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Razones para un auditorio
Antonio Javier López 09-12-2017 | 6:09 | 0

El auditorio de Málaga no termina de salir de la maqueta. Salvador Salas

El auditorio de Málaga no termina de salir de la maqueta. Salvador Salas

La idea era no escribir este artículo, ir aplazándolo hasta el infinito y más allá. Ayudaba mucho a la desidia el propio devenir del asunto, para colmo, regresado a eso que llaman la actualidad un lunes a las nueve de la mañana. Seguía el plan según lo previsto durante toda la semana pasada. También en esta. Pero el jueves aparecía publicado en estas mismas páginas un artículo del barítono malagueño Carlos Álvarez, impecable y medido, ajustado y potente como su propio arte. La tribuna se titula ‘Nunca mejor que ahora’, casi un guiño seductor, un mensaje oculto sólo para mis ojos, un delicado proyectil a la línea de flotación de mis dudas, que se fueron diluyendo aquella misma noche. Un aficionado a la música había compartido el texto de Carlos Álvarez en una red social que suele ser poco amiga de la reflexión y la mesura, pero 12 horas después seguía cuajando una conversación con casi un centenar de mensajes, interesantes y valiosos en la higiénica tarea de poner en duda tus convicciones desde la reflexión y los argumentos elaborados. Así que vamos de nuevo a juntar letras sobre el proyecto para construir un auditorio en Málaga.

El asunto lleva sobre la mesa 25 años, tiempo más que suficiente para que haya cogido mala postura en la agenda de infraestructuras pendientes. Nunca estuvimos (sí, estuvimos, se trata de una iniciativa lo bastante importante como para usar la primera persona del plural compartido) tan cerca de poner en marcha el auditorio como hace cinco años. El proyecto de Benedicto y Soriano que había ganado el concurso de ideas superaba todas las exigencias técnicas y el periodo de alegaciones, tocaba empezar las obras, pero con la coartada de la crisis el Gobierno eliminó el consorcio entre las administraciones central, regional y local que debía hacer realidad ese reto. Arreció entonces, como ahora, desde el fondo de la escena, un coro de agoreros pregonando la necesidad de aquella amputación, el dispendio de gastar en el disfrute de cuatro pijos nada menos que 100 millones de euros, porque, para más inri, aquel desprestigio sumaba el canturreo facilón de los números redondos.

Y ya que estamos, hablemos de números. Entre la temporada 2013/2014 y 2015/2016, el Teatro Cervantes ha duplicado su oferta de funciones de ópera, mientras la audiencia se ha multiplicado por tres; en la misma cantidad de conciertos sinfónicos (30) ha habido 3.771 espectadores más y el número de actividades en las que ha participado la Orquesta Filarmónica se ha incrementado un 7,2%. No parece una mala base para empezar a desmontar uno de los prejuicios más escuchados contra el auditorio: en Málaga no hay demanda previa que justifique la construcción del recinto. Al hilo de esto: ¿había demanda masiva de exposiciones antes de la proliferación de museos en la ciudad? Y ya que hablamos de números y museos, metamos en el matadero de las comparaciones odiosas a la vaca sagrada de nuestra oferta cultural: el Museo Picasso costó «más de 60 millones de euros», si a esa cantidad redonda le aplicamos la subida del IPC durante los últimos 14 años nos quedarían 77,7 millones de euros. El auditorio está presupuestado en 71,7 millones. Claro que el proyecto incluye una plaza pública de 15.000 metros cuadrados, un aparcamiento para 400 vehículos y una ampliación y reforma de los accesos por carretera. Así llegarían los 100 millones de euros. Por poner el asunto en perspectiva.

Puestos a poner distancia, resulta más que deseable un debate serio y ambicioso sobre aspectos cruciales como la financiación, la programación y el modelo de gestión del auditorio, también sobre el momento adecuado para retomar una actuación que después de tantos años al fin ha encontrado un proyecto y un emplazamiento idóneos. Sin embargo, poner en duda la necesidad, incluso la legitimidad misma de esta reivindicación, tira la visión de nosotros mismos por el sumidero del cinismo. Porque el auditorio no es una quimera cultureta disparada con la pólvora del rey del presupuesto público. Tampoco un fin en sí mismo. El auditorio es un medio, un instrumento cultural, social, didáctico, turístico y económico que ha demostrado su eficiencia en otras ciudades. El correlato en la educación musical de lo que han supuesto los museos en la formación artística de dos generaciones de niños de la provincia.

Hacer el mutis de la falta de presupuesto sin pelear a degüello por una Ley de Mecenazgo, corear la inviabilidad del proyecto sin atender a ejemplos en otras ciudades que sirven de guía y ofrecer un desafinado repertorio de prejuicios para desacreditar la reclamación de un auditorio para Málaga denota una cortedad de miras demasiado repetida en nuestra historia reciente. Y ese desdén por nuestro futuro nos va a salir más caro que el dichoso auditorio.

 

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Te estoy hablando del fracaso
Antonio Javier López 18-05-2014 | 8:20 | 0

Se avergonzaba Benedetti en un poema –cada uno se avergüenza a su manera– de estar «falto de monstruos interiores», de que le gustasen las mujeres, por ejemplo, «sobre todo si con consecuentes y flacas». A mí flacos sólo me gustan algunos carrileros por las bandas y unos cuantos libros. ‘Chatterton’, por ejemplo, de Elena Medel, que esta semana iba a venir por la ciudad pero a la que seguiremos esperando un poco más. Lo que haga falta. ‘Chatterton’ le ha valido a Medel el más reciente Premio Fundación Loewe a la Creación Joven. El que no lleva el apelativo de joven lo vale ‘Los desengaños’ de Antonio Lucas, pero de ése hablamos otro día. Estamos con ‘Chatterton’, un libro intenso y canijo, cerrado con un verso como aquella bolea de Zidane caída del cielo hace doce años: «Te estoy hablando del fracaso». Zas.

Y me vas a permitir que hoy te hable de un fracaso, del nuestro, y puede que a muchos por aquí no les importe un pito, aunque tenga que ver con el auditorio. Quizá haga falta un poco de distancia. La tiene, sólo física, Carlos Álvarez, que esta semana estrenaba un nuevo ‘Don Giovanni’ en Palermo. Desde allí se asomaba a la ciudad como un médico debe de asomarse a un microscopio cuando contempla el tejido enfermo de un ser querido. Se extrañaba Carlos Álvarez de que por aquí tengamos semejante gracia para encogernos de hombros durante 25 años mientras nos tangan un equipamiento justo y necesario para la quinta –¿era la quinta?– ciudad por renta per cápita del país, destino de millones de turistas y puente del Estrecho.

Y no se lamenta Carlos desde una atalaya de divo. Se mete en el saco, quizá el primero. Y tampoco juega la baza triste y facilona –pero también palpable– de los cuatro auditorios –¿o eran cinco?– repartidos por la geografía de la capital administrativa de la región; ni por haber visto como Lérida, (1994), Gerona (2006), San Sebastián (1999), Bilbao (1999), Las Palmas (1997) o Tenerife (2003) se incorporaban a un Plan Nacional de Auditorios que desde 1985 –es decir, casi 30 años– no ha tenido parada en Málaga. O que Santander, Cuenca, Murcia o Guadalajara hayan encontrado el apoyo presupuestario del mismo Ministerio de Cultura que este lunes servía de anfitrión para cumplir la sentencia dictada hace casi un año: finiquito al consorcio del auditorio.

Te estoy hablando del fracaso, del nuestro. De la vergonzosa evidencia de habernos dejado torear de esta manera durante 25 años, por más que ahora saquen el capote de la crisis para airear con sonrojante demagogia que el auditorio cuesta 115 millones de euros. Olvidan que esa cantidad ofrece mucho más que el auditorio (una plaza, un aparcamiento, la reordenación urbana de esa zona de la ciudad…); que esa cifra puede dividirse entre varios años y varias administraciones; que desde 2007, cuando crearon el consorcio, no han encontrado –ni buscado– un solo apoyo privado para esa iniciativa; olvidan, al cabo, que la propia creación de un consorcio con cuatro instituciones de tres administraciones para hacer una sola obra supone un gasto de tiempo y de dinero ilustrativo de su esclerotizada visión del mundo.

Y abisma en especial la desidia, las doce líneas puercas de un comunicado a la hora del almuerzo, el gatillazo triste de una consejería y un ministerio sometidos a la vasectomía política de juntar Educación con Cultura. La segunda lleva las de perder. Y lo saben. Quizá por eso se instalan en el silencio, se ponen de perfil, a sabiendas de que por aquí llueve poco y escampa en cuatro días. Nadie da explicaciones, sólo el alcalde, que dice que tira del carro. Y se agradece. También se entiende. Ya tiene bastante con Tabacalera y el Astoria. Parece el único pendiente de que queda un año escaso para las elecciones.

Y llegará ese día. Y querremos que nuestro papel empiece y termine al caer en esa urna transparente. Y ese será nuestro fracaso.

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