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Autor: AntonioJavierLopez
De prestado
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Antonio Javier López | 05-11-2017 | 11:20| 0

A menudo lo mejor de las ruedas de prensa sucede antes y después de las ruedas de prensa, en los corrillos con algunos compañeros y cargos más o menos públicos a los que uno le acaba cogiendo cariño. Hace ya unos meses, al terminar la parrafada que nos había llevado hasta allí, un gestor cultural de la ciudad repasó las barbas y las bambas del compañero Pablo Bujalance y le soltó con media sonrisa: «Te estás volviendo un hipster». Y Pablo respondió con su flema habitual: «Imposible, querido. Tengo el carnet de una biblioteca pública». Más allá de la ocurrencia, la salida de Pablo ofrecía la misma carga de profundidad que muchos de sus textos. En unas pocas palabras había trazado un diagnóstico certero, irónico y clarividente de una realidad social, cultural y económica bastante compleja. Conviene no olvidar los matices, claro. Habrá ‘hipsters’ con carnet de biblioteca pública, pero gana el barrunte de que serán los menos.

Nada más lejos del impostado glamour de los modernos que una biblioteca de barrio. Frente al ‘selfie’ fatuo, el silencioso préstamo de libros, los encuentros con escritores, los cuentacuentos de los sábados, las actividades para las familias y el calor de los lomos matriculados que recuerdan desde los estantes combados no tanto las historias que has leído como todas las que aún te quedan por vivir. Y ese anhelo se parece mucho al entusiasmo.

En la ciudad que tropieza gozosa en la misma piedra de proyectos a los que no les salen las cuentas, aquí donde se afila la tijera de la periferia para sacarle punta al centro, queda el papel de las bibliotecas públicas. El viernes se cumplían 23 años del desalojo de la Biblioteca Provincial de la demolida Casa de la Cultura en la calle Alcazabilla. Desde entonces permanece en un local con alma de nave de polígono en la avenida de Europa, a la espera de su traslado al antiguo convento de San Agustín que ayude a revitalizar su limitada oferta cultural.

Al otro lado de la balanza del desánimo, la red de bibliotecas municipales. Dieciocho, repartidas por toda la ciudad. Y ante la tentación de caer en el romanticismo pusilánime del amor por los libros y el silencio (que también, oiga), algunos datos pelados. Dejemos a un lado el número de visitantes el año pasado (más de medio millón) y vayamos a cifras de mayor apego. Por ejemplo, hay 112.817 personas en la ciudad con un carné de biblioteca pública como el de Pablo y más de siete mil se apuntaron a ese club a lo largo de 2016, cuando se registraron 248.012 préstamos de libros.

Cada vecino de la capital afloja cinco veces más dinero de sus impuestos a los museos que a las bibliotecas municipales (25 euros, frente a 5 euros ‘per cápita’), pero la ciudad que se llena la boca y la agenda de exposiciones encuentra en la modestia de las bibliotecas públicas de barrio un motivo de orgullo sostenido y discreto, un calor avalado por la frialdad de las mismas cifras que no terminan de cuadrar en la mayoría de las salas de exposiciones sostenidas a cargo del mismo presupuesto.

Porque si los museos nos proyectan hacia el exterior (también con sus sombras), quizá las bibliotecas sirvan para mirarnos hacia un interior individual y colectivo, con las amas de casa que dejan el carrito de la compra en la puerta para renovar el préstamo de un libro, con los inmigrantes que navegan en silencio por Internet, con los jóvenes atolondrados con la libreta abierta y la mirada perdida. Encontrar un libro que quisimos leer hace tiempo y llevarlo a casa como a un ligue pasajero, anticipando a cada paso una satisfacción íntima y pequeña, una felicidad de prestado.

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Bulimia
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Antonio Javier López | 29-10-2017 | 1:20| 0

Daniel Buren, del Cubo al interior del Pompidou. Fernando González

Daniel Buren, del Cubo al interior del Pompidou. Fernando González

Atribuye la leyenda urbana al filósofo José Ortega y Gasset una sentencia que viene a decir algo así: «Madrid es esa ciudad en la que, un jueves a las ocho de la tarde, o estás dando una conferencia o te la están dando». Y esta semana que termina, Málaga ha sido esa ciudad en la que, cualquier día a las ocho de la tarde, o estás inaugurando una exposición o te la están inaugurando. Sólo se libró el lunes, quizá por aquello de no abusar del respetable. Pocos días como estos para ilustrar la identificación metonímica de la cultura con el arte y del arte con las artes visuales en la agenda y en la estrategia de la ciudad. Desde las cavernas, la política tiene muy presente la capacidad publicitaria del arte y el frenesí contemporáneo ha estrujado los ritmos hasta convertir las colecciones de los museos en exposiciones temporales de larga estancia que conviven con nuevas propuestas cada tres o cuatro meses. La mercadotecnia y la caja registradora necesitan estímulos cada poco tiempo y los museos ofrecen un decorado cambiante y colorido, ideal como telón de fondo para las fotos institucionales. Así que para allá se han ido los presupuestos y los trajes de chaqueta. Y los plumillas hemos ido detrás.

El martes inauguraba la Casa Natal de Picasso una exposición en torno al ‘Guernica’ como eje central de su trigésimo Octubre Picassiano. Sin descubrir la pólvora, el proyecto es una delicia. Los horrores de la guerra entre la población civil desde el siglo XVIII hasta el nuestro. Las miniaturas de Jacques Callot junto a los ‘Desastres de la guerra’ de Goya, los grabados de Picasso en ‘Sueño y mentira de Franco’ junto al ‘Guernica’ pintado casi a tamaño real por Javier Arce, un dibujo a rotulador sobre papel «irrompible», hecho luego una bola y vuelto a extender como un gurruño, como esas notas que tiras a la papelera y que después te salvan la vida medio del derrumbe mental. Las esculturas y los dibujos de Oteiza. Las apropiaciones de José Manuel Ballester. Recupera la Casa Natal la mejor versión de sus exposiciones de producción propia con esta muestra. Una alegría modesta y confortable, como la propia exposición.

El miércoles celebramos el cumpleaños de Picasso (136 años ya) en el Pompidou, donde Daniel Buren ha pasado de las paredes acristaladas del Cubo a las oscuras salas de exposiciones en un montaje no apto para epilépticos. Proyecciones de figuras geométricas y colores planos. Colores para dejar la mente en blanco. Sólo mirar. Detenerse, callar, mirar de nuevo. Un acto revolucionario en los museos del ‘selfie’. Al final del recorrido, en medio de un pasillo, han puesto una pantalla y varias hileras de sillas plegables para ver un documental sobre Buren que dura siete horas y media, ya saben cómo son los franceses.

El jueves las salas de La Coracha volvieron a ofrecer un salvavidas en medio del naufragio del Museo del Patrimonio. La Colección Los Bragales, reunida por el empresario Jaime Sordo, muestra parte de sus fondos. Pierre Gonnord y Per Bercley, catanas y bates de béisbol en los moscovitas AES+F, la delicadeza de Issac Julien y Nadia del Castillo, el bodegón exquisito de Juan Manuel Castro Prieto y el poco complaciente Santiago Sierra. Aunque los promotores de la muestra prefieren hablar de discurso, no de nombres, hay nombres y obras potentes, de nuevo, donde estuvo la belleza decadente de La Coracha.

Otra pequeña delicia el viernes. De nuevo Goya, esta vez con James Ensor, en el Museo Carmen Thyssen, en la Sala Noble, maravillosa también vacía con su artesonado de madera oscura. Y toca techo el Thyssen con sus temporales en cartel: Juan Gris, María Blanchard y la segunda etapa del cubismo, por un lado, y Goya y Ensor, por otro. Nada rimbombante. Sólo conocimiento y belleza. Y no saben cómo se agradece.

Y sin embargo, los melancólicos siempre andamos buscando excusas para el desapego. Y ahora que toca echar la vista atrás y poner los pies en agua, esta mañana de horario y paso cambiados, queda la duda de si estamos ante un cuadro, pero de bulimia, si estamos digiriendo todo esto o apenas nos llenamos los ojos y los días libres. Si estamos dando el pelotazo o nos lo están dando.

 

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Desaparecer
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Antonio Javier López | 27-10-2017 | 6:18| 0

David Le Breton, desapaciones en La Térmica. Antonio Salas

David Le Breton, desapariciones en La Térmica. Antonio Salas

Era martes por la tarde, casi de noche, a esa hora en la que da pereza salir de casa cuando estás dentro y volver a ella cuando estás fuera. Y fuera llovía y empezaba, por fin, a refrescar. Poco antes de un partido de Liga de Campeones, el Real Madrid contra un equipo inglés, a la Sala Fuengirola en la planta baja de La Térmica sigue llegando gente. Dejan sus carnés de identidad a cambio de un transistor para la traducción simultánea. Y más gente. Casi todas las sillas ocupadas, un martes por la tarde con partido en abierto, para escuchar a David Le Breton, un antropólogo francés que escribe sobre las maneras de borrarse del mapa, sobre suicidas y gente que decide no salir de su cuarto, evaporarse, aquellos a los que les pesa demasiado la vida, sobre cualquiera de nosotros en un momento dado, muertos de ganas de tomarnos unas vacaciones de nosotros mismos, aunque sea por un rato.

También ha escrito Le Breton sobre el acto heroico de caminar en medio de la ciudad diseñada para el humo y el ruido de la gasolina. La caminata y el silencio como maneras de rebelión íntima, pero también cívica y política. Aquello de ser el ejemplo del cambio que quieres para el mundo, pero sin postureo. En esas llega Le Breton con el desaliño estético de los sabios, como recién levantado de una siesta tardía.

Las vidas diluidas en Internet, los depresivos sin remedio, la felicidad de cultivar un huerto, la desesperanza en los barrios alejados de las postales del centro de la ciudad. Y a Le Breton le ha venido la fama con un libro que habla justo de lo contrario, ‘Desaparecer de sí. Una tentación contemporánea’ (Siruela). Está a la venta al fondo de la Sala Fuengirola y alguno que otro ha caído este martes por la tarde húmedo hasta los huesos. Gente que escucha a un antropólogo francés un martes por la tarde y que compra libros. Hay gente pa’ tó. Habla Le Breton durante poco más de media hora y se abre el turno de preguntas. Cualquiera con cierta experiencia sabe que se llama turno de preguntas porque decirle turno de la vergüenza ajena resulta poco educado. A menudo suele ser la puerta que ven abierta quienes quieren oír su propia voz, el eco de su presunta perspicacia en reflexiones más o menos peregrinas. Aquí se levanta un señor y en perfecto francés comparte que es bioquímico, que nació aquí y estudió aquí, que luego se trasladó a la ciudad natal de Le Breton (Nantes) y que al leer su libro ha pensado que los profetas de las principales religiones han tenido un periodo de desaparición. Jesús, Mahoma, Buda. Todos se perdieron en la oscuridad para volver iluminados. Y el espectador le pregunta al pensador por el carácter místico de la desaparición. Y el antropólogo levanta las cejas, sonríe y asiente para recibir con entusiasmo el nivelazo de la pregunta.

Luego se levanta otro oyente. Y también en perfecto francés pregunta a Le Breton por sus dudas sobre el tratamiento patológico de quienes muestran poco interés en vivir, en especial, los jóvenes. Y Le Breton comparte esa renuencia con el espectador, defiende que las llamadas «conductas de riesgo» son «reacciones a un sufrimiento» y que su remedio no se encontrará en la farmacia o el psiquiátrico, sino en la escucha y la paciencia. Así que un martes por la tarde de lluvia y partido de Champions en abierto, hay una sala de La Térmica llena de gente que escucha a un sociólogo al que cuesta pillar en el renuncio de dar una conferencia. Gente que aprecia esa rareza, la disfruta y responde al envite con preguntas inteligentes.

Y un martes por la tarde, ya de noche, con el ruido del mar enlazado entre las copas de los árboles que dan acceso a La Térmica, con la crónica por escribir y la hora de cierre mirando de reojo, llega una serenidad extraña, una manera de saldar cuentas con los prejuicios y el desánimo, cierta reconciliación con la ciudad y una dimisión del pesimismo. Mientras caminas en silencio y, por una vez, olvidas las ganas de desaparecer.

 

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Libres y solas
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Antonio Javier López | 15-10-2017 | 11:20| 0

Picasso, entre todas las mujeres. Salvador Salas

Picasso, entre todas las mujeres. Salvador Salas

Recuerdo un artículo de Fernando Savater donde contaba el recelo con el que había emprendido la relectura de ‘El miedo a la libertad’. El filósofo podía asumir la vergüenza propia de las novelas y los poemas que le habían fascinado en la juventud y que habían palidecido a los ojos de la madurez, pero le sublevaba que aquello mismo sucediera con ese libro, porque las ideas que allí había dejado escritas el psicólogo alemán Erich Fromm no le habían engatusado la emotividad febril adolescente; muy al contrario, habían echado raíces en su concepción del mundo. Por eso abría de nuevo aquellas páginas con temor y por eso aquel alivio cuando las cerró y volvió a convencerse de la vigencia radical de aquellas hojas donde Fromm explicaba que la libertad es un camino mucho más árido y solitario que la manada, que muchos prefieren la seguridad de la obediencia a la incertidumbre del camino propio, que vivir adocenado es la opción de la inmensa mayoría, aunque esa inmensa mayoría diga, piense y sienta lo contrario en un engaño que le hace más llevadera la tarea de vivir.

Al fin y al cabo, el miedo a la libertad tiene mucho que ver con el miedo a la soledad. Quizá por eso haya venido a la memoria el libro de Fromm estos días, después de ver dos exposiciones recién inauguradas y que giran ambas en torno a mujeres artistas. El Museo Carmen Thyssen ha estrenado ‘Juan Gris, María Blanchard y los cubismos (1916-1927)’ y el proyecto logra de partida algo que muchos dábamos casi por perdido: ganar al Thyssen de Málaga para la causa de la excelencia. Porque este museo nació con fórceps en el calendario y cesárea del presupuesto municipal para ver la luz antes de las elecciones de turno y en sus cinco años de vida ha ofrecido una andadura irregular, errática por momentos, sonrojante incluso en un par de citas de su programa de exposiciones temporales que han hecho un flaquísimo favor a la institución. Ahora se redime con una muestra de modesta elegancia en su exquisito calado intelectual, una propuesta capaz de hacer rumiar a los teóricos y deleitar a los profanos. Se atreve el Thyssen de Málaga a ofrecer un relato propio sobre el cubismo, aquí, en la cuna de Picasso y sin tomar al malagueño como muleta y anzuelo. Revisa el Thyssen un periodo de la Historia del Arte y por el camino reivindica la obra de María Blanchard como una artista visionaria y audaz, espejo en el que se miraron Juan Gris, Manuel Ángeles Ortiz, Jacques Lipchitz, Jean Metzinger, entre otros muchos. Ahora le acompañan en la exposición y a todos le sostiene la mirada el trabajo de Blanchard. Aquí una manera de presentar el trabajo de una autora, en pie de igualdad con sus compañeros varones, tantos años después de haber sido menospreciada y borrada del mapa de la Historia por la falocracia artística, teórica y mercantil. Una mujer sola entre hombres. Así estaba Blanchard en los cafés y los caballetes y así se muestra su obra, libre entre iguales.

‘Somos plenamente libres’ se titula la exposición inaugurada el lunes por el Museo Picasso Málaga a partir de las obras de dieciocho artistas vinculada al surrealismo. El proyecto admite de inicio que los trabajos son «completamente diferentes» entre sí y quizá por ello abdica de la búsqueda de hilos conductores capaces de articular un discurso más allá de la organización de las obras en compartimentos temáticos. Pero más allá de planteamientos formales, de uno de los montajes más bizarros de la historia reciente del Museo Picasso y de la extraordinaria belleza de un buen puñado de sus obras, ‘Somos plenamente libres’ proyecta una notable paradoja entre su título y su tuétano.

Como quien espera ese reproche, los responsables del proyecto defienden la decisión de mostrar sólo la obra de mujeres en el afán de «recuperación» de sus trabajos, al margen de discursos «excluyentes». Es un argumento muy respetable. Ahí va otro, después de barruntar que la elección de mostrar las obras de mujeres artistas sólo con otras mujeres artistas sigue constituyendo un gueto, quizá ampliado, pero todavía un gueto. Al no enfrentar el trabajo de las autoras con el de sus compañeros varones –los mismos que a menudo las vilipendiaron sin desmayo– se coarta la posibilidad de tener ante los ojos cuánto deben aquellos machos a aquellas hembras, cuánto aportaron ellas y cuánto se les ha negado en el relato oficial de la Historia del Arte. Porque la tarea de reunir el trabajo de mujeres fascinantes, capaces de levantar una obra valiosa en medio de la adversidad social, política, económica y artística merecía un planteamiento general de mayor ambición. Porque las artistas, expuestas solas, siguen estando solas.

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La tribu
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Antonio Javier López | 14-10-2017 | 2:02| 0

Miguel Trillo, Asia SXXI

Pequeños roqueros fotografiados por Miguel Trillo.

Siempre vuela de regreso un martes. Mantiene esa decisión con la firmeza de las manías convertidas en método de trabajo a fuerza de verse corroboradas por la experiencia. Porque él no viaja a países, viaja a ciudades. Las playas, los bosques, las postales no le interesan demasiado. Sabe que la vida se da la vuelta en el asfalto los fines de semana, sabe de la melancolía universal de los domingos por la tarde y de la tristeza irremediable de los lunes. Por eso vuela de regreso los martes. Por eso logró aquella foto, la última por ahora, en la que esa chica lo mira como si no lo viera. Fría y ausente como una muñeca de plástico. Lleva en la frente un rulo del pelo como el San Bernardo de los dibujos animados lleva el barrilito bajo el cuello. Otra con pinta rara. Es la gente que le interesa, a la que sigue por la calle sin hablar. Si hablas demasiado, te pierdes la siguiente foto. Así encuentra, por ejemplo, una discoteca en la tercera planta de un edificio en Hong Kong, un club estrafalario y fascinante en una plaza perdida de Seúl. Lugares que no aparecen en las guías de viajes. Tampoco en sus fotos. Porque él retrata a personas. Jóvenes. Siempre jóvenes con pinta rara. Desde los punkis de los 70 hasta las chicas asiáticas transformadas en personajes de ‘anime’ hace unas semanas.

Cuatro décadas detrás de las tribus urbanas en la selva de cemento. Algún día, quizá, esa labor documental y poética le valga a Miguel Trillo el Premio Nacional de Fotografía. Mientras tanto él sigue a lo suyo, con su gorra y su cámara y sus viajes con el vuelo de regreso siempre los martes.

Trillo entrega un trozo de vida en cada proyecto, con la paciencia de un entomólogo que coloca sus piezas con alfileres sobre la pared de museos y centros de arte. Trillo nació en Cádiz, ha cuajado su carrera entre Madrid y Barcelona, pero nunca olvida que se «construyó culturalmente» en Málaga. Por primera vez estrena aquí una serie. En el Rectorado reúne un centenar de retratos de jóvenes serenos y salvajes venidos desde el otro lado del mundo. Defiende Trillo con miles de kilómetros en la mochila que la modernidad asoma por Asia y hasta allí se ha ido en los últimos años. Porque Trillo dedica mucho tiempo a cada proyecto. Ahora anda buceando en la noche de Moscú y la sonrisa que deja escapar cuando lo cuenta promete imágenes, historias, memorables. Porque Trillo construye ficciones a partir de personajes reales. La historia contemporánea escrita en los barrios periféricos, en los chavales que se hacen los duros y en las chicas que no se andan con chiquitas.

El relato de la tribu. Quien resiste, gana. Lo sabe la gente del Ateneo de Málaga, que abre nueva etapa con elecciones a la presidencia después de los ocho años de Diego Rodríguez Vargas al frente de la institución. Su mayor mérito quizá ha sido la propia supervivencia de la entidad. Cuando la vecina Sociedad Económica echaba un triste cierre temporal por falta de dinero, cuando la Junta de Andalucía anudaba el grifo hasta convertirlo en una soga al cuello de la cuenta corriente, los del Ateneo se las han ingeniado para seguir adelante y plantear nuevas propuestas como el ciclo Escena Bruta, el espacio expositivo junto a barra de bar de Frank Rebajes y un nuevo premio teatral. Mucho con muy poco. Y que dure.

En el Ateneo ha encontrado cobijo otra tribu, la Sociedad Fotográfica de Málaga, que muestra allí la exposición antológica de su concurso anual. El colectivo tiene su propia sede desde principios de año sobre el Mercado de la Merced y a pocos metros de allí ha estrenado esta semana una muestra con el trabajo de algunos de sus socios. Más de 130 en menos de cuatro años. Y creciendo. El movimiento fotográfico encuentra en Málaga un terreno abonado y feliz con asociaciones, colectivos y festivales capaces de reunir a miles de personas. Gente al otro lado de la cámara a la que no le suele gustar salir en la foto. Ni hablar demasiado, porque pueden perderse la siguiente foto. Así funciona la tribu. Lo saben por experiencia.

 

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