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La ley de composición interna y la alimentación infantil

2011 noviembre 2


Yo tenía un profesor en el colegio Los Olivos, en Málaga, que era auténtico. No sé si aún vivirá, pero se llamaba Manuel Aguado. La asignatura que nos impartía en primero de BUP y también en su casa (porque gracias a mi perfil ‘noalfanumérico’ asistía a clases particulares) era Matemáticas. Y ponía un buen ejemplo que decía más o menos así: Si por la mañana desayunas chorizo Rivilla (escuchadme bien Rivilla, para que no me denuncie la casa), a meodiodía almuerzas chorizo Rivilla, meriendas chorizo Rivilla y cenas chorizo Rivilla. ¿Qué cagas (con estas palabras, nada de eufemismos) a la mañana siguiente? Pues, mierda de chorizo Rivilla. Tras la sonora carcajada de toda la clase, que se divertía en grande con la comparación, él concluía solemne: Con esto queda explicada La Ley de Composición Interna.
Con el paso de los años y acordándome de él y de lo que nos aportó, he hecho, no sé cómo (ni me lo preguntéis, cosas absurdas de las neuronas mías) una correlación entre las comidas de la Ley de Composición Interna y lo que debe ser una vida saludable. Si tu hijo, con las prisas de la mañana, desayuna esos bollos pringosos llenos de de grasas transaturadas, come galletas con no se sabe qué chocolate lleno de grasas y azúcares, y además se le ocurre ponerle un ‘nutritivo’ zumo de naranja envasado (con muchos más azúcares, que no recomiendan muchos pediatras por su alto poder calórico), y por la noche sacas cualquier cosa del congelador, de esas que se fríen, y de la que pocos han leído que lleva en sus ingredientes, ¿qué le estás dando de comer ? ¿Qué cagará (con perdón) o se quedará en su cuerpo? Desde luego, nada que tenga que ver con la dieta mediterránea. Por eso, los buenos endocrinos y nutricionistas están haciendo grandes esfuerzos para que los niños desayunen por la mañana leche, cereales, pan, algo de embutido no graso tipo jamón cocido (si es de pata mejor porque no tiene aditivos) y fruta. Si  la fruta no la comiera desayunando, mándasela al colegio para el recreo. Allí cuando le apriete el hambre, le hincará el diente a la manzana. Y luego supervisa los menús que les ponen en el colegio que, afortunadamente, cada vez son mejores, aunque todavía se podrían mejorar en muchos casos.
Piensa en cenas sencillas pero nutritivas como una sopita fideos con tropezones chiquitos de jamón serrano, la siempre excelente tortilla de patatas española, pasta de cualquier forma (les suele encantar). Si no le gustan los filetes, compra carne de ternera primera A y que te la piquen para hacerle pequeñas y jugosas hamburguesitas en casa, si puede ser pescado del día, también un delicioso puré de calabaza o calabación con queso fresco que es facilísimo de preparar; y algún día esporádico puedes recurrir a varitas de merluza si estás muy apurada (hablo en femenino, pero también lo hago extensible al espectro masculino), pero eso sí cocinadas con aceite de oliva. Si tienes la gran suerte de que le gustan las verduras cocidas y rehogadas en la sartén, aprovechaté. Y procura que los postres sean yogures (si ya ha tomado dos piezas de fruta al día) o sino fruta casi obligado. También son nutritivos los postres de gelatina. Si ahora no haces un pequeño esfuerzo por la alimentación de tu hijo cuando éste sea obeso o no haya aprendido a comer, ya no tendrá arreglo. Para conocer más sobre la dieta y el deporte, hay una iniciativa muy buena nacida de la sociedad civil en Málaga: Malagasana, que tiene su página web así como presencia en las redes sociales Facebook y Twitter. Síguela y aprenderas cómo alimentar y fomentar en sus hijos el deporte (ésta última mi asignatura pendiente). Lo que les enseñes ahora es lo que harán solos cuando sean más mayores.