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Café y sopa
Antonio Javier López 14-12-2014 | 1:20 | 0

Mafalda echándonos la bronca. Y con razón. CARLOS MORET

Comparto con Vicente Verdú la impresión de que el bien y el mal anidan en una taza de café. Me gusta mucho el café, su sabor, su ritual, su aroma… pero me sienta como un tiro en el estómago y otro en la almohada. Yo sigo, claro, como esos motores que sólo saben moverse quemando combustible. La pregunta del café se me quedó en la libreta el miércoles, charlando con Verdú en la cafetería del Hotel Málaga Palacio. El periodista y pensador me ofreció un gintónic y rehusé. Aún me dura la vergüenza. Estaba Verdú por aquí para participar en el ciclo de conferencias de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura por el que ya han pasado Javier Gomá y Óscar Tusquets y que guarda en la recámara del calendario balas del calibre de Javier Maderuelo y Rafael Moneo. Una de esas iniciativas capaces de reconciliarlo a uno con la excelencia, ahora que casi todos andan diciendo que se han ido a la cama con ella.

Quizá el ADN local esté codificado en la secuencia genética de la Escuela de Arquitectura. Por aquí nos la pasamos un par de décadas reclamando a voz en cuello y titular la necesidad de contar con estudios superiores de Arquitectura y cuando nos dijeron que sí caímos en la cuenta de que no teníamos ni dónde ponerla. Aún recuerdo aquella asignatura del primero curso en la que los alumnos cargaban sacos terreros a la azotea de un aulario para construir sus clases como trincheras. Como novatada no estaba mal.

La Escuela de Arquitectura comparte esquina en El Ejido con la de Bellas Artes, la otra facultad que nos pegamos años reclamando para después arrumbar en un campus con fecha de caducidad. Quizá aún no seamos conscientes de lo ya conseguido por ambas escuelas, de la concentración de talento formado allí y exportado fuera, de su capacidad para ofrecer propuestas no de relumbrón impostado, sino de notable enjundia. Pienso en las conferencias de Gomá, Verdú y compañía; pienso en la actual exposición de María Dávila en la sala de Bellas Artes, donde ha estudiado junto a talentos como Beatriz Ros, Erika Pardo o Federico Miró, por citar a algunos de los licenciados y expuestos allí. Aquí.

Expuesto el mundo de Mafalda en La Térmica. El proyecto llega desde el Festival de Angulema, quizá el más importante del mundo dedicado a la historieta. Y se nota. Confío incluso en que la propuesta sea capaz de saltar el abismo espaciotemporal que a veces parece abrirse entre quienes crecimos con Mafalda y los niños de hoy. Al fin y al cabo, el mundo sigue siendo igual de extraño y Mafalda, igual de necesaria.

Mafalda odiaba tener que tragarse la sopa diaria, metáfora de la represión en la Argentina de la época. No tragaba la sopa, las armas y el postureo de James Bond. Por aquí vamos engrasando la licencia para inaugurar museos en 2015. Ese año, el arte ruso en Tabacalera costará más que el Pompidou a quienes paguen impuestos en la capital. A ver si la inminente visita de los rectores del Museo de San Petersburgo despeja dudas como sucedió con el presidente del Pompidou hace un par de semanas. La incertidumbre siempre es difícil de tragar. Como para Mafalda la sopa.

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