Diario Sur
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Autor: AntonioJavierLopez
En el mismo colchón
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Antonio Javier López | 14-05-2017 | 11:20| 0

Phillipe Starck, con pose promocional en el Centre Pompidou Málaga. Fernando González

Cuenta que llegó por primera vez a la isla con 16 años, que dormía en la playa y tenía un euro y medio para vivir cada día. Con el tiempo ha ido juntando más euros, hasta hacerse con un casoplón en una recóndita cala de la misma isla invadida cada mes de agosto por hordas de italianos merdellones con pulseritas de Pachá, Amnesia y Ushuaïa. Philippe Starck tiene casa en Formentera desde hace 50 años, pero apenas sabe decir en español ‘Hola’, ‘Adiós’ y ‘Muchas gracias, amigos’. Lo comentaba esta semana con la gracia suavona de quienes tienen el talento y el encanto necesarios para salirse siempre con la suya sin demasiado revuelo. Que se lo pregunten si no a los empleados del Centre Pompidou Málaga encargados de montar la exposición inaugurada el miércoles, después de buenas dosis de paracetamol, ibuprofreno y paciencia. Es lo que tienen las estrellas convertidas en marca registrada, que hasta la sala de exposiciones tiene que oler al perfume que venden con su logo en el frasco.

El asunto recordaba –salvando la marabunta y las distancias– a la muestra que le dedicó el CAC Málaga a Marina Abramovic hace justo tres años. Al menos en el Pompidou, con su costumbre mantenida de no organizar inauguraciones sociales al caer la tarde, se ahorraron el tumulto visto en el antiguo mercado de abastos con la Abramovic en plan princesa del pueblo ‘hipster’ y moderno. Claro que Starck tampoco tenía previsto quedarse. Ida y vuelta en el día. Apenas tres, cuatro horas en la ciudad para ofrecer una presentación de horario milimetrado sin aparente prisa. Una clase magistral de relaciones públicas. Quitarse importancia, reírse de uno mismo, hablar de su libro, sonrisas a la cámara y ‘Muchas gracias, amigos’. Un mecanismo tan bien engrasado que parece invisible. Pero está bien presente. En eso también recordó a la Abramovic. Porque entonces, como ahora, el proyecto apenas ofrece algo nuevo sobre su protagonista, la exposición se articula más bien como una suerte de grandes éxitos donde lo importante, al cabo, son ellos, su presencia en carne mortal.

Y así, pese a las puyas más o menos sutiles, más o menos elegantes, que algunos directores de los principales museos de la ciudad se van dedicando en público desde hace meses, unos y otros –hablamos de los museos, claro– se van pareciendo cada vez más, como dicen que les pasa a quienes duermen en el mismo colchón.

Porque la delegación del Pompidou iba a ser un «laboratorio de ideas», pero ha terminado por encomendar su exposición estival a una estrella mediática, quizá con la esperanza de que ese tirón popular anime sus escuetas estadísticas de visitantes durante la temporada alta turística. Algo parecido sucede en el Museo Picasso Málaga, que enfila el verano con una exposición de la Tate que pone en letras grandes a Lucian Freud y Francis Bacon, aunque el proyecto vaya mucho más allá de ambos autores. La muestra coincide además con otro reclamo aún reciente: la nueva colección del museo.

Resulta curioso comprobar cómo después de la superioridad intelectual, incluso moral, desplegada en el discurso de los responsables del Museo Picasso Málaga respecto a las franquicias artísticas instaladas en la ciudad, el propio Museo Picasso ha terminado por adoptar un modelo bien parecido al de éstas, al menos en lo relacionado con su colección. El Museo Ruso la cambia cada año; el Pompidou, cada dos y pico y el Picasso, cada tres. Será el periodo de revisión de las cesiones realizadas por la fundación del nieto del artista. Cuenta el Picasso, eso sí, con un colchón de más de 200 obras donadas por Christine y Bernard Ruiz-Picasso, que ahora representan un tercio de las piezas expuestas en las salas dedicadas a la colección. Así que el Museo Picasso Málaga empieza a parecerse mucho a una franquicia de parte de la familia Picasso.

La familia, la ciudad, el arte. La vida entera como una franquicia sin manual de instrucciones. Porque tiendo a pensar que las cosas que quiero acaban pareciéndose entre sí, quizá porque duermen en el mismo colchón de mi cabeza.

 

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En blanco
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Antonio Javier López | 07-05-2017 | 11:20| 0

Eugenio Merino y Picasso, fundidos en blanco en la Alianza Francesa. Fernando González

Ahora la medida de todas las cosas levanta varios palmos del suelo y pesa unos 12 kilos, aunque esta semana se está quedando más flaca. Hay puntitos negros en las amígdalas, rojeces en la garganta, 38.7 y subiendo, la primera vez que dice ‘Me duele’ y varias noches en blanco.

Como ni Dios ni Dalsy juegan a los dados, después de la primera noche en blanco se presentaba la décima Noche en Blanco de la ciudad con una decidida apuesta por la reducción de contenidos en busca de una mayor calidad, de un mayor enfoque cultural del asunto. El listón se ha subido hasta dejar el invento en 217 citas. El año pasado hubo 250. La Noche en Blanco y el sonrojo son lo único que han quedado de aquella candidatura para ser Capital Cultural Europea en 2016 y esa supervivencia ofrece un extraordinario retrato colectivo de esta parte del mapa. Por citar al artista antes conocido como Joaquín Sabina, la Noche en Blanco ha seguido «como siguen las cosas que no tienen mucho sentido». Porque apenas el deseo festivo de echarse a la calle sirve para explicar las colas en lugares que pocas horas después siguen siendo gratuitos; que los más deseados sean los museos que al día siguiente y al otro domingo y al otro y al otro seguirán estando en el mismo lugar con el mismo acceso libre hasta completar el aforo. Porque hay una imagen repetida durante varias Noches en Blanco que no se me quita de la memoria: la cola para entrar a la Alcazaba perdiéndose por la calle Císter hasta casi tocar el Patio de los Naranjos. La entrada para ver el monumento cuesta al público local 60 céntimos y todos los domingos, a partir de las dos de la tarde, es gratuita. Pero durante años ha habido cientos de personas que han decidido pasar dos, tres, cuatro horas en ordenada fila para ver el monumento, muchas veces, aún de día. Ninguno parecía muy disgustado, así que todo bien. Lo mismo en la plaza de la Constitución, que también suele petarse con el correspondiente concierto. Este año, la Noche en Blanco va sobre el sueño, así que toca Álex Ubago.

Después de la segunda noche en blanco apareció Picasso de cuerpo presente. Una escultura de silicona con el artista muerto y una lápida funeraria de mármol de Carrara en una sala de la Alianza Francesa. La pieza la firma –con el comisariado de Los Interventores– Eugenio Merino, como aquella de Franco metido en una nevera o la otra de Damien Hirst pegándose un tiro en la sien. Merino no se acuerda, pero hace dos años, en Genalguacil, andábamos tomando café en la terraza de un bar del pueblo con Juan Francisco Casas cuando se echó mano al bolsillo de las bermudas, sacó las llaves del Ayuntamiento y anunció con mirada pérfida: «Vamos a hacer algo muy punky…». Aquello quedó en amago y ahora Merino brinda su escultura hiperrealista quizá más contenida: Picasso muerto como ‘souvenir’ definitivo de un Centro Histórico travestido en parque temático y trampantojo.

Una ilusión desvanecida como dormir en la tercera noche en blanco. Luego gente importante de la que no habías oído hablar, una ramificación del ‘síndrome del CAC’, cuyo cuadro clínico presenta sudores fríos y parpadeo constante cuando asoma por el centro de arte un autor cuyo nombre ni te suena, pero que resulta ser la leche a la vista de Google. Claro que esta semana lo más importante es que baje la fiebre. Que duela menos.

La cuarta noche en blanco da una tregua de tres, casi cuatro horas. Y 13 horas más tarde, Tabletom. No huele a petardo ni se quedan los pies pegados en el suelo ni está Rockberto perdido en el escenario. Suena Tabletom en el salón de actos de un conservatorio y todo resulta nuevo y conocido al mismo tiempo. Familiar y distinto; sobre todo, hermoso. Tabletom con orquesta un viernes por la tarde en sesión familiar, casi infantil, porque cuando termina el concierto apenas ha caído la noche. Otra noche en blanco que no pesa, comparada con un ‘Me duele’.

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Ruido de fondo
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Antonio Javier López | 30-04-2017 | 12:47| 0

 

Mapa de los sonidos de Málaga.

Era la primera vez que pasábamos tanto tiempo juntos y de aquella semana en Roma a principios de diciembre recuerdo el tiramisú de una pequeña ‘trattoria’ montada en el salón de una casa abierta en una perpendicular a Via Nazionale. Recuerdo el culebrón de época que vimos en italiano un par de noches en la habitación del hotel gracias a la gastroenteritis que nos regaló un perrito caliente comprado en un puesto ambulante en la puerta del Coliseo. Recuerdo los balcones del Trastévere, los puestos de flores en Piazza Navona y, junto a ellos, un tipo con una guitarra, una armónica sostenida en el pecho, unos platillos dorados amarrados a los tobillos y una palabra al final de cada estrofa (¡Tequila!’) que aún hoy nos hace sonreír al evocar aquel momento. De Praga conservo el año y medio de V. bailando entusiasmada junto a un cuarteto de jazz en la Plaza del Reloj. Un meneo de caderas parecido al que le dedica algunos fines de semana al rumano que arrastra un órgano pasado de decibelios por el paseo marítimo del pueblo. Esa sonrisa es más de lo que yo consigo muchos días, así que suelto con gusto unas monedas.

Guardo difusos los museos, confundo los monumentos y olvido los motivos que me llevaron a muchas ciudades que he podido visitar, pero vienen a la memoria sin esfuerzo los platos, las bebidas, la música. Sobre todo la música ambulante. Ahora que lo pienso –es decir, que lo escribo– la música callejera está en muchos de los momentos más felices de mi vida como turista. Y no sólo ahí. También a diario. Llevo la oficina en la mochila y tengo la suerte de montarla a menudo en las calles del Centro Histórico de mi ciudad. Y en medio de la prisa me cruzo a veces con el negro que toca el saxofón en una esquina del palacio de la Aduana, con el trío de cuerdas en la calle Granada, con los guitarristas asomados al Teatro Romano y con los músicos diversos que suelen apostarse entre la calle Larios y la plaza de la Constitución. Y eso ayuda, mucho, a sentir la ciudad como un escenario más llevadero y humano.

Ahora los responsables de las cosas culturales en el Ayuntamiento de la ciudad han decidido poner un poco de orden en la banda sonora callejera. Lo primero que les honra es haberse metido en un jardín que no es el suyo. En realidad, no es de nadie. O de todos, según se mire. Hasta tres delegaciones municipales tienen más competencias en el asunto, pero ahí se han ido los de Cultura. Se fueron, en realidad, hace más de dos años. Y ahí siguen, pese a la seria amenaza de no dejar a casi nadie contento del todo. Porque ahora cualquiera puede instalar el chiringuito en cualquier punto de la ciudad y enfilar su tonada siempre que no moleste al personal. El concepto de molestia es difuso, pero en esa indefinición se mantiene la larga historia de este recorte del mapa y tampoco nos está yendo tan mal del todo.

El lunes aprobaban por unanimidad todos los partidos presentes en el Ayuntamiento una moción para elaborar un mapa con diez calles donde podrán tocar los músicos ambulantes. La propuesta se probaría durante seis meses y descarta el ‘casting’ previo y el carnet necesario que había planteado el gobierno local en el pasado. La iniciativa parece más integradora y abierta; sobre todo, más factible. El portavoz de la asociación de músicos ambulantes –asociarse o morir– saludó el planteamiento, ya que la necesidad de esos permisos cerraría en la práctica la posibilidad de tocar en la calle a los extranjeros de paso por aquí. El argumento también honra a este colectivo.

El Ayuntamiento defendió que la medida tenía el consenso de los vecinos del Centro, pero la asociación de estos residentes lanzaba a última hora del día siguiente un comunicado desmintiendo esa aprobación. Suena a que alguien se ha ido de ligero al presentar ese acuerdo, pero chirría el argumento de los vecinos que coloca la música callejera en la misma línea que la invasión salvaje de las terrazas de los bares, que plantea el mapa de zonas para tocar como un peldaño más en la estrategia de vaciado de residentes del Centro Histórico y que reduce la oferta musical ambulante al disfrute de los turistas.

El Centro tiene muchos asuntos pendientes para ser más habitable; sin embargo, a los que venimos cuadriculados de serie nos cuesta entender que algo ordenado sea peor que algo desordenado. Regular la música en la calle resulta complejo, casi contrario al espíritu de este tipo de actuaciones y, aun así, el proyecto merece una oportunidad. A ver cómo suena.

 

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Tirar cohetes
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Antonio Javier López | 23-04-2017 | 1:20| 0

La Diputación muestra parte de sus fondos de arte contemporáneo. Ñito Salas

A un diputado provincial que debía de estar de lunes le pareció aquella mañana «totalmente inadecuado» que la institución haya comprado varias obras de arte «para que sean almacenadas». Algo así «no tiene ningún sentido» para él. Se ve que alguien le azuzó el micro, o al señor diputado se le calentó la boca, y se vino arriba y pidió «responsabilidades». Y al poco, «incluso la dimisión de quien haya ordenado esa compra». Todos sabemos que la nueva política no se anda con chiquitas en asuntos como este: la adquisición de cuatro obras de arte por valor de 31.000 euros para que ingresen en las colecciones de una institución pública, la Diputación Provincial, a la que sirve el señor diputado que, cuando él llegó, había suspendido este tipo de prácticas porque su situación económica «no era para tirar cohetes».

Desconoce quizá el señor diputado que instituciones como la que sirve para darle trabajo, como el Ayuntamiento del que es concejal, por ejemplo, cuentan con una larga tradición que se remonta más allá del siglo XIX en la compra de obras de artistas de la tierra, como medida de incentivo y apoyo a la creación, sobre todo, cuando los autores son jóvenes, como en este último caso que tanto indigna al señor diputado.

Desconoce, quizá también, el señor diputado que la inmensa mayoría de los grandes museos del mundo apenas pueden exponer una ínfima parte de sus colecciones y que la amplitud y calidad de ese ‘fondo de armario’ les permite tanto organizar exposiciones temporales sobre asuntos o artistas concretos, como realizar préstamos con otras instituciones públicas y privadas que ayuden a establecer una red de contactos de colaboración mutua en el ámbito nacional e internacional.

Desconoce –o no– el señor diputado que las compras de esas cuatro obras de arte por valor de 31.000 euros se realizó a tres galerías de la provincia, las mismas que desde hace tres años ven cerradas las puertas del mayor evento comercial del país dedicado al arte contemporáneo. Y ahora que la ciudad y la provincia marcan paquete museístico, conviene recordar el papel de esas galerías, negocios privados, por supuesto, que ofrecen de manera gratuita a quien quiera pasarse por sus salas exposiciones de artistas que en no pocas ocasiones protagonizan muestras en museos y centros de arte cuya entrada si requiere rascarse el bolsillo.

Puestos a tirar cohetes, ahí van unas preguntas al aire. ¿Habría criticado el señor diputado la compra de libros para bibliotecas públicas? ¿Le habría parecido que «no tiene ningún sentido» dedicar ese dinero a la contratación de compañías de música o teatro para espectáculos de acceso gratuito en los municipios de la provincia? ¿Pediría responsabilidades, incluso la dimisión de quien hubiera destinado esos 31.000 euros a la rehabilitación de un bien del patrimonio histórico de la provincia? Porque, al cabo, lo que hace una institución pública cuando adquiere una obra de arte es apoyar a los creadores y a los galeristas, pero también aumenta su propio patrimonio con piezas que, al pasar el tiempo, suelen incrementar su valor en el mercado.

Ha querido la casualidad que las declaraciones del señor diputado coincidan esta semana con el renacimiento del Certamen de Artes Plásticas de la Fundación Unicaja. Después de siete años, la entidad recupera el concurso y aumenta de 50.000 a 60.000 euros el dinero destinado a la compra de obras de arte. Y puestos a tener que pagar comisiones, duelen un poco menos con la esperanza de que esos euros vayan destinados, al menos en parte, a la contemplación de una fotografía de Alberto García-Álix, de una pieza milimétrica de Elena Asins o de una instalación de Dora García, por citar algunos de los ganadores del concurso de la Fundación Unicaja que hoy figuran en los principales museos del país. Y más allá.

Y más acá, a la adquisición de una obra de arte, como a cualquier iniciativa que se traduzca en desembolso de dinero público, hay que exigirle un procedimiento riguroso, transparente y justificado. Pero plantear de manera genérica como un derroche que una institución pública compre obras de arte retrata más y mejor a quien lo dice que aquello que pretende criticar. El nivel de ese discurso, señor diputado, tampoco está para tirar cohetes.

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A merced
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Antonio Javier López | 16-04-2017 | 11:20| 0

Caseta de la Feria del Libro con barco asomando por la puerta. Ñito Salas

La Feria del Libro se parece cada vez más a un grupo de WhatsApp. Un invento creado para una finalidad concreta, práctica, de pura intendencia con algún ramalazo feliz, pero devenido en un asunto al que cuesta prestar atención durante tanto tiempo, algo de lo que algunos se borrarían si existiera la opción ‘Salir del grupo sin que se note’, como esas parejas mantenidas por la pura inercia de la costumbre. Porque a la Feria del Libro se le ha vuelto a poner cara de sala de cine independiente, de tienda de discos, de pequeña librería, en un alarde metafórico cenizo.

La Feria del Libro parecía remontar el vuelo desde la pista de despegue de la dársena portuaria, desde el barullo feliz traído por el fulgor de la lámina de agua marina y el horizonte despejado del muelle. Quizá la primera sorpresa del Palmeral fue la recuperación de una cita macilenta, la resurrección de un evento desnortado que encontraba en el puerto un amarre con la ciudad, la sombra y la caminata. Una nueva oportunidad para la propia existencia. El sitio también ofrecía la guarida de la extinta Sala Iniciarte para presentaciones y coloquios, la complicidad de los bares a tiro de piedra y caña, así como las diversas opciones de ocio puericultor para sumar a la caseta infantil, sostenida todo este tiempo como el verdadero corazón de la feria.

Tras un par de amagos, desde la Junta de Andalucía han decidido tirar todo eso por la borda. Resulta que hay una agencia que depende de la Consejería de Fomento que el año pasado ya intentó cobrar a los libreros un alquiler por instalarse en un espacio público. Intercedió entonces la Consejería de Cultura y el asunto quedó en el susto. Pero ahora esa misma agencia sale diciendo que las casetas han dejado el suelo hecho unos zorros y que los libreros tienen que aflojar 2.000 euros por los desperfectos. Hay quien dice que para eso están los seguros, pero el seguro dice que toda la solería del Palmeral presenta esos mismos daños y que sólo se hace cargo de su parte contratante. Y en la agencia de la Junta han visto la puerta abierta y sólo han tenido que empujar mientras se encogían de hombros, satisfechos, como quien al fin se quita de en medio un inquilino molesto por poco rentable.

Ahora la Feria del Libro se queda fuera de sitio y de calendario. Pierde el Palmeral y el puente de mayo, también el rebufo de la Noche en Blanco y queda a merced de la Plaza de la Merced, como la feria del libro de ocasión, en otro quiebro ingrato del destino, con las novedades de la industria editorial en el mismo escenario donde los libros se venden al peso, en el sentido literal de la expresión. Hace años, ante las inclemencias del Paseo del Parque, algunos libreros plantearon el traslado a la Merced, entonces surgió la opción del Palmeral y el tiempo y los datos han dado la razón a quienes apostaron por el puerto. Hasta ahora. Porque a la Feria del Libro la han desahuciado de su mejor ubicación en los últimos años por 2.000 euros. Un dato bastante ilustrativo, tanto del vigor del evento, como de la escasa sensibilidad de sus anfitriones, en particular de la llamada Consejería de Cultura.

Algunos libreros de larga tradición en la ciudad y no pocas cadenas de distribución nacionales y foráneas se han ido cayendo de la cita libresca en los últimos tiempos. Tienen sus motivos, algunos más que justificados, y esa tendencia debería mover a la reflexión de quienes se mantienen con pundonor atados al timón de la feria, aunque la nave zozobre de nuevo. A principios de junio será el momento de comprobar si la feria hace aguas lejos del mar; si la ciudad, es decir, nosotros, le damos la espalda como se la dimos a Li-Bri-Tos, a Candilejas, a Rayuela Idiomas. Porque la mera supervivencia de la Feria del Libro, con sus debilidades y mejoras pendientes, ofrece algo más hondo que un tanto por ciento de descuento y la satisfacción de alguna filia mitómana sin demasiados alardes. La Feria del Libro mantiene, al fin y al cabo, la posibilidad de relacionarse con la ciudad de otra manera, la promesa del paseo y la charla, la tentación feliz de dialogar con gente que sabe de lo que vende, aunque los hayan dejado vendidos, a merced de nuestra indolencia y nuestro olvido.

 

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