Diario Sur

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Autor: AntonioJavierLopez
El síndrome del hámster
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Antonio Javier López | 05-03-2017 | 1:20| 0

Florencia Rojas levanta un búnker en Bellas Artes. Ñito Salas

El día después de la muerte de Manolo Becerra lloré en el cuarto de baño del apartamento el gol de chilena que Baptista le metió al Getafe en La Rosaleda y que puso al Málaga como líder de la Liga. El día después de la muerte de Manolo Becerra, Ana Barreales publicó un tuit diciendo que tragos como ese te hacen recordar que tus compañeros de trabajo son a veces también tu familia. El día después de la muerte de Manolo Becerra creo que fue el último día que lloré por un compañero que también siento como parte de mi familia. La vez anterior fue en el coche, camino de casa, a la altura de la fábrica de La Araña, la noche que Elena de Miguel nos dijo a la entrada de la Redacción que cambiaba de periódico y de ciudad. Me alegré por ella, lo sentí por mí y como buen varón egoísta lo segundo me importó mucho más que lo primero. Y me dio por piantar un lagrimón, qué pasa. Antes que Ana, Elena había sido mi jefa. Ella y otros jefes tuvieron la ocurrencia, hace ya mucho tiempo, de ponerme con veintimuypocos años al frente del nuevo suplemento de economía creado por el periódico. Y ahí sigue el invento.

Recuerdo las semanas previas y posteriores al lanzamiento de aquellas páginas en salmón como uno de los momentos más intensos, agotadores y felices de mi vida en el periódico. Creo que fue en aquellos días cuando Elena, en uno de sus fogonazos de genialidad irremediable, soltó que íbamos a ser víctimas del Síndrome del Hámster: todo el día corriendo sin cambiar el sitio, haciendo girar la rueda cada vez a mayor velocidad, entregados con fervor a nuestra frenética inmovilidad. La imagen me ha venido a la cabeza esta semana blanca de pie cambiado en el calendario, con el miércoles como un lunes para algunos suertudos y el jueves ahí en medio. Pensaba en el hámster justo el jueves y asimilaba esa imagen con quienes intentan llevar el ritmo de la agenda cultural de la ciudad.

Porque ese día, el saxofonista Eric Alexander daba un concierto gratuito cuatro meses después de ser cabeza de cartel en el Festival de Jazz de Málaga con entradas a 20 euros en el Cervantes. También ese día el cine Albéniz reponía ‘La reconquista’ de Jonás Trueba, seguida de un concierto de Rafael Berrio y de un coloquio posterior entre ambos. Todo gratis. El jueves también se estrenaban dos exposiciones pintosas: ‘Luna-Lager Bunker’ de Florencia Rojas en la Facultad de Bellas Artes y ‘Los coños de Bigas Luna’ en La Casa Amarilla. El jueves, el gran Manolo Bellido regalaba una conferencia sobre el cine y la Costa del Sol. El jueves Luis Mendo, Gonzalo García Pelayo y Fernando Lucini hablaba sobre Luis Eduardo Aute en el Centro Cultural Provincial; Ángela González ofrecía un concierto en el AC Málaga Palacio y Luis Puelles, Isabel Garnelo y Juan Antonio Sánchez López charlaban sobre cine y surrealismo en el Espacio Cienfuegos. El jueves por la tarde se proyectaba, gratis, como todo lo anterior, ‘El Mago de Oz’ en la Biblioteca Dámaso Alonso de Ciudad Jardín, demostrando que los barrios también existen.

Salvo el concierto de jazz, toda la retahíla anterior viene a cuento del ciclo Málaga de Festival (MaF) previo a la celebración del festival de cine presentado esta semana. Y el asunto me confirma una idea que ando barruntando: las instituciones, los proyectos, se mimetizan con quienes los llevan a cabo. Por eso el gozoso aluvión del MaF, sostenido durante varias semanas y llevado a casi toda la ciudad, rezuma la inteligencia y el buen gusto, el sentido y la sensibilidad de su principal hacedora, Cristina Consuegra. Hace un año ya le echamos piropos por aquí y parecía excesivo repetirse, pero ante la cantidad y la calidad de lo propuesto en el MaF –lo del jueves fue sólo una muestra–, casi no queda más remedio.

Un remedio, una cura, una prisión. Una cama rodeada de aves disecadas y dos esgrimistas lanzando trinos de mirlo en ‘Donde mueren los pájaros’, el proyecto de David Escalona y Chantal Maillard entre la poesía y el arte. Difícil volar más alto que ellos. La exposición se inauguraba el jueves en el Hospital Real de Granada. El edificio de los locos, de los huérfanos y de los enfermos convertido en un refugio para la belleza. El lugar para la convalecencia encuentra en la palabra un apósito para los males del alma.  Porque desde el viejo hospital llega el eco de aquella frase de Chantal: «A veces el combate es una manera de amarnos». Y parece que habla de nosotros, de nuestra pelea, de nuestra rueda, de nuestra prisa, de nuestra jaula que tanto amamos.

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Taifas
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Antonio Javier López | 26-02-2017 | 1:20| 0

'Kandinsky y Rusia', recién llegada a Tabacalera. Salvador Salas

Un ejemplo de cómo se las gastan en la Fundación Juan March: los catálogos de las 194 exposiciones que han organizado desde 1973 pueden consultarse y descargarse de manera gratuita –y legal– desde su página web. La fundación promovió hace casi 40 años la primera muestra en España sobre Kandinsky, así que su dirección en Internet ha estado en la carpeta de Favoritos durante las últimas semanas en el entrenamiento previo a la inauguración de ‘Kandinsky y Rusia’ en Tabacalera. Uno de esos textos lleva firma del historiador Valeriano Bozal y relata algo muy similar a la tesis esencial del nuevo proyecto del Museo Ruso: el viaje de Kandinsky desde la tradición hacia la vanguardia.

Bozal menciona algunas obras que considera cruciales en ese proceso, hasta el punto de protagonizar casi todas las ilustraciones de su escrito: ‘Túnez-La Bahía’ (1905), ‘Primera acuarela abstracta’ (1910), ‘Impresión II (Concierto)’ (1911), ‘Pintura con arco negro’ (1912), ‘Pintura sobre fondo claro’ (1916) y ‘En el gris’ (1919). Todas tienen algo en común: forman parte de las colecciones del Centro Georges Pompidou de París. De hecho, el museo galo cuenta con 128 pinturas, 487 grabados y 1.036 dibujos de Kandinsky. De hecho, el extraordinario centro de documentación del centro parisino se llama ‘Biblioteca Kandinsky’.

‘Kandinsky y Rusia’ es una buena exposición. Muy buena, por momentos. Pero cabe preguntarse: ¿qué proyecto podría haber ofrecido la ciudad si hubiese contado con los recursos de los dos museos que han instalado aquí sus franquicias? Quizá el tipo de propuesta cuya verdadera excelencia sea capaz de marcar una diferencia real entre el ruido artístico planetario, con cuidades y museos lanzados en busca de focos, ‘likes’ y visitantes con divisas.

El Ayuntamiento buscó y encontró al Pompidou y al Museo de San Petersburgo para abrir dos nuevos museos deprisa y corriendo, creó una agencia municipal para dar cobertura administrativa a ambos proyectos, por el camino arrinconó a la Casa Natal de Picasso y hasta la fecha no hay noticias de las «sinergias» entre ambos desembarcos que se anunciaron como parte del argumentario para justificar estas iniciativas. Por el momento el asunto sirve, al contrario, para ilustrar la querencia local a que cada uno haga la guerra por su cuenta.

En descargo de los promotores de las filiales puede decirse que aún es pronto, que los nuevos museos llevan menos de dos años abiertos, que hay tiempo. Y puede ser. Al fin y al cabo, en la ciudad conviven desde hace 14 años el Museo Picasso y la Casa Natal del artista y, hasta la fecha, ambas instituciones han sido incapaces de ofrecer un proyecto conjunto de auténtico calado. Ambos reinos de taifas tienen sus fronteras marcadas por los políticos de distintos partidos gobernantes en la Junta de Andalucía y en el Ayuntamiento y, por extensión, en el museo y en la casa. Parece que mientras no se alineen los votos (o los pactos) no lo harán del todo los esfuerzos y las propuestas.

El caso del Pompidou y del Museo Ruso parece más difícil de explicar. O más simple. Ambos han sido promovidos por el Ayuntamiento y conviven en la misma agencia municipal, pero apenas parecen tocarse. Reclamar que el esfuerzo de la ciudad para sostener ambas filiales se traduzca en proyectos conjuntos puede parecer ilusorio o una reclamación tan ambiciosa como pertinente si en rigor se aspira a la excelencia pregonada. Y quizá no se han puesto a ello por algo muy sencillo y muy triste: la armazón que improvisaron para levantar esos museos apenas puede soportar más carga, ya tiene bastante con mantenerse en pie. Porque el Pompidou y el Ruso comparten en Málaga una estructura más que mejorable para atender el devenir de dos equipamientos a los que se les presupone una ambición y un grado de calidad mucho mayores a los recursos reales con los que cuentan para lograrlos. Al fin y al cabo, hablamos de una entidad que mantiene para tres museos casi el mismo personal de la Casa Natal (17 personas), al que han ido añadiendo la inmensa mayoría de los servicios a través de diferentes empresas subcontratadas. Más taifas. Donde antes había la gestión de un espacio, ahora hay tres. Pero quienes mandan en el Ayuntamiento parecen haber olvidado algo tan simple como extendido en los despachos: poner a alguien a hacer tres cosas a la vez suele ser la mejor manera de que ninguna salga bien del todo.

Y así, después de casi tres décadas gestionando equipamientos artísticos y de participar en hasta diez museos o similares, el Ayuntamiento aún no ha encontrado, por ejemplo, la fórmula para centralizar la gestión de servicios comunes a esos equipamientos como la seguridad, los transportes o la atención en sala. Ese era el plan de la agencia municipal que maneja el Pompidou, el Museo Ruso y la Casa Natal: ir incorporando con el tiempo nuevos espacios y, por el camino, ahorrar costes y ganar poder de negociación para contratos y proyectos. Pero cada museo municipal es de su padre y de su madre. Tiene su negociado, su propio reino de taifas.

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Labra perfida
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Antonio Javier López | 19-02-2017 | 1:20| 0

Las esculturas de Victoria Maldonado, sobre la cama de Casa Sostoa. Álvaro Cabrera

Hay una sombra de hollín en el suelo con los restos de una moto quemada. Alguien recuerda la decisión que tomaron hace décadas algunos vecinos de Kreuzberg, el antiguo barrio turco en el Berlín oriental, después de la reunificación alemana, cuando aquellas calles se convirtieron en la zona de moda por sus alquileres baratos y su extensa oferta cultural: cada poco tiempo le prendían fuego a un vehículo abandonado en la calle para ofrecer una imagen de conflictividad social que no se correspondía con la realidad, pero que alejaba por un tiempo a inversores y especuladores inmobiliarios.

Esa mancha oscura como un beso en la boca está más cerca, a sólo unos pasos del estudio de Los Interventores, que estos días muestran el proyecto de Victoria Maldonado titulado ‘Labra perfida’, que quiere decir ‘labios pérfidos’ en latín. Seis grabados metidos en una caja de madera de pino cubierta por dos tapas de cartón reciclado, tachonado con cuatro tornillos plateados como las placas que bautizan las calles y las lápidas de algunos cementerios. Un libro de artista que es una delicia maravillosa. Los Interventores son Alfonso Silva y Javier Hirschfeld y ambos han llevado hasta el papel las esculturas que Victoria presentó hace un año en Casa Sostoa. Victoria cuaja sus pequeñas esculturas metiendo un trozo de tela cosida en porcelana a 1.200 grados. El resultado es una serie de siluetas blancas que recuerdan a esqueletos de animales imposibles y frágiles, a pañuelos de papel tirados sobre la cama en un escorzo cuajado de lágrimas, de fluidos más densos si acompaña un poco la suerte.

Los Interventores se mudaron hace no tanto al estudio que antes ocupaba el Espacio Cienfuegos, cuyo nombre viene de ese pasaje a la espalda de la plaza de La Merced. Los de Cienfuegos se fueron a El Molinillo, el local lo ocuparon durante unos meses Los Interventores, que tras el verano se movieron a la calle Vital Aza, más adentro del corazón de Lagunillas. Y esa franja de casas y gratifis, de orgullo y prejuicios entre la Victoria y El Ejido se parece cada vez más a la primera línea de la novela ‘El amante’ de Marguerite Duras, donde la protagonista confiesa aquello de «muy pronto en mi vida fue demasiado tarde».

Muy pronto se ha puesto de moda Lagunillas para que los edificios cambien de manos y los alquileres, de precios. La cochambre y el olvido acampan en solares abandonados entre inmuebles convertidos en ‘bed and breakfast’, que son las pensiones de toda la vida, pero con ambiente cuqui, muebles de Ikea y desayuno ecológico. La presión inmobiliaria supone ya una amenaza real para los artistas y colectivos que con su actividad han intentado sacar del coma a esta zona de la ciudad dejada a su suerte por las instituciones públicas durante décadas. Habrá quien vea en la llegada al barrio de inversiones una señal de recuperación, de progreso, de futuro. Vale. Pero si esos negocios no van acompañados de equipamientos, servicios y acciones encaminadas a repoblar la zona a través de alquileres sociales e incentivos fiscales, ese futuro del que hablan será un futuro de recepcionistas, lavanderos y camareros para los turistas que se alojarán allí unos días, harán la compra en el ‘chino’ de la esquina y después se irán por donde han venido.

El plan parece cada vez más claro y extendido en el mapa y lo quieren con papeles, que el centro de la ciudad deje de ser ‘zona residencial’ para convertirlo en ‘zona turística’, vaciarlo de vecinos y negocios locales, cerrar al tráfico las calles para dejar sitio a las mesas y las sillas de las terrazas. No quieren comercios, quieren bares. Lo han demostrado muy cerca de Lagunillas, en el Mercado de La Merced, con los tenderos arrinconados por el postureo gourmet. Vendieron un Mercado de San Antón en La Merced, un Fuencarral en Galerías Goya y un Soho en el ensanche del puerto. Y esos espejos devuelven un reflejo poco favorecedor para sus pretensiones, una triste imagen deformada de sus intentos de apropiación de modelos ajenos, tomados a falta de la capacidad y el talento necesarios para crear –o al menos favorecer– una identidad propia.

Algo de eso despuntaba en Lagunillas. Ahora han llegado los focos, los suplementos de tendencias, la amenaza de la especulación, oscura como la sombra de una moto quemada, como unos labios pérfidos.

 

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Málaga, 951
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Antonio Javier López | 12-02-2017 | 1:20| 0

Una muñeca y una caña de azúcar. 'La Desbandá', cuando fuimos refugiados. Norman Bethune

Raúl, de 2ºA, ha hecho algo que se parece a una mujer con un hato enorme. Lola comparte clase y fascinación con Raúl por la pesada carga asignada a su figura de plastilina. La vida entera metida en una manta cerrada con un lazo de cuerda, llevada al hombro, con suerte, a lomos de un rucho. Adriana ha preferido poner a una madre con dos bebés de ojos como huevos fritos metidos en cestos, cruzando un río cian. La clase entera de 5ºA ha dejado bien clara la firma en su mural de cartulina. Sombras negras, llamaradas y aviones. Los niños de cinco años han recreado la huida con personajes de Playmobil y los mayores han cogido los teléfonos móviles para grabar a sus abuelos, luego se han descargado una aplicación para montar las imágenes junto a otras de aquella desesperación y el resultado deja sentado de culo a más de un licenciado en Comunicación Audiovisual.

Todo eso compone la fase final, la excusa casi, de ‘Málaga-Guernica 951’, el proyecto que los artistas Rogelio López Cuenca y Elo Vega han desarrollado durante las últimas semanas en el Colegio Nuestra Señora de la Candelaria de Benagalbón. Y decir colegio, así, a secas, es quedarse un poco corto. Porque allí dan la bienvenida las gallinas, hay un comedor con cocina propia de productos ecológicos –hoy toca gazpachuelo– y en las paredes queda poco del verde desvaído de los azulejos que alguien escogió para que los colegios parecieran piscinas vacías con la vida comida por el sol. Aquí hay figuras colgadas del techo, un millón de carteles con mensajes y algunas de las obras de los artistas que han pasado por la sala de exposiciones Robert Harvey, la misma donde acaban de estrenar ‘Málaga-Guernica 951’ como parte del temario de la asignatura de aprender a mirar el mundo.

Porque algunos pensaban que aquello iba sobre los hombre que pegan a las mujeres. Al fin y al cabo ellas aparecen siempre tristes y ellos, cabreados, a veces con armas. Otros han preguntado qué es una dictadura. A todos les han planteado qué se llevarían de casa si tuvieran que salir con lo puesto, en medio de la noche, como hicieron muchos de sus abuelos hace 80 años. Todos se acordaron de sus mascotas y de sus padres y hermanos, algunos añadieron la ‘tablet’ y la consola y hubo quien no se olvidó de echar dinero, por si acaso.

‘Málaga-Guernica 951’ habla sobre la diferencia entre dos dramas ocurridos con un par de meses de diferencia y esos kilómetros (951) de distancia. Aunque hay separaciones más amplias y profundas, las que van de un crimen olvidado a un icono planetario por obra y gracia de un cuadro convertido en fetiche. Porque Guernica es, sobre todo, el ‘Guernica’ de Picasso, al menos para la inmensa mayoría de la humanidad, mientras el éxodo de la carretera de Almería que esta semana ha cumplido ocho décadas apenas era conocido hasta hace quince años.

Y no se trata de medir la tragedia al peso de los muertos, aunque tampoco haya que olvidar algunos raseros, por la perspectiva y eso: los casi 300 fallecidos en el bombardeo de Guernica frente a los caídos en ‘La Desbandá’ (entre tres mil y cinco mil); los más de 150.000 desplazados atacados por tierra, mar y aire; el primer gran éxodo del siglo pasado en Europa; la caída de Málaga como el principio del fin de la República; la brutal carga histórica, simbólica y humanitaria de un drama olvidado por la callada vergüenza en ambos bandos: la de quienes tiraron las bombas y la de quienes abandonaron a su suerte a miles de civiles indefensos. Pero de un lado hay un cuadro famoso, un becerro de oro por el que se pelean los grandes museos del mundo. Y del otro, apenas un puñado de fotos cuarteadas y borrosas.

Y ahora que el utilitarismo salvaje amenaza la enseñanza de las Humanidades, a ninguno de los lujosos museos de la capital; a ninguna institución local, provincial o regional; a ninguno de esos gestores culturales a sueldo del presupuesto público se les ha pasado por la cabeza traer hasta el presente, desde la reflexión artística y la pertinencia pedagógica, aquella huida de nuestros abuelos que precedió a la destrucción de Guernica y a la actual crisis humanitaria de los migrantes.

Ha tenido que ser un pequeño colegio de Benagalbón el que nos recuerde que el arte, la lectura, la creación en comunidad y diálogo todavía nos ayudan a entender el mundo, a que el pasado no se repita en el futuro, aunque el presente nos tenga en vilo.

 

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Antonio Javier López | 05-02-2017 | 1:20| 0

Javier Gomá, filósofo de la ejemplaridad. Emilio Naranjo. EFE

 

El ascensor detiene su bajada en el segundo piso, se abren las puertas metálicas y entran un hombre y un preadolescente. El primero ronda la segunda mitad de los 40, alto y delgado, tupé negro como esculpido en mármol, traje gris claro, camisa blanca, corbata roja y zapatos de cordón marrones. El muchacho luce acné volcánico, chándal azul oscuro, zapatillas deportivas verde flúor y una gorra en la mano izquierda. Dan los buenos días con todas las eses y miran al techo de la cabina:

–Papá, ¿me vas a descargar los capítulos que faltan de la serie o no?

–Pero si ya tienes los tres primeros.

–¡Ya, pero sabes que me gusta tener toda la temporada antes de empezar!

–(Tras un leve suspiro) De acuerdo. Esta noche me lo recuerdas y te los paso al disco duro de tu tele.

La charla de ascensor se produce en la sobremesa del miércoles. Esa mañana, un galerista ha llamado por teléfono para preguntar cuándo sale la noticia sobre su nueva exposición. A primera hora, otro gestor mandó un mensaje para saber lo mismo. Y esa misma tarde, una nueva llamada de otro responsable de otra sala queriendo saber si le vamos a hacer caso a su nuevo proyecto. Y el caso es que los tres, junto con otros tantos, habían salido ese día en el periódico, en el periódico de papel, se entiende, en una pieza sobre las nuevas exposiciones en la ciudad. La información no se volcó en la web ese mismo día, sino la jornada siguiente y dio la puñetera casualidad de que algunos de sus protagonistas no tenían conciencia de haber salido en el medio de comunicación de referencia en su ciudad, el de mayor difusión y raigambre. También llamaron otros, gestores públicos y privados, que no habían aparecido en la información por otros diversos motivos (sus exposiciones no eran de estreno o, habrá que decirlo, no se consideraron relevantes). Unos y otros pedían atención, difusión, «ayuda». Y aquí me van a perdonar.

Para empezar, me van a perdonar que mente a un filósofo en domingo, pero creo que viene al caso. Javier Gomá ha levantado su discurso sobre una idea fundamental: la ejemplaridad, tanto en el dominio público como en la escena privada. Me vino a la cabeza el miércoles, después de muchas llamadas de teléfono, de algunos correos electrónicos algo desagradables y de la indiscreta captura de la conversación en el ascensor. Pensé en muchos (pero muchos) amigos y conocidos. Abogados, médicos, ingenieros, profesores, agentes comerciales, publicistas, periodistas (claro), informáticos, más profesores. Gente a la que presuponer, a falta de una palabra mejor, cierta cultura. Gente que no parece tener demasiados problemas para juntar doce, diez, tres euros al mes para darse de alta en alguna plataforma ‘on line’ de contenidos audiovisuales y que, sin embargo, mantiene con vigor su decisión de descargarse películas, series, canciones, libros. Gente que lo comenta en público sin sonrojo, que presume de la capacidad de almacenamiento de un Diógenes nihilista. Gente que cuenta en teras y discos duros, a la que no le llegará la vida para consumir una mínima parte de lo que dicen guardar en un cacharrito frío y callado. Gente que pregona desde la industria cultural, y con razón, el ‘gratis no trabajo’. Otra cosa es que prediquen con el ejemplo, con el mínimo principio de reciprocidad.

Gomá ha dedicado varios libros, tan sugerentes como necesarios, a la ejemplaridad. Ha enarbolado esa idea, revolucionaria de tan sencilla, como motor de vida y de cambio, de convivencia y respeto, de solidaridad y justicia. Ser ejemplar, intentar serlo, en cada decisión, en cada acto, como una manera de estar en el mundo para, de paso, hacer de ese mundo un lugar mejor.

Y ha tenido esta semana la mala sombra de juntar a gente que pide atención, difusión, apoyo, ayuda para sus negocios privados por los que esperan recibir una compensación económica legítima, para sus iniciativas públicas sostenidas por el dinero de todos; gente que, por lo visto, considera natural que una empresa privada les preste esa atención, esa difusión, ese apoyo, esa ayuda, gratis. A eso les hemos acostumbrado.

Pero puestos a ser ecuánimes, quienes piden atención, difusión, apoyo y ayuda podrían quizá suscribirse a la edición impresa, darse de alta en la plataforma ‘on line’ (que sale más barata), comprar el periódico, al menos, el día que salen ellos, por ejemplo.

 

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