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“El Roto” “Gerald Brenan” arte cultura Málaga “CAC Málaga” exposición ilustración

Magia
Antonio Javier López 17-02-2014 | 6:20 | 0

El Roto, magia negra (sobre blanco) en el CAC Málaga. Ñito Salas

Nos creímos el truco, éramos ricos. Nos dejamos engatusar por el espejismo de bancos que lo daban todo a cambio de nada, compre ahora y pague después, durante 35 o 40 años después, se esfumó el encanto, el dinero, y queda el banco donde sentarse los lunes al sol para ver el deambular borracho de las palomas. Nos creímos que los puentes se habían inventado para conocer Londres o Berlín, no el cobijo de la ruina y la intemperie. Nos encantó conocernos, sentir que la suerte no había que ganársela. Sentimos que nos habíamos colado en la fiesta y nos quitaron lo bailado.

Nos creímos el brillo de las gemas, la historia del Astoria, que la rehabilitación de una vivienda en Churriana valía –costaba– casi dos millones de euros. Y nada de miseria, los mismos arquitectos que firmaron el diseño del Museo Picasso Málaga, premiado en medio mundo. Y se acabaron el dinero y la magia. Y se quedó la casa, blanca y radiante como una novia confiada en la promesa de un futuro feliz. Romántico, como esos viajeros a los que se iba a dedicar el museo previsto en esa casa donde Gerald Brenan pasó los últimos 34 años de su vida. Un proyecto único en España, pionero. Es nuestra especialidad, como el Parque de los Cuentos, Art Natura o el Museo de Museos. Nada por aquí, nada por allá. Magia.

Un truco de manos para cambiar el museo de los viajeros románticos por la semana cultural de las asociaciones del barrio. Y ahora el truco final. ¿Están atentos? Una «casa de las letras». Otra. Que hagan sitio el Instituto Municipal del Libro, el Centro Cultural de la Generación del 27 y el Centro Andaluz de las Letras. Apriétense un poco las bibliotecas municipales, que llega una nueva entidad, esta dedicada, sobre todo, a los residentes extranjeros que quieren aprender la lengua y la literatura patria. Y una sala de exposiciones. Y más cosas. Por el camino se ha quedado un acuerdo con el Dickinson College que prometía su habitual rigor académico y buen gusto libresco. Sólo hay que recordar el ciclo que organizó hace casi un año: Caballero Bonald, Kirmen Uribe o el Nobel Tranströmer, caído a última hora del cartel por motivos de salud. Entonces el Dickinson iba de la mano del Centro del 27, que le cogió el brazo para tangarle protagonismo mediático. Un truco feo.

A un mago de un solo truco recuerda el programa expositivo de La Térmica. Christopher Makos, Javier Porto, Sid Avery, Richard Kern y ahora Duffy: fotografías de iconos de la cultura popular contemporánea, a ser posible anglosajona. Proyectos ‘prêt à porter’, alquilados para la ocasión. Sólo ‘Vanitas’ y la muestra sobre los 25 años de Juvensur abandonaron esta fórmula, exportada allende las fronteras capitalinas con ‘Fotogramas de posguerra’, a cargo de la revista cinéfila, que durante este año girará por varios municipios de la provincia. Al margen del interés de cada proyecto, cabe una reflexión sobre el modelo aplicado en el centro dependiente de la Diputación. La Térmica anuncia para este año un presupuesto de 400.000 euros, 350.000 de ellos destinados a la programación; así que parece haber recursos, al menos económicos, para ofrecer proyectos propios en el apartado expositivo que acompañen a su nutrido –y por momentos sabroso– menú de talleres y conferencias. En esta semana de ciclogénesis llegan vientos de cambio a La Térmica. Estaremos atentos, como delante de un mago.

Magia negra sobre blanco de El Roto en el CAC Málaga. El Roto, nuestro Bansky mucho antes que Bansky. O más. Una mirada descarnada, como un padrastro asomado al balcón de una uña. Tirar, mirar, sentir el escozor, el dolor convertido en algo cotidiano, casi llevadero, agazapado a la espera de un descuido para recordar que sigue ahí. El Roto como un diario íntimo de cada uno de nosotros, aún atónitos, incrédulos porque se acabó la magia. Era el truco de unos cuantos, la caja de la felicidad escondía un doble fondo y al caer el telón sólo ha quedado nuestro propio desconcierto.

 

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