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Alegoría de Málaga
Antonio Javier López 27-12-2015 | 1:20 | 0

Restauración de 'Alegoría de Málaga', financiada por la Fundación Málaga. Francis Silva

El contrato estipulaba que la obra debía representar una «alegoría de Málaga, con el puerto, la estación de ferrocarril, la Agricultura, la Industria y el Comercio». Y ahí están, en la enorme pintura de 148 metros cuadrados que corona el techo del Cervantes, cuya junta directiva había encargado la pieza para representar la pujanza de la ciudad a finales del XIX, ilustrada en la propia construcción de aquel nuevo teatro. Han pasado 145 años desde que Bernardo Ferrándiz y Antonio Muñoz Degrain la firmaran y esa pintura brinda, aún hoy, una inmejorable alegoría de Málaga.

Eran otros tiempos cuando el alcalde convocaba en su despacho (a las ocho y pico de la mañana y en fines de semana) a los principales empresarios del terreno para poner en marcha la Fundación Málaga, que tuvo entre sus primeros proyectos la restauración de esa ‘Alegoría de Málaga’. Por aquí entonces se quintuplicaba el consumo de cemento para alicatar la burbuja, el Parque Tecnológico era una fiesta y la posibilidad de convertirse en mecenas cultural vestía mucho. La fundación nacía en 2002 con 14 patronos. Ahora tiene cuatro. Esta semana se despedía su director, Pedro Martín-Almendro, y se barruntan más cambios tristes: una mudanza a un inmueble municipal en el entorno de la calle Cuarteles y un presupuesto de supervivencia para 2016. La divulgación de la riqueza arqueológica de la provincia, la promoción de jóvenes talentos musicales, la edición de libros raros y deliciosos y la organización de recitales exquisitos son sólo algunas de las iniciativas que la Fundación Málaga ha emprendido en este tiempo en un ámbito, el del patrocinio cultural, donde ha disfrutado de una soledad apenas matizada por la Fundación Musical Málaga, también empeñada en sobrevivir. Y al contemplar el devenir de la Fundación Málaga queda otra vez la sensación de que por aquí sólo sabemos remar con el viento a favor, de que muchas implicaciones no pasaron de las fotos y de abrir la cartera con desgana cuando estaba llena. Y luego mutis. Ahora la fundación se aprieta un cinturón que transmuta en soga. Y así la Fundación Málaga surge como una alegoría de nuestra historia reciente: de la bonanza pasamos a la zozobra y de ahí, a la incertidumbre.

Otra duda, otra alegoría. Una tumba con 3.800 años de antigüedad, única en su especie, candidata a ser declarada Patrimonio Mundial… y rodeada por un polígono industrial. El tholos de El Romeral abría la puerta esta semana al solsticio de invierno y volver al recinto megalítico después de años, décadas, sirve para comprobar cómo la voracidad urbanística apenas se ha detenido a las puertas de nuestro patrimonio. La Unesco ya ha dado el toque de atención: el cemento debe batirse en retirada si los Dólmenes de Antequera quieren el marchamo de Naciones Unidas. Así que toca rectificar.

Y como los programadores escénicos no se bajan de sus burros, a Rocío Molina le queda seguir bailando en los museos de su ciudad. Rocío Molina, Premio Nacional de Danza y Premio Max, no pisa un escenario en la provincia desde enero de 2009. Bailó en 2013 en el Thyssen y ayer lo hizo en el Pompidou. El programa de actividades brilla en la oferta de la franquicia, otra vez sumida junto al Museo Ruso en las adjudicaciones de algunos de sus servicios básicos cuando apenas han pasado nueve meses desde sus inauguraciones. Pero lo importante era abrir. Llegar. Ya habría tiempo de articular una organización razonable para todo ese tinglado. Otra alegoría de Málaga.

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