Diario Sur

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Autor: AntonioJavierLopez
Tirar cohetes
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Antonio Javier López | 23-04-2017 | 1:20| 0

La Diputación muestra parte de sus fondos de arte contemporáneo. Ñito Salas

A un diputado provincial que debía de estar de lunes le pareció aquella mañana «totalmente inadecuado» que la institución haya comprado varias obras de arte «para que sean almacenadas». Algo así «no tiene ningún sentido» para él. Se ve que alguien le azuzó el micro, o al señor diputado se le calentó la boca, y se vino arriba y pidió «responsabilidades». Y al poco, «incluso la dimisión de quien haya ordenado esa compra». Todos sabemos que la nueva política no se anda con chiquitas en asuntos como este: la adquisición de cuatro obras de arte por valor de 31.000 euros para que ingresen en las colecciones de una institución pública, la Diputación Provincial, a la que sirve el señor diputado que, cuando él llegó, había suspendido este tipo de prácticas porque su situación económica «no era para tirar cohetes».

Desconoce quizá el señor diputado que instituciones como la que sirve para darle trabajo, como el Ayuntamiento del que es concejal, por ejemplo, cuentan con una larga tradición que se remonta más allá del siglo XIX en la compra de obras de artistas de la tierra, como medida de incentivo y apoyo a la creación, sobre todo, cuando los autores son jóvenes, como en este último caso que tanto indigna al señor diputado.

Desconoce, quizá también, el señor diputado que la inmensa mayoría de los grandes museos del mundo apenas pueden exponer una ínfima parte de sus colecciones y que la amplitud y calidad de ese ‘fondo de armario’ les permite tanto organizar exposiciones temporales sobre asuntos o artistas concretos, como realizar préstamos con otras instituciones públicas y privadas que ayuden a establecer una red de contactos de colaboración mutua en el ámbito nacional e internacional.

Desconoce –o no– el señor diputado que las compras de esas cuatro obras de arte por valor de 31.000 euros se realizó a tres galerías de la provincia, las mismas que desde hace tres años ven cerradas las puertas del mayor evento comercial del país dedicado al arte contemporáneo. Y ahora que la ciudad y la provincia marcan paquete museístico, conviene recordar el papel de esas galerías, negocios privados, por supuesto, que ofrecen de manera gratuita a quien quiera pasarse por sus salas exposiciones de artistas que en no pocas ocasiones protagonizan muestras en museos y centros de arte cuya entrada si requiere rascarse el bolsillo.

Puestos a tirar cohetes, ahí van unas preguntas al aire. ¿Habría criticado el señor diputado la compra de libros para bibliotecas públicas? ¿Le habría parecido que «no tiene ningún sentido» dedicar ese dinero a la contratación de compañías de música o teatro para espectáculos de acceso gratuito en los municipios de la provincia? ¿Pediría responsabilidades, incluso la dimisión de quien hubiera destinado esos 31.000 euros a la rehabilitación de un bien del patrimonio histórico de la provincia? Porque, al cabo, lo que hace una institución pública cuando adquiere una obra de arte es apoyar a los creadores y a los galeristas, pero también aumenta su propio patrimonio con piezas que, al pasar el tiempo, suelen incrementar su valor en el mercado.

Ha querido la casualidad que las declaraciones del señor diputado coincidan esta semana con el renacimiento del Certamen de Artes Plásticas de la Fundación Unicaja. Después de siete años, la entidad recupera el concurso y aumenta de 50.000 a 60.000 euros el dinero destinado a la compra de obras de arte. Y puestos a tener que pagar comisiones, duelen un poco menos con la esperanza de que esos euros vayan destinados, al menos en parte, a la contemplación de una fotografía de Alberto García-Álix, de una pieza milimétrica de Elena Asins o de una instalación de Dora García, por citar algunos de los ganadores del concurso de la Fundación Unicaja que hoy figuran en los principales museos del país. Y más allá.

Y más acá, a la adquisición de una obra de arte, como a cualquier iniciativa que se traduzca en desembolso de dinero público, hay que exigirle un procedimiento riguroso, transparente y justificado. Pero plantear de manera genérica como un derroche que una institución pública compre obras de arte retrata más y mejor a quien lo dice que aquello que pretende criticar. El nivel de ese discurso, señor diputado, tampoco está para tirar cohetes.

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A merced
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Antonio Javier López | 16-04-2017 | 11:20| 0

Caseta de la Feria del Libro con barco asomando por la puerta. Ñito Salas

La Feria del Libro se parece cada vez más a un grupo de WhatsApp. Un invento creado para una finalidad concreta, práctica, de pura intendencia con algún ramalazo feliz, pero devenido en un asunto al que cuesta prestar atención durante tanto tiempo, algo de lo que algunos se borrarían si existiera la opción ‘Salir del grupo sin que se note’, como esas parejas mantenidas por la pura inercia de la costumbre. Porque a la Feria del Libro se le ha vuelto a poner cara de sala de cine independiente, de tienda de discos, de pequeña librería, en un alarde metafórico cenizo.

La Feria del Libro parecía remontar el vuelo desde la pista de despegue de la dársena portuaria, desde el barullo feliz traído por el fulgor de la lámina de agua marina y el horizonte despejado del muelle. Quizá la primera sorpresa del Palmeral fue la recuperación de una cita macilenta, la resurrección de un evento desnortado que encontraba en el puerto un amarre con la ciudad, la sombra y la caminata. Una nueva oportunidad para la propia existencia. El sitio también ofrecía la guarida de la extinta Sala Iniciarte para presentaciones y coloquios, la complicidad de los bares a tiro de piedra y caña, así como las diversas opciones de ocio puericultor para sumar a la caseta infantil, sostenida todo este tiempo como el verdadero corazón de la feria.

Tras un par de amagos, desde la Junta de Andalucía han decidido tirar todo eso por la borda. Resulta que hay una agencia que depende de la Consejería de Fomento que el año pasado ya intentó cobrar a los libreros un alquiler por instalarse en un espacio público. Intercedió entonces la Consejería de Cultura y el asunto quedó en el susto. Pero ahora esa misma agencia sale diciendo que las casetas han dejado el suelo hecho unos zorros y que los libreros tienen que aflojar 2.000 euros por los desperfectos. Hay quien dice que para eso están los seguros, pero el seguro dice que toda la solería del Palmeral presenta esos mismos daños y que sólo se hace cargo de su parte contratante. Y en la agencia de la Junta han visto la puerta abierta y sólo han tenido que empujar mientras se encogían de hombros, satisfechos, como quien al fin se quita de en medio un inquilino molesto por poco rentable.

Ahora la Feria del Libro se queda fuera de sitio y de calendario. Pierde el Palmeral y el puente de mayo, también el rebufo de la Noche en Blanco y queda a merced de la Plaza de la Merced, como la feria del libro de ocasión, en otro quiebro ingrato del destino, con las novedades de la industria editorial en el mismo escenario donde los libros se venden al peso, en el sentido literal de la expresión. Hace años, ante las inclemencias del Paseo del Parque, algunos libreros plantearon el traslado a la Merced, entonces surgió la opción del Palmeral y el tiempo y los datos han dado la razón a quienes apostaron por el puerto. Hasta ahora. Porque a la Feria del Libro la han desahuciado de su mejor ubicación en los últimos años por 2.000 euros. Un dato bastante ilustrativo, tanto del vigor del evento, como de la escasa sensibilidad de sus anfitriones, en particular de la llamada Consejería de Cultura.

Algunos libreros de larga tradición en la ciudad y no pocas cadenas de distribución nacionales y foráneas se han ido cayendo de la cita libresca en los últimos tiempos. Tienen sus motivos, algunos más que justificados, y esa tendencia debería mover a la reflexión de quienes se mantienen con pundonor atados al timón de la feria, aunque la nave zozobre de nuevo. A principios de junio será el momento de comprobar si la feria hace aguas lejos del mar; si la ciudad, es decir, nosotros, le damos la espalda como se la dimos a Li-Bri-Tos, a Candilejas, a Rayuela Idiomas. Porque la mera supervivencia de la Feria del Libro, con sus debilidades y mejoras pendientes, ofrece algo más hondo que un tanto por ciento de descuento y la satisfacción de alguna filia mitómana sin demasiados alardes. La Feria del Libro mantiene, al fin y al cabo, la posibilidad de relacionarse con la ciudad de otra manera, la promesa del paseo y la charla, la tentación feliz de dialogar con gente que sabe de lo que vende, aunque los hayan dejado vendidos, a merced de nuestra indolencia y nuestro olvido.

 

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Contra el tiempo
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Antonio Javier López | 09-04-2017 | 1:20| 0

Vila-Matas y Garriga, pensándose si guardar silencio. Álvaro Cabrera

Hay un tailandés que cada vez que pierde el Barça escribe en Twitter ‘A la mierda, Vila-Matas’. Lo escribe en tailandés y el novelista recibe la invectiva con una mezcla de perplejidad y regocijo. Lo cuenta Enrique Vila-Matas en público y a los amigos y ninguno sabe muy bien si se trata de una anécdota real o de una invención gozosa. Sucede algo parecido con muchos de sus libros, con hojas como espejos que proyectan imágenes entre familiares y fantasmagóricas. Un fantasma, un vagabundo, un esqueleto. Esos serían los disfraces que escogería Vila-Matas en una fiesta de Carnaval. Claro que nunca se ha disfrazado, aunque siempre lleve puesta «una máscara».

Lo dijo el martes, en el auditorio del Centro Cultural Provincial María Victoria Atencia, que se vaciaba y se llenaba en un trasvase mágico de gente como aquellos biberones de juguete que hacían desaparecer la leche al volcarlos sobre el boquete redondo en la boca dura de los bebés de plástico. Porque antes del encuentro de Enrique Vila-Matas con José Antonio Garriga Vela organizado por el Aula del Cultura del periódico hubo una charla de Felipe Benítez Reyes, también acompañado por un buen puñado de oyentes. Sesión doble una tarde de primavera con la noche sin cerrar camino de las nueve y casi 20 grados a pie de acera. Y gente, bastante gente, para oír hablar de libros, para comprarlos, incluso, en una mesa plegable con una pila blanca de lomos encuadernados y las bolsas marrones de Proteo. Gente aflojando casi 20 euros para llevarse ‘Mac y su contratiempo’, la nueva novela de Vila-Matas que otra vez no es una novela. Es un ensayo, un libro de cuentos, un diario. Todo y nada. Todo.

Vila-Matas y Garriga sobre el escenario, sentados uno al lado del otro, casi sin mirarse ni saber qué decirse al principio, como dos vecinos de bloque durante años que no están seguros del nombre del otro. Garriga dice que había pensado proponerle a Vila-Matas que se mantuvieran en silencio durante toda la cita. Al fin y al cabo, cuando hablan por teléfono a menudo pasan largo rato en silencio. Quizá como cuando escriben. Pero de a poco van brotando personajes, anécdotas, citas de libros y películas, quién sabe si también inventadas, qué importa, y alguien del público comenta que en Teherán hay un pintor que se llama Vila-Matas, así, con guión, y quiere saber si es familia del escritor o algo. Y Vila-Matas, duda, mira a Garriga, aprieta la sonrisa, se menea en el asiento, afila la mirada y parece encantado con lo que le están contando. Una delicia perversa. Como el tailandés que abre Twitter para escribir en tailandés ‘A la mierda, Vila-Matas’ cada vez que pierde el Barça.

Y pierde el tiempo quien le busque un collar de un sólo género a los libros de Vila-Matas, que está en contra de la idea de que el tiempo mejora cualquier cosa. Porque defiende Vila-Matas que su segundo libro era mejor que el primero, pero que el tercero era un fiasco, el peor entre los suyos. «Sólo tenía una página buena, la primera». Y sonríe Vila-Matas como quien ha hecho las paces con uno mismo y ahora sólo quiere divertirse, aferrado a una pasión tortuosa y radiante. «No sabía que para ser escritor había que escribir», confiesa Vila-Matas. Porque él, en realidad, quería otra cosa: ser Hemingway en París.

Pero ‘París no se acaba nunca’. Y el encuentro sigue su rumbo a una hora poco propicia para la conciliación familiar, pero al cabo de un momento nadie parece tener prisa. Le preguntan al escritor por el arte contemporáneo, por el estado de la novela, por algunos de sus personajes, por el barrio y el colegio. Y Vila-Matas comparte que vivió en La Travesía del Mal y compartió patio del recreo con Eduardo Mendoza en los Maristas. Le dieron el diploma a la constancia y le sentó fatal, así que llegaba tarde a propósito para que no le dieran también el premio a la puntualidad.

Porque Vila-Matas y sus libros, desde ‘Mujer en el espejo contemplando el paisaje’ hasta ‘Mac y su contratiempo’, están en contra del tiempo.

 

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La biznaga
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Antonio Javier López | 02-04-2017 | 1:20| 0

En el primer cajón del mueble bajo y parado junto a la mesa del periódico han ido cayendo los cordones que sostenían las acreditaciones para cubrir el Festival de Málaga. Cintas negras, rojas y blancas enredadas como las anécdotas, los recuerdos y las nostalgias, sobre todo la de aquel año en el que, si llevabas colgando el escapulario en la zona de prensa, te daban gratis un café y un donut de marca Donut. El que quisieras.

El paso del tiempo ha traído cierta perspectiva como para caer en la cuenta de que en la edición del festival que terminó hace una semana apenas había chillerío adolescente aferrado a las vallas custodias del Teatro Cervantes y del Málaga Palacio. Y la imagen, o su ausencia, quizá sirva para ilustrar un estado más amplio y generalizado del festival, un tránsito sereno en su propuesta desde la gente que tenía cosas que enseñar hasta la gente que tenía cosas que decir. Sin ir más lejos en la hoja del calendario, la sección oficial –escaparate para bien y para mal de lo mucho que se proyecta en la programación del certamen– ha dejado este año un puñado de películas de las de asentir en silencio cuando aparecen en la pantalla los títulos de crédito.

Y mira que no le ha sobrado crédito al festival, ni en los euros ni en los afectos de cierta nomenclatura de la escena cultural de la ciudad instalada en el rajar por rajar de la cita cinéfila. El festival tiene muchos aspectos que mejorar (que vuelvan los donuts, por ejemplo), pero ese espíritu crítico debería ser también ecuánime a la hora de valorar una iniciativa que ha cumplido dos décadas asentada en la agenda cultural, social y económica de la ciudad. Y más allá.

Hay hoteles que adelantan su temporada alta –y sus contrataciones– varias semanas a cuenta del festival y sus invitados. Hay terrazas y bares que siguen frotándose las manos y las cuentas días después de que se hayan apagado las luces de los proyectores. Hay colas en el Albéniz cada tarde de festival para ver películas en una pantalla como manda el dios del cine. Hay una red de empresas malagueñas y andaluzas –modestas en la mayoría de los casos– vinculadas al sector audiovisual nacidas, crecidas y proyectadas al calor del festival.

Hay este año dos producciones en la sección oficial, varios documentales entre los pases especiales y un buen puñado de cortometrajes realizados en Málaga que encuentran en el festival una plataforma para la difusión que sirve de ejemplo y aliento para muchos que vienen detrás. Hay en el festival una oportunidad para la autoestima gregaria, para recordar que aquí y desde aquí se pueden facturar proyectos audiovisuales dignos de ser tenidos en cuenta.

Hay también datos fríos para justificar la calidez hacia el festival. Con menos pases que el año pasado, el certamen aumenta la presencia de público y la recaudación en taquilla. Realiza en la ciudad un gasto directo de casi 1,4 millones de euros, mientras recibe del Ayuntamiento 1,77 millones para su realización. Hasta 77 personas han encontrado un trabajo estos días a cuenta del festival y los hoteles de la capital han registrado una ocupación del 95%. Para la Semana Santa esperan rozar el 90%. Y antes de todo lo anterior, el certamen había promovido una nueva edición del ciclo Málaga de Festival (MaF) con su chorreo gozoso de 156 actividades –la inmensa mayoría, gratuitas– en apenas tres semanas.

Casi cualquiera por aquí con la mitad de esos datos montaría una rueda de prensa para sacar pecho estadístico en la foto. El festival mandó una nota huérfana de adjetivos, con una contención retórica ilustrativa de su manera de manejarse en estos últimos años, de su eficaz elegancia. Ahí está su premio, una biznaga. Una flor que no es una flor. Un puñado de jazmines injertados en un tallo enjuto, una obra de ingeniería milenaria, sabia en su modestia, mejorada con paciencia y callo. Una metáfora del festival. Fin.

 

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Veo Veo
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Antonio Javier López | 12-03-2017 | 1:20| 0

 

Acrobacias a la puerta del Ayuntamiento en una 'manifa' pro La Invisible. Ñito Salas

Los pasillos interiores de la primera planta del Ayuntamiento de Málaga están decorados con una nutrida cuadrícula de lienzos del mismo tamaño con retratos de los alcaldes de la historia reciente de la ciudad. La galería entretiene los ratos muertos entre citas o comparecencias públicas, pero además sirve para elucubrar algunas teorías a cuento del telón de fondo escogido en los casos más recientes. Hasta entonces predominaba el segundo plano neutro, sin distracciones, mantenido hasta los semblantes de Antonio Gutiérrez Mata, Cayetano Utrera Ravassa y Luis Merino Bayona.

Cambió la tendencia, como en tantos otros frentes, Pedro Aparicio. La idea consistía en resumir el mandato con algunos logros, hitos significativos de su periodo al mando de la urbe. Aparicio posa con un ejemplar en la manos de la ‘Lex Flavia Malacitana’, la carta fundacional de la ciudad en época romana, y la fachada del Teatro Cervantes a su espalda. Ambas elecciones resultan ilustrativas de su querencia por el mundo clásico y su amor por la música. Su sucesora en el cargo pasa a la posteridad pictórica junto a un túnel, un museo a la deriva –se ha vuelto a recordar esta semana– y la molicie de La Coracha. Quizá no tenía mucho más donde elegir. Todo lo contrario que el actual alcalde: la calle Larios peatonal, la nueva Alcazabilla (con cuidado de que no salga el Astoria) y el Cubo de colores del Pompidou parecen buenas opciones. Ahí va otra: La Casa Invisible.

Pocas imágenes como La Casa Invisible sintetizan el manual de estilo del regidor cuando ha surgido un asunto espinoso: el metro, los Baños del Carmen, su propia retirada o no. Hablamos de cuatro décadas en el ring político con un KO (puede que dos) y el título mantenido con un reguero de victorias a los puntos y combates nulos. Juego de pies verbal para decir una cosa y la contraria, mítico poder encajador y una férrea creencia en la capacidad de ganar por agotamiento –o aburrimiento– del rival. Ahí están los belicosos okupas de un inmueble municipal cuya expropiación ha costado más de tres millones de euros sin saber muy bien cómo hincarle el diente a semejante hueso.

La Casa Invisible cumplía el viernes diez años y la sensación es que podría cumplir otros diez sin que se tomasen las decisiones indispensables para resolver su situación legal, sea en la dirección que sea. Por no tomar decisiones, ni siquiera se vela por el cumplimiento del cierre cautelar del edificio decretado hace más de dos años y todavía en vigor. Es decir, se supone que desde el 23 de diciembre de 2014, la entrada al inmueble está prohibida por la autoridad municipal, pero la autoridad municipal no hace nada para que allí se dejen de celebrar actos y reuniones de manera continuada, hasta el punto de que varias celebraciones de su décimo aniversario se han organizado no ya en el patio exterior rehabilitado, sino dentro del propio edificio.

Quién sabe si la ha copiado del líder del partido o si este la ha asumido ante la efectividad con que se aplica en la principal capital de provincia donde mantienen el poder, pero el oficio de oír llover ante los asuntos polémicos ha demostrado una magnífica efectividad sólo al alcance de quien pueda mantenerse con férrea determinación en la capacidad de indefinirse. Porque primero amagaron con el desalojo forzoso, apaciguaron los ánimos, estudiaron la cesión directa, luego un concurso, pidieron papeles, después modificaciones, abrieron un periodo de negociaciones y así pueden seguir hasta el infinito y más allá. Lo han demostrado.

Saben que el tiempo juega a favor de la modorra y el olvido, que el conflicto se ha convertido en algo manso, manejable, que ha dejado de ser una piedra en el zapato para convertirse en un chicle pegado a la suela. No molesta para seguir adelante, apenas chasquea a cada paso. Sólo hay que acostumbrarse. Y en ocasiones, incluso encuentran tiempo para el humor. Para elevar una estatua que presenta a un artista indómito, al gran revolucionario del arte de los cuatro últimos siglos, como un abuelito en babuchas que da la espalda a su Casa Natal. Para hacer de uno de sus mayores motivos de sonrojo (Tabacalera) una de las portadas luminosas de su recinto ferial en agosto. Para mantener un frente abierto durante una década llamado La Casa Invisible y gestionarlo jugando al Veo Veo.

 

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