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Autor: AntonioJavierLopez
Coordenadas
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Antonio Javier López | 20-11-2017 | 8:44| 0

Un aplauso para Cristina Consuegra (segunda por la derecha), artífice de 'Coordenadas'. Francis Silva

Un aplauso para Cristina Consuegra (segunda por la derecha), artífice de ‘Coordenadas’. Francis Silva

He tenido la suerte extraordinaria que haber crecido entre mujeres. Único hijo, único sobrino y único nieto varón durante toda mi infancia y adolescencia, cada ocurrencia en las reuniones familiares era celebrada con entusiasmo por un público fiel de tías, abuela y tías abuelas. Creo que esa cálida placenta emocional en la que viví durante tantos años me ha salvado de algunos abismos y por si fuera poca breva, aquel regazo invisible encontró desde muy pronto a una madre trabajadora dentro y fuera de la casa que nos crió a mis hermanas y a mí como a iguales. Ese matriarcado ha encontrado además el contrapeso de un padre inteligente y sensible, más moderno de lo que jamás haya pensado de sí mismo, quizá porque aplica esa conciencia igualitaria como todo lo que ha hecho en la vida: con generosidad y convicción, sin darse importancia.

 

(Conciliación: Terminar la jornada laboral a las 17 h. Va por vosotros también)

 

Por eso me parece lo más normal del mundo que después de casi veinte años escribiendo aquí, la mayor parte de ese tiempo haya tenido jefas. Me hago cargo de que no es la tónica habitual ahí fuera, pero para mí ha sido una suerte de prolongación natural de lo vivido en casa. Para cerrar el círculo, o quizá abrir uno nuevo, el estreno en la paternidad llegó con una hija, así que cuando andaba soltando a Edipo empecé con Electra. Creo que nada ha cambiado tanto mi manera de ver mundo como el hecho de tener una hija. No hijos, así en genérico, sino una hija. Noticias que antes dolían ahora te abren en canal por dentro, chistes que siempre te hicieron gracia ahora tienen un sabor rancio y actitudes que hasta hace dos años y once meses te parecían asumibles ahora te sublevan sin remedio. Y todo eso, sin olvidar que apenas rascas la superficie de un asunto profundo y crucial en el que la mayor parte del tiempo sigues estando del lado de la manada dominante, ya sea por acción o por omisión.

 

(Lenguaje: Construye realidades a través del uso, no de la norma. La evolución del lenguaje es una fusión de la vanguardia y el consenso social)

 

Por eso esta semana abro las páginas de ‘Coordenadas. Pensar la sociedad en clave feminista’ (Fundación Málaga) como quien abre una ventana y un espejo, una brújula y un árbol genealógico. Porque esta idea salida de la cabeza de Cristina Consuegra es, ante todo, un libro luminoso, capaz de ponerte frente a tus miedos y esperanzas, ante tus anhelos y carencias. Dieciséis mujeres y tres hombres firman ensayos sobre crianza y menopausia, deporte y series de televisión, cuidados y filosofía, la vida cotidiana y los grandes retos de la sociedad occidental contemporánea. Un libro maravilloso sobre un asunto urgente. Textos de Laura Freixas, Berta Ares –qué belleza–, María Luisa Balaguer, Concepción Cascajosa, Juana Gallego y Toño Fraguas, por citar algunos, subrayados y marcados con separadores, como aquí algunas entradas entre paréntesis del ‘Diccionario feminista para machistas con poco tiempo’ de Beatriz Rodríguez.

 

(Nariz: Lo que te voy a partir como vuelvas a ponerme la mano encima)

 

«La familia como un grupo de jazz y la vida como una ‘jam session’» escribe Rosario Izquierdo en su ensayo ‘Todas las edades’. Seguir leyendo y toparte con un párrafo como contra el muro de sus temores más duros: «Sería mejor tal vez dar otras herramientas a tu hija, no reforzar su condición de víctima posible, no enseñarla a ser víctima, sino por el contrario a ser más libre todavía, que no tema a los hombres ni a las leyes y aprenda a luchar contra cualquier forma de abuso de poder sobre cualquier cuerpo, sobre cualquier persona».

 

(Zorra: Lo que me llamas cuando tienes miedo)

 

 

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Casa
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Antonio Javier López | 20-11-2017 | 8:37| 0

Mapas & Compañía, la gran belleza hecha librería. F. J. Acevedo

Mapas & Compañía, la gran belleza hecha librería. F. J. Acevedo

El primer libro que recuerdo haber leído iba de un oso que era tan malo jugando al fútbol que en su equipo de animales lo pusieron de portero suplente, hasta que en la final del campeonato tuvo que salir en el último minuto, paró un penalti y metió un gol de portería a portería. Era rectangular y pequeño, tenía la cubierta blanca con las letras naranjas -o así lo recuerdo yo- y la última vez que lo vi estaba en la despensa de la casa de mis abuelos donde guardaban cacharros, comida no perecedera y todos los artículos que yo escribía entonces en el periódico universitario y aquí mismo, recortados, doblados y clasificados en bolsas de cartón de Zara.

De aquella casa cogí mis primeros libros de la colección Austral que había sido de mis tíos. Desde aquella casa inmensa en un segundo piso sin ascensor bajaba la escaleras de camino a Rayuela, a Li-Bri-Tos, a la Libería Ibérica, donde a menudo caía un tebeo, un cuento, un Super Humor si había mucha suerte. Y ahora que ha sido el Día de las Librerías caigo en la suerte de haber crecido en algunas de ellas, de sentir que mi casa está donde esperan mis libros. Quizá por eso las visito como quien va en busca de un viejo amigo, casi siempre movido por la simple apetencia del momento.

Y así regresar a Rayuela para charlar con Isabel, para saludar a Juan Manuel ahora que se ha tenido que venir de Rayuela Idiomas tras bajarle la pesiana, para ver los nuevos álbumes ilustrados que Mamen siempre me enseña porque sabe que le encantan a M. El primer libro de mi hija fue un regalo de Mamen y esos gestos se quedan a vivir en mi precaria capacidad de estar agradecido.

Otra mañana quizá toque la equina de Proteo. Encontrarte allí con Garriga Vela recogiendo su encargo: la última novela de un escritor libanés que por lo visto es la repera. Sentirte culpable y feliz por todo lo que te queda por leer. Bajar la plaza del Teatro, girar a la derecha y asomarte al escaparate de Áncora para comprobar que no hay una sola cubierta que no te guiñe discreta para llevártela a casa. Áncora maneja un catálogo alérgico a la superficialidad y la impostura y esa férrea disciplina por el buen gusto hace que siga admirando a Enrique desde lejos.

Resisten los libreros a envites trágicos como las obras del metro. Siete años empalados en una acera de la Alameda lleva la gente de Luces. José Antonio es el presidente de la asociación de comerciantes afectados por el tajo que abre en canal un negocio que mantiene doce puestos de trabajo en medio del ruido y las franquicias. José Antonio te recomienda un libro según te vea ese día, como el médico que conoce tu cuerpo y el amigo que conoce tu ánimo. Los dos últimos: ‘Hozuki, la librería de Mitsuko’ (Nórdica) y ‘El club de los mentirosos’ (Impedimenta y Periférica). Qué ojo tiene, José Antonio.

Aunque cuando hay que alimentarse el ojo de belleza, el lugar indicado es Mapas y Compañía. Ya lo dije. Me repito. Nuestra Shakerpeare & Company. Maderas nobles, globos aerostáticos y terráqueos, Tintín por todas partes y Cuqui a los mandos para insuflar un cariño cálido que te reconcilia con la vida incluso en los días más sombríos. Porque entrar en Mapas y Compañía se parece mucho a llegar a casa y quitarte los zapatos después de haber estado todo el día dando trechas.

Quizá porque estar allí, como estar en Rayuela, Luces, Áncora y Proteo, se parece mucho a estar en casa. Quizá por eso echo de menos a Li-Bri-Tos y a Cincoechegaray como a los amigos muertos. Quizá por eso, ahora que han desahuciado a mi abuela del lugar donde ha vivido durante más de 60 años para convertir el edificio en apartamentos turísticos, he decidido no regresar, borrarme de la mudanza para no estropear mis recuerdos con la imagen de toda su vida y toda mi infancia metida en cajas del mismo cartón que aquellas bolsas de Zara. Porque ahora que lo escribo lo sé: donde estén mis recuerdos, mis libros y mis afectos, allí estará mi casa. Y de allí nadie podrá echarnos jamás.

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De prestado
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Antonio Javier López | 05-11-2017 | 11:20| 0

A menudo lo mejor de las ruedas de prensa sucede antes y después de las ruedas de prensa, en los corrillos con algunos compañeros y cargos más o menos públicos a los que uno le acaba cogiendo cariño. Hace ya unos meses, al terminar la parrafada que nos había llevado hasta allí, un gestor cultural de la ciudad repasó las barbas y las bambas del compañero Pablo Bujalance y le soltó con media sonrisa: «Te estás volviendo un hipster». Y Pablo respondió con su flema habitual: «Imposible, querido. Tengo el carnet de una biblioteca pública». Más allá de la ocurrencia, la salida de Pablo ofrecía la misma carga de profundidad que muchos de sus textos. En unas pocas palabras había trazado un diagnóstico certero, irónico y clarividente de una realidad social, cultural y económica bastante compleja. Conviene no olvidar los matices, claro. Habrá ‘hipsters’ con carnet de biblioteca pública, pero gana el barrunte de que serán los menos.

Nada más lejos del impostado glamour de los modernos que una biblioteca de barrio. Frente al ‘selfie’ fatuo, el silencioso préstamo de libros, los encuentros con escritores, los cuentacuentos de los sábados, las actividades para las familias y el calor de los lomos matriculados que recuerdan desde los estantes combados no tanto las historias que has leído como todas las que aún te quedan por vivir. Y ese anhelo se parece mucho al entusiasmo.

En la ciudad que tropieza gozosa en la misma piedra de proyectos a los que no les salen las cuentas, aquí donde se afila la tijera de la periferia para sacarle punta al centro, queda el papel de las bibliotecas públicas. El viernes se cumplían 23 años del desalojo de la Biblioteca Provincial de la demolida Casa de la Cultura en la calle Alcazabilla. Desde entonces permanece en un local con alma de nave de polígono en la avenida de Europa, a la espera de su traslado al antiguo convento de San Agustín que ayude a revitalizar su limitada oferta cultural.

Al otro lado de la balanza del desánimo, la red de bibliotecas municipales. Dieciocho, repartidas por toda la ciudad. Y ante la tentación de caer en el romanticismo pusilánime del amor por los libros y el silencio (que también, oiga), algunos datos pelados. Dejemos a un lado el número de visitantes el año pasado (más de medio millón) y vayamos a cifras de mayor apego. Por ejemplo, hay 112.817 personas en la ciudad con un carné de biblioteca pública como el de Pablo y más de siete mil se apuntaron a ese club a lo largo de 2016, cuando se registraron 248.012 préstamos de libros.

Cada vecino de la capital afloja cinco veces más dinero de sus impuestos a los museos que a las bibliotecas municipales (25 euros, frente a 5 euros ‘per cápita’), pero la ciudad que se llena la boca y la agenda de exposiciones encuentra en la modestia de las bibliotecas públicas de barrio un motivo de orgullo sostenido y discreto, un calor avalado por la frialdad de las mismas cifras que no terminan de cuadrar en la mayoría de las salas de exposiciones sostenidas a cargo del mismo presupuesto.

Porque si los museos nos proyectan hacia el exterior (también con sus sombras), quizá las bibliotecas sirvan para mirarnos hacia un interior individual y colectivo, con las amas de casa que dejan el carrito de la compra en la puerta para renovar el préstamo de un libro, con los inmigrantes que navegan en silencio por Internet, con los jóvenes atolondrados con la libreta abierta y la mirada perdida. Encontrar un libro que quisimos leer hace tiempo y llevarlo a casa como a un ligue pasajero, anticipando a cada paso una satisfacción íntima y pequeña, una felicidad de prestado.

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Bulimia
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Antonio Javier López | 29-10-2017 | 1:20| 0

Daniel Buren, del Cubo al interior del Pompidou. Fernando González

Daniel Buren, del Cubo al interior del Pompidou. Fernando González

Atribuye la leyenda urbana al filósofo José Ortega y Gasset una sentencia que viene a decir algo así: «Madrid es esa ciudad en la que, un jueves a las ocho de la tarde, o estás dando una conferencia o te la están dando». Y esta semana que termina, Málaga ha sido esa ciudad en la que, cualquier día a las ocho de la tarde, o estás inaugurando una exposición o te la están inaugurando. Sólo se libró el lunes, quizá por aquello de no abusar del respetable. Pocos días como estos para ilustrar la identificación metonímica de la cultura con el arte y del arte con las artes visuales en la agenda y en la estrategia de la ciudad. Desde las cavernas, la política tiene muy presente la capacidad publicitaria del arte y el frenesí contemporáneo ha estrujado los ritmos hasta convertir las colecciones de los museos en exposiciones temporales de larga estancia que conviven con nuevas propuestas cada tres o cuatro meses. La mercadotecnia y la caja registradora necesitan estímulos cada poco tiempo y los museos ofrecen un decorado cambiante y colorido, ideal como telón de fondo para las fotos institucionales. Así que para allá se han ido los presupuestos y los trajes de chaqueta. Y los plumillas hemos ido detrás.

El martes inauguraba la Casa Natal de Picasso una exposición en torno al ‘Guernica’ como eje central de su trigésimo Octubre Picassiano. Sin descubrir la pólvora, el proyecto es una delicia. Los horrores de la guerra entre la población civil desde el siglo XVIII hasta el nuestro. Las miniaturas de Jacques Callot junto a los ‘Desastres de la guerra’ de Goya, los grabados de Picasso en ‘Sueño y mentira de Franco’ junto al ‘Guernica’ pintado casi a tamaño real por Javier Arce, un dibujo a rotulador sobre papel «irrompible», hecho luego una bola y vuelto a extender como un gurruño, como esas notas que tiras a la papelera y que después te salvan la vida medio del derrumbe mental. Las esculturas y los dibujos de Oteiza. Las apropiaciones de José Manuel Ballester. Recupera la Casa Natal la mejor versión de sus exposiciones de producción propia con esta muestra. Una alegría modesta y confortable, como la propia exposición.

El miércoles celebramos el cumpleaños de Picasso (136 años ya) en el Pompidou, donde Daniel Buren ha pasado de las paredes acristaladas del Cubo a las oscuras salas de exposiciones en un montaje no apto para epilépticos. Proyecciones de figuras geométricas y colores planos. Colores para dejar la mente en blanco. Sólo mirar. Detenerse, callar, mirar de nuevo. Un acto revolucionario en los museos del ‘selfie’. Al final del recorrido, en medio de un pasillo, han puesto una pantalla y varias hileras de sillas plegables para ver un documental sobre Buren que dura siete horas y media, ya saben cómo son los franceses.

El jueves las salas de La Coracha volvieron a ofrecer un salvavidas en medio del naufragio del Museo del Patrimonio. La Colección Los Bragales, reunida por el empresario Jaime Sordo, muestra parte de sus fondos. Pierre Gonnord y Per Bercley, catanas y bates de béisbol en los moscovitas AES+F, la delicadeza de Issac Julien y Nadia del Castillo, el bodegón exquisito de Juan Manuel Castro Prieto y el poco complaciente Santiago Sierra. Aunque los promotores de la muestra prefieren hablar de discurso, no de nombres, hay nombres y obras potentes, de nuevo, donde estuvo la belleza decadente de La Coracha.

Otra pequeña delicia el viernes. De nuevo Goya, esta vez con James Ensor, en el Museo Carmen Thyssen, en la Sala Noble, maravillosa también vacía con su artesonado de madera oscura. Y toca techo el Thyssen con sus temporales en cartel: Juan Gris, María Blanchard y la segunda etapa del cubismo, por un lado, y Goya y Ensor, por otro. Nada rimbombante. Sólo conocimiento y belleza. Y no saben cómo se agradece.

Y sin embargo, los melancólicos siempre andamos buscando excusas para el desapego. Y ahora que toca echar la vista atrás y poner los pies en agua, esta mañana de horario y paso cambiados, queda la duda de si estamos ante un cuadro, pero de bulimia, si estamos digiriendo todo esto o apenas nos llenamos los ojos y los días libres. Si estamos dando el pelotazo o nos lo están dando.

 

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Desaparecer
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Antonio Javier López | 27-10-2017 | 6:18| 0

David Le Breton, desapaciones en La Térmica. Antonio Salas

David Le Breton, desapariciones en La Térmica. Antonio Salas

Era martes por la tarde, casi de noche, a esa hora en la que da pereza salir de casa cuando estás dentro y volver a ella cuando estás fuera. Y fuera llovía y empezaba, por fin, a refrescar. Poco antes de un partido de Liga de Campeones, el Real Madrid contra un equipo inglés, a la Sala Fuengirola en la planta baja de La Térmica sigue llegando gente. Dejan sus carnés de identidad a cambio de un transistor para la traducción simultánea. Y más gente. Casi todas las sillas ocupadas, un martes por la tarde con partido en abierto, para escuchar a David Le Breton, un antropólogo francés que escribe sobre las maneras de borrarse del mapa, sobre suicidas y gente que decide no salir de su cuarto, evaporarse, aquellos a los que les pesa demasiado la vida, sobre cualquiera de nosotros en un momento dado, muertos de ganas de tomarnos unas vacaciones de nosotros mismos, aunque sea por un rato.

También ha escrito Le Breton sobre el acto heroico de caminar en medio de la ciudad diseñada para el humo y el ruido de la gasolina. La caminata y el silencio como maneras de rebelión íntima, pero también cívica y política. Aquello de ser el ejemplo del cambio que quieres para el mundo, pero sin postureo. En esas llega Le Breton con el desaliño estético de los sabios, como recién levantado de una siesta tardía.

Las vidas diluidas en Internet, los depresivos sin remedio, la felicidad de cultivar un huerto, la desesperanza en los barrios alejados de las postales del centro de la ciudad. Y a Le Breton le ha venido la fama con un libro que habla justo de lo contrario, ‘Desaparecer de sí. Una tentación contemporánea’ (Siruela). Está a la venta al fondo de la Sala Fuengirola y alguno que otro ha caído este martes por la tarde húmedo hasta los huesos. Gente que escucha a un antropólogo francés un martes por la tarde y que compra libros. Hay gente pa’ tó. Habla Le Breton durante poco más de media hora y se abre el turno de preguntas. Cualquiera con cierta experiencia sabe que se llama turno de preguntas porque decirle turno de la vergüenza ajena resulta poco educado. A menudo suele ser la puerta que ven abierta quienes quieren oír su propia voz, el eco de su presunta perspicacia en reflexiones más o menos peregrinas. Aquí se levanta un señor y en perfecto francés comparte que es bioquímico, que nació aquí y estudió aquí, que luego se trasladó a la ciudad natal de Le Breton (Nantes) y que al leer su libro ha pensado que los profetas de las principales religiones han tenido un periodo de desaparición. Jesús, Mahoma, Buda. Todos se perdieron en la oscuridad para volver iluminados. Y el espectador le pregunta al pensador por el carácter místico de la desaparición. Y el antropólogo levanta las cejas, sonríe y asiente para recibir con entusiasmo el nivelazo de la pregunta.

Luego se levanta otro oyente. Y también en perfecto francés pregunta a Le Breton por sus dudas sobre el tratamiento patológico de quienes muestran poco interés en vivir, en especial, los jóvenes. Y Le Breton comparte esa renuencia con el espectador, defiende que las llamadas «conductas de riesgo» son «reacciones a un sufrimiento» y que su remedio no se encontrará en la farmacia o el psiquiátrico, sino en la escucha y la paciencia. Así que un martes por la tarde de lluvia y partido de Champions en abierto, hay una sala de La Térmica llena de gente que escucha a un sociólogo al que cuesta pillar en el renuncio de dar una conferencia. Gente que aprecia esa rareza, la disfruta y responde al envite con preguntas inteligentes.

Y un martes por la tarde, ya de noche, con el ruido del mar enlazado entre las copas de los árboles que dan acceso a La Térmica, con la crónica por escribir y la hora de cierre mirando de reojo, llega una serenidad extraña, una manera de saldar cuentas con los prejuicios y el desánimo, cierta reconciliación con la ciudad y una dimisión del pesimismo. Mientras caminas en silencio y, por una vez, olvidas las ganas de desaparecer.

 

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