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Muros y redes
Antonio Javier López 13-04-2014 | 8:20 | 0

Guillermo Miranda (Madrid, 1974 - Rincón de la Victoria, 2014)

Tiembla el teléfono en el bolsillo del pantalón con una noticia que no puede esperar. Y una noticia que no puede esperar siempre es una mala noticia. Ha muerto Guillermo Miranda y no pasa nada porque eso es imposible. Guillermo, 39 años, padre reciente de su segundo hijo, el ‘gentleman’ del Museo Carmen Thyssen, donde era jefe de Educación y Multimedia, donde había llegado después de levantar la extraordinaria web del Thyssen de Madrid. Guillermo, autor de murosyredes.com, el lugar donde compartía su imaginación para aplicar las nuevas tecnologías en los museos. Se va Guillermo mucho antes de tiempo y nos quedan muchas conversaciones pendientes en el autobús camino de la ciudad, al sol esquivo de la plaza de Uncibay, con sus ‘rayban’ ahumadas y su flequillo siempre un poco más cano que en la cita anterior.

Me quedo con las ganas de saber la opinión de Guillermo sobre casi todo. Guillermo, que derribaba muros y tendía redes cuando le dejaban. Hablamos en alguna ocasión de Tabacalera y me quedo sin saber qué piensa ahora que se vislumbra en el horizonte la más que posible llegada de una colección de obras del Museo Estatal de San Petersburgo y la posible instalación de un centenar de murales de Sol LeWitt, padre del arte conceptual. Me quedo con las ganas de otro par de cañas con Guillermo comentando la jugada de quienes abocan al fracaso cualquier iniciativa cultural en Tabacalera porque está «demasiado lejos». ¿Lejos de qué? Lejos, depende.

Tomemos como punto de partida la plaza de la Marina. Desde allí hasta la antigua fábrica de tabacos hay poco menos de cuatro kilómetros. Siete minutos en coche, media hora de paseo frente al mar y una sola línea de transporte público que deje en la puerta: la 16, que pasa cada 15 minutos y emplea 28 en el trayecto. Otras dos líneas paran a casi un kilómetro. Si uno coge el 3 tarda lo mismo que yendo a pie. Lo dicen Google y la EMT. Para ir a Ikea –una distancia tres veces superior– hay dos líneas directas (9 y 10) que emplean sólo siete minutos más que en ir a Tabacalera desde el mismo punto. Pero la culpa no es del orden de prioridades de la gestión pública, es del tráfico.

Salgamos un poco. Dos ejemplos casi idénticos al de Tabacalera, dos antiguas fábricas justo a cuatro kilómetros del epicentro urbano, convertidas en proyectos culturales y –ojo, importante– sociales. Matadero Madrid ocupa el flanco sur de la capital y hasta allí se puede llegar a través de dos líneas de metro, siete de autobús y dos estaciones del tren de Cercanías. En la puerta hay una parada permanente de taxis. Vayamos a Caixaforum en Barcelona, con sus fachadas de ladrillo visto sobre una de las laderas de Montjuic, lo que viene siendo el quinto carajo en escala local. Dos líneas de autobús en la puerta, otras tantas de metro, seis estaciones de Cercanías y 17 (diecisiete) líneas diferentes pasan por la plaza de España, a menos de diez minutos a pie.

Ahora un poco de turismo continental, que hay que levantar la zona euro. Recuerden las normas del juego, siempre cuatro kilómetros mal contados del centro urbano al centro cultural. Berlín. Puerta de Brandeburgo-Kulturbrauerei: seis combinaciones de transporte público. Londres. Trafalgar Square-Tate Modern: cuatro itinerarios en metro, otros tantos en autobús y un recorrido señalizado para ir en bicicleta. Estos guiris… París. Torre Eiffel-Centro Georges Pompidou (el del Cubo del Puerto): tres líneas de metro, las mismas de tren y hasta 14 de autobús. ¿Pero quién demonios va a trasponer desde los Campos Elíseos y el cogollito parisino para ir a un museo que está a casi seis kilómetros de distancia? ¡Bah!, casi cuatro millones de personas al año, que ponen al Pompidou entre los diez centros culturales más visitados del mundo.

Quizá la lejanía no sea más que la distancia que te separa de aquello que deseas. Hay distancias físicas y mentales. Muros y redes. Si al final del camino espera algo apetecible, el trayecto se hace liviano. Si la ciudad ofrece facilidades y posibilidades diversas en los desplazamientos desde su gestión del transporte público, la experiencia gana atractivo.

Se escucha a menudo –se lo oí en alguna ocasión a Guillermo–, que como en Málaga no se está en ningún sitio. La pena es llegar a esa conclusión sin haber estado en ningún otro sitio.

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