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“CAC Málaga” arte exposición cultura Málaga

Costumbres
Antonio Javier López 04-11-2013 | 8:20 | 0

Una de las experiencias más deliciosas que he podido vivir en una exposición de arte me la regaló mi sobrino Juan. Estábamos en el sótano del Rectorado, delante de un mosquetero velazqueño pintado por Picasso. Todos admirábamos la pieza, comentábamos algún detalle y él, por una vez, estaba quieto. Nos miraba con desconfianza y callaba prudente.

¿No te gusta, Juan?

No sé… Está como sin terminar, ¿no? Le falta el color carne.

Y tenía razón. Él lo sabía, por eso entendió todavía menos la risa general, las manos despeinándole su pelo rubio en señal de una aprobación que no sabía por qué merecía. Juan, como su hermano Miguel, hablaba desde la libertad de la infancia, pero también desde la experiencia. Porque no le faltaba el color carne, por ejemplo, a la niña de Ron Mueck que había visto en el CAC Málaga junto a sus hermanos –el otro es Ale– y el resto de familia. Tampoco es que estén todos los fines de semana visitando exposiciones, pero en las pequeñas retinas de Juan y Miguel ya perduran imágenes –algunas extrañas– y experiencias vividas en el interior de los museos.

Juan y Miguel nacieron a la vez, poco después que el Picasso y el CAC. Forman parte de la primera generación crecida en la ciudad en compañía de ambas instituciones y de sus respectivos programas didácticos, de la costumbre más o menos frecuente de acudir a un museo con los compañeros de clase o la familia. Y eso supone un cambio sutil y radical, un primer motivo para permitirse cierta esperanza. Y el caso del CAC resulta, si cabe, más trascendente, porque la ciudad ha carecido hasta su llegada de una institución dedicada a la exhibición y a la educación de la mirada del público sobre las artes visuales contemporáneas.

Porque hubo un tiempo de exilio interior. Subir a Madrid en el 95 para ver la exposición de Tony Cragg, volver dos años más tarde en busca de Rachel Whiteread, enfilar el cambio de milenio junto a Louise Bourgeois y regresar en 2001 para rumiar los letreros de Lawrence Weiner. Tiempos en los que el Reina Sofía era la vía de escape más cercana para asomarse a la primera línea del arte contemporáneo. Claro que también estaba la opción barcelonesa, dejarse atrapar por el encanto canalla del Raval, perderse en las callejuelas que llevan al MACBA y allí ver las obras de Miquel Barceló (1998) o Raymond Pettibon (2002).

Ahora todos esos –y otros muchos– forman parte de ‘Las huellas del camino’, el metafórico título de la exposición inaugurada el martes que sirve al CAC para reunir lo más granado que ha pasado por sus salas en sus primeros diez años de vida. Puede que hayamos perdido motivos para una escapada, pero resulta innegable que hemos ganado comodidad y, sobre todo, agenda cultural, hasta casi convertir en costumbre lo que hace una década era una quimera.

Ese mérito le corresponde al CAC. Es de justicia reconocerlo. Como lo es poner su labor –y sus datos– en el mínimo contexto. Por el CAC Málaga han pasado en este tiempo algo más de 3,2 millones de visitantes. Un dato notable, sólo superado en el entorno cercano por los 3,55 millones de visitantes del Museo Picasso en estos mismos diez años. Eso sí, la entrada general al Picasso cuesta entre 4,50 y 9 euros –salvo el pase libre los domingos de seis a ocho de la tarde–, mientras el acceso al CAC es gratuito, algo que en el circuito museístico local sólo sucede en el Museo del Patrimonio, aunque de ese caso mejor hablamos otro día.

La entrada al CAC es gratuita en virtud de la misma concesión municipal que lo convierte en la única institución cultural malagueña con el presupuesto garantizado (2,86 millones de euros al año), sea cual sea el contexto económico, entre 2008 y 2018. Una perita en dulce que se le atragantó a Unicaja cuando quiso optar a ese concurso hace cinco años. También la Diputación pinchó en hueso cuando amagó con entrar en el centro y se topó con un pliego de condiciones que obliga a la adjudicataria a «la producción completa de las exposiciones».

Fueron dos de los momentos más tensos –en el plano institucional– para una entidad que ha vivido no pocas tensiones de puertas adentro. Ahora las aguas parecen más calmadas, hasta el punto de que el centro despliega su actividad allende sus muros, a través de la implicación de sus rectores en lo que ahora llaman el Soho. Una manera de hacer que ha servido para incluir la ciudad en el mapa internacional del arte actual, pero que, en el ámbito doméstico, ha dejado algunas sombras. Un retrato acostumbrado al claroscuro, como si le faltara algo. Quizá, la empatía del color carne.

 

La foto de arriba, de ‘Las huellas del camino’, la hizo Yashmina García.

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