto a una madre trabajadora dentro y fuera de la casa que nos crió a mis hermanas y a mí como a iguales. Ese matriarcado ha encontrado además el contrapeso de un padre inteligente y sensible, más moderno de lo que jamás haya pensado de sí mismo, quizá porque aplica esa conciencia igualitaria como todo lo que ha hecho en la vida: con generosidad y convicción, sin darse importancia.

 

(Conciliación: Terminar la jornada laboral a las 17 h. Va por vosotros también)

 

Por eso me parece lo más normal del mundo que después de casi veinte años escribiendo aquí, la mayor parte de ese tiempo haya tenido jefas. Me hago cargo de que no es la tónica habitual ahí fuera, pero para mí ha sido una suerte de prolongación natural de lo vivido en casa. Para cerrar el círculo, o quizá abrir uno nuevo, el estreno en la paternidad llegó con una hija, así que cuando andaba soltando a Edipo empecé con Electra. Creo que nada ha cambiado tanto mi manera de ver mundo como el hecho de tener una hija. No hijos, así en genérico, sino una hija. Noticias que antes dolían ahora te abren en canal por dentro, chistes que siempre te hicieron gracia ahora tienen un sabor rancio y actitudes que hasta hace dos años y once meses te parecían asumibles ahora te sublevan sin remedio. Y todo eso, sin olvidar que apenas rascas la superficie de un asunto profundo y crucial en el que la mayor parte del tiempo sigues estando del lado de la manada dominante, ya sea por acción o por omisión.

 

(Lenguaje: Construye realidades a través del uso, no de la norma. La evolución del lenguaje es una fusión de la vanguardia y el consenso social)

 

Por eso esta semana abro las páginas de ‘Coordenadas. Pensar la sociedad en clave feminista’ (Fundación Málaga) como quien abre una ventana y un espejo, una brújula y un árbol genealógico. Porque esta idea salida de la cabeza de Cristina Consuegra es, ante todo, un libro luminoso, capaz de ponerte frente a tus miedos y esperanzas, ante tus anhelos y carencias. Dieciséis mujeres y tres hombres firman ensayos sobre crianza y menopausia, deporte y series de televisión, cuidados y filosofía, la vida cotidiana y los grandes retos de la sociedad occidental contemporánea. Un libro maravilloso sobre un asunto urgente. Textos de Laura Freixas, Berta Ares –qué belleza–, María Luisa Balaguer, Concepción Cascajosa, Juana Gallego y Toño Fraguas, por citar algunos, subrayados y marcados con separadores, como aquí algunas entradas entre paréntesis del ‘Diccionario feminista para machistas con poco tiempo’ de Beatriz Rodríguez.

 

(Nariz: Lo que te voy a partir como vuelvas a ponerme la mano encima)

 

«La familia como un grupo de jazz y la vida como una ‘jam session’» escribe Rosario Izquierdo en su ensayo ‘Todas las edades’. Seguir leyendo y toparte con un párrafo como contra el muro de sus temores más duros: «Sería mejor tal vez dar otras herramientas a tu hija, no reforzar su condición de víctima posible, no enseñarla a ser víctima, sino por el contrario a ser más libre todavía, que no tema a los hombres ni a las leyes y aprenda a luchar contra cualquier forma de abuso de poder sobre cualquier cuerpo, sobre cualquier persona».

 

(Zorra: Lo que me llamas cuando tienes miedo)

 

 

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