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“Feria del Libro de Málaga” libro Málaga

Patrimonio
Antonio Javier López 03-05-2015 | 1:20 | 0

Isabel y Dani, con sus libros ciegos en medio de la feria. Ñito Salas

Tac, tac, tac. Toda mi infancia cabe en tres golpes de una caja de cartón contra la barandilla de la escalera. Desde arriba, mi tía Rafa hacía la señal para avisar de que el pedido ya estaba listo. Unas manoletinas del siete, unos mocasines del cuatro y así. Entonces mi tía Rafa dejaba caer la caja con lentitud de pesadilla. Abajo la recogían mi madre, mi tía Lydia o Toñi, la dependienta a la que un día anuncié con media lengua que pensaba comerle el culo sin bajarme del carrito. Ahí empezaron mis promesas rotas con las mujeres. En la entreplanta de aquella zapatería vi la Cabalgata de Reyes con un paraguas boca abajo como un boliche de caramelos, en la trastienda simulé cada tarde los deberes escolares, espié a las niñas que iban a probarse los zapatos de comunión y descubrí el placer perverso de agujerear cualquier cosa con las tenazas para abrir nuevos huecos donde abrochar los cinturones y las sandalias.

Vengo de una familia de comerciantes y eso, junto a una empalagosa impostura que suele acompañarme en ciertos asuntos, me hace renuente a comprar discos fuera de las tiendas de discos, me impide llevarme libros de lugares que no sean librerías ajenas a las grandes cadenas de distribución de bienes culturales. Mamen e Isabel de Rayuela, José Antonio en Luces y Nuria en mi añorada Cincoechegaray forman parte de mi memoria íntima, lectora y sentimental. Ahora la Federación de Comerciantes de Málaga quiere que las pequeñas tiendas de la ciudad sean declaradas Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por parte de la Unesco. Y no sé. La ocurrencia me suena ajena, extraña. Quizá el mayor patrimonio, el más difícil de conservar, sea la certeza de que al cruzar algunas puertas estás en casa pero fuera de casa, en un lugar donde te escuchan y donde quieres escuchar, donde te aconsejan y acompañan desde tus lecturas adolescentes hasta los primeros libros para tus hijos. Después puede venir la Unesco con el diploma si quiere; pero antes conviene que el cliente encuentre cierta complicidad a la hora de aflojar el clavo del aparcamiento en el centro de la ciudad; que la tienda esté abierta a la hora del almuerzo, si es posible; que no haya tanto lío para descambiar un artículo repetido o arrepentido. En casi todas las pequeñas librerías de la ciudad ya se han puesto manos a esa obra y conviene preguntarse quién, cómo y cuánto les han ayudado en ese empeño desde los despachos donde han parido lo de la Unesco.

Estos días muchos libreros ajetrean la mudanza de cajas hasta el Palmeral donde brota la Feria del Libro. Falta Rayuela y eso duele. Pero regresa la Casa del Libro y con ella su directora, Isabel, la más luminosa excepción en mi regla de comprar en pequeñas librerías. Conocí a Isabel cuando trabajaba en otro gigante de la venta de libros y más cosas y en casa la hemos seguido hasta la Casa del Libro. Ahora su expositor en la feria es una exquisita declaración de intenciones. Libros de Jekyll & Jill, de Impedimenta, de Errata Naturae, de editoriales y autores que desconozco y que ella recomienda y entonces seguro que son buenos. Buenísimos. Ahora Isabel vende libros a ciegas. Los envuelve en papel de estraza y coloca en ellos una etiqueta escrita a mano con pistas. ‘Si te gusta tal cosa te gustará este libro…’. Una clienta estuvo a punto de llevarse uno de esos libros ciegos, pero al final no confió en su instinto y lo cambió por otro que le convencía más que la intriga y la sorpresa. No supo que eran el mismo libro.

Ahí reside la magia de libreros como Isabel, que traslada a una gran cadena nacional el modelo de gestión cercano, casi cómplice, de una pequeña librería. Isabel, José Antonio y Mamen, como Jesús en Proteo o Miguel Ángel y Mateo en Comic Stores forman parte de una estirpe de libreros que además son psicólogos y confidentes. Comprar en sus librerías, como los discos en Candilejas el tiempo que le quede, va más allá del compromiso con el comercio tradicional, representa una pequeña resistencia a dejar de mantener una relación con la ciudad que incluye la charla, el paseo distraído y el aire libre. Ese es nuestro patrimonio.

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