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“Centro Pompidou Málaga” “Noche en Blanco” Impedimenta cultura Málaga

Vacío perfecto
Antonio Javier López 17-05-2015 | 1:20 | 0

Miró, en el objetivo de la primera temporal del Pompidou Málaga. Salvador Salas

A Enrique Redel deberíamos sacarlo en procesión como a esos santos a los que se les pide la lluvia y el favor de las cosechas. Redel gotea libros maravillosos y bellos desde la editorial que comanda, Impedimenta, abierta como un paraguas en medio de este chaparrón de vacuidad y chusmerío. A Redel e Impedimenta les debemos un buen puñado de horas imborrables, palabras mágicas en ediciones primorosas, libros que dan ganas de abrazarlos de puro bellos, con hermosas estampaciones bajo las cubiertas siempre oscuras. Como ‘Vacío perfecto’, con el que Redel abría la reivindicación de Stanislaw Lem.

En ‘Vacío perfecto’, Stanislaw Lem reúne una selección de prólogos a libros imaginarios. Un delicioso ejercicio de prestidigitación literaria que sirve al lector para adentrarse en un mundo donde todos sus habitantes han perdido el deseo sexual o para descubrir que, según la teoría de la probabilidad, es imposible que nada nuevo suceda ya en el universo o para detenerse a pensar en la conclusión a la que llega el protagonista de uno de esos libros inventados, ‘Perycalipsis’, sabedor de que en el mundo existen ya demasiadas cosas y convendría pagar a todos aquellos que se atrevan a no escribir un libro ni a componer una melodía ni a llenar, en suma, el cajón de sastre de la creación humana. Lograríamos así, entre todos, un ‘Vacío perfecto’. Como el que hemos rozado esta semana.

La alineación de planetas electorales ha dejado un eclipse de presentaciones, inauguraciones y otros actos propagandísticos a cuenta de las instituciones públicas. Se aleja el rumor de la Feria del Libro y queda la resaca de la fanfarria de la Noche en Blanco, que se repite como una buena fritura malagueña. Y sin embargo, la semana que termina ha ofrecido el remanso suficiente como para detenerse un instante en medio del tráfago diario y recordar hasta qué punto la información cultural (el resto también, supongo, pero aquí hemos venido a hablar de nuestro libro) vive secuestrada por la agenda de las administraciones públicas y por las necesidades promocionales de las empresas privadas dedicadas a vender sus productos más o menos culturales. En ambos casos se trata de intereses legítimos, por supuesto, pero no por ello reseñables. Y mucho menos a priori.

La campaña electoral en los municipios y el baile de máscaras en el parlamento regional deja días de presentaciones sin políticos. Rápido, pidan un deseo. Y esa parálisis temporal permite, por ejemplo, rumiar el asombro al comprobar que los trámites para declarar un Bien de Interés Cultural se demoran a menudo durante más de 30 años. Que sea habitual no significa que sea normal. Semejante artritis administrativa puede causar daños irreparables mientras cala esa sensación de que el biorritmo de la burocracia deja helado el corazón del patrimonio. Por el oscuro sumidero de ese vacío imperfecto se va colando parte de nuestra riqueza y de nuestra historia, aunque a menudo la declaración de BIC tampoco sirva de mucho frente a nuestra herencia genética chapucera y pueril de nuevo rico olvidadizo.

Uno de nuestros más recientes motivos para poner pecho de palomo es la filial del Pompidou, epítome del reparto de papel de fumar a la hora de cogerse la ley electoral y de quitarle el polvo al traje del emperador. En el Ayuntamiento pensaron que algún malpensado podría acusarles de electoralistas por presentar en plena campaña la primera exposición temporal del museo inaugurado justo antes de otra campaña, así que hicieron mutis. Sin embargo, la Noche en Blanco lanzaba sus cantos de sirena para estrenar la muestra al calor de la marabunta y, para cuadrar el círculo de la extrañeza, en el Pompidou parisino se hacían los remolones con el estreno, a la espera de la visita al Cubo de su nuevo presidente el próximo día 28. Resultado: resolvió la papeleta de presentar la selección pata negra de dibujos de Joan Miró la nueva jefa de Colecciones de la filial, última en llegar, en sentido literal, al equipo del Pompidou malagueño. A ella sí que le hicieron un vacío perfecto.

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