Diario Sur

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Lupa y navaja
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Antonio Javier López | 28-01-2017 | 12:58| 0

Isabel Bono, abrazada a su primera novela, cerca del burrito del Parque. Ñito Salas

Con todo el lío del premio se ha tenido que comprar un móvil nuevo. Uno de concha y teclas, como salido de un tiempo que parece más lejano de lo que fue. Lo lleva en el bolso junto a una tabla periódica escrita a mano con letra minúscula y la foto del perro al que le estuvo rezando su tía hasta que la operaron de cataratas. Estaba puesta junto a la imagen de su santo de cabecera y ella pensó que después de tanto tiempo escuchando plegarias, el perrito se había ganado un sitio en los altares o, al menos, una estampita plastificada como la que ahora muestra ella, entre orgullosa y divertida, con la ilusión de la niña que no ha dejado de ser porque no le ha dado la gana.

Isabel Bono escribe correos electrónicos que parecen poemas. Que son poesías. Ha dado a la imprenta media docena de libros de versos y ahora tiene entre manos lo primero a lo que piensa llamarle novela. ‘Una casa en Bleturge’. Bleturge no existe. O sí. Habita en su historia y en cada lugar que surge en la vida de cualquiera «como un refugio y un descampado». Bleturge está construido sobre los cimientos de la ausencia, apuntalado por el silencio de una pareja que ya ni se habla ni se ama, que se mantiene unida por un dolor al que no le alcanzan las palabras. Las de Isabel Bono han recibido uno de los premios más prestigiosos de eso que llaman las letras españolas: el Café de Gijón de novela. Aunque ella no está convencida de que eso sea una novela. Primero lo llamaba ‘eso’. Después ‘el libro’. Y ahora ya sí, de a poco, ‘novela’. La ha presentado esta semana en ese café de madera oscura y sombra de copas de árboles. Ella estaba con el jurado del premio. También había periodistas. Así que habrá que llamarle a eso novela. Aunque le resulte raro.

Rara. Isabel Bono tenía seis años cuando le contó a una compañera de clase que en casa de su abuela había un pasadizo secreto que desembocaba en el mar y que ella tenía un vestido mágico que le permitía respirar bajo el agua. La niña se lo contó a su madre y esta fue a hablar con la madre de Isabel para pedirle que la niña no le metiera historias raras en la cabeza a su hija. Rara. Desde entonces a Isabel no le preocupa que le llamen rara. Los raros son (somos) los demás, los que no viven la única vida que tienen con curiosidad gozosa, con alegría desatenta. Porque a Isabel no le importa exponerse, abrirse en cada palabra, con o sin micrófono, ni siquiera ahora que está en el candelero de la actualidad con un libro escrito a dentelladas secas y calientes.

Isabel Bono poda cada frase como un bonsái. Escribir como un acto de jardinería. Una vez le pidió al poeta Antonio Gamoneda que le mandara una carta a su amigo Antonio Muñoz Quintana para salvarlo del desaliento. Y Gamoneda envió de su puño y letra una hoja blanca con una fórmula como un lema para un escudo de armas que sólo disparan hacia adentro: «Cuando escribas, déjate ir como un loco. Y después, lupa y navaja». Navaja. Navaja. Un mantra para invocar a la escritura de Isabel Bono, secreta para demasiada gente cuando forma poemas, que agota su primera edición en unos días cuando le ponen ‘novela’.

Isabel Bono tiene un blog sobre el burrito Platero que espera en bronce junto a los columpios del Paseo del Parque. Isabel Bono tiene un puñado de blogs, pero no gasta redes sociales. Se abrió «un Facebook» hace tiempo y en un rato tenía 500 amigos. Lo malo es que los conocía a todos menos a dos. Y se agobió y le dio a cancelar y respiró aliviada y volvió a los blogs, a los correos electrónicos que son poemas. A menudo es mucho más fácil encontrarla en la bandeja de entrada que al otro lado del teléfono. Sobre todo del móvil. Cuando saltó la noticia (porque las noticias saltan) del Premio Café Gijón, hicieron falta media docena de llamadas a varios de sus amigos para que uno tuviera el número de su teléfono móvil, ese que ahora abre como una ostra con la punta de los dedos, como quien hace algo un poco tonto y divertido, como bailar solo por la calle o hablar en un idioma que no domina del todo. Algo inocente y ajeno. Porque los raros son los otros. Los del móvil.

 

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Casa
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Antonio Javier López | 20-01-2017 | 21:56| 0

Efrén Calderón instala su 'Home' en la Económica de la mano de Iniciarte. Ñito Salas

Decía Albert Einstein que Dios no juega a los dados y quizá lo dijo porque no conoció a la Junta de Andalucía. Porque hay que admitir que la jugada tiene su miga, con un toque de justicia poética sólo al alcance de algunas divinidades. Porque la Junta de Andalucía, su Consejería de Cultura, amagó este verano con desmontar el programa Iniciarte de apoyo a los jóvenes creadores de la región, a las pocas horas reculó y a finales de año decidió mover su sede malagueña desde el Palmeral de las Sorpresas del puerto hasta la sede de la Sociedad Económica de Amigos del País.

La mudanza cuajaba esta semana en una exposición titulada, justo, ‘Home’ (casa, en inglés) a cargo de Efrén Calderón, un joven talento local con un pie (o una mano) en el grafiti y la obra en el arte ‘de interiores’. ‘Home’ va sobre las zonas de sombra del progreso, sobre vagabundos durmiendo a la intemperie (ya no podrán hacerlo en la millonaria cochambre del antiguo cine Astoria), sobre naves poligoneras, edificios abandonados y el arte con la oreja atenta a las sirenas de la policía. ‘Home’ habla de las personas y las inquietudes desahuciadas por el sistema dominante y sirve justo para inaugurar la nueva etapa de un programa que a punto han estado de borrar del mapa. Una metáfora. Otra. Iniciarte ofrecerá este año tres exposiciones en la Económica. La sede de esta institución es propiedad de la Junta de Andalucía, que la mantiene cedida «a perpetuidad» a la institución cultural; sin embargo, en las negociaciones hay quien plantea que la Junta tenga el mismo trato que otras entidades que alquilan el espacio; a saber, que afloje los gastos de mantenimiento durante el tiempo de las exposiciones. Así que podemos ver a la Junta pagando la luz y el agua de una sede que tiene en propiedad, pero cedida, como si el casero le abonara las facturas a su inquilino. Como jugada no está mal.

Otra jugada, o jugarreta, la de los datos. En el concurrido tablero de los museos de la ciudad está en jaque la gestión municipal de estos espacios, al menos a la luz de su afluencia registrada durante el último año. Los principales museos con participación municipal pierden visitantes. Todos. Con dos casos sangrantes por diferentes motivos. Primero, el Museo del Patrimonio Municipal. Ni siquiera la entrada gratuita lo salva de perder más de la mitad de sus visitantes. Sin otorgar a la estadística el papel de juez supremo, ese dato debería mover a la reflexión sobre el rumbo tomado por las salas de La Coracha. En el Ayuntamiento barruntan movimientos desde hace meses y queda por ver si terminan de cuajar o no. Otro caso. Otra casa, la que vio nacer a Picasso, se deja más de un tercio de la asistencia a sus propuestas. Está en la misma línea que el Pompidou y el Museo Ruso, con la notoria salvedad de que la Casa Natal cuenta con el 13,4% del presupuesto de la agencia municipal que gestiona estos tres espacios.

Ahora, a la luz –o las sombras– que proyectan los datos de visitantes del año pasado llega una primera conclusión: la campaña de promoción de los nuevos museos municipales, la presencia de la ciudad en publicaciones internacionales y suplementos de tendencias varias parece haber beneficiado, sobre todo, al museo de la Junta de Andalucía (el Picasso), el único que gana afluencia a sus salas de manera notable durante los dos últimos años.

Aquí la ‘primera división’ la juegan hasta ocho museos, pero los informes sobre el turismo en Málaga (eso que tanto les gusta vincular a la oferta cultural) indican que los visitantes se quedan una media de dos días. Si a los susodichos les gusta el arte, puede que vayan a un museo. Si son muy aficionados, quizá acudan a dos. Si son unos frikazos, conocerán tres, quizá cuatro. En el mejor de los casos, la mitad de la oferta colocada en la primera línea del escaparate. Después, volverán a casa.

 

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Hacer
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Antonio Javier López | 13-01-2017 | 22:55| 0

El recordado Rafael Pérez Estrada, al loro. Ñito Salas

Algunos afectos irracionales crecen en la infancia y la primera juventud para quedarse a vivir el resto de los días con la fortaleza de los buenos recuerdos, quizá un poco inventados, pero nuestros al fin y al cabo. El equipo de fútbol, algunos escritores, cantantes y grupos de música forman ese núcleo duro casi indemne a la vergüenza (propia o ajena) que pueda asomar tiempo después de manera retrospectiva. Sin ir más lejos que yo mismo, he pasado algunas de las mejores noches de mi adolescencia en la cama con Jesús Quintero. Escuchando, se entiende, la fauna extraña de sus programas: ‘El perro verde’, ‘El lobo estepario’. De uno se me quedó clavada una frase, un poco engolada como casi todas las suyas: «Quejarte es admitir que has perdido». Suelo enlazarla con otra menos pomposa que me dijo un galerista con el negocio en Málaga, que es una forma bastante ilustrativa de llevarle la contraria a la realidad: «Hay que dejar el pesimismo para tiempos mejores».

Jesús Quintero y su bufanda han estado esta semana en la ciudad para participar en el congreso sobre la entrevista organizado por la Fundación Manuel Alcántara sólo un par de días después de que Alcántara cumpliera 89 años. Ha dejado por escrito Alcántara que mientras a todo el mundo le preocupa tener una vida larga, él ha intentado siempre tenerla ancha, quizá para que le quepan los amigos. Algunos se juntaron el viernes en un almuerzo con Alcántara, que sigue tomándose la vida a sorbos, ni demasiado en serio ni demasiado en broma, como el juicio que pedía Julio Camba para sus columnas.

Alcántara sigue dejando la queja para más tarde, amarrado a la columna de cada día. Hacer para seguir, para vivir. Hacer como declaración de intenciones, como manera de estar en el mundo. «Mi punto de vista es hacer cosas», decía esta semana Fran Perea, que debutará como director teatral en el seno de Factoría Echegaray, el proyecto municipal para sacar adelante obras teatrales desde la escena local. Hacer. Perea sacude con su hacer los prejuicios de aquella serie ñoña de televisión que le hizo famoso. Perea ha creado una productora, gestiona algunos teatros. Hace. No se queja, al menos en público, que no es poco. Perea regatea la tentación de la polémica fácil como cuando jugaba en el patio de su colegio en Málaga. Y sigue a lo suyo. El teatro, la música, el cine. Hacer.

Gente que hace cosas, para algunos de nosotros, tocadas por el buen gusto. Silva Grijalba, sacando del coma inducido a la Fundación Pérez Estrada a golpe de pequeñas exquisiteces. Mucha nuez y poco ruido, quizá demasiado poco. Aquel ciclo de finales de noviembre. ‘Estar en las nubes’ trajo a Nuno Júdice y Gonçalo M. Tavares y quienes nos lo perdimos llevamos en el pecado la penitencia. Ahora brinda la fundación un libro que es un disco que es una maravilla: ‘La Gran Gala’. Dibujos de Pérez Estrada, su ciprés con raíces de pulmones, su rosa luminosa de bombilla, sus poemas convertidos en canciones. Me quedo con ‘Los lugares del sueño’ de Esplendor, con ‘El jugador’ de Bunbury, otro afecto adolescente al que no pienso renunciar. Y menos ahora, saliendo en un CD como entonces:

«Se jugó el sol a la ruleta,

el cansancio, a la esgrima,

la nostalgia, a los dados,

la tristeza, a los naipes

y robó la transparente timidez

del rocío.

Cambió su sombra en fichas,

y perdió la mañana».

Suena a director de museo contando visitantes.

 

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Ahora
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Antonio Javier López | 16-12-2016 | 18:40| 1

Es hora de disfrutar, al fin, del Museo de Málaga. Salvador Salas

Ahora es el momento de la celebración, de saborear la conquista sin prisa, con algo de recochineo incluso, frente a quienes no creyeron o no quisieron o ni lo uno ni lo otro. Ahora es tiempo de regresar al palacio de la Aduana, no para echar los papeles de la prestación social sustitutoria ni para preguntar por los permisos en Extranjería, sino para reencontrarse con algunos cuadros vistos hace mucho tiempo. Demasiado. Dos décadas menos un año, como en una condena, un secuestro, el de las colecciones provinciales de Bellas Artes y Arqueología. La segunda ha cambiado tanto que apenas resulta reconocible. Es, quizá, la gran sorpresa del Museo de Málaga. Habrá que vencer la costumbre y hacer un pequeño esfuerzo para llamarlo así, Museo de Málaga, con su justicia literal, y no sólo Bellas Artes. Ese es uno de los apellidos de su nombre, una de las ramas de este árbol que ya hunde sus raíces en el mayor edificio civil de la provincia.

Ahora también convendría recordar que aquello, La Aduana para Málaga, se logró gracias a un esfuerzo compartido y, también, a una determinación común: olvidar los personalismos para ponerlos al servicio de un objetivo colectivo. Han pasado dos décadas y el devenir de aquella comisión ciudadana ofrece un saldo más triste que negativo, con intrigas y pelas y miradas de reojo a ver si alguno amaga con la cuchilla por la espalda. Lejos de hacer olvidar viejas rencillas, los días previos a la inauguración del Museo de Málaga hicieron aflorar antiguas inquinas. Una pena, sobre todo para quienes se empeñan en vivir en el pasado, quienes pretenden patrimonializar un acontecimiento que tuvo su razón de ser en un naturaleza mestiza, huérfana de autorías, pero como muchos padres y muchas madres. Porque no hay peor viudedad que la ejercida cuando el otro aún está vivo y coleando, por más que sigan coleando algunos venenos mal curados. Puestos a tirar de memoria, habría que acordarse de esos que se negaron (por acción u omisión) a que el museo estuviera entero en la Aduana entera y que ahora se ponen ufanos para el canapé, la foto y las medallas.

Ahora sería bueno recordar la pertinencia de unos fondos de Arqueología y de Bellas Artes unido en una misma sede. Hace 20 años el debate podía ser oportuno. Ahora no lo parece. El mapa de equipamientos museísticos ha cambiado y crecido de manera notable en este tiempo y cuesta entender la dispersión de dos colecciones que por separado ofrecen un interés evidente y que juntas representan un conjunto bien pintoso. En el Museo de Málaga encuentra la ciudad, la provincia, una referencia, un mascarón de proa para una nave que puede zozobrar en el futuro, pero que en la Aduana tendrá un faro, un ancla estable.

Ahora es pronto, quizá, pero habrá que plantearse si esa estabilidad es sostenible con el modelo actual de entrada gratuita para todos los ciudadanos de la Unión Europea. Habrá quien vuelva a plantear que los ciudadanos ya pagan los museos con sus impuestos. Serán los mismos que colocan varas de medir bien distintas para las manifestaciones culturales frente a las deportivas, por ejemplo. Se paga por entrar a un estadio para ver jugar a millonarios, pero también por alquilar una pista para echar una pachanga con los amigos. Quien habla de cultura gratis no habla de otra liga, habla de otro deporte. Y hace trampas.

Ahora la Aduana ya es de Málaga. Un museo que provocó cuatro manifestaciones de miles de personas. Aquí un motivo para el orgullo gregario, también para la memoria. Cuando queremos, podemos. Aunque para eso tengan que pasar 20 años. Como decía Gil de Biedma: «Ahora que de casi todo hace ya 20 años…».

Ahora que ha pasado casi una semana desde la inauguración institucional del Museo de Málaga todavía escuece la manera como la han manejado, de espaldas a la ciudad, como de tapadillo. Aquí, que por menos de un pito montan una exposición en la calle Larios, una jaima en Alcazabilla y un pitote la Marina. Aquí, nada. Ni una triste banderola. Ni carteles. Ni monolitos de esos que entorpecen el paso. Ni marquesinas en los autobuses. Nada. Eso no es austeridad, por más que lo digan ahora.

 

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Sin Larios
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Antonio Javier López | 03-12-2016 | 11:59| 0

El marqués, a la espera de saber si lo cambian de sitio. Ñito Salas

Hace unos días, el ‘Diccionario Oxford’ elegía la que a su juicio es la palabra del año que termina: ‘posverdad’. El término alude al proceso por el cual millones de personas toman decisiones que afectan a la comunidad, dejando en un segundo plano las cuestiones objetivas, los datos, para primar aspectos emocionales y prejuicios personales. El palabro viene a cuento después de que varias consultas populares hayan dado un resultado que pocos esperaban a la luz de las sesudas encuestas precedentes: la salida británica de la Unión Europea, el rechazo al acuerdo de paz en Colombia y el ascenso a la presidencia de Estados Unidos de un sujeto como Donald Trump.

El asunto viene a resumir que ya da igual que alguien mienta; que lo haga de forma descarada y reiterada; que invente, insulte y denigre; que sea ambiguo hasta en lo más elemental de su discurso… Si ese alguien es capaz de mantener un mensaje vigoroso que pulse las teclas de la frustración acumulada, del deseo de venganza contra el sistema que ha dejado a tantos en la estacada y que ofrezca la promesa de un futuro mejor… Ese alguien puede hacerse con el poder sin importar si lo que dice es cierto o falso. Claro que aquí todavía nos queda un poco lejos la posverdad como destilado socio-político-económico-periodístico. Aquí seguimos con el tradicional marear la perdiz para ir ganando tiempo, con decir una cosa y la contraria sin solución de continuidad, con la cortina de humo como tela con la que confeccionar el traje del emperador. Y si aquí hay un emperador, ese es el alcalde.

El alcalde lleva en el negocio desde antes de que nacieran las tres últimas generaciones y su valía queda demostrada en su capacidad intacta para seguir sorprendiendo a la concurrencia con novedades en su repertorio. Lo ha vuelto a hacer esta semana. Coincidiendo con una Comisión de Transparencia sobre las cuentas municipales, el alcalde planteaba el martes cambiar de sitio la estatua del Marqués de Larios y el miércoles decía que nadie debería lanzar esa idea sin tenerlo claro. Un nuevo caso de contradicción, de ese carácter dubitativo que algunos le afean y que le presenta como un ventrílocuo de sí mismo, con una mano metida por el cogote de una representación a escala de su figura que dice cosas sin pensar y con la que tiene que discutir en público. Un José Luis Moreno en el escenario político que parece Monchito, pero es Rockefeller, con su traje oscuro y su ‘toma Moreno’ antisistema. Porque el sistema es él. Y nadie puede torpedearlo como él, con su mijita de posverdad incluso.

Sucedió en el penúltimo pleno municipal, cuando la oposición preguntaba por el millón de euros extra que había que meter en el Pompidou y en el Museo Ruso para cuadrar sus cuentas. No se lo preguntaban a él, pero él pidió la palabra… para decir que está trabajando para que se amplíe el Museo Picasso Málaga en el colegio de San Agustín y que si allí estaba prevista la Biblioteca Provincial, que se busquen otro sitio. La institución que dirige el alcalde no tiene ni voz ni voto ni competencias ni nada que se le parezca sobre el Museo Picasso ni sobre la Biblioteca Provincial, pero en muchos casos logró lo que buscaba: el titular con el tema del Picasso y la letra pequeña para las cuentas sin cuadrar que sí son de su incumbencia.

Ahora amaga con mover al marqués y la ocurrencia ofrece un delicioso requiebro histórico: un alcalde ejecutando una acción que otro alcalde prohibió a un colectivo artístico hace casi 25 años. En el verano de 1992, la onda expansiva de los fastos por la Expo de Sevilla llegó al resto de las provincias andaluzas con un programa de actividades culturales y para Málaga se escogió la propuesta ‘Sin Larios’, de los Agustín Parejo School, que, fieles a sí mismos, plantearon bajar al marqués a pie de calle, ponerlo en el paso de peatones de la Acera de Marina como en un Abbey Road malaguita y subir al pedestal la Alegoría del Trabajo que mira al aristócrata desde abajo. Al fin y al cabo, no sería la primera vez que la encaramaban ahí arriba: ya la pusieron en lo alto del monolito durante la República… y después tiraron al mar la estatua del marqués. Los Parejo no iban tan lejos, pero el alcalde Pedro Aparicio dijo que semejante cosa no era posible y escribió su explicación aquí mismo, en un artículo con el título en latín, también fiel a sí mismo.

Un cuarto de siglo después, el alcalde plantea mover al marqués. O no. En fin. Ya veremos. Habrá que estudiarlo. Y así hemos pasado otra semana, en nuestra pequeña posverdad cotidiana.

 

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Somos nosotros
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Antonio Javier López | 25-11-2016 | 17:12| 0

Ahí estamos, nosotros, en la Aduana. Álvaro Cabrera

Sólo gasto una red social, pero me entrego a ella con el furor de un converso. He llegado hasta ahí desde el desdén hacia quienes se pasaban el día pendientes de las notificaciones, las actualizaciones y los etiquetados. Ahora me descubro consultado mi perfil en el móvil durante la cuenta atrás para que el semáforo cambie a verde, frente al microondas mientras espero el calentamiento global de un plato, incluso en el cuarto de baño, en circunstancias no siempre ergonómicas. Y mientras me tomo en serio mi propia desintoxicación, caigo en la cuenta de que, exceptuando a un grupo no muy extenso, resulta infrecuente que alguien responda mis aportaciones. La mayor parte de las interacciones consisten en repicar el mensaje o decir que les gusta. Y se agradece mucho, que conste.

Sin embargo, esta semana ha habido varias excepciones. Muchas, para lo que estoy acostumbrado. El lunes se sabía que el Museo de Málaga abrirá el 12 de diciembre y hubo un torrente compartido, pero apenas respuestas. Al día siguiente lanzaba que ese museo ampliará su plantilla con 68 nuevos trabajadores y durante el resto de la semana muchos me ha preguntado dónde podían echar el currículum. En todos los casos detallaba –lo ponía dentro del texto de la noticia– que se trata de plazas para trabajadores ya vinculados la Junta de Andalucía, o bien funcionarios o bien personal laboral de la Administración autonómica. Y venían luego otros a preguntar de nuevo. No recuerdo esa respuesta cuando se abrieron otros museos hace no tanto. Y tengo una teoría: creo que mucha gente acaricia el sueño de poder trabajar en el museo de la Aduana porque percibe en él una seguridad, un afán de permanencia, mayor al de otros proyectos culturales instalados en la ciudad. Y creo que tienen razón, aunque también pocas posibilidades de labrarse ahí un futuro laboral.

El Museo de Málaga es nuestro desde la justeza literal de su propio nombre. Es el espejo donde mirarnos, donde asomarnos a nuestro pasado y contemplar nuestra riqueza artística y patrimonial, desde los neandertales que anduvieron por aquí hasta casi anteayer. Porque el Museo de Málaga expone nuestra propia historia a través de una colección inmensa, irregular por momentos, pero nuestra. Ni prestada ni alquilada ni cedida. Nuestra. Con sus aciertos y equivocaciones, con sus hallazgos y decepciones. El museo será nuestro desde el propio edificio, abierto en su planta baja como una plaza más de la ciudad. Cualquiera podrá cruzar el palacio de la Aduana, sentarse en sus bancos sin respaldo, contemplar los naranjos, las galerías de piedra, los bustos coronando el atrio interior. Y después, quizá, pasar a las salas.

Claro que el museo de la Aduana también es nuestro como nuevo ejemplo de nuestra eterna vocación adolescente, con su indolencia injusta y desmemoriada. Hay quien preguntaba esta semana por un trabajo en el museo y quien preguntaba –en mi modesto caso han sido varios– qué tendrá ese museo de interés. Omitían, quizá por un rescoldo de pudor, la coletilla «A estas alturas, con tantos museos donde elegir». Al fin y al cabo, el Museo de la Aduana es el último –por ahora– cuando debió ser el primero, la base sobre la que levantar nuestra identidad artística. La conquista del principal edificio de la ciudad para uso cultural es uno de los pocos motivos de orgullo que ofrece nuestra propia capacidad de movilización, así como el largo historial de decisiones y omisiones que han motivado su desamparo durante dos décadas ilustra también nuestra querencia por empezar la casa por el tejado, por pillar un atajo cuando se trata de tomar un camino, por fijarnos en la marca antes que en la talla de las prendas que nos visten el paisaje cotidiano. Y en estas decisiones cruciales tomadas a última hora, apenas tres semanas antes de la inauguración, también está nuestra esencia atribulada y un poco frangollona.

Porque quizá el museo no es sólo nuestro. Es también nuestro reflejo. Somos nosotros.

 

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El equilibrio es imposible
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Antonio Javier López | 20-11-2016 | 11:44| 0

Fue un disco raro ‘Ultrasónica’ y, como todo disco raro, tenía dentro una joya ineludible y oscura: ‘El equilibrio es imposible’, la segunda pista de aquel trabajo de Piratas que ya tiene 15 años. Y dan ganas de cantarla esta semana.

(«Confía en mí / nunca has soñado / poder gritar / y te enfureces / es horrible el miedo incontenible…»)

Empiezan a dar un poco de miedo incontenible las Comisiones de Cultura del Ayuntamiento. Tres horas y pico de reunión para que la liebre salte al final, en medio de los arbustos salvajes como los años de abandono de la antigua cárcel de Cruz de Humilladero. A las puertas de la prisión y de las últimas elecciones locales, dos concejalas contaron que el viejo presidio se iba a convertir en un nuevo centro cultural, previo pago de seis millones de euros por parte de Bruselas. No había proyecto ni plan de inversiones ni plazos ni estrategia ni nada que no fueran las elecciones y una foto y un titular y tirar para adelante. Luego lo bautizaron con un nombre inglés, que siempre viste mucho (‘Jailhouse’, algo así como ‘Casa cárcel’ en traducción libre) y colocaron al principio del ‘powerpoint’ del asunto un fragmento del ‘Rock de la cárcel’ de Elvis Presley. Por alguna extraña razón en Bruselas no les ha convencido. Así que no hay dinero. Ni proyecto. Como al principio, pero con las elecciones ya pasadas, medio ganadas, y de nuevo en el ajo de mandar.

(«Ella sabe y presiente / que algo ha cambiado / ¿Dónde estás? / No te veo, es mejor / ya lo entiendo / ahora ya no me lamento / no sigo detrás / ¿para qué?»)

Para la antigua cárcel pensaron un espacio dedicado a la formación audiovisual y plástica. Cine y arte. Asuntos que, por lo visto, no están lo bastante bien atendidos en la política cultural de la ciudad. En la vieja prisión pudieron recuperar la memoria de quienes allí perdieron la libertad y la vida durante la Guerra Civil y la dictadura; pudieron idear un espacio didáctico y participativo que contase con rigor aquella barbarie; pudieron preguntar a los vecinos –pero en serio, no de cara a la galería– qué necesitaban en uno de los distritos con menos equipamientos lúdicos y culturales de la ciudad; pudieron estrechar los lazos de la identidad y la memoria, pero eligieron el ruido y el humo. Como en la compra nonata del edificio de Bobby Logan, metida en un cajón año y medio (y unas elecciones) después. Porque los dueños del antiguo Bobby Logan piden tres millones de euros. «Un gasto excesivo». Lo dicen los mismos que hace seis años aflojaron 21 millones de euros por la parcela del Astoria, ejemplo de que la cochambre no va por barrios, también es propia de las zonas más nobles de la ciudad genial de los museos.

(«No te conozco cuando dices / qué felices / qué caras más tristes»)

Porque en la gestión cultural todos los caminos parece llevar a los museos. En enero, en otra Comisión de Cultura, la oposición tumbó la práctica municipal de meter 250.000 euros al Museo Automovilístico comprándole entradas. Ciudadanos también votó en contra de la «financiación encubierta» del proyecto. Pero diez meses son mucho tiempo y este lunes el concejal de Ciudadanos y la concejala de Cultura se ausentaron un ratito de la comisión del ramo para contarle a los periodistas antes que al resto de los concejales que habían llegado a un acuerdo para que el Museo Automovilístico siga otros tres años en Tabacalera. El centro abrirá todos los días de la semana y dará el acceso gratuito los domingos por la tarde (como hacen la inmensa mayoría de los museos de la ciudad). A cambio, el Ayuntamiento pagará a la concesionaria 200.000 euros al año. Aquí un paréntesis. Por ese museo pasaron en 2015 unas 70.000 personas. Pongámonos en el mejor de los casos y supongamos que todos (todos) pagaron la entrada máxima: 7,50 euros. Eso daría una recaudación en taquilla de 525.000 euros; es decir, que la asignación municipal representa casi el 40% de los ingresos más optimistas. Pero en Ciudadanos están convencidos de que eso no es financiar de manera encubierta.

(«Si cada vez que vienes me convences / me abrazas / y me hablas de los dos»)

La nueva partida municipal para el Museo del Automóvil representaría el 38% de los ingresos máximos, el mismo porcentaje de visitantes que paga la entrada en las filiales del Pompidou y del Museo Ruso. Y ese promedio resulta inaceptable para Ciudadanos. Por eso, tres semanas después de hacer posible con sus votos que el Ayuntamiento destine millón de euros extra para el Pompidou y el Museo Ruso y dos días después de engrasar el Museo Automovilístico con 600.000 euros en tres años, los de Ciudadanos se van a las puertas del Cubo de Colores, denuncian la política «triunfalista» del gobierno local con sus museos y anuncian que van a reclamar un recorte global de medio millón de euros en las cuentas municipales para todos estos centros, no sólo los franquiciados. Dicen que hay que buscar el equilibrio, que ya lo están hablando con el alcalde y que el hombre está receptivo.

(«Y yo siento que no voy / que el equilibrio es imposible cuando vienes / y me hablas de nosotros dos. / No te diré que no. / Yo te sigo porque creo que en el fondo hay algo…»).

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Imaginadores
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Antonio Javier López | 12-11-2016 | 21:48| 0

Una familia en la librería Rayuela, que es como estar en casa. Francis Silva

A Juan Jacinto Muñoz Rengel se le ha puesto pinta de samurái. Silencioso y atento, barba rala y moño alto con la melena oscura cayéndole por los lados, como recién salido de una película de Zhang Yimou, con la mirada serena y los modales suaves del cazador paciente. Porque Juan Jacinto acaba de cazar la historia de su vida, al menos, por ahora. ‘El gran imaginador’, la novela a la que ha dedicado catorce años y un esfuerzo que aún se le adivina al fondo de las pupilas, en las sombras bajo los ojos fijos. Juan Jacinto ha ido creciendo desde la distancia corta de los relatos hasta la mirada telescópica de su gran imaginador, una palabra que no existe para la Real Academia. Y tanto da. Porque Juan Jacinto escribe, sólo escribe, con el fervor de un monje y de un adicto. Es un escritor sin red. O mejor, sus libros son su red. Lo decía el jueves José Antonio Ruiz, librero que alumbra Luces, la pequeña librería más grande de la ciudad que se quedaba estrecha en la presentación de ‘El gran imaginador’. Quizá Juan Jacinto sea el gran imaginador. Se lo preguntó Juan Francisco Ferré. Y Juan Jacinto sonríe, habla en un susurro, se escabulle. Un samurái.

Luces, Rayuela, Proteo, Áncora, En Portada, Comic Store… Librerías. Lugares para imaginadores, refugios contra el ruido, la soledad y el miedo que da el mundo. El viernes fue el Día de las Librerías, un San Valentín chungo para tener un detallito con quien sea, con uno mismo. Una forma seca de ver el invento consiste en lamentar la necesidad de una excusa, un poco tonta, para acercarse a una librería, charlar con el librero, dejarse aconsejar y salir por la puerta con la promesa de algunas horas felices. Otra se queda en la superficie, se hace la tonta como forma de ser lista y concluye: si con la milonga del descuento viene más gente, bienvenido sea el Día de las Librerías. Que no está el negocio para remilgos.

Y si algún despistado se quedó sin la rebaja del 5% en el precio, a partir de mañana tendrá la misma oferta en algunos libros chulos seleccionados por los libreros que participan en Papelcontinuo, el festival sobre edición gráfica que destila el entusiasmo y el buen gusto de una de las mejores libreras que conozco: Isabel Hernández, que antes aparecía en la agenda del móvil como ‘Isabel Casa del Libro’ y que ha cambiado de apellido, de ciudad y de vida. Papelcontinuo abrirá mañana, pero se enrollará el todo en La Térmica entre el viernes y el domingo. Medio centenar de editoriales y talleres con libros y revistas que convierten a cualquier letraherido en el perro de Pavlov. Historias a resguardo de las tapas de la belleza. Y conciertos, conferencias, talleres para la familia y propuestas gastronómicas y la promesa de que allí habrá mucha, pero mucha, gente interesante.

Gente que escribe libros, que los hace a mano, que los esconde por la ciudad para que lo encuentren los niños, ‘Cazadores de Libros’, el proyecto ideado por Vicente Moros, otro imaginador, que en la mañana se ayer encontraba la complicidad del periódico, de este periódico, para esconder 50 libros en busca de una familia que se los lleve a casa, que los cuide como a una criatura indefensa que promete ser feroz en las manos adecuadas.

Gente que edita libros. Imaginadores. Paco Torres y su buen humor gamberro desde EDA, esa extrañeza pariendo los libros que le da la gana desde hace 15 años. Paco el jueves en la cita con Muñoz Rengel, charlando con el escritor Felipe R. Navarro y un poco más allá, Chantal Maillard levantándose de la silla que José Antonio había sacado para que no estuviera todo el rato de pie.

Juan Jacinto, Paco, Felipe, Chantal, José Antonio, Isabel… Imaginadores, soñadores despiertos en la resistencia frente a quienes piensan que sería posible un mundo sin libros. Ellos tienen imaginación, pero no tanta.

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La cuenta, por favor
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Antonio Javier López | 04-11-2016 | 18:05| 0

Los talleres infantiles, de lo mejor de los nuevos museos. Álvaro Cabrera

Hace unos años me ofrecieron un trabajo (eran otros tiempos). El asunto requería cambiar de ciudad, de hábitat profesional y de sueldo. Por entonces, en casa andaba el aire viciado por pequeñas tristezas resistentes, endurecidas cada día como la costra de una herida mal cerrada; así que pensé que nos vendría bien cambiar de aires. Tenía la decisión casi tomada, también muchas dudas, y a mí la ansiedad suele quitarme el sueño y darme ganas de comer. En una de aquellas noches de digestión lenta, tras el enésimo brinco en la cama revuelta, M preguntó qué me pasaba, aunque siempre que me lo pregunta ya sabe la respuesta. Repasé con ella los miedos, también las esperanzas, y después de escucharme paciente, sacó a pasear su clarividencia natural y mágica: «Javi, lo que te pasa es que de ese trabajo te gusta todo, menos ese trabajo». Y nos quedamos. He pensado mucho en aquella frase desde entonces, con mayor frecuencia estos días, a cuenta de las cuentas de los nuevos museos de la ciudad; es decir, de las filiales del Centro Pompidou y del Museo Estatal Ruso de San Petersburgo. Porque empiezo a sospechar que de los nuevos museos nos gusta casi todo, menos los nuevos museos.

Después de dos años, el debate sobre ambos proyectos parece secuestrado por la misma lógica economicista y mercadotécnica que presidió la justificación de su llegada a la ciudad. Se habla de ambos museos en términos sobre todo económicos, deportivos incluso, y así afloran palabras como ‘división’, ‘liga’ y ‘circuito’, unidas todas ellas a una idea de ciudad como club en permanente competición con sus vecinos, ya sean cercanos o distantes. No se trata de caerse del caballo a estas alturas del cuento, de hacer como aquel gendarme de ‘Casablanca’ escandalizado porque en el bar de Rick se jugaba, como sucedía cada noche ante sus mismos ojos. No se pone en cuestión aquí las posibilidades económicas del turismo vinculado a la oferta cultural de un lugar; pero resulta ilustrativo que el argumentario relacionado con los nuevos museos a menudo comience por el flanco económico y no por la faceta cultural: por el empleo generado (aunque este sea en ocasiones precario), por el índice de ocupación de los hoteles y terrazas, por las apariciones elogiosas en medios de comunicación extranjeros, por los clics en las encuestas y los ‘Me gusta’ de las redes sociales. Después de todo eso, quizá, se habla de lo que aquí se ha podido ver y vivir desde la llegada de los nuevos museos. Y de lo que quede por venir. Y ahí, salvo escasas excepciones como aquella exposición de Pavel Filonov en Tabacalera y algunas piezas de la colección semipermanente del Cubo, buena parte de lo mejor que ha pasado por el Pompidou y por el Museo Ruso en este tiempo es imputable al trabajo de la parte local de ambos proyectos: ver danzar a Rocío Molina y Ana Rando, los talleres infantiles, algunas conferencias luminosas… Y eso debería mover a cierta reflexión.

Claro que aquí la mesura también parece secuestrada por el maniqueísmo deportivo con el que se ha travestido el debate no sólo político, sino también cultural y cívico. Parece que ante los nuevos museos hay que estar a favor o en contra. Sin tibieza ni medias tintas. La mesura se considera un elemento sospechoso y quien pide perspectiva para sacar conclusiones corre el riesgo de ser arrastrado hacia uno de los bandos con la fuerza centrípeta de sus respectivos juicios preconcebidos. Aquí no se pide tiempo, se pide la cuenta de los nuevos museos cuando todavía andan cuajando sus recetas. Piden la cuenta unos para concluir, sin mirarla siquiera, que la factura en realidad es «una inversión» y otros, para decidir que nos están timando, aunque apenas hayan tocado el plato. Y en esa bronca de barra de bar, de pleno municipal, se apagan cuestiones más sutiles, quizá también cruciales: si este menú nos sienta bien, si había más platos en la carta, si nos han puesto, al menos, lo que habíamos pedido.

 

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Frontera
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Antonio Javier López | 28-10-2016 | 19:18| 0
'Rendirse no es una opción', libro que sostiene Juan Manuel Cruz en los últimos días de Rayuela Idiomas. Francis Silva

Existen personas luminosas, tranquilas, con la procesión siempre por dentro y una sonrisa capaz de reconciliarte con el mundo. Carmen es una de esas personas. Conocí a Carmen en la facultad. Entonces le llamábamos Mari Carmen y ahora, cuando la vuelvo a ver, no sé muy bien cómo nombrarla, como pasa con casi todo lo importante. Carmen tiene vida para varias novelas y un corazón demasiado grande para dedicarlo sólo al periodismo. Trabajó en esta casa, luego marchó al otro lado del océano y regresó como la misma mirada oscura y limpia, con la misma sonrisa. Carmen es flaca, menuda, simpática, morena y delegada de Médicos Sin Fronteras en Andalucía, Extremadura, Ceuta y Melilla. Carmen te llama ‘niño’ y te pone colorado sin querer.

Aunque hay otra vergüenza, más honda y áspera, cobarde y culpable, alrededor de la jaima de plástico blanco instalada estos días en la calle Alcazabilla. Familias, hombres, mujeres, niños, sobre todo niños, huyendo del hambre y de la guerra, emprendiendo el incierto camino hacia esta parte del mundo que por algún exceso de vanidad llamamos civilizado. Médicos Sin Fronteras clava en el corazón de la ciudad una exposición como una espina en la conciencia, un recordatorio de nuestra potra inmerecida por haber nacido aquí y no allí, otra oportunidad para abandonar la indolencia. Carmen andaba esta semana dando a conocer el proyecto. Bueno, eso y alguna cosa más. El lunes participaba en el Aula de Cultura de SUR junto al periodista Pepe Naranjo para hablar sobre quienes tratan de escapar de la barbarie de Boko Haram. El martes fue al Museo Jorge Rando junto a otros periodistas que dignifican el gremio, Agus Morales y Anna Surinyach, para asomarse a la herida abierta de los refugiados. El miércoles Carmen se multiplicaba en la presentación de la muestra en Alcazabilla junto al presidente de Médicos Sin Fronteras, David Noguera. El jueves los dos se fueron a la Facultad de Comunicación donde hace mucho (mucho) tiempo estudiamos. Y el viernes, Villa Puchero Factory regaló a la ONG su acción teatral ‘Saudade’. Y allá que andaba Carmen, pidiendo un empujoncito para la promoción del evento, como si alguien pudiera negarle algo a Carmen.

A pocos metros de la exposición de Médicos Sin Fronteras, ayer mismo, la ciudad de los museos perdía otra librería. Después de la bofetada de realidad que fue cambiar Li-Bri-Tos por una tienda del Málaga C.F.; de la llamada de auxilio de la gente de Luces, medio apagada por las obras del metro y el olvido institucional; de la desazón por haber visto morir a Cincoechegaray, Librería Ibérica y otras tantas; Rayuela Idiomas bajaba la persiana. Y al día siguiente que anunciaba su traslado a la librería matriz de la calle Cárcer, en el Ayuntamiento decían que no se pueden bonificar los impuestos municipales que pagan las librerías, las galerías de arte, las salas de conciertos y las tiendas de discos. Imposible. Si acaso, ya verán para 2018, porque las ordenadas fiscales del año que viene ya están fijadas. Y puede que, para algunos de los pocos que quedan al otro lado del mostrador, 2018 sea ya demasiado tarde.

Así que después de 27 años, Rayuela Idiomas se despide ante la fría eficacia de Amazon y el asedio de las terrazas. Lo decía Juan Manuel Cruz, que lleva 35 años vendiendo libros en Rayuela: la plaza de la Merced se ha convertido después de su reforma en un bar gigantesco. Quitaron los coches para montar una retahíla de mesas y sillas sin articular, al menos, cierta coherencia estética en el mobiliario depredador; entregaron otro pedazo hermoso de la ciudad a la especulación y el mal gusto; dieron un paso más en la transformación del centro histórico de la ciudad en un decorado para turistas y marcaron, al cabo, otra frontera entre la realidad y la postal que quieren vender al mundo.

 

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